CAPÍTULO 5 Alianza de conveniencia #2
Su suerte: estaba vivo. Pero nunca borraría la idea de que ni siquiera avisó a otros cuando comprendió el destello, que fue egoísta y que quizás por eso, si encontraba el teléfono, sería justo que estuviera roto, ahogado como muchos de los que iban en ese avión.
Apretó los puños con fuerza.
Tantos años aguantando en silencio y agachando la cabeza, para poder vivir, lo habían cegado. No había sido él. Pero las manos le temblaban igual. Él no jugó a ser dios, decidiendo quién se salvaba y quién no. Esa ceguera que se le había quitado, por ratos le empañaba la vista.
Esperó a que se le bajara el genio. El recuerdo de su familia, de su mujer y su hijo, la sonrisa de ambos lo calmó. También le sacó las lágrimas.
Se limpió la cara, apiló los troncos que encontró que pudieran servir y comenzó a limpiarlos con una piedra afilada.
Soy un hombre primitivo.
—Tanto trabajo les costaba tener un machete en la lancha. Debería ser un requisito obligatorio para poder salir a navegar.
Sus manos empezaron a ampollarse en menos de una hora, pero era un precio justo si cada golpe lo acercaba a salir de allí.
Al rato volvió a tomar agua donde estaba el herido y aprovechó para revisarlo. El vendaje funcionaba: había frenado la hemorragia. Y aunque lo notaba caliente, no creía que fuera fiebre alta.
—Tengo sangre de perro y me curo rápido —le dijo el hombre en tono apagado y pausado, pero esbozando una sonrisa mientras abría los ojos—. Ya me habían dado cuchilladas y punzonazos, pero es mi primer tiro… y no porque no lo intentaran.
Aquella revelación lo golpeaba y no sabía ni cómo responder. Él nunca había sido herido y sus peleas de kárate habían sido siempre con reglas. Venía de un mundo bien diferente al de aquel hombre y, aun así, ahí estaban compartiendo destino.
Sin responder, devolvió una sonrisa seca y le dio agua.
Mientras intentaba relajar sus músculos, su vista chocó con los dos muertos que había dejado en la arena la tarde-noche anterior. No tenía tiempo que perder, pero no podía dejarlos ahí al sol.
Así que enterrar a los muertos fue lo próximo de la mañana.
Antes les había quitado las sudaderas para enjuagarlas y tenderlas en la orilla de la playa.
También tomó con delicadeza sus cadenas, anillos y carteras, poniéndolas a un lado mientras cavaba en la arena usando un tronco seco como pico.
Sus ampollas comenzaban a crecer, cada burbuja duplicaba su tamaño.
Cuando el agujero alcanzó medio metro de profundidad, se detuvo.
Agachado, se acostó gradualmente en él. Su cuerpo le pedía un descanso; el dolor se le había repartido por todo el cuerpo, sin dejarle claro cuál era el peor.
La arena fría del hueco contrastaba con todo lo demás; le resultaba hasta agradable.
Mirando al cielo, observó pasar a gran altura un avión. Siguió con la vista la pequeña figura y el hilo de humo blanco que dejaba.
Nadie nos busca.
Pensó en su familia y siguió cavando unos centímetros más.
No podía detenerse, no podía obedecer a su cuerpo adolorido. Arrastró uno a uno a los muertos y con el mayor cuidado los depositó en el hueco, uno al lado del otro.
Enterrarlos fue una tarea incómoda, sobre todo en el momento de tapar la cara. Él sería el último en verlos y ni siquiera sabía quiénes eran.
Para terminar, colocó unas piedras marcando el lugar de la tumba. La observó por un momento y, justo antes de irse, recogió las prendas y carteras del suelo. Siguió rumbo al herido con ellas en la mano.
Al verlo llegar, el hombre se acomodó y se quedó mirando la mano con las cosas.
—Tu botín pirata —le dijo, señalando con la cabeza.
Tuvo que controlar las ganas de soltar una grosería. En eso estaba más que entrenado, aunque ya todo lo tenía al límite.
—Pensé que si salimos de aquí la familia pudiera al menos tener esto de ellos —respondió en tono molesto.
La cara del herido cambió ligeramente. Sus cejas se fruncieron y su boca hizo una especie de puchero.
—Definitivamente no nos parecemos, y no creas que te lo digo como algo malo.
El rostro de ambos comenzó a relajarse.
—Yo hubiese querido ser como tú, tener esos gestos nobles. Llorar a los muertos. Pero a veces la vida te convierte en esto —con la mano libre se señaló a sí mismo.
Ambos se quedaron en silencio un rato. Tomaron luego un sorbo de agua cada uno y el herido al poco rato se durmió.
El cuerpo le pedía quedarse a la sombra. Las manos no podían cerrarse sin que el cuerpo entero se estremeciera. Pero tenía que continuar. Al menos hasta caer desmayado.
Pasó la tarde excavando túneles para colocar troncos bajo la lancha. La idea que compartió con su compañero era hacerla deslizar hasta el agua. Si no funcionaba, tendría que aligerarla, quitando los motores y el asiento. Pero todo eso sería para la próxima jornada: necesitaba renovar sus fuerzas.
Decidió coger otro trozo de chocolate para cada uno; quedaban, cuando mucho, un par de horas de visibilidad.
Mientras se comían el chocolate del cierre del día, el herido lo miró con los ojos entrecerrados.
—Por cierto, nunca me dijiste cómo te llamas… yo soy Jesús —le dijo, llevándose la mano al pecho.
Gabriel dudó. Un segundo. Dos. Luego soltó el nombre como quien suelta una moneda en un pozo.
—Gabriel.
Jesús arqueó las cejas. Luego una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—Así que Gabriel… —la risa le brotó apagada, pero contagiosa—. ¿Y después dices que no eres mi ángel?
Gabriel no pudo evitar sonreír.
Desde el primer momento en que Jesús lo había llamado ángel caído, había dado con lo irónico de todo. Incluso había pensado en inventarse un nombre, pero desechó la idea: después de perder tanto, su nombre no sumaría a la lista.
—A veces las cosas no son lo que parecen. Tú te llamas Jesús… y de santo imagino solo el nombre.
Jesús estuvo a punto de atragantarse antes de dar otra carcajada, que tuvo que frenar por el dolor que le provocó mover el brazo.
Gabriel aprovechó para cavar otro poco. El día entero se había ido ya. El sol daba sus últimos saludos antes de desaparecer por completo. El cuerpo le seguía doliendo por el esfuerzo sostenido y su estómago estaba en huelga.
Dos cuadritos de chocolate habían sido todo lo que comió en el día; contando los dos que compartió con Jesús, ya les quedaban solo tres. El agua también había bajado. El calor insoportable y el esfuerzo constante lo hacían necesitarla, y aunque había abierto un par de cocos, el sabor no era igual.
Tengo que terminar cuanto antes.
Se acomodó cerca de Jesús. Cada vez que cerraba los ojos y pensaba que el cansancio lo vencía, veía una luz acercándose, sentía su cuerpo temblando y los gritos de la gente. Pero lo que lo terminaba de despertar era la imagen de los ojos vidriosos de los hombres de la lancha.
Se entretuvo contando estrellas, esperando que el sueño llegara.