Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Amber

El corazón me late desbocado mientras dejamos atrás Teddington High Street a toda prisa y nos adentramos en la pintoresca zona residencial justo detrás de las tiendas.

Casas adosadas, jardines delanteros impecables y monovolúmenes familiares por todas partes.

Todo tan correcto y tan poco glamuroso, igual que la forma de vestir de Richard.

Aun así, me hace sonreír. Aunque, pensándolo bien, ya estaba sonriendo, ¿no?

Desde que descubrí que no me odia y volvimos a besarnos.

En lugar de entrar en alguna de las casas perfectamente conservadas de esta calle, seguimos caminando de la mano, casi sin hablar.

Ahora mismo no hace falta. Al parecer, su plan es ignorar lo que pasó con Justin y mirar hacia delante.

Es tentador dejarlo estar y seguir la corriente, así que me dejo llevar.

Nos detenemos frente a una casa antigua con un aire peculiar, la última del callejón sin salida.

Está apartada de la calle, con un gran jardín delantero que no tiene nada que ver con los que acabamos de pasar.

El arco sobre la pequeña verja apenas parece capaz de sostener los enormes rosales trepadores que lo flanquean, y deja entrever un camino de grava que serpentea entre parterres de flores primaverales.

—Espero que te guste —susurra Richard.

¿Esta es su casa? La sonrisa de antes se me ha ensanchado hasta convertirse en una mueca de oreja a oreja. Encaja tan perfectamente con su imagen de escritor que apenas puedo contener la risa. Desde luego, es mucho mejor que las casas cortadas por el mismo patrón que acabamos de pasar.

—No sabía que te gustara la jardinería —comento.

Se encoge de hombros y me rodea los hombros con el brazo.

—Me relaja.

Este lugar estaría aún más espectacular en junio, cuando las rosas estén en flor. Podríamos conseguir contenido increíble para sus redes sociales. ¿Por qué estoy pensando en el trabajo? ¡Uf!

Abre la verja de hierro forjado, que cruje ligeramente, y me guía a través del jardín estilo cottage, perfectamente desordenado.

Subimos los escalones hasta una puerta azul oscuro recién pintada.

Tengo la cabeza hecha un lío con tantos pensamientos encontrados mientras él gira la llave y me hace pasar a un acogedor pasillo con paneles de madera, donde me quita el abrigo.

O más bien su abrigo, que he llevado puesto todo este tiempo.

Joder. Estoy en su casa. Acabamos de besarnos bajo la lluvia a la vista de todo Teddington, y ahora estoy en su casa.

Y es preciosa. Y él es precioso, con el pelo entrecano aún húmedo y una sonrisa desarmante asomando a sus labios carnosos.

Y todo esto es tan jodidamente romántico que me pregunto si habré acabado metida en una comedia romántica o en un sueño.

Porque estas cosas no pasan así como así. Solo en los cuentos de hadas…

En cuanto la puerta se cierra a nuestra espalda, sus manos vuelven a buscarme, y las mías a él.

Dejándonos llevar por puro instinto, retomamos lo que empezó en el portal de aquella tiendecita anodina hace apenas diez minutos. Nuestros labios vuelven a encontrarse y me invaden emociones que nunca había sentido. Excitación, o nervios; todavía no lo tengo claro.

La culpa que había sentido antes empezó a desvanecerse en cuanto me besó allí. Pero aún hay un nudo persistente en el pecho, difícil de ignorar. Un recordatorio constante de que, aunque él sabe más de mí que nadie en mi vida, hay algo que no le he contado ni siquiera ahora. Una mentira por omisión.

Irónicamente, es algo que siempre he confesado a los demás hombres, incluido Justin, pero que he ocultado por completo a Alice y al resto de las chicas.

La verdad es que todavía soy virgen.

Nada más pensar en esa palabra, me tenso aún más. Los besos y las caricias que antes surgían con tanta naturalidad se convierten en un esfuerzo consciente. Espero que no se dé cuenta.

Siempre que salía con alguien, les decía que me estaba reservando para el matrimonio.

En cierto modo, probablemente era verdad.

Mi objetivo final siempre fue conseguir un anillo en el dedo.

Pero la verdad es que nunca me apeteció hacerlo.

Con ninguno de ellos. Nunca me había sentido lo bastante segura para entregarme a otra persona.

Pero ahora mismo, con Richard… Sé adónde va esto. Y en teoría estoy dispuesta, pero… ¿Y si le echa para atrás? ¿Y si acabo decepcionándolo? ¿Y si esperaba otra cosa?

Se aparta.

—¿Qué pasa, Amber?

—Nada —murmuro.

Así, sin más, vuelvo a estar aterrorizada. Esto de ser sincera es jodidamente difícil.

Me coge de la mano y me guía por el resto del pasillo hasta el salón delantero. Entro casi en piloto automático y me siento en el gran sofá de terciopelo azul frente a la ventana.

—Nos estamos precipitando, ¿verdad? ¿Te apetece una taza de té para entrar en calor? —pregunta Richard.

Cuando me toco las mejillas con el dorso de las manos, noto que ya estoy ardiendo. ¿Qué es lo que siento ahora? ¿Vergüenza? ¿Bochorno?

—No hace falta, no me apetece —le digo.

Se detiene en el umbral, con expresión preocupada.

—Si te lo estás pensando mejor, no pasa nada.

Niego con la cabeza y fuerzo una sonrisa.

—No, qué va. Pero puede que tú sí.

Debe de estar harto de tanto drama. Pero no tiene sentido seguir adelante si no confieso todo. Por mucho que quiera disfrutar del momento y ver adónde nos lleva.

Richard se sienta a mi lado y me coge la mano.

—Puedes contarme lo que sea, ¿vale? Jamás te juzgaré.

Aprieto los labios y clavo la mirada en las botas salpicadas de lluvia. ¿Quién narices es tan bueno? ¿Cómo puede ser de verdad?

—Richard, yo…

—¿Sí?

—Cuando dije que nunca había estado enamorada…

Me aprieta la mano. Por muy asustada que esté, su contacto sigue calmándome. Libero el dedo índice y le acaricio. Dios, las mariposas del estómago se me han desbocado. Por eso precisamente estoy pensando en dar este paso con él. Solo con él.

—Los hombres de mi vida nunca se han quedado. Ni siquiera mi padre —explico.

—Lo siento mucho.

Qué absurdo, que se disculpe por algo que él no hizo. Entrelaza sus dedos con los míos, como diciéndome que todo irá bien. Quiero creerlo de verdad, pero eso es hacerme ilusiones, ¿no?

—Y por eso me cuesta abrirme.

—Lo estás haciendo muy bien —dice él.

Alzo la vista hacia él y ya me está sonriendo. Como si lo dijera en serio. Me encanta cómo se le arrugan las comisuras de los ojos cuando sonríe. ¿De dónde ha salido este hombre tan guapo y amable, de Marte?

—Hay un montón de cosas que nunca he hecho —susurro.

La pausa entre nosotros es ensordecedora.

Lo único que oigo es mi corazón latiendo con fuerza en el pecho.

¿Él también lo oirá? ¿Cuánto tardará en retirar su mano de la mía?

Seguro que piensa que soy una calientapollas.

Justin y los demás me lo dejaron bien claro.

Y nunca me había importado, hasta ahora.

Pero no me suelta. Al contrario, me aprieta la mano otra vez, la levanta y la besa con una ternura infinita.

—En ese caso, quiero que sepas que nunca pretendí presionarte a hacer nada que no quisieras. Tú llevas las riendas.

Niego con la cabeza y respiro hondo.

—No me refería a eso... O sea... Sí quiero lo que tú quieras, solo que no quiero decepcionarte, por si... Ya sabes... Por si no tengo ni idea de lo que hago.

Se ríe entre dientes y me atrae un poco más hacia él. El calor de su pierna contra la mía está a punto de volverme loca. No puedo resistir la invitación y me dejo envolver en su cálido abrazo. Es extraño lo reconfortante y a la vez lo absolutamente embriagador que resulta esto.

Nunca lo había entendido.

Cuando Alexis me confesó lo que pasó con su jefe, o cuando Megan me contó su primera cita con el portero después de las citas rápidas de San Valentín. La forma en que describieron lo que sintieron, como si no pudieran evitar dejarse llevar por el instinto... Nada de eso tenía sentido entonces.

Pero ahora... Joder, si sintieron aunque fuera una fracción de lo que siento con Richard ahora mismo, no me extraña que no pudieran resistirse. Este magnetismo es simplemente demasiado fuerte.

Sus manos me masajean la espalda y los hombros, mientras las mías exploran su torso sorprendentemente tonificado a través del jersey de ochos, que aún está húmedo por la lluvia. Debe de hacer mucho ejercicio cuando no está en la cafetería escribiendo.

Nunca me he sentido acomplejada por mi cuerpo, pero claro... Nunca he dejado que nadie lo vea entero. Así que me limito a recordarme lo que siempre he sabido. Que a algunos hombres les vuelven locos las curvas.

Richard debe de ser de ese tipo. Al menos parece lo bastante listo como para no esperar otra cosa cuando me quite la ropa. Quizá. Ojalá.

Pero este ángulo es raro, incómodo. Ni siquiera puedo besarlo sin forzar el cuello. ¡Qué demonios! Respiro hondo, me giro y me monto a horcajadas sobre él. Ahora tengo ambas manos en su cara, y las suyas descansan en la parte baja de mi espalda.

Nos besamos como si nos fuera la vida en ello. Desde luego, mi cordura ya depende de ello.

Con cada respiración, cada caricia, sé que lo que estamos haciendo está bien. Y que ya no tengo por qué ponerme nerviosa. Porque pase lo que pase, Richard me protegerá. Me hará feliz.

Quiero que sepa, sin lugar a dudas, que estoy lista para ir más allá, así que deslizo los dedos bajo su jersey y lo subo, hasta tocar los músculos por los que tanto ha trabajado. Su cuerpo no es solo tonificado y atlético, está esculpido magistralmente. Como una estatua de mármol de un dios griego.

Cuando le quito el jersey con impaciencia por la cabeza, se le despeina el pelo y lo hace parecer aún más delicioso. Pensar que algún día podría despertar con esta vista... ¿Mañana, quizá?

Dios, está tan bueno.

Sonríe y apoya la frente contra la mía. No sé qué ve en mis ojos, pero parece que no puede dejar de mirarlos. Es mutuo.