CAPÍTULO 3 Encuentro inesperado
No sabía cuánto tiempo había dormido, pero la tarde caía.
Trató de sentarse y notó el brazo izquierdo entumido, el que había quedado bajo su cuerpo.
El cosquilleo se fue, y con él llegaron los dolores, uno tras otro, sin que pudiera elegir cuál era peor.
La cabeza le daba vueltas. Se pasó las manos por la cara y sintió la arena raspándole la piel como lija gruesa.
Se detuvo. Luego sintió que se hundía en el suelo.
Movió las manos a los lados para sostenerse, pero no era el suelo lo que cedía, era su cuerpo, que ya no le respondía.
Miró al horizonte. No se veía nada en la dirección donde había caído el avión.
Las llamas se habían apagado y del humo solo quedaba el recuerdo.
Aguzó el oído, pero solo escuchaba el rumor de las olas.
Permaneció unos minutos escaneando el cielo y el mar.
Cuanto más miraba, más se angustiaba, repitiéndose las mismas preguntas.
¿Acaso no hay búsqueda? ¿Nadie nos reclama?
La respiración se le aceleró mientras otro pensamiento lo golpeaba:
¿Ya lo sabrá mi familia? ¿Qué les habrán dicho?
Su esposa y su hijo lo estarían esperando. Y él, sin poder llegar, imaginaba el sufrimiento de ellos, su angustia. Se tapó la cara con las manos. Al principio no salía nada, solo un nudo en la garganta. Luego sintió las lágrimas calientes. La sal seca de la cara se volvió sal mojada.
Los sollozos le sacudieron el pecho. Sus manos, sin que él lo decidiera, se volvieron un mazo, empezaron a golpear, primero la arena, luego sus muslos, una y otra vez, hasta que las fuerzas lo abandonaron.
Respiró hondo por la nariz. La calma volvió, poco a poco. Cerró los ojos. Cuando los abrió, el sol se colaba entre las hojas de la palmera y le calentaba la cara. Sintió el calor, sintió el cuerpo dolorido.
Estaba vivo.
Eso era lo primero.
Ya había logrado quedarse de este lado, aunque no había sido fácil.
Su prioridad sería seguir vivo. Seguir dando pelea. Porque para él no había otro.
Se sacudió las manos y se limpió el rostro. Inhaló hasta que el pecho y las costillas dolieron. Se puso de pie, agarrándose del tronco del cocotero más cercano: las piernas sufrían para sostenerlo.
Tenía que organizar su estrategia.
Desde niño era fanático del televisor. De mayor veía una y otra vez las mismas películas pirateadas en CD, alquiladas por veinticuatro horas. El náufrago era una de las pocas que atesoraba.
La ironía le golpeó: una de sus películas favoritas era ahora su guía práctica. Pero a Tom Hanks no lo habían tumbado con algo —se frenó en esa idea—, un misil, un cohete, un algo.
Una brisa le erizó la piel. La ropa y los tenis, que milagrosamente seguían en sus pies, estaban aún mojados.
Le protegerían del frío de la noche, pero quizás no lo suficiente.
Tenía que moverse, decidir rápido. A menos que apareciera un mechero en la arena y, encima, funcionara.
Porque lo de frotar palitos para hacer fuego se lo dejaba a las películas.
Decidió rodear la isla, el islote, el cayo —no sabía cómo llamarlo—. Había unas matas de coco, treinta o cuarenta concentradas en el centro, alguna caída. Además se veía un arbusto al otro lado, aunque la loma central y las palmas caídas impedían ver la otra orilla.
Quería dar la vuelta completa. Tal vez desde el otro lado vería más islas o civilización. Una sonrisa en la boca y una lágrima en cada ojo lo devolvieron a la realidad: nunca había sido un apasionado de la geografía, pero estaba seguro de que lo último que vería sería civilización.
No podía permitirse la desesperanza.
Tampoco podía demorarse. Tenía que hidratarse. La boca se le secaba. Algún coco caído podría tener agua, treparse o lanzar piedras, en su estado, no era la primera opción. Además, necesitaría fuerzas para abrirlos. Y el sol no tardaría en ocultarse.
Un olor espeso, mezcla de mar y plantas castigadas por el sol, parecía envolverlo por completo mientras arrastraba los pies cuidando de no caerse. Por apestoso que en otro momento le hubiese resultado, ahora le olía a vida. Se detuvo un instante para forzar la vista buscando en el horizonte.
Cuando bajó la vista, la sorpresa estaba ahí, a pocos metros. Se quedó inmóvil, como si lo hubieran agarrado por dentro. Reaccionó y se tiró al suelo. La mandíbula le temblaba igual que las manos. Permaneció así poco más un minuto, sintiendo cómo su respiración movía la arena.
Buscó algún indicio que le transmitiera seguridad o peligro. Pero no pasaba nada.
Ante sí, una lancha de color blanco mate, de unos seis metros de largo. Estaba con buena parte fuera del agua, con la proa enterrada en la arena como si hubiera llegado a toda velocidad.
¿Qué se yo de parquear lanchas?
No sentía voces, no veía a nadie.
Si quienes la habían dejado allí tenían que ver con el avión, ya lo habrían encontrado. Descartó la idea. Ricachón borracho, pescadores con lancha encallada... daba igual mientras lo ayudaran. Si flotaba, servía. Si la abandonaron porque tenía un hueco, sería demasiado.
Pero, ¿por qué otra razón la dejarían ahí?
Pensarlo le hizo temblar, pero tenía que salir de dudas.
Se acercó con cautela, semiagachado, mirando constantemente a cada lado. Mientras se acercaba, el olor cambió. Lo reconoció como sangre y le dio náuseas. Los sentidos se le afilaron.
Cuando llegó a su altura, se recostó contra el costado. Tenía poco más de un metro, lo suficiente para tener que asomarse. El corazón le golpeaba contra las costillas. Se puso la mano derecha en el pecho, sin pensarlo.
No quiso levantarse sin ver del otro lado; no quería una sorpresa extra. Se arrastró hasta tener el agua en las rodillas, justo donde los motores tocaban el mar. Desde ahí se asomó para ver el otro lado, como hacía en sus juegos del escondite cuando niño.
Ver solo arena no fue la gran sorpresa; que no hubiese ni una sola pisada o marca visible le preocupaba más.
Solo le quedaba mirar dentro. El olor fuerte le daba un mal presagio. Respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres. Y se puso de pie antes de que el valor se le escapara.
Recostándose al borde, miró al interior.
La escena era surrealista, aunque después de lo vivido aquel día empezaba a verlo todo de otra manera.
En la parte central de la lancha había dos cuerpos en el suelo, en posiciones antinaturales que evidenciaban el impacto con la arena. Estaban rodeados de una mezcla de agua y sangre, y en sus sudaderas blancas se veían manchas rojas.
El único asiento, el del conductor, estaba vacío; a su lado, unos bultos negros sobre los que estaba desplomado boca abajo otro de los hombres, al parecer el que iba conduciendo.
Pero lo que más le llamó la atención, más que las ametralladoras, fue un garrafón de agua, de unos veinte litros. En ese momento se le antojaba más que cualquier cosa. Y sabía que era lo que marcaba la diferencia entre él y esos muertos.
Se trepó aguantando el dolor en sus hombros; sus pies, al subirse, chocaron con varios casquillos regados por el suelo, provocando un sonido metálico que se ahogaba cuando entraban en los charcos.
Caminó agarrándose del borde. La lancha estaba ligeramente inclinada y, aunque la sentía firme, no descartaba que se volcara.
Trataba de no mirar los rostros de los muertos, pero era imposible evitarlo, al menos el de los dos primeros, que estaban boca arriba con los ojos abiertos, como cristal opaco.
En unos pasos ya había esquivado a esos dos y se acercó al agua que estaba pegada al borde delantero, junto a las bolsas, el tercer muerto y otro garrafón, pero este, por el color amarillento, tenía pinta de ser combustible.
Estaba a punto de tomar el garrafón. La boca se le hacía agua. Entonces llegó el gemido. El tercer hombre se enderezó, apuntándole con una pistola. Dio un paso atrás. Cayó de nalgas, las manos a los lados.
—¡Coño! —su grito, corto, llenó el aire un segundo. Después, solo el susurro de las olas.
Ambos se miraron a los ojos. El rostro del hombre que segundos antes había creído muerto reflejaba un pánico indescriptible.
La pistola en su mano nunca logró alinearse y, al instante, cayó al suelo.
El moribundo intentó articular palabra, pero su intento fue en vano: se desplomó de nuevo sobre el costado.