CAPÍTULO 5 Alianza de conveniencia
El silencio reinó unos instantes. El herido no había escuchado bien, y él no estaba dispuesto a repetirlo. Le interesaba más aquel hombre, sobre todo si alguien lo buscaba. Pero se frenaba de preguntar: la respuesta podía hundirlo más.
Aprovechó para comer un cuadrito y darse un buche de agua. Respiró hondo buscando concentración. Soltó el aire poco a poco mientras cerraba los ojos unos segundos. Al abrirlos, las palabras salieron.
—Alguien te estará buscando —le dijo, señalando las bolsas.
El hombre primero lo miró sin decir nada; incluso llegó a pensar que no respondería.
—Mi hermano —dijo pausado, mientras se inclinaba hacia él.
—Ahorita debe estar como loco llamando —el herido soltó un gemido.
—El satelital cayó al agua… Así que…
Quizás era prejuicio. Era la primera vez que hablaba con un hombre así, y el escenario —dos muertos, heridas de bala, olor a sangre— no le daba buena espina.
—Al agua —repitió, como un eco de las palabras del hombre.
—Carlos cayó con el teléfono al agua —apuntó el herido, con la voz cortada y la mirada perdida en el mar, como si estuviera recreando la escena en su mente—. Así lo quiso Dios.
Remató con un suspiro.
Un teléfono… cuánto daría por un teléfono para llamar a mi familia. Incluso si tuviera una sola llamada, sería para ellos, para decirles que estoy vivo y que no sé cómo, pero iré con ellos.
Pero el dios de este hombre había querido otra cosa. Sostuvo esa idea por un instante.
—Ahora mismo seguro hay gente buscándome a mí… y a esto.
El hombre dio unas palmadas a las bolsas donde estaba sentado. Al terminar, cerró los ojos unos segundos, apretándolos con fuerza.
Esas palabras encendieron una pequeña esperanza.
A este hombre y sus bolsas alguien lo buscará.
Pero surgía otra pregunta, una que caía como esos cocos de la mata.
¿Quién nos encontrará primero, la familia o los otros?
¿Cuándo?
—¿Y los del otro lado? —tartamudeó la pregunta, que llevaba rondándole desde la noche anterior.
El herido se llevó la mano al cuello, sacó una cadena con un crucifijo dorado y lo besó antes de responder.
—Gracias a Dios ya esos deben estar llegando al infierno.
Su cara era de desprecio. Pero lo que más le impresionó fue la naturalidad con que acompañó la frase con el dedo índice: primero apuntando hacia arriba y luego hacia abajo, marcando las fronteras del bien y el mal.
En ese instante, la mención de ese dios al que él seguía sin tenerle fe le hizo pensar en algo que no había considerado: que, el día anterior, de todos los pasajeros del avión, él había sido el escogido. Solo él, entre doscientos más.
Al menos no recordaba a ningún niño en el vuelo. La muerte de niños inocentes en todo el mundo era de lo que más le quitaba la fe en ese supuesto dios que todo lo puede.
—¿Y a ti te buscan? —la pregunta del herido, tan directa como la que él mismo había hecho, lo sacó del trance.
Se tomó un segundo para responder. Buscaba las palabras correctas mientras la cara expectante del herido demandaba una respuesta.
—Si te soy sincero, la verdad no sé… Como tampoco sé en este minuto si es bueno que lo hagan.
Miró al fondo de la lancha; por entre los motores se veía el mar. La vista se le quedó fija en el horizonte. Una pausa inconsciente para hurgar en su mente.
—Creo que depende de quién sea el que busque —la frase le salió como un susurro.
Miró al herido. Este subió las cejas, tratando de traducir sus palabras, pero se notaba confundido.
—Al final solo tengo una certeza: quiero abrazar a mi familia, y para lograrlo haré lo que sea.
Ahora el herido frunció las cejas, dando a su rostro una expresión de concentración. Parecía que las cejas le hacían de segundo idioma.
—Ya me caes bien… eres un luchador como yo.
El herido mantenía la mirada fija en él.
—Al final, para mí, sí caíste del cielo. Eso ni tú me lo vas a discutir. —Lo vio encogerse de dolor y torcer la boca, pero al instante recobró su expresión—. Me voy a jugar todos mis naipes contigo. — Intentó sonreír—. Tampoco tengo muchas opciones.
Sostuvieron la mirada; él también estaba bastante corto de opciones.
¿Qué propuesta me puede hacer?
No tenía idea. Pero si en algo siempre fue bueno fue en escuchar a otros. Hasta que dejó de ser sordo y ya no quiso escuchar discursos vacíos.
—No sé si ya revisaste eso —con la cabeza señaló las bolsas mientras hacía una pausa con muestra de dolor—, pero que no me hayas dado dos tiros o escachado la cabeza… para mí significa que no eres igual que yo.
Lo observó erguirse como pudo, como para darle peso a sus palabras.
—Pareces un hombre de palabra… igual que yo. —La pausa al hablar daba la sensación de que el hombre se apagaría por el esfuerzo en cualquier momento—. Te tengo un trato.
Las palabras del herido le apretaron el pecho. En la posición en que se encontraba, escuchar la propuesta, sin juzgar de dónde venía, era una de las pocas opciones que tenía.
—Escúchame bien —el herido bajó la voz, un gesto involuntario teniendo en cuenta lo solos que estaban—. En cuatro de estas bolsas hay dos millones de dólares… dos millones —recalcó el hombre levantando dos dedos.
La respiración se le hacía trabajosa, el rostro estaba pálido, pero aún en ese estado hablaba como si nada en el mundo fuera más importante.
—Pues sácame de aquí y una de las bolsas es tuya.
El hombre permaneció en silencio mientras se tocaba el hombro.
—Las otras dos…
Giró la cabeza buscando, pero él, cuando limpió el piso, las había corrido.
—Están delante del asiento —le comentó.
—Ándale, pues —respiró, botando el aire de forma sonora—. Las que pesan más, no se tocan.
—Ya se perdieron ocho y mi hermano no es tan generoso. —El herido dejó escapar una risa nerviosa, pero al parecer el dolor lo obligó a frenarla.
Él permaneció en silencio. De todo lo dicho, lo más cierto es que no le escacharía la cabeza ni caería a tiros. No había abierto ninguna bolsa, pero sí había notado que las cuatro en las que se habían sentado pesaban menos que esas dos que corrió.
—Entonces… señor caído del cielo… ¿tenemos trato? —el herido estiró la mano derecha, bien abierta. Temblaba, pero la mantenía firme.
La propuesta del herido lo ponía en una posición incómoda. Su supervivencia estaba en juego y, aunque hacía solo segundos había afirmado que haría hasta lo imposible por volver con su familia, la oferta de un dinero sucio era una nueva prueba para su carácter.
Su mirada quedó perdida por unos segundos; un tic se le reflejó en el ojo haciéndoselo vibrar. Otra de las pocas certezas que tenía era que, en ese minuto, aunque medio millón de dólares nunca los hubiera soñado juntos en sus manos, eran tan inútiles para salir de allí como ese hombre herido.
—Permítame ofrecerle el mío —logró responder, haciendo un esfuerzo para sonar calmado mientras en su mente sopesaba las opciones de manera acelerada.
La cara del herido, al oírlo, tomó una textura rígida. La mano cayó sobre el muslo, pero no dijo palabra.
—No tengo muchas opciones. Pero si salimos de esta no va a ser porque me pagues. Yo no sé cómo, pero voy a poner esto de nuevo en el agua. Tú me dirás cómo arrancar y hacia dónde llevarte.
Recuperó el aire, que se había escapado como goma pinchada, y mirándolo a la cara soltó lo que le quedaba:
—Si me quieres agradecer… lo único que te pido es que me ayudes a llegar con mi familia, solo eso.
—Me sacaste un buen susto, cabrón —la mano del herido volvió a estirarse temblorosa y una sonrisa se le dibujó en el rostro —.
No confiaría en alguien que rechace tanto dinero…
pero sí en alguien que pone a la familia primero.
—Sus ojos se humedecieron levemente—. Yo también tuve una…
family, una vez… y cambiaría no una, sino las seis bolsas de ser necesario para tenerlos de nuevo.
La imagen del herido, que hasta entonces le había parecido peligrosa, se transformó. De repente, era solo un hombre.
—Pero este cabrón a veces se pasa… —la mano del hombre apuntó al cielo antes de volverla a ofrecer—. Heredé la fe de mi madre, así que mejor sigo pensando que tú eres un ángel que me mandaron. Así que basta de cháchara. Mi palabra vale tanto como mi dinero y hoy te la doy.
Seguirlo demorando con la mano temblorosa estirada y las lágrimas frescas le resultaba cruel. Más cuando seguía apartando, como si fuera una mosca, la idea de que ese hombre herido pudiera morirse ahí a su lado sin ver la salida.
Las manos de ambos finalmente se apretaron y, en esos segundos, sellaron la alianza de conveniencia.
—¿Y ahora qué? —la voz del herido sonaba ansiosa, mientras se pasaba la mano por la cara.
Esa misma pregunta llevaba horas dándole vueltas como un satélite. El sol empezaba a castigar, la lancha era un blanco perfecto. En minutos sería imposible para el herido estar ahí. Él no tendría más remedio, en la lancha, estaba su boleto de salida.
Bajar al hombre de la lancha fue una tarea incómoda: sus cerca de cien kilos en tan poco tamaño lo convertían en una maniobra complicada, más aún con la debilidad y la fiebre que empezaba a subirle, que no le permitían colaborar.
Pero había que quitarlo del sol, que ya era fuerte, y, de paso, restarle peso a la lancha.
Una vez en el suelo, lo llevó recostado y con pasos cortos unos diez metros para acomodarlo bajo una palmera.
Los gritos intermitentes, e incluso un momento en que perdió la conciencia, demoraron la operación cerca de media hora.
Finalmente, usando las bolsas que bajó como colchón, quedó acomodado a la sombra.
Se tomó unos minutos para recuperar fuerzas, sentado directamente en la arena. El silencio entre ambos hizo que el herido se durmiera. Viéndolo así, indefenso y temblando por la fiebre, no pudo más que coger agua fresca y, vertiéndola sobre su propio pañuelo, colocárselo en la frente.
Pasó la mañana buscando troncos. Cada centímetro de la isla fue explorado. La idea de encontrarse al tal Carlos en la orilla que no había revisado aún se esfumó al cerrar el bojeo.
No es que le agradara encontrar otro muerto, pero si tenía el teléfono arriba, bienvenido. Pero tal como estaba su suerte… en ese detalle se detuvo.