Caído del Cielo CAPÍTULO 6 Fiebre
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CAPÍTULO 6 Fiebre

El murmullo lo arrancó de un sueño que recién empezaba. Entreabrió los ojos y se giró buscando en la oscuridad una silueta. Palpó a sus lados hasta encontrar la linterna. La encendió.

Jesús seguía con los ojos cerrados, moviendo las manos lentamente, como si buscara algo en la oscuridad.

Se acercó, arrastrando los pies en la arena.

—¡Nooo! —el grito lo hizo saltar en el lugar y acelerar el pulso.

Se recuperó del susto, se agachó a su lado y le tocó la frente: estaba ardiendo.

—¡A ellos nooo! —gritó Jesús, y su mano se movió con violencia, directa hacia él. Por un instante, agachado como estaba, pareció que iba a agarrarlo.

Gabriel se tiró hacia atrás y contuvo una grosería.

Miró el garrafón de agua: ya tenía menos de la mitad. Usarla en compresas sería un suicidio para ambos. Sin pensarlo más, tomó su sudadera y corrió a la playa para mojarla. Sabía que el agua salada podía no ser lo que necesitaba.

Es mejor que nada

Gabriel le colocó la sudadera sobre la frente mientras sujetaba la mano de Jesús para evitar que el cabestrillo se zafara.

Por un momento se olvidó de sus propios dolores, hasta que la posición en que estaba le provocó calambres.

Cambiaba el paño cada vez que lo sentía calentarse.

Jesús ya no manoteaba; sus gritos se habían vuelto un murmullo roto, palabras sin sentido.

Aprovechó para exprimirle unas gotas de agua del garrafón en la boca.

Jesús tragó y su rostro mostró un ligero alivio, aunque seguía sin reaccionar.

Con ese mismo paño limpió la sal de la cara; no quería que se le irritara.

Viendo lo limitado de sus opciones, recordó el alivio que había sentido al acostarse en la tumba que cavó el día anterior, y se le ocurrió que el frío podría ayudar a bajarle la fiebre a Jesús.

Empezó a cavar en la arena, creando un hueco hasta sentirla más fría.

Sus manos, que ya ardían desde que las había mojado en la playa, sangraban nuevamente al apartar la arena.

—Por si entiendes lo que te digo, no te estoy enterrando vivo… es para enfriarte.

Lo agarró por las axilas y, soltando un lamento de dolor, lo arrastró hasta el hueco.

Un rato después la fiebre parecía ceder. Gabriel ya no podía mantenerse en pie. Corrió las bolsas para hacer una barrera contra el viento frío que venía del mar y se acomodó junto a Jesús. Se durmió en segundos.

Sintió que lo jalaban por la mano. El tirón lo incorporó de golpe. El sol ya había salido. La mano de Jesús ya no lo sujetaba; descansaba a un costado, como si se hubiera soltado con cuidado.

—¿Cómo te sientes? —fue lo primero que se le ocurrió. Un “buenos días” le parecía fuera de lugar.

Jesús lo miró con los ojos hundidos. Solo las cejas se movían.

—Hecho mierda —intentó esbozar una sonrisa que se le quedó a medias—. Gracias de nuevo.

Gabriel le dio una palmada en el hombro sano y bostezó.

—Nos estamos quedando sin agua —dijo, señalando el garrafón—. Para hoy alcanza. Si mañana seguimos aquí, no.

—Ni a chambear te puedo ayudar —respondió Jesús.

—Tú ocúpate de mejorarte. Tienes que decirme cómo arrancar eso y para dónde ir.

—Voy a tratar de no morirme —dijo Jesús, y señaló al cielo—, pero eso ya depende de que ande de buenas allá arriba.

—Si después de todo esto nos morimos, confirmaré que no hay dios… o que es un sádico —dijo Gabriel mientras se ponía de pie, con el rostro torcido por el dolor.

—Mi madre te diría blasfemo y buscaría un jabón para lavarte la boca.

La media sonrisa de Jesús se desvaneció. Sus ojos se perdieron en el techo de palmeras.

—Cómo extraño a mi vieja —susurró.

Permanecieron en silencio unos segundos. Gabriel, recostado al tronco de una palmera, movía los pies lentamente, despertando las piernas.

El día anterior había apartado unos cocos. Cogió una piedra afilada y, con otra más pesada, los golpeó.

—Voy a preparar el desayuno —dijo, forzando una sonrisa. Pero la añoranza de Jesús por su madre le había traído la imagen de su propia familia.

—Tendremos bebida dulce y masa blanca… todo orgánico.

Jesús sonrió. Pocas opciones tenían.

—No prepares huevos revueltos, tengo alto el colesterol —dijo Jesús, pero ni siquiera pudo reírse; el dolor le punzó y el rostro se le contrajo.

Comieron masa y bebieron agua. Masticar engañaba los sentidos, al menos unos minutos. Gabriel guardó dos cocos pelados, sin abrir, y los enterró en la arena para que no se calentaran.

—Voy pa' allá —se dijo con un suspiro, y caminó hacia la lancha.

Jesús lo despidió con un movimiento ligero su de mano.

Estuvo más de dos horas quitando arena para dejar la lancha apuntalada por los lados y apoyada sobre troncos.

Además había cavado alrededor de las hélices, dejándolas libres.

Jesús le había comentado mientras preparaba los cocos que, con la marcha atrás de la lancha, tal vez lograran moverla.

Esa opción era una minidosis de esperanza.

Las ampollas reventaron, le ardían al menor roce.

Regresó arrastrando los pies por la arena, el rostro pálido por el esfuerzo.

Se sentó al lado de Jesús. Cerró los ojos y trató de acompasar la respiración.

Permaneció así unos diez minutos, hasta que el cuerpo entró en recuperación.

Su pelo castaño y sus ojos claros contrastaban con la piel quemada y enrojecida por el sol.

La sal y la arena seca le raspaban el cuerpo. Hasta respirar dolía.

Si su cuerpo fuera uno de los sistemas automáticos que diseñó cuando más joven, con gusto le hubiera quitado todas las alarmas.

Hubiese limpiado esa pantalla llena de puntos rojos y esperado que sencillamente colapsara cuando tuviera que hacerlo, sin estar cada segundo recordándole que ya no podía más y que estaba al límite de todo.

Abrió los ojos.

—Ándale come —le dijo Jesús, que no había hablado mientras él descansaba.

—Quedan solo tres chocolates —respondió, con las palabras arrastrándose.

—Cómetelos… los necesitas.

No le faltaba la razón, pero para que todo funcionara hacían falta dos personas.

—Sin ti no nos vamos a mover de aquí —dijo Jesús.

Puso las manos sobre la arena, pero dio un brinco de dolor y las acomodó sobre su regazo, como si cargara una pelota de playa. Miró a Jesús.

—Voy a necesitar un piloto también fuerte. La lancha está lista para moverla.

—¡Está ready! —exclamó Jesús.

—Ready o no, hay que intentarlo.

El rostro de ambos se iluminó, se miraron y sonrieron.

Gabriel cogió un chocolate, se lo llevó a la boca y le alargó otro a Jesús.

Jesús levantó el hombro sano como un niño al que le preguntan si quiere dulce pero le da pena. Y estiró también la mano.

Ambos disfrutaron el momento, masticando con los ojos cerrados y exagerando cada bocado.

—Es mediodía. Si logramos sacarla en una hora, ¿cuánto tiempo demoramos en llegar a algún lado? —preguntó, y la sonrisa se le borró mientras trazaba una raya en la arena con un pedazo de coral.

—Nosotros salimos de Miami y estuvimos tres horas dándole al sur.

Jesús movía la mano como si llevara el ritmo de lo que contaba.

—Paramos, echamos combustible, botamos los tres garrafones vacíos.

Gabriel había escrito un tres en la arena y esperaba, con el coral en la mano.

—Ellos debían venir de Bahamas. Estaban allí desde la noche anterior.

El sonido lejano de un avión entre las nubes los sacó de la conversación. Ambos levantaron la vista, siguiendo su trayectoria en silencio. Hasta que solo quedó el rumor del mar y el sol implacable.

—En fin, nos vimos en el punto fijado y ahí se enredó todo.

Gabriel pensó en interrumpirlo para preguntar lo que le importaba, pero lo notó tan metido en la historia que prefirió escuchar. Así también conocía del origen de su compañero.

—Balas por todos lados. Carlos, para agua. Y cuando me dieron, aceleré la lancha.

Jesús movió una palanca invisible y se detuvo.

—Pedro seguía disparando, pero de repente se detuvo. Pensé que estaba recargando. Miré hacia atrás, primero vi la lancha de los pendejos en llamas y me puse contento, luego lo vi a él tirado… —los ojos de Jesús se humedecieron—. Nos conocíamos desde chamacos, fui hasta novio de su hermana.

Gabriel cambió de posición, incómodo. Miró el sol. Tenían horas de luz y la pregunta le quemaba la lengua. Aun así esperó un par de segundos. Luego, en voz baja:

—¿Y después? ¿Hacia dónde diste?

Jesús chasqueó los dedos.

—Estoy pendejo… la Eclipse tiene GPS. —Y soltó una risa contagiosa.

Gabriel se sumó.

—El que no sabe nada de lanchas soy yo… bueno, salvo quitarles la arena de los lados.

—Ya hay algo en que nos parecemos —Jesús paró la risa para poder hablar.

Gabriel permaneció a la espera.

¿Qué puedo tener en común contigo?

—Eres bien pesado como yo —Jesús volvió a carcajearse, tocándose con la mano libre el hombro en cabestrillo.

—Vamos a sacar esa mierda a navegar, que esta noche te invito a unos mojitos.

Las palabras de Jesús sonaron bien, pero al intentar ponerse de pie, el dolor lo detuvo.

Gabriel ayudó a Jesús a levantarse, aunque a él mismo le costaba mantenerse en pie.

Sus piernas ardían con el esfuerzo y sus hombros apenas podían sostenerlo.

Se quedaron recostados a un cocotero unos segundos; ambos jadeaban, entre el calor insoportable y el agotamiento.

Los diez metros hasta la lancha serían tan devastadores como una maratón.

—¿Qué hacemos con eso? —Jesús señaló los maletines.

Con todo lo que pasaba, había olvidado lo que valían. Dejarlos allí sabía que Jesús no lo aprobaría.

—Después que te ponga en la lancha, regreso a buscarlos. No te preocupes, que no me voy a ir corriendo con ellos.

Jesús subió levemente los cachetes; el esfuerzo lo hacía temblar.

—¿Y las armas? —preguntó Jesús.

Gabriel señaló un tronco caído a unos cinco metros.

—Ahí están.

—No los dejes, son buenos hierros. Solos en el mar, con dinero, no están de más.

Gabriel no respondió. Giró el cuerpo y tiró de Jesús para iniciar la marcha. Se hundían en la arena con cada paso. El tiempo se hizo interminable hasta que llegaron.

Subirlo fue otra odisea. Gabriel probó varias posturas hasta que lo montó a caballito sobre sus hombros, mientras Jesús se agarraba del borde con la mano sana. La maniobra le arrancó un quejido a Gabriel y un grito a Jesús, que tiraba con todas sus fuerzas.