CAPÍTULO 4 Caído del cielo
Se quedó inmóvil unos instantes, sin saber cómo describir lo que sentía. Por suerte había ido al baño antes de montar en el avión; de no ser así, tendría que lavar los pantalones.
Por si caer del cielo no había sido suficiente, ahora estaba frente a un sujeto armado, herido y desmayado, metido en medio de algo que, sin entenderlo del todo, muy legal no era.
Dio un vistazo rápido al agua; se le antojaba. Pero la herida en el hombro del sujeto seguía sangrando: un hilillo rojo se escapaba por el costado del pañuelo.
Se levantó y se acercó lentamente al herido. Corrió la pistola con el pie y estuvo mirándolo unos segundos. Así, desmayado, no era una amenaza. Pero la reacción con el arma y el escenario le dejaban claro que era alguien peligroso.
Le quitó con esfuerzo la sudadera. En su momento fue blanca; ahora era mezcla de rojos y marrones.
Debajo llevaba una camiseta gris, que no le estorbaba para tratar la herida.
El hombre contrastaba con él: pasado de peso, muy bajo, poco más de un metro sesenta.
Por el rostro, debían tener una edad parecida.
El esfuerzo al moverlo le quitaba las pocas energías que le quedaban, pero no hacer nada sería traicionarse a sí mismo. Además, esa persona era su única oportunidad de tener un mínimo de información y quizás hasta una vía de salida.
Rompió la sudadera en tiras. Despegó el pañuelo con cuidado, mirando alternativamente sus ojos y la herida. La sangre brotó con más fuerza.
—Carajo.
Con una de las tiras limpió el hombro con movimientos rápidos. Exprimió el pañuelo y lo volvió a poner.
Puso un pedazo de tela doblado en la parte de atrás y con una tira más larga apretó. El grito del herido lo hizo dar un brinco y soltar la tira, pero inmediatamente ajustó de nuevo, ahora con más suavidad, pero lo suficiente para que quedara firme.
Se miró las manos ensangrentadas. La labor de enfermero nunca le despertó vocación. Había donado sangre una sola vez; la impresión de ver su propia sangre le había provocado náuseas. No fue más.
No sabía si había hecho lo correcto. Su única experiencia seguía siendo ver películas y series. Hacerlo con sus propias manos era muy distinto a haberlo visto tantas veces en pantalla.
La cara del herido pareció relajarse; no sabía si estaba desmayado o dormido.
Por momentos lo invadía el temor de que despertara de manera violenta. Ya desarmado no era tanta amenaza, y no solo por estar herido. Él, peleando a mano limpia, no era malo: en su momento, practicar kárate había sido su forma de liberar estrés.
Por si acaso, las armas largas estaban lejos y la pistola, después de patearla de nuevo, también.
Lo recostó en el suelo, usando dos bolsas como almohada. Por fin pudo dar dos buenos sorbos al agua del garrafón, sin dejar de mirar al herido.
Sintió el agua mojándole la boca, recorriéndole la garganta. Un placer que no podía describir. Su sentido común le decía que debía conservarla, pero el instinto le pedía más.
Mojó una de las tiras lo suficiente para exprimírsela al hombre en la boca; sintió cómo tragaba. Esa reacción le daba esperanzas.
No era médico, pero sabía que si había orificio de entrada y salida la bala ya no estaba, y eso era bueno. El olor a sangre tampoco lo ayudaba a concentrarse; en otros tiempos habría tenido náuseas, pero ahora no podía permitírselo.
El sol se ocultaba en el horizonte. Permaneció unos minutos sentado en una bolsa, mirando al herido, esperando que reaccionara.
El hambre le ardía en el estómago. Tenía debilidad.
Algo le impedía revisar cada rincón, incluyendo los muertos, en busca de comida.
Sobre todo porque había alguien vivo que, para él, seguía siendo el dueño.
Aun así, un compartimiento bajo la consola de mando le quedaba al alcance de la mano. Lo pensó una y otra vez hasta que estiró y lo abrió. Se acomodó agachado para ver mejor su interior.
—¡Ño! —la frase se le escapó, alargada, hasta quedarse sin aire.
El rostro se le contrajo en una sonrisa infantil cuando, entre varias cosas sueltas, el brillo de una barra de chocolate lo sorprendió.
Solo atinó a murmurar: —Con su permiso —, más simbólico que formal. Mientras abría la barra y comía dos de sus cuadritos, disfrutó cada uno de ellos con los ojos entrecerrados; cuando los acabó, siguió hurgando en las muelas para aprovechar hasta lo último. Contó los restantes: quedaban ocho más.
Aunque los dolores no lo abandonaban, tomar agua y comer lo animaba. Con esa energía renovada sentía que solo le faltaba poder hablar con el herido y definir cómo salir de allí.
Pero el hombre roncaba.
Aprovechó los últimos rayos de sol para bajar los muertos de la lancha.
Primero les cerró los ojos y los acomodó en una posición más natural.
También rondaban los cuarenta años y seguro que, como él, se sentían jóvenes.
Qué desperdicio. Antes habría pensado que cada cual elige su destino, pero viéndose a sí mismo, ya nada era tan certero.
Con dificultad, los fue bajando uno a uno por la borda, con el mayor cuidado posible.
Sentir sus cuerpos fríos y rígidos, y la mezcla de olores, le sacaba un gesto de repulsión.
Eran de su tamaño —un metro setenta y cinco tal vez menos— aunque más robustos.
Los arrastró unos veinte metros, lo suficiente para que el olor no llegara directo.
Aunque ya lo tenía incrustado en la nariz.
No los enterró: no tenía fuerzas para ello. Además, la luz ya era poca y la linterna —que a buena hora estaba con el chocolate— debía dejarla para emergencias.
Secó el piso de la lancha; una de las sudaderas que llevaba un muerto se volvió frazada improvisada.
Las armas largas las tomó y les quitó los cargadores.
Él solo conocía bien la AKM, de cuando pasó el servicio militar; esas eran diferentes.
Las puso debajo de una de las bolsas y sobre ella se sentó, recostándose al borde de la lancha.
La pistola la tomó; el metal en su mano se sentía raro. Aun así, la guardó debajo del muslo.
Se colocó en una posición desde la que veía directamente al herido.
Temía quedarse dormido y que el otro, al despertar, intentara matarlo.
Permaneció en vela un rato. La brisa se colaba, pero el barandal la frenaba.
Aun así, el frío de la noche le calaba los huesos. El cansancio terminó por vencerlo.
La luz del sol le dio los buenos días. A los pocos minutos el calor lo devolvía a la vida. Cuando reaccionó y abrió los ojos, algo lo hizo enderezarse como un resorte.
El herido, sentado desde el lugar donde lo había dejado, lo miraba fijamente. Pero esta vez, en su rostro, ya no veía el gris feo de antes. Se sostuvieron las miradas unos segundos hasta que este lanzó un quejido y cerró los ojos apretándolos.
Viéndolo así, se levantó y, sin hablar, mojó un trapo en el garrafón. Esperó unos segundos, mirando al herido, que respiraba con dificultad y abría y cerraba los ojos. El susto inicial se le había pasado. Ahora volvía a verlo como alguien que necesitaba ayuda.
Se acercó y, sin apartar la vista de su cara, le colocó el paño sobre la boca y lo exprimió. Para su satisfacción, el hombre tragó, con los ojos cerrados, más tranquilo. Repitió la operación y, cuando terminó, recibió una palabra como premio.
—Gracias.
—Tremendo susto me diste ayer —fue lo que se le ocurrió responder.
—¿Quién te mandó? —apuró a preguntar el herido, tosiendo al final de la frase.
Por un instante miró al cielo.
Me estrellé.
Pero no se sentía cómodo hablando de eso con un desconocido, así que solamente apretó la boca.
—¿Te mandó el Chino? —el herido volvió a preguntar ante su silencio.
Negó con la cabeza.
¿Cómo le explico a este sujeto que nosotros dos no tenemos nada que ver? Salvo por estar varados en el mismo lugar.
El hombre miró a los lados como buscando algo.
—A los otros… los bajé. —Iba a decirle que estaban muertos, pero no sabía si eran amigos o enemigos.
—Los puse en la playa. No los enterré, esperando poder conversar contigo. Pero si vamos a estar un tiempo aquí, voy a tener que hacerlo. El olor puede ponerse más incómodo.
El herido asintió suavemente mientras se enderezaba. Su mirada se concentró en las dos bolsas sobre las que estaba sentado y luego en las otras dos que él había cogido como asiento.
—¿Las abriste? —dijo con voz ronca y pausada, haciendo contacto visual.
—No —la negación fue seca.
El hombre lo miró con incredulidad.
—Y salvo que en ellas tengas comida o agua, la verdad… no me interesa en lo que anden ustedes.
El herido esbozó una sonrisa y movió la cabeza con trabajo.
—Ahí hay para no trabajar nunca más —dijo, y el esfuerzo por hablar le arrancó un gemido. Se tocó el hombro vendado, como si el recuerdo del dinero le doliera tanto como la herida.
Si tuviera que adivinar por el acento, el herido era mexicano. Aunque débil, parecía que hablaba cantando.
—Mi vida y la tuya no van a ser muy largas si no salimos de aquí —respondió él, con la misma ironía de siempre—. Voy a tener que trabajar como un mulo. Parqueaste en el medio.
Ambos esbozaron sonrisas.
—A no ser que me des una mano.
El herido trató de sonreír, pero se retorció de dolor mientras tosía.
Le volvió a exprimir agua con el paño. Después partió uno de los cuadritos de chocolate y se lo acercó. La mano sana del hombre se movió por inercia para recibirlo.
—Si salgo de esto, voy a tener que creer más en Dios y sus ángeles —le dijo el herido, mientras lo señalaba con el dedo índice de su mano libre, masticando y con el rostro relajado por primera vez.
—Yo en dios no creo mucho, y de ángel no tengo nada… aunque.
Quiso frenarse, pero al final agregó en un murmullo, más para sí que para su acompañante:
—Contra mi voluntad sí caí del cielo.