Caído del Cielo CAPÍTULO 1 Asiento 17 A
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CAPÍTULO 1 Asiento 17 A

Habían pasado más de diez años desde su último vuelo, y los nervios eran similares a los de aquella primera vez a Panamá.

Entonces viajó con compañeros de trabajo, que se durmieron al despegar.

Él no pudo: grabó un video para sus amigos, los que hasta ese día solo veían aviones pasar y soñaban con subirse a uno.

Lo compartió al volver. No tenía mujer, ni hijo.

No había preocupaciones. Era un logro por su buen trabajo. Todo era una aventura.

La experiencia —su tercer vuelo en toda la vida— era más estresante que la anterior. La ansiedad del reencuentro con su familia lo mantenía en vilo. Llevaba más de veinte horas despierto. Había intentado cerrar los ojos en el taxi, se había repetido que debía dormir, pero ni un bostezo.

Cuando subió al avión, la azafata, con una sonrisa profesional y una mirada rápida al boleto, le indicó el pasillo. Caminaba con el boleto pegado a la mano, revisándolo una y otra vez. Hasta que se detuvo. 17A, decía en letras doradas. Una posición privilegiada para mirar por la ventanilla.

Se acomodó en el asiento después de dejar la mochila en la repisa.

Solo eso le alcanzaba para sacar del país lo que valía la pena: su pasaporte, una muda de ropa y otros documentos, sin el carnet rojo.

Ese lo había dejado en la gaveta a merced de los nuevos dueños de la casa, que habían pagado a su esposa un quinto del valor real.

Pero la venta tenía que ser rápida, la salida también, por si alguien se arrepentía.

El celular quedó en la mochila; lo guardó después de despedirse por videollamada, minutos antes de subir.

El crujir del asiento a su lado —las cerca de trescientas libras de su vecino— lo sacó de su observación de los operarios que cargaban las maletas en la pista.

Intercambiaron una mirada y un saludo de cabeza.

Luego, los gestos de la azafata, dando las instrucciones de emergencia, los señalaron a ellos.

El señor grueso y él acababan de ser nombrados responsables de abrir la puerta de emergencia.

Ojalá no tenga que salir por ahí.

No era muy religioso, pero igual se lo pidió a un dios sin nombre. Asintió.

El rugir de los motores. El ascenso. Esa rutina la conocía. Al fin, la orden de calma. La esperó sin moverse.

Durante buen rato observó los pequeños puntos en el horizonte, disfrutaba verlos acercarse hasta volverse manchas sobre ese océano inmenso que se abría.

Mientras, su vecino jugueteaba con la pantalla: ponía videos musicales con sus enormes dedos y los quitaba antes de que terminasen.

Parte del sonido escapaba de sus audífonos.

Después de cerca de media hora de viaje, sus pies entumecidos pedían movimiento.

Quería salir al pasillo. Pero era más fácil moverlos en el lugar que levantar al vecino, que ya se había dormido.

Así que, mientras el sol castigaba a los de la otra fila y los obligaba a bajar las ventanillas, él seguía mirando al exterior y haciendo círculos con los tobillos.

Hasta que un destello, que se le alineaba con el ala, llamó su atención. Fue un instante mínimo, pero suficiente para quebrar la calma.

Notó que no era un reflejo: una luz se movía en el horizonte. Desde su asiento podía verlo venir en un ángulo que no le gustó. De seguir así, coincidirían los destinos. Miró a su vecino para confirmar, pero su boca abierta evidenciaba un sueño profundo.

Al volver la vista, la inquietud era certeza. Algo se acercaba. No tenía experiencia en aviación, pero su instinto le anunciaba lo peor. Iba a impactarlos.

No oyó ninguna alarma, ni de la cabina ni de la tripulación. Pero él, como un reflejo recién adquirido, apretó el cinturón. Colocó la cabeza entre las piernas. Cerró los ojos.

Sintió el golpe y un sonido ensordecedor. Al instante, el avión giró. Apretó los dientes hasta que rechinaron. Su cuerpo, tenso como una cuerda, se mantuvo en posición. Los pies de su vecino golpearon los suyos. Después —no miró— sintió el vacío a su lado.

Todo se frenó. Una lengua de fuego le lamió la cabeza. Sintió el calor. Una mezcla espesa de olores le llenó los pulmones. Gritos. El fuselaje rompiéndose. Y aun así, lo que más sentía era el latido de su corazón.

Sus manos se apretaban tanto que ya no las sentía.

Su columna sufría al mantener la posición.

Pero notó que algo cambiaba. La sensación de caer —varios pisos en un ascensor— le hacía un nudo en el estómago.

Luego, el cambio brusco de ángulo enderezó su cuerpo.

Su torso se golpeó contra el espaldar del asiento.

Sus manos, en guardia, intentaban protegerse de algo. Un intento inútil.

Abrió los ojos. La imagen llegó con el sonido.

Podía ver cómo el pasillo terminaba en una apertura.

A través de ella veía el cielo azul, y más abajo, el mar.

Su mente buscaba lo que ya no estaba: la cabina, la azafata, el resto del avión.

Pero lo peor era sentirse solo. Donde había personas, ahora solo había huecos.

Eso lo aterró. Solo superado por la cercanía del océano, que ya lo esperaba.

El choque contra el agua lo lanzó contra el asiento delantero. Sus brazos amortiguaron parte del impacto. Luego rebotó en el espaldar. Por un segundo se sintió perdido. Hasta que una sensación extraña lo invadió: el cinturón que lo había salvado ahora lo ataba a un cuerpo que se hundía.

Sus manos se movieron rápidas. El cinturón se soltó y respiró. Un alivio que duró un segundo. El agua lo empujó, lo envolvió. El último sorbo de aire coincidía con el choque del agua fría en su cara caliente. Empujó con todas sus fuerzas para liberarse del asiento.

Recordó Titanic. La había visto más de ocho veces desde niño. Ahora él era el protagonista. Su cuerpo se deslizaba por el pasillo convertido en un fragmento de tubo. La escena de la pareja esperando la succión le dio una estrategia en medio del caos.

El salitre le irritaba los ojos, pero veía la luz de la superficie. Brazos y piernas se movieron en una coreografía frenética.

Un poco más. Tú puedes. Ya casi.

Vio a su esposa con el niño en brazos, como un espejismo.

Sus manos rompieron la superficie. Con la bocanada de aire arrancó un pedazo al cielo. Le llenó los pulmones. Miró hacia arriba unos segundos, velando que su alma no fuera a escaparse.

Giró en el agua, movió los brazos con todas sus fuerzas. Su mirada recorrió el entorno. Fragmentos del desastre flotaban a su alrededor. No había gritos. No había lamentos. Solo silencio.

Estaba solo.

Qué dios más irónico.

A ese dios al que nunca le puso nombre ni religión, le hizo el reclamo desde dentro.

—Te pedí no tener que usar la puerta de emergencia. Pero era más divertido para ti dejarme caer del cielo.

—¿Qué más tienes para mí? —gritó con rabia.