Caído del Cielo CAPÍTULO 6 Fiebre #2
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CAPÍTULO 6 Fiebre #2

Por fin Jesús cayó al otro lado con un sonido sordo y un sonido ronco.

Gabriel se asomó y lo vio acostado sobre la lancha; al parecer poco le importaba el suelo caliente, que le evaporaba el sudor de la sudadera como si fuera una plancha.

Gabriel no aguantó más de pie: cayó de nalgas sobre la arena y se recostó de espaldas a la embarcación.

El sudor le corría por la frente y se le metía en los ojos; aun así no tenía fuerzas para quitarlo.

Sus manos estaban fundidas en la arena. Solo cerró los párpados.

Así permaneció acostado unos minutos. Cuando por fin logró incorporarse para volver a asomarse, le preguntó a Jesús cómo estaba, pero este no respondió.

Al verlo, su cuerpo se electrizó. Hizo un esfuerzo desesperado para subir.

Jesús estaba inconsciente, y sobre los paños de su hombro se extendía una mancha de sangre.

Se llevó las manos a la cabeza. La mandíbula le temblaba.

—Coño, no me hagas esta mierda ahora.

Un impulso lo sacó de ese estado. Avanzó hacia Jesús, lo acomodó en el suelo. Pensó en darle unas palmadas en la cara, pero la mancha de sangre que se extendía en el vendaje le recordó lo que era urgente.

Sin pensarlo, se lanzó por un costado de la lancha. Las piernas le cedieron y rodó, llenándose de arena. Gateando se metió en el agua. El choque frío contra su cuerpo caliente lo hizo estremecerse. Se quitó la sudadera con dolor. La metió en el agua y la restregó con los puños hasta limpiarla.

Sentía cómo sus latidos le marcaban una fracción de segundo. Colocó la sudadera como una toalla alrededor de su cuello y repitió la dolorosa operación de subir. Nada más estuvo frente a Jesús, rompió la sudadera y empezó a cambiar el vendaje.

Unas dos horas después, Jesús empezó a despertar. El sonido de las olas contra el casco le sirvió de arrullo.

Lo había acomodado sentado en el asiento del piloto, calzado con las bolsas por los lados. Subirlas una a una había sido otra prueba extrema a su resistencia.

Jesús se tocó el hombro.

—Me cambiaste esto… —murmuró.

—No te quieren ni arriba ni abajo —dijo mientras se acercaba para revisarlo.

—Ni en el medio —respondió Jesús.

Gabriel sirvió agua en una cáscara de coco que había partido a la mitad y se la acercó. El garrafón mostraba llenos los últimos tres dedos del fondo.

—Estamos listos para irnos, nos quedan un par de horas de sol. Solo falta que el piloto dé la orden. —Los movimientos rápidos de sus manos mientras improvisaba un saludo militar captaron la atención de Jesús.

—¿Probaste algo de los maletines? —Las cejas de Jesús se arquearon y su boca simuló una sonrisa—. Si lo hiciste no me pongo bravo; si da esa energía, dame un poco.

Gabriel lo miró con seriedad, pero el gesto se le fue relajando.

—Tremendo susto me diste, pensé que te ibas del aire llegando a la meta. —Con cuidado le dio una palmada en el hombro sano—. Pero como dice el dicho: bicho malo no muere.

Jesús sonrió.

—No me hagas siempre caso; por tu pinta supe que no te metes nada por la nariz. —Trató de acomodarse derecho, pero el dolor lo frenó y Gabriel tuvo que ayudarlo.

Cuando terminó de acomodarlo, sacó el último chocolate. Con esfuerzo lo partió en dos y estiró la mano a Jesús con su mitad.

—Si vamos a fallar, que sea en grande.

Tardó más en partirlo que en comerlo, pero valió la pena. Con mucho cuidado Jesús se acercó al timón guiado por la mano sana de Gabriel. Desde ahí encendió el tablero y los instrumentos comenzaron a indicar.

—¡Ándale, esto sí jaló! —Jesús sonrió de oreja a oreja; no parecía el hombre que poco antes le había dado el susto—. Esto está funcionando: la batería marca bien, los motores responden y el GPS… míralo tú mismo.

Gabriel mantenía una sonrisa alegre; sus ojos habían ganado un brillo nuevo.

—Me voy a bajar. Cuando te diga, trata de poner marcha atrás.

Ya en la arena revisó de nuevo todo con un bojeo rápido a la lancha. Estaban listos.

—¡Vamos… inténtalo! —la voz de Gabriel era eufórica.

El tiempo parecía correr más despacio. Gabriel, con el ruido, apenas oía a Jesús: a veces maldiciendo, a veces dándole ánimos.

Seguía empujando, ya no solo con los brazos, sino con el cuerpo entero.

Un dolor detrás de los ojos le empezó de súbito, también en la nuca.

Sus pies se hundían en la arena con cada paso, y lo mejor fue sentir, en el siguiente paso, el agua de la playa bajo sus pies.

La lancha vibraba como si quisiera sacudirse de la arena que la retenía.

El rugido de los motores era un trueno constante, mezclado con el crujido áspero de la fricción.

Cada centímetro ganado era una batalla: el casco raspaba contra la arena, las hélices escupían espuma y el olor a combustible se mezclaba con el salitre.

Jesús seguía aferrado al timón. Gabriel sentía la fuerza transmitirse desde los motores hasta sus brazos.

Toda la lancha temblaba, como si entendiera la lucha que se libraba en ese instante.

Gabriel, con el cuerpo empapado de sudor y arena, se dejó llevar por la euforia: el agua ya le cubría los tobillos, y cada empuje era más liviano.

Por primera vez, la lancha parecía responder. No era solo ruido, no era solo vibración: era movimiento real, una promesa de salida.

—¡Sube! —le gritó Jesús con una fuerza renovada.

Gabriel dio dos zancadas para acercarse al costado de Jesús. El agua le llegaba a la cintura y la baranda quedaba poco más de un metro arriba. El primer salto le arrancó una palabrota; aunque logró agarrarse, sus manos mojadas y ampolladas se soltaron.

Respiró profundo e intentó otro salto. Con el agarre firme y el dolor insoportable, empezó a exigirle el extra a su cuerpo para hacer la dominada. Sus brazos temblaban con cada centímetro que subía, las muelas rechinaban y sentía el corazón chocar contra la lancha.

Cuando por fin pudo subir el pie, el cuerpo entero giró como un todo y cayó boca arriba. El sonido del impacto fue sordo; el de Gabriel, un “ahhh” alargado. Así permaneció hasta que los oídos le dejaron de pitar.

Al mirar a Jesús, lo encontró tocando el GPS. Se enderezó como pudo y, gateando, se acercó a su lado, recostándose en una de las bolsas.

—No te acomodes mucho, que te voy a dar un curso rápido de capitán… me siento fatigado.

Gabriel lanzó un suspiro, se puso de pie con esfuerzo y se apoyó de lleno en el asiento, detrás de Jesús.

—Setenta mil dólares me costó. —Jesús habló con voz pausada; se veía cada vez más débil, su rostro estaba tenso y la mirada como perdida—. Antes de que me vuelva a desmayar, agarra duro el timón. Mantente moviéndote al norte. Mira la pantalla.

Hizo una pausa, respiró con dificultad y señaló el panel.

—No aceleres a más de veinticinco nudos, así nos alcanza la gasolina.

Jesús bajó la mano, temblando.

—Si tienes que parar, apaga en el rojo… y por el verde arrancas de nuevo.

Trataba de concentrarse, pero el mareo le desdibujaba las palabras.

—Verde, rojo, 25, norte —repitió Gabriel.

—Si ves un guardacostas —Jesús tosió—, acelera y reza, que yo no puedo.

Gabriel guardó silencio. Movió la cabeza afirmativamente. Ante la señal de Jesús, lo ayudó a bajarse del asiento y acomodar las bolsas para acostarlo sobre ellas. Usó las otras más pesadas para calzarlo, asegurándolo por los lados.

El sol le daba en la cara. Jesús cerró los ojos por el resplandor. Su rostro, quemado, tenía un color que a Gabriel no le gustaba. Un color de muerte.

—¿En los setenta mil no venía incluido un techito? —preguntó, forzando una sonrisa. La tensión en su rostro seguro lo delataba.

—Quitarlo fue una de las cosas que pagamos —Jesús entreabrió los ojos con esfuerzo—. Un techo negro no era lo más discreto.

—¿No lo tenían en blanco? —le soltó como sin querer.

Jesús forzó una sonrisa.

—Si llego vivo, te voy a poner de asesor de asuntos sin importancia.

Estiró la mano abierta, buscando a Gabriel. Este se apresuró a estrecharla.

—También voy a escuchar la historia de cómo llegaste aquí. —Gabriel sintió un apretón que le hizo crujir los dedos—. Y si me muero… igual gracias. Ahora al norte con esta mierda.

La mano se soltó. Jesús ladeó la cabeza y cerró los ojos. Su pecho subía y bajaba.

Gabriel vio cómo la isla desaparecía, hasta convertirse en el mismo manchón que, días antes, lo había hecho nadar más rápido. Ahora de ese lugar se llevaba el recuerdo de los muertos enterrados, las ampollas y quemaduras. Pero de entre los doscientos pasajeros, él seguía vivo.

Allá voy, mi niño.

Las lágrimas se las llevaba el viento, o se perdían en el mar.