Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Ocho
91%

Capítulo Ocho

Richard

Cuando empecé a enamorarme de Amber, fueron su espíritu y su confianza lo que me cautivó.

Mis sentimientos se fueron haciendo más profundos conforme fui conociendo sus sueños y ambiciones.

Estaba tan seguro hace un momento, cuando por fin llegué a la cafetería.

Tan convencido de que si lograba expresarme bien, todo saldría bien.

Verla sentada frente a mí, llorando a lágrima viva mientras ese imbécil de su ex, Justin, no paraba de gritarnos a los dos...

Obviamente eso fue inesperado, y viéndolo ahora, lo gestioné fatal.

Dejé que la cosa se alargara demasiado. No me extraña que me echara poco después de que por fin consiguiera sacarlo por la puerta.

Ojalá hubiera podido evitar que llegara tan lejos.

Debería haberla protegido. Eso habría sido lo correcto. Aunque, por otro lado, irme cuando me lo pidió también fue lo correcto. Por mucho que quisiera quedarme a cuidar de ella.

Mientras camino por la calle principal, me subo el cuello del abrigo para protegerme del viento, que ha arreciado durante los veinte minutos o así que estuve en la cafetería. Entonces empieza a llover, lo cual viene muy al caso. Vaya día de mierda.

Todavía estoy como anestesiado por todo. A pesar de mis intenciones, nuestra conversación no fue como esperaba. Me echó, lo cual es comprensible. Estaba en su derecho desde el principio. Solo desearía que hubiéramos podido aclarar las cosas como es debido.

Quizás algún día tenga la oportunidad de hacerlo, pero hoy no. Esto va a doler, y mucho, en cuanto se me pase el aturdimiento.

En lugar de seguir caminando, completamente expuesto a la intemperie, me refugio en un portal de la esquina. La lluvia no da señales de amainar, más bien todo lo contrario. ¿Adónde voy, de todas formas? ¿A casa? ¿Y para qué?

Algunas personas pasan junto a mí, encogidas bajo sus paraguas, con prisa por llegar a su destino más o menos secas.

Otras se refugian en las tiendas cercanas.

Un par de chavales me empujan al entrar en el quiosco.

Estoy dudando si seguirlos cuando oigo el sonido inconfundible de cierto par de botas de tacón repicando contra el pavimento mojado a mi espalda.

No puede ser, ¿verdad? Y sin embargo, ahí está ella, pasando justo cuando me doy la vuelta.

—¡Amber! ¡Vas a pillar un resfriado! —le grito, y se queda paralizada al instante.

—¡Richard!

No logro descifrar su tono. ¿Me estaba buscando?

Ni siquiera lleva el abrigo ni nada. Le hago señas para que venga conmigo, a cubierto de la lluvia.

Está temblando y ya está medio empapada.

Sin pararme a pensar si es apropiado o no, me quito el abrigo de inmediato y se lo echo sobre los hombros. Es buena señal que esté aquí, ¿no?

—¡Lo siento mucho! —dice ella.

—No seas boba. Dios mío, estás helada, ¿verdad? —le cojo las manos y se las froto entre las mías sin pensarlo siquiera. Pobrecilla, está claro que no pensaba con claridad cuando salió del calor de la cafetería con este tiempo.

Sigue repitiendo la misma disculpa, una y otra y otra vez.

No sé muy bien cómo reaccionar. Lo único en lo que puedo centrarme es en intentar que entre un poco en calor, mientras le digo que no pasa nada, que no tiene por qué disculparse por lo que pasó.

Al menos ahora los dos tenemos claro dónde estamos. No me debe nada.

Frunce el ceño y me mira.

—¡No, lo siento por todo lo que dijo Justin!

Eso tiene aún menos sentido. No es responsabilidad suya.

—...Todo lo que dijo es verdad —añade.

Eso no es lo que esperaba oír.

—Ojalá no lo fuera. Ojalá vosotros dos nunca hubierais tenido que cruzaros. Pero...

—No siempre conseguimos lo que deseamos —murmuro. Aunque quizás voy a conseguir lo que quería: hablar con ella y aclarar las cosas. Ahora mismo, a las puertas de esta tiendecita. No es lo ideal, pero bueno, me vale.

No duda ni un instante, sino que se lanza de cabeza a una especie de confesión de todo lo que cree que ha hecho mal. Con Justin, en otras relaciones... No consigo seguir el hilo del todo, porque nada de esto tiene que ver conmigo.

—Amber... —niego con la cabeza, pero ella sigue. Esto no es lo que necesitamos hablar. En realidad, no. Me da igual lo que haya pasado con quien sea. Lo que importa es si hay algo entre nosotros o no. Esa es la única pregunta que tengo. Quizás sea egoísta por mi parte querer ir al grano.

Pero está muy alterada. Y lo que me está contando parece importarle mucho.

El problema es que no sé cómo proceder. Ya le tengo cogidas las manos, y ya lleva puesto mi abrigo.

Estoy así de cerca de cogerla entre mis brazos y abrazarla con fuerza...

Solo que no sé si estoy malinterpretando lo que está pasando ahora mismo.

Me estaba buscando, ¿verdad? Me siguió para disculparse, por lo que fuera.

¿Por qué iba a molestarse, si no le importara aunque fuera un poco lo que pasó anoche?

¿Y lo que intenté decirle antes, antes de que nos interrumpieran de forma tan brusca?

¿O solo intenta que nuestra relación laboral siga como estaba?

¿Estaría fatal besarla ahora mismo?

—Amber, basta ya —le digo.

Aprieta los labios y me mira con los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas. Pero no sin antes volver a disculparse. Tiene que dejar de hacer eso. Solo entonces sabré qué está pasando de verdad.

—¿Por qué me estás contando todo esto? —pregunto.

Parece confundida por un momento. Lo cual, una vez más, es comprensible. Supongo que me estoy haciendo esta pregunta a mí mismo y en realidad no espero una respuesta.

—Porque creo que te quiero —susurra.

Una vez más, no es para nada lo que esperaba oír. Aunque me gusta cómo suena.

—No me di cuenta al principio, porque nunca he estado enamorada, pero luego me besaste, y reaccioné como una idiota total, y...

Aprieto los labios, reprimiendo una sonrisa. Ella lo nota de inmediato.

—Estoy divagando, ¿verdad?

—Sí, algo así.

—Antes, antes de que apareciera el maldito de Justin… Parecía que me estabas diciendo lo mismo.

—Y probablemente yo también estaba divagando un poco —admito.

—Sí… un poco.

Una sonrisa asoma en su rostro manchado de lágrimas. ¿Quién iba a decir que el rímel corrido y el pelo mojado podían resultar tan hermosos?

—Estaba nervioso —me encojo de hombros.

—Sí, eso es quedarse corto en mi caso. Mejor dicho: aterrorizada.

—Ya lo veo —bromeo.

Nuestras miradas se encuentran y la suya me envuelve en una calidez que nunca antes había sentido.

De repente, todas las preocupaciones que había estado arrastrando toda la mañana parecen desvanecerse, y me quedo casi mareado.

Mis hombros, brazos e incluso mi espalda se relajan.

No me había dado cuenta de lo mucho que me había estado esforzando por mantener la compostura.

Sus labios están ligeramente entreabiertos, expectantes, y su respiración es irregular mientras sigue mirándome fijamente. Ya no puedo resistirlo más y me inclino hacia ella, justo cuando sus brazos me rodean la nuca y me atraen aún más cerca.

Todavía recuerdo su dulce sabor del beso de anoche. Nuestro primer beso. Durante toda la mañana, temí que fuera el último. No puedo dejar de sonreír, simplemente porque me está permitiendo repetirlo.

Su rostro está frío, casi tan frío como estaban sus manos, y ligeramente húmedo por la lluvia y por las lágrimas que derramó antes. Pero cuando mi lengua entra en su boca, encuentro un calor que me espera y me deja sin aliento.

Todo lo que pasó, pasó. Quizás pasó por una razón, quizás no. No soy muy dado a filosofar. Lo único que sé es que ya no importa. Esto de aquí importa.

Ella importa.

Sus manos en mi espalda importan.

Su aliento corto y cosquilleante contra mi rostro importa.

La suavidad de su piel importa.

Su lengua bailando con la mía importa.

Obviamente hay una voz racional en el fondo de mi mente que me dice que estoy cayendo en una trampa. Cabe la posibilidad de que todo esto sea una actuación de su parte. O tal vez solo está tratando de darme lo que quiero, sin siquiera pensarlo.

Y sin embargo… Mi instinto me dice lo contrario.

Todos tenemos historia. Todos tenemos heridas.

Y todos los que han vivido han hecho cosas de las que no están orgullosos.

Todos somos capaces de cometer errores garrafales que nos llevan a hacer cosas que sabemos que están mal.

Algunos simplemente somos mejores ocultando nuestro lado oscuro que otros.

En mi novela, he estado explorando qué podría empujar a una persona a cometer un asesinato.

Si puedo abordar ese tema con cierta empatía y comprensión, entonces ¿por qué no esto?

Al menos Amber nunca cometió ningún crimen que yo sepa.

Lo único que hizo fue aceptar lo que se le ofrecía.

Usó su encanto para conseguir lo que quería.

¿Fue deshonesto? Claro, tal vez. Pero estas cosas no son nada raras. Y me niego a creer que toda persona que entra voluntariamente en una relación así sea completamente malvada. Me vería obligado a descartar a toda una parte de la sociedad de entrada, sin darle a nadie una oportunidad.

No hay blanco y negro; todo es gris. Como el cielo sobre nuestras cabezas, reflejado en el pavimento mojado fuera de nuestro pequeño portal.

Y no me canso de ella, sin importar lo que haya pasado antes.

Porque esta vez, tengo su permiso y su plena participación.

Una de sus manos ha ido a parar al costado de mi rostro, la otra a mi cabello.

Se aferra a mí con tanta firmeza que parece no querer soltarme nunca.

Yo tampoco. No importa lo juvenil que esto pueda parecer. Lo inapropiado.

Con Elaine, no creo haber hecho nunca más que darle un beso en la mejilla en público. Esto es otra cosa. Ni siquiera me importa quién nos vea, a estas alturas. El amor no es algo de lo que esconderse o avergonzarse, ¿verdad? Es para celebrarlo.

La Amber que Justin describió, una persona fría y calculadora que selecciona cuidadosamente su personalidad y comportamiento para dirigir las relaciones en una dirección concreta…

No la reconozco en absoluto. Esa no era la misma Amber que vi llamando frenéticamente en busca de trabajo el primer día que nos conocimos.

Ni la que he llegado a conocer cada día desde entonces.

Cómo ha volcado todo de sí misma en el trabajo que ha hecho para mí y para Alice en el café, siempre investigando y yendo más allá de lo esperado.

Como una verdadera colaboración, en lugar de un trabajo por encargo.

Además, las horas de conversación que hemos compartido durante el almuerzo cada día…

Nada de eso fue frío, calculado ni falso.

Y desde luego no es la misma persona que está aquí, aferrada a mí como si le fuera la vida en ello, correspondiendo cada pizca de pasión que le muestro, y más.

La Amber que conozco es otra cosa. Me encanta pensar que tal vez nadie más la conoce así. ¿No dijo que nunca había estado enamorada? Supongo que yo tampoco. Porque si así es como se supone que debe sentirse el amor, entonces es mi primera vez también.

—¡Joder, buscaos una habitación! —se burla alguien justo a nuestro lado, provocando risas a nuestro alrededor.

Me aparto de ella justo cuando ese mismo grupo de adolescentes de antes pasa junto a nosotros, saliendo a la lluvia que ahora amaina.

Miro a Amber, y ella me mira a mí. Por un momento, me pregunto si esos chicos se llevaron nuestra magia con ellos, pero entonces veo un temblor en la comisura de su boca, que me contagia. Nos reímos como idiotas, luego la tomo en mis brazos de nuevo y simplemente la abrazo fuerte. Qué sensación.

—Aunque tienen razón —comento.

—¿Mhm?

—Quiero decir… Podríamos ir a mi casa.