Caído del Cielo Despertar
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Caído del Cielo

Caído del Cielo

Por Rodny Jimnez

© inepub.com

Despertar

Un mes llevaba sin besar la frente de su hijo al dormir, sin sentirlo entre él y su esposa, enredado en el abrazo que los tres compartían. Despertar cada amanecer sin ese gesto lo volvía seco, insoportable incluso para sí mismo. Pero la espera estaba por terminar.

El apartamento se había reducido a paredes desnudas, donde el eco de sus pasos le recordaba el vacío.

Lo que tuvo valor se vendió para costear la salida; lo demás lo entregó a los pocos amigos que quedaban.

Era un gesto pequeño, pero cargado de sentido: algunos aún sostenían la esperanza, otros habían cedido a la resignación, y los más tristes jamás hallaron el camino.

Esperaba con ansias completar su propia travesía, su propio salto sin red a lo desconocido, a lo que los vestidos de guayabera llamaban el lado malo.

Si de verdad fuera tan malo… ¿por qué son más los que se van que los que regresan?

Para alguien como él, acostumbrado a analizarlo todo con números y datos, las estadísticas no mentían, por más maquilladas que la diera la prensa nacional.

Pronto él sería también un número. Solo su almohada mojada era testigo de cuánto deseaba que acabara ese día, el último de espera para salir al encuentro de ellos.

Las pertenencias que lo acompañarían cabían en una pequeña mochila.

Aun así rebuscaba entre las gavetas del clóset para no dejar nada de valor.

Sus dedos desplazaban viejas hojas, mayormente certificados de destacado.

De tocarlos podía recordar a su esposa preguntando si con el papel no venía más nada.

Y aunque era una broma que se repetía, solo ahora, la sonrisa le dolía.

Darles candela es perder el fósforo.

Hasta que asomó el carnet: un cartoncito doblado al medio. La última vez que lo había sostenido, hacía tres meses, buscaba la fecha de su ingreso. El mismo proceso que repetía sistemáticamente ante la burocracia olvidadiza del sistema.

Cuando se lo entregaron hacía diez años, su rojo intenso y letras doradas, eran un orgullo familiar. Pesaba: el simbolismo le daba una solidez que se sostenía con dignidad. Pero diez años después se había vuelto liviano. Y cálido. Tan cálido que tenerlo entre los dedos quemaba.

El de la foto era él, pero ya no se reconocía. Ya no era ese joven ingenuo.

Lo dejó caer en la gaveta de su clóset, apartándolo como quien retira de la mano un tizón que quema, y cerró con fuerza.

Ya no lo acompañaría en su carpeta. Ya no sería el símbolo de la utopía en la que alguna vez creyó.

Su carnet de identidad y su pasaporte eran documentos suficientes para validar quién era.

Las noches antes de la despedida, la intimidad de la cama se había convertido en confesionario y su esposa en su confesora.

Estuve ciego.

Decir que ahora veía el mundo en colores no era para todos los oídos.

Estuve sordo.

Solo a ella le podía revelar que el sonido ahora le llegaba en estéreo, que se le mezclaban las voces, de los que gritaban palabras vacías y el murmullo de otras antes silenciadas.

Ahora que tengo de que hablar. Es mejor ser mudo.

La mordaza, que se apretaba para no hablar, debía estar allí.

El precio de quitarla era demasiado alto.

Solo los besos de ella podían quitarla. Sus ojos diciendo “te entiendo” lo mantenían en el lado de los cuerdos.

Apagaban los deseos de gritar hasta que fuera el momento, hasta que estar juntos de nuevo no fuera una promesa.

¿Por qué no hice caso hace diez años?

Diez años atrás no tenía una familia. No tenía un hijo. Muchos le advertían: le dijeron que se fuera, que no había futuro. Pero él tenía bloqueado los sentidos.

Ya no. Ahora veía con claridad lo que antes era un borrón.

Interpretaba los silencios. Oía cada voz, cada palabra que antes se perdía en el ruido.

Su mente, frenada por años de no ver ni oír bien, ahora se abría.

No solo para asentir ante los discursos oficiales, sino también para disentir de quienes hablaban de un "estado fallido".

¿Fallaron? Para fallar, primero hay que intentarlo.

Salió a la calle como cada día, pero ya no era el mismo.

¿Quién le habría dicho, meses atrás, que tendría que entregar la camioneta nueva, símbolo de su rendición ante la injusticia?

Pero siempre lo tuvo claro: nunca fue suya.

Era del trabajo. Suya era la bicicleta que bajaba al hombro por las escaleras y echaba a rodar por calles llenas de baches y basureros.

Suya era la familia a la que tenía que volver.

Pedaleaba dejando atrás calles secundarias de casas desconchadas y fachadas tristes para salir a la avenida principal, recién asfaltada y de pintura brillante.

Se cruzaba con otros ciclistas: caras sudadas, miradas perdidas. Un espejo de su propia realidad. Otros más afortunados, en motorinas y triciclos eléctricos, lo dejaban atrás.

La escasez no era pareja. Los nuevos ricos lo adelantaban en carros modernos, de pintura brillante y placas recientes. Igualmente los carros gubernamentales.

El trabajo quedaba a diez kilómetros. La mejor parte era salir de la ciudad, dejar atrás el cartel de bienvenida y sus vallas con consignas que ya no le decían nada.

Buena parte del camino era cuesta arriba, como su vida en esos momentos.

Y eso lo impulsaba a acelerar, a terminar cuanto antes el tramo más duro.

Podía fatigarse, perder las fuerzas, pero no podía parar.

No tenía derecho a detenerse: por su familia, sí, pero más por él mismo.

Por redimirse de todos los pecados de los que no era consciente, por limpiar con el sudor su yo renacido.

La mordaza seguía apretada. Pensar, eso ya no podían quitárselo.

Y entre pensamiento y pensamiento, la esperanza.

Esa que nunca se pierde, aunque te arrastren por el suelo y mancillen tu nombre.

La esperanza de reunirse con los tuyos, de abrazar a su hijo, de besar a su esposa.

Tanto tiempo preparando los papeles para España, rastreando ancestros de su esposa, gastando los ahorros en trámites.

Todo para que la llave de la prisión llegara por el camino menos esperado, el que parecía utópico.

Tierra de las oportunidades allá voy.

Su familia llevaba un mes esperándolo. Un mes perdido aguardando una firma. Un mes separado, dependiendo de la buena voluntad de otros, a quienes no les importas.

Llegaba al trabajo. Aquel día sería el día. Le firmarían la baja. Tendría un papel que certificara que ya no debía nada. Aunque esa deuda hacía años estaba saldada.