CAPÍTULO 2 Destino
Los minutos siguientes, mientras el pitido en los oídos se calmaba, luchó por mantenerse a flote.
Se puso boca arriba, pero el sol le daba de lleno en la cara y los pies se le iban al fondo.
Había crecido en un pueblo de campo, rodeado de ríos.
Desde niño era buen nadador, salvo por un detalle: nunca aprendió a flotar.
En el río, flotar no era parte del juego.
Cuerpo y mente no se coordinaban. Intentaba procesar lo que había pasado, pero su cerebro se negaba a avanzar más allá del hecho en sí.
Hasta que una idea se abrió paso con claridad: su familia no estaba en ese vuelo.
Ellos habían viajado un mes antes, sin problemas.
Por un instante se relajó. Cerró los ojos y llenó los pulmones de aire.
Saber que su hijo de cinco años y su esposa estaban a salvo le devolvió la poca fe que le quedaba en ese dios sin nombre.
Si me salvé de esta, no puedo rendirme.
Giraba en el agua, con la respiración cada vez más intensa.
Siempre hacia adelante. Al carajo las ironías del destino.
Buscaba un objeto al que aferrarse, pero solo veía fragmentos dispersos, ninguno capaz de sostenerlo.
A su derecha, una mancha de fuego anaranjada se extendía sobre el agua, reflejándose en la superficie y soltando un humo negro que teñía el horizonte.
El olor a combustible quemado lo empujó a alejarse, por puro instinto.
En los primeros minutos no encontró nada.
Hasta que le pareció ver algo a unos cincuenta metros.
Lo estudió con la mirada: por el color, parecía un trozo de asiento.
Pero llegar hasta allí significaba atravesar una zona de obstáculos.
El olor se volvía insoportable y los ojos le picaban.
Siguió alejándose, buscando una visión más amplia del entorno.
Sin más opciones, escudriñó el horizonte mientras giraba sobre su eje.
Un punto oscuro a su derecha lo detuvo. Debía estar a varios kilómetros. Era solo una mancha irregular sobre el mar, pero su mente le sugería un verde en el centro. No veía arena, no veía contornos, solo un temblor borroso que el sol y el reflejo del agua convertían en un espejismo.
Tiene que ser un pedazo de tierra.
Desde el aire había visto pequeños cayos. Entonces eran simple decoración. Ahora significaban la vida.
Tiene que serlo.
Terminó de girar. No quería dejar ningún ángulo sin revisar.
Ahora se movía más rápido, con más energía, con esperanza.
Sin otra opción, se lanzó en brazadas hacia ese punto.
Cada cincuenta metros se detenía para confirmar que seguía allí, que no era una broma de mal gusto.
Aprovechaba para relajar los brazos y mirar hacia atrás, por si alguien acudía a inspeccionar la zona del accidente.
¿Accidente?
Aunque su mente todavía estaba en shock, tenía claro que aquello no había sido un accidente: fue un acto criminal. Alguien con medios había decidido que sus vidas no importaban. Una nueva carga cayó sobre sus hombros. Tan pesada que sentía que lo jalaba al fondo.
¿Y si los que acudían a buscar eran los mismos que lo habían tumbado? ¿Superviviente o testigo incómodo?
La idea le daba vueltas. Pero el miedo se impuso cuando recordó dónde estaba. Mar abierto. Los tiburones. El simple pensamiento lo hizo acelerar el paso y mirar con más frecuencia al horizonte.
Tuvo que bajar el ritmo: el cansancio le ganaba al miedo. Los brazos pesaban cada vez más. Cada brazada era un acto de desesperación. Las piernas dolían, pero a ratos podía dejar de patear. Avanzaba menos, pero el cuerpo lo agradecía.
Sentía que los zapatos se le querían salir, pero los tenis eran casi nuevos y no pensaba perderlos.
Se encogía para apretar los cordones. Tosía para expulsar el agua salada.
Paraba, miraba, seguía. La boca se le resecaba y el sol le castigaba la cabeza.
De vez en cuando se hundía para refrescarla, pero al momento volvía a arder.
Los calambres se volvían más frecuentes, sobre todo en la pierna derecha. Tenía que detenerse, quedar inmóvil de la cintura hacia abajo, mover los tobillos y maldecir.
Ya se veían las siluetas de las palmeras. Se imaginó tumbando cocos y bebiendo su agua. A la sombra. Descansando de su mayor proeza atlética.
Abrió los ojos, esperando ver el fondo cerca. Una sombra oscura a un costado lo detuvo. Miró a la redonda, buscando a quien no quería encontrar.
El susto fue mayor cuando sintió un choque cercano en el agua.
Sacó la cabeza rápido. El sobresalto se convirtió en risa cuando vio a un ave alzar el vuelo con un pez en el pico.
La siguió con la mirada. Quiso que sus manos —temblorosas, arrugadas como pasas— fueran alas y lo sacaran de ahí.
Pero no lo eran. Así que convirtió la envidia en ira, y la ira en brazadas.
Avanzó sin mirar el fondo, sin enfocar la isla.
Solo brazos entrando y saliendo del agua.
Esta era su nueva loma arriba. Esta era su bicicleta llegando al trabajo.
Empuja, coño.
Se repitió hasta que no pudo más, detuvo la marcha, moviendo lo mínimo para no hundirse.
Distinguió el brillo de la arena a unos trescientos metros. Una descarga de esperanza. Los codos se sumaban a la lista de partes del cuerpo que le pedían parar, pero con lo que le quedaba, se dejó llevar.
Las olas lo empujaron los últimos metros. No las peleó. Se dejó llevar.
Sintió el roce de la arena en las rodillas y estiró las manos para aferrarse a algo. Se arrastró unos metros, lo justo para salir del agua. Se dejó caer boca arriba en la orilla. El sol le castigaba los ojos. Le dolía cada centímetro del cuerpo.
Pero estaba vivo.
El sol estaba en lo más alto. Debían ser más de las doce. Habían despegado a las nueve y media, y llevaban media hora de vuelo cuando ocurrió. Su mente cansada hizo el cálculo absurdo: había estado nadando aproximadamente tres horas. Aunque cada minuto había sido eterno.
Se llevó las manos a la cara. Le dolía incluso eso.
Se cubrió del sol mientras el recuerdo de la videollamada, de hacía solo cuatro horas, se le colaba en la mente.
La promesa de ver a su hijo pronto era lo que más dolía.
Al mirar el horizonte, la silueta del humo negro le recordó cuánto había cambiado su vida.
Mientras sostenía ese recuerdo, la culpa lo invadió: se estaba quejando. Pero estaba vivo. Allá atrás, entre el humo, había gente que nunca volvería a quejarse de nada. Cuántos sueños rotos.
Y entonces la imagen del destello, acercándose al avión, se le presentó nítida.
Se puso de pie de un tirón, y el esfuerzo le arrancó un grito ahogado. Como pudo, hundiéndose en la arena a cada paso, avanzó unos veinte metros hacia el centro de la isla, donde comenzaban los cocoteros.
Se desplomó al suelo. El pulso acelerado, los dolores haciendo de las suyas. Escaneó el horizonte y, de paso, el islote donde estaba: no mayor que dos campos de fútbol.
Se acurrucó entre las pencas caídas. El susurro de las olas lo envolvió. A lo lejos, el humo seguía allí. Cerró los ojos. Se durmió sin darse cuenta.