Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

Amber

Todo pasó muy rápido. En un momento, Richard me regala un portátil de última generación mientras, aparentemente, me confiesa sus sentimientos.

Al siguiente, Justin aparece de la nada y lo arruina todo, lo cual… es justicia poética, en cierto modo. Solo que no me lo esperaba esta mañana.

Estoy atónita, viendo cómo los dos se enfrentan.

Esto no merece la pena. Es evidente que Justin está disfrutando con sadismo de esta confrontación.

Y Richard… para él parece ser cuestión de orgullo o ego, pero siendo realistas, lo que creyó sentir por mí hace unos momentos ya debe de haberse esfumado.

—Tío, no sé qué te pasa, pero tienes que frenar en seco con esta.

Va a exprimirte hasta el último céntimo y no te dará nada a cambio.

Nada. Es una reina de hielo que solo te dará largas eternamente.

Si no me crees, pregúntale por su perfil de TikTok.

Eso te lo aclarará todo —dice Justin con desprecio.

—Estamos manteniendo una conversación privada. Te agradecería que nos dejaras en paz —dice Richard.

Su lenguaje corporal me recuerda al de un boxeador en el ring, a punto de disputar el combate de su vida. Tendría gracia si esta no fuera mi vida. Y si todo no estuviera tan jodido ahora mismo.

Puede que Richard se sienta protector conmigo ahora, porque Justin nos está provocando y comportándose como un imbécil. Pero cuando todo esto acabe y procese lo que Justin le está contando y se dé cuenta de quién soy en realidad… Bueno, ahí se acabará lo nuestro.

Y lo trágico es que Justin no se equivoca. Ni Richard tampoco.

No podrían ser más distintos el uno del otro. Y por eso yo también he sido distinta con cada uno.

Sí que me aproveché del dinero de Justin. Fue mi única razón para estar con él.

Y con Richard no hice nada de eso. Sin embargo, debe de haberse gastado casi mil euros en ese portátil esta mañana, sin que yo se lo pidiera. ¡Qué ironía! Espero que haya guardado el recibo, porque va a querer devolverlo en cuanto Justin se vaya y tenga un momento para reflexionar.

¿No acaba de decir Justin que se queda con todo lo que me había regalado? Pues lo mismo.

Y lo peor es que me lo he buscado yo solita. Primero, por arriesgarme a pedirle mis cosas hoy. Y luego, en lugar de darle a Justin la dirección del piso de Alice, lo cité aquí. En el único lugar del mundo donde podía pillarnos a Richard y a mí juntos.

No quería que Justin supiera dónde me alojo. Tampoco quería oír sus comentarios despectivos sobre el modesto piso de Alice, ni encontrarme con él a solas. Lo único que buscaba era una ruptura más o menos limpia.

Y en lugar de privacidad, tengo un espectáculo de ataques y acusaciones.

Es demasiado. No aguanto más ver esto.

Me tapo la cara con las manos y me quedo ahí sentada mientras Justin sigue diciendo cosas horribles y muy ciertas sobre mí. Richard, mientras tanto, apenas interviene y solo le pide a Justin una y otra vez que se vaya.

Es una cacofonía abrumadora de voces, sobre todo ahora que Alice también se suma y le dice a Justin que deje de montar el numerito y se largue del local.

Pero él no quiere saber nada. Al final, se dirige a mí directamente.

—¡Eh, Amber! Espero que te mueras sola y amargada.

Nunca pensé que dejaría que un tío me afectara así, pero esa es la gota que colma el vaso y rompo a llorar.

Ni siquiera es que me importe una mierda Justin.

Pero esas últimas palabras dan demasiado en el clavo.

Porque en ese momento me doy cuenta por primera vez de cuánto me importa lo que estaba surgiendo entre Richard y yo.

Cómo estaba aquí sentado diciéndome todas esas cosas bonitas.

Literalmente, todo lo que podría haber soñado.

Y lo acabo de perder todo en cuestión de minutos.

Ahora nunca va a querer estar conmigo. No puedo culparlo.

—Se acabó. Voy a llamar a la policía —amenaza Alice.

—No te preocupes, yo me encargo —dice Richard.

—¡Eh, no me toques, joder! —protesta Justin.

Instintivamente me encojo sobre mí misma y me rodeo la cabeza con los brazos, que ahora descansa sobre la mesa. Basta. No más.

—Sal ahora mismo o te echo yo —dice Richard.

—¡Vale, vale, ya me voy! ¡Joder!

Justin masculla unos cuantos improperios entre dientes mientras se va, pero el daño ya está hecho. Estoy temblando y ya no sé qué hacer. Los gritos cesan, pero el sonido de la campanilla de la puerta sigue resonando en mis oídos mucho después de que se haya marchado.

Una mano se posa suavemente sobre mi hombro.

—¿Estás bien? —La voz de Richard suena rara. Es evidente que me pregunta por obligación, pero sus sentimientos por mí deben de haberse esfumado hace rato. La calidez que oí antes en su voz ha desaparecido.

—Lo estaré —digo. Tengo que estarlo.

Hoy ha sido una mierda total. El peor día de mi vida. Pero al menos ya me pasé la mañana llorando la pérdida de una posible relación con Richard. Simplemente fingiré que ese pequeño interludio en el que vino con regalos y me dijo cuánto significo para él no ocurrió.

Nunca debería haber pasado, porque todo era solo una fantasía. Fui ingenua; fui estúpida. E hice que mi felicidad dependiera de un hombre. ¿Aprenderé alguna vez?

—¿Tu ex? —pregunta Richard.

Asiento, pero no tengo el valor de mirarlo.

—Mira, no sé qué pasó entre vosotros dos, pero—

¿Por qué sigue aquí? Todo resulta tan falso, tan forzado: él intentando consolarme cuando está claro que no merezco su consideración.

—Creo que deberías irte. Y devolver ese portátil —susurro.

—No nos precipitemos —dice—. Todos tenemos algún ex loco en el armario.

Esto no tiene que ver con eso y él lo sabe.

Puede que su orgullo no le deje verlo todavía, pero en el fondo, las palabras de Justin habrán despertado una buena dosis de desdén hacia mí.

Esto no es un cuento de hadas de Disney.

No vamos a irnos juntos hacia la puesta de sol y vivir felices para siempre.

—No puedo aceptar ese portátil. Y lo que estabas pensando antes, antes de que apareciera Justin... Eso tampoco podemos hacerlo.

Tengo un nudo en la garganta, así que me cuesta sacar las palabras.

—Ya veo.

Richard me suelta el hombro, y me invade una sensación de pérdida tan intensa que un nuevo torrente de lágrimas silenciosas me resbala por las mejillas.

—Por favor, vete —susurro.

—De acuerdo. Si eso es lo que quieres.

Durante todo este rato, he seguido cubriéndome la cara y negándome a mirarlo a los ojos. Ahora que oigo sus pasos, no puedo evitar echar un vistazo. Apenas alcanzo a verlo de espaldas, caminando hacia la puerta.

El portátil nuevo, sin embargo, sigue sobre la mesa junto a mí.

—¡Richard, te has dejado esto! —grito.

Se da la vuelta, y se me rompe el corazón. Ya ni parece él cuando niega con la cabeza y hace un gesto desdeñoso.

—Quédatelo. Sin compromisos, ¿recuerdas?

Fuerza una sonrisa antes de darse la vuelta y marcharse de una vez por todas. Las paredes parecen cerrarse sobre mí mientras la puerta se cierra tras él.

—Ojalá me perdones. Algún día —susurro para mis adentros, pero Alice me interrumpe, plantándose frente a mí con las manos en las caderas.

—Vale, ¿qué coño acaba de pasar?

Dejo escapar un suspiro exasperado. ¿En serio?

—¿No es obvio? ¡Se acabó todo!

—¿Pero por qué? ¡Está claro que tiene sentimientos por ti! ¡Y tú por él! —protesta.

—¿No oíste ni una palabra de lo que dijo Justin? Después de eso no hay marcha atrás. Lo jodí todo antes de que pudiera siquiera empezar.

—Sin embargo, se deshizo de Justin por ti, y luego se quedó para ver cómo estabas.

—Bueno, sí.

—Y luego dejó ese portátil aquí, aunque le dijiste que se lo llevara.

—Sí.

—Y cómo te miró cuando te vio llorar, tan perdido... Nunca he visto a un tío mirar así a una chica.

Parpadeo varias veces. No veo qué tiene que ver todo esto.

—Amber, Amber, Amber.

Alice niega con la cabeza y levanta los brazos al cielo.

—¿Qué se supone que debo hacer contigo?

—¡Joder, Alice! ¡No ayudas nada! —me quejo.

—No. Lo que no ayuda es que estés aquí sentada haciendo un berrinche porque tu estúpido ex entró y dijo cosas horribles de ti, ¡y que dejes que Richard, que es un pedazo de hombre, salga de aquí sin decirle lo que sientes de verdad! Y encima, ¡lo has rechazado directamente!

—¿Y tú eres la experta en mis sentimientos, no? —replico.

—Está claro que lo quieres. ¡Y él te quiere a ti!

Sus palabras me dejan helada. ¿Quién demonios ha hablado de «amor»?

—¡Eso no es verdad! Yo...

—Te he visto toda la mañana volviéndote loca por el beso de anoche.

Angustiada porque no había venido, sin saber si para él significó tanto como para ti.

¿Y dices que no sientes nada por él? ¡Y una mierda!

Mientras tanto, él se ha pasado toda la mañana comprando este regalo tan caro y especial para ti, porque está clarísimo que está coladito por ti y no quería que malinterpretaras lo de anoche.

—Yo...

Espera, ¿Alice ha escuchado toda nuestra conversación?

—Sabes que tengo razón. ¡Deja de discutir y ve a por él! —el tono de Alice no tiene nada que ver con el de siempre. Suena más a una orden que a los consejos amistosos que suele darme.

Sin saber muy bien qué está pasando, me encuentro de pie.

—¡Vete ya! ¡Joder! —Alice gesticula frenéticamente hacia la puerta.

La miro. Luego a la puerta. Luego al portátil. Y otra vez a la puerta.

A estas alturas, Richard ya debe de estar lejos. Esto va a ser una pérdida de tiempo colosal.

—¡Veteee! —grita.

Joder, tiene razón. Nunca he sentido algo así. Por ningún hombre. Y me he pasado toda la mañana volviéndome loca preguntándome si él sentía lo mismo. Y resulta que puede que sí, y me rendí porque no creía merecerlo.

No me molesto en volver a por el bolso ni nada. Salgo directa por la puerta y echo a andar hacia donde creo que está la casa de Richard. No sé la dirección exacta, pero lo he visto entrar y salir de la cafetería las veces suficientes para saber de dónde suele venir.

La calle principal no está muy concurrida, pero hay algunas personas en la acera delante de mí. Ninguna se parece a él.

Acelero el paso y me abrazo el cuerpo. Hace frío. Y para colmo, está empezando a lloviznar.

—Qué estupidez —murmuro para mis adentros. Pero en lugar de volver a la cafetería a refugiarme y arriesgarme a que Alice me eche otra bronca, sigo adelante.

La lluvia arrecia, dejando manchas oscuras en mi ropa. La gente a mi alrededor empieza a abrir paraguas, mirándome como si fuera un bicho raro.

Intento ignorar a todos y seguir andando, con los tacones repiqueteando contra el pavimento a cada paso apresurado, hasta que llego casi al final de la calle. Desde aquí, estoy perdida. ¿Giro a la derecha o a la izquierda? ¡Uf! ¿Por qué nunca se me ocurrió preguntarle dónde vive?

—¿Amber? ¡Vas a coger un resfriado!

Me doy la vuelta y veo a Richard, que está esperando en la entrada cubierta del quiosco de la esquina, el que acabo de pasar.

—Richard, yo...

Cierro los ojos y respiro hondo.

—Ven, quédate aquí.

Me hace un gesto para que me acerque, se quita la chaqueta y me la pone sobre los hombros. Es entonces cuando empiezo a temblar de verdad.

—¡Lo siento mucho!

—No digas tonterías. Dios mío, estás helada, ¿verdad?

Debo de tener un aspecto horrible, con el pelo húmedo y el maquillaje corrido por la cara. No es de extrañar que todo el mundo me estuviera mirando.

Me toma las manos y las calienta entre las suyas.

—Lo siento, lo siento, lo siento —murmuro. Es lo único que se me ocurre decir.

—¡No tienes nada de qué disculparte! No puedo reprocharte que no estés interesada en mí de esa manera.

—¿Qué? ¡No! Lo siento por todo lo que dijo Justin.

—¡No eres responsable de lo que él dijera, boba!

Richard sonríe brevemente y luego sigue frotándome las manos heladas.

—No, no me entiendes. ¡Estaba diciendo la verdad! —digo.

Se detiene. El corazón me late tan fuerte que apenas puedo respirar. Pero todo lo que estoy a punto de decir... Necesita oírlo de verdad.

—Ojalá no fuera así. Ojalá vosotros dos nunca os hubierais cruzado. Pero...

—No siempre conseguimos lo que deseamos —dice Richard.

—Exacto. Así que... sí lo utilicé. Soy exactamente lo que él dijo.

Todas las relaciones que he tenido. Siempre han sido calculadas.

Por las cenas elegantes, los regalos, las vacaciones de lujo, mis facturas, un sitio bonito donde vivir.

Me he pasado toda la vida persiguiendo un cierto estilo de vida...

Richard niega con la cabeza.

—Amber...

—Lo sé. Ahora, viéndolo con perspectiva, no estoy orgullosa de ello.

—Amber, vamos.

—No quiero poner excusas ni ocultar nada más. No soy quien pensabas que era. Soy una persona terrible; utilizo a la gente, yo...

—Amber, ya basta.

Parpadeo entre las lágrimas hasta que se me aclara la vista y puedo volver a mirarlo. Su expresión es pensativa, casi serena, mientras sigue calentándome las manos.

Lo he herido. Lo sé. Todas estas lágrimas, pensaba que las causaba el dolor, pero ahora me doy cuenta de que no es así. Es culpa.

—Lo siento mucho —susurro de nuevo.