Capítulo uno
Amber
Mi primera mañana como mujer soltera en bastante tiempo.
Decir que me desperté descansada sería exagerar. Ya es un milagro que haya dormido algo.
El sofá de Alice cumple su función, y le agradezco que me deje usarlo, pero no tiene nada que ver con la cama extragrande con sábanas de algodón egipcio supersuaves de casa de Justin. Así que cuando me levanto, la espalda y el cuello me están matando.
Apenas consigo llegar a la cocinita y poner la tetera para hacerme un té, cuando Alice sale de su habitación.
—¿Quieres una? —pregunto.
Parpadea varias veces mirándome, como si aún no estuviera del todo despierta, bosteza, se estira y viene a mi lado junto a la encimera.
—Una bebida caliente que no tengo que prepararme yo. Qué lujo.
Suspira y me apoya el brazo en el hombro.
—Oye, es lo menos que puedo hacer ya que me dejas quedarme.
—No hay de qué. ¿Para qué están las amigas?
—Ya... Aun así.
No creo que ninguna otra de nuestro grupito se hubiera ofrecido tan rápido a darme un sitio donde dormir. Al menos no sin sonsacarme todos los cotilleos sobre lo que me pasa y soltar un buen sermón en cuanto se enteraran. Pero eso no se lo digo.
En lugar de eso, me doy la vuelta y abro la nevera.
—¿Te hago unos huevos o algo?
Niega con la cabeza.
—Voy a pillar uno de los sándwiches frescos cuando los traigan a la cafetería. Ventajas de ser empleada. Pero sírvete lo que quieras.
Echo un vistazo a los estantes. No soy muy buena cocinera, así que me alegro de que haya dicho que no.
Un sándwich de jamón, pues. Mientras tanto, la tetera termina de hervir, así que puedo prepararle el té que le prometí.
Con un chorrito de leche y sin azúcar, tal como la he visto hacérselo muchas veces en la cafetería.
Le paso una taza y luego le echo azúcar a la mía antes de cogerla con las dos manos.
—Y bueno, ¿qué planes tienes para hoy? —pregunta Alice.
Me encojo de hombros mientras me llevo la taza a los labios y disfruto de la sensación del vapor en la cara. Qué reconfortante.
—Tengo que recuperar mis cosas de casa de Justin, pero seguramente debería dejar que se le pase el enfado primero... Si no te importa tener compañía, ¿podría quedarme en la cafetería mientras busco trabajo? Me volvería loca si tuviera que pasarme aquí sola todo el día.
—Me encanta tener compañía. Si te llevas un puñado de estas bolsitas de té, te puedo ir poniendo agua caliente y leche durante el día. Así no tengo que apuntar nada en el inventario.
Sonrío. Ha pillado mi situación sin que tuviera que explicársela.
Hasta que recupere mis tarjetas, voy a estar tiesa.
Quizás debería reactivar esa cuenta de TikTok y empezar a pedir donaciones para ir tirando.
Ese será el momento en que sabré que de verdad he tocado fondo.
Cuando tenga que mendigar migajas a desconocidos.
—Gracias, eso estaría genial.
Richard
Una mañana como cualquier otra, llego a la pequeña cafetería de Teddington High Street bien temprano y listo para avanzar algo con la escritura. Todo forma parte de mi estrategia para terminar esta novela de una vez. Que esté a un paseo de mi casa es una ventaja obvia.
Durante los meses que llevo yendo, he avanzado algo, aunque despacio.
Una rutina diaria lleva su tiempo hasta que te acostumbras, al fin y al cabo, pero es fundamental.
Cada vez que intentaba escribir en casa, acababa procrastinando en el jardín.
Supongo que todos esos años trabajando en una oficina han hecho que necesite el ritual de prepararme y vestirme para ir a trabajar antes de ponerme en modo productivo.
Todo esto sigue estando muy lejos de mi antigua vida en la ciudad. A veces echo de menos el ritmo frenético, sin un momento de aburrimiento. Pero luego recuerdo lo tenso que vivía constantemente y me alegro de haberlo dejado todo atrás.
—Viviendo el sueño —murmuro para mis adentros mientras empujo la puerta de la cafetería y el tentador aroma a café y rollos de canela me envuelve.
El interior es cálido y acogedor, sobre todo gracias a la chimenea antigua de la pared del fondo y a la decoración colorida. Peculiar sería la mejor palabra para describirlo.
Y tranquilo, a estas horas. De hecho, la mayoría de las mañanas soy el único cliente aparte de Alice, la joven simpática que lleva el local.
—¡Buenos días, Richard! —me saluda Alice—. ¿Lo de siempre?
Le respondo con un gesto de cabeza y una sonrisa y me dirijo directo a mi sitio de siempre. Solo que... ya hay alguien sentado en el sillón junto a mi mesa habitual.
Curioso.
Veintipocos años, pelo castaño claro, cara adorable de muñeca y una figura que solo puede describirse como exuberante.
Todo lo contrario a Elaine y a cualquier otra mujer que haya pasado por mi vida.
Aun así, es guapísima, a su manera, y va impecablemente vestida.
También es demasiado joven para mí, pero eso no quita que pueda disfrutar de las vistas.
Absorta en su burbuja, inclina el móvil hacia sí para capturar a la vez la taza de té, la novela de misterio que tiene en la mano y la estantería colorida de detrás. Tras un minuto más o menos intentando conseguir la foto perfecta, deja el móvil y el libro y me pilla mirándola.
—Buenos días —dice con el ceño fruncido.
—Buenos días. Perdona, no esperaba encontrarme a nadie más. Normalmente soy el único cliente a estas horas.
—No estoy sentada en tu asiento, ¿verdad?
Suelto una risita. Qué violento.
—No, no. Solo me preguntaba qué andas tramando.
Baja la vista hacia su ejemplar de A Good Girl's Guide to Murder y esboza una sonrisa.
—Ah, je. Acabo de empezarlo.
—Ya me contarás qué tal está.
—¿Por qué? ¿Te interesan especialmente las chicas buenas? ¿O es lo del asesinato lo que te va?
Sonrío y empiezo a sacar mi portátil, junto con el cuaderno a medio llenar que contiene todas mis ideas y el esquema de la historia, que no para de cambiar. —Asesinato, sin duda.
—Eso no es ninguna señal de alarma —comenta.
Cuanto más me provoca, más ganas tengo de seguir hablando con ella. Quizás sea esa sonrisa traviesa que tiene, o el brillo de sus ojos.
—Llámalo interés profesional.
—Vale, ahora me has intrigado. ¿Qué eres? ¿Un asesino a sueldo?
Me arranca otra sonrisa.
—No, escritor —respondo. Es la primera vez que lo digo en voz alta sin los calificativos habituales.
Aspirante a escritor, trabajando en mi primer libro, no tengo ni idea de lo que hago, etcétera.
Dios, de verdad quiero impresionar a esta chica, ¿no?
¿Por qué? Ni siquiera la conozco. Y puede que no vuelva a verla después de hoy.
—¡Genial! ¿Cómo te llamas?
—Richard.
—Encantada de conocerte, Richard. Yo soy Amber.
Le estrecho la mano brevemente y me siento en el mismo sitio de siempre. Pero aunque sé que debería ignorarla y ponerme a trabajar de una vez, siento sus ojos clavados en mi espalda.
—Richard, ¿qué más? —pregunta finalmente—. ¿Habré leído algo tuyo?
Una pregunta obvia, pero aun así me pilla desprevenido.
Me vuelvo a medias y hago un gesto quitándole importancia. —Ah, no, soy un don nadie. —Volvemos a la realidad.
—Bueno, nunca se sabe. Un día, cuando seas un autor famoso de superventas y salgas en todos los programas de televisión, podré señalar la tele y decir: ¿Richard? Sí, lo conocí una vez en su cafetería de siempre.
Sonríe y da un sorbo a su taza antes de coger el móvil y ponerse a escribir.
Es una fantasía bonita. Una que yo mismo he tenido muchas veces, aunque jamás lo admitiría ante nadie.
No, no busco fama y fortuna. En realidad, no. Lo único bueno de tener una fortuna es poder hacer lo que quieras cada día sin preocuparte por las facturas. Eso ya puedo hacerlo. Y la fama solo es un incordio, ¿no?
Pero estaría bien saber que a la gente le gusta lo que escribo. Eso sí merece la pena. Aunque para que ocurra, todavía tengo que terminar al menos este libro. Y a ser posible, unos cuantos más después.
Eso basta para que por fin me esfuerce en ignorar lo que me rodea —Amber incluida— y ponerme a trabajar.
Amber
Tardo aproximadamente media hora en editar el vídeo, encontrar el sonido adecuado y escribir un buen pie de foto con los hashtags apropiados. Durante todo ese rato, intento no prestar atención a Richard, que está ahí sentado todo el puñetero rato, distrayéndome con su sola presencia.
Un escritor. Pero no uno famoso. Aunque es guapo.
Joder. Ponle un traje Armani y un buen coche, y deja en ridículo a todos los tíos con los que he salido, incluido Justin.
Y ahora que me he dado cuenta de que tengo que buscar posibles maridos entre hombres de su edad...
Si mi próximo novio es algo parecido a él, puede que ni siquiera tenga que fingir mucho.
El cuerpo atlético que se adivina bajo ese cárdigan tan raro que lleva... La mandíbula marcada, la sonrisa que desarma y el pelo entrecano... Todo encaja de alguna manera.
Pero no estoy aquí para eso. Y de todas formas, no entra en mi perfil de candidato, por decirlo de algún modo. Desde luego, no pienso salir con un escritor sin un duro, precisamente. ¿Para qué?
Volviendo al vídeo que he hecho. Solo me falta una cosa para poder publicarlo.
—Oye, Alice —llamo—. ¿Cómo etiqueto la cafetería en TikTok?
Levanta la vista de un montón de papeles que tiene en el mostrador. —No estamos en TikTok.
Frunzo el ceño. —¿En Instagram, entonces?
Niega con la cabeza.
—¿Facebook?
—No.
No me lo puedo creer. ¿He estado tan ensimismada todo este tiempo que no me he dado cuenta de que una buena amiga como Alice está cometiendo un suicidio empresarial?
—Vaya, eso no está bien —murmuro—. Habrá que remediarlo.
Se encoge de hombros y me sonríe. —La verdad es que no entiendo TikTok. Ni ninguna de esas cosas.
Suspiro y niego con la cabeza. —Ay, madre, madre, madre.
—¿Y qué más da? —dice.
Miro las mesas vacías a mi alrededor. Todo este rato solo hemos estado nosotras dos y Richard. En total, un solo cliente de pago, porque acepté encantada la oferta de Alice de traerme bolsitas de té de su casa, así que no he tenido que comprar nada.
Seguro que cuando más lleno está este sitio es cuando todas nuestras amigas se juntan aquí cada sábado después del cierre. Y como mucho somos diez...
—En serio, ¿estás segura de que el negocio es rentable? No parece que tengas muchos clientes.
Alice ladea la cabeza. —Nos va bien, gracias por preocuparte. Buenos beneficios cada mes. La hora punta de la tarde está a punto de empezar. Y luego está la gente que viene a por su café cada mañana antes de ir a trabajar...
—A menos que haya algo que no sepa, no me explico cómo es posible. Los alquileres en esta zona deben de ser carísimos.
—Mi ilustre jefe es dueño del edificio —dice Alice—. No hay alquiler.
Reconozco que eso me deja sin palabras un momento.
Pero aun así. Su actitud tan despreocupada con el marketing me sorprende un poco.
¿Quién en su sano juicio renunciaría tan contento al alquiler potencial de un local como este a cambio de lo que deben de ser ganancias bastante escasas una vez descontados los gastos?
Un tío bastante generoso, concluyo. Me apetece pedirle su número, porque no me vendría mal esa energía en mi vida personal ahora mismo.
—Bueno, digas lo que digas, creo que ese bote de propinas estaría mucho más lleno si entrara más gente durante el día —comento.
—Es cierto, pero es que... no tengo ni idea de esas cosas.
—Entonces, ¿qué te parece si te echo una mano con eso? Como agradecimiento por dejarme quedarme aquí —sugiero.
A Alice se le ilumina la cara.
—¡Eso sería genial! ¡Muchísimas gracias!
Su entusiasmo me contagia. Aquel pequeño éxito que tuve creando mi propia comunidad de seguidores antes de empezar a salir con Justin podría venirme bien ahora.
Me paso el resto de la hora creando perfiles para la cafetería en todas las plataformas principales y hago un par de publicaciones.
Es una forma excelente de sentirme útil antes de ponerme a buscar trabajo en serio.
O una forma excelente de procrastinar. Porque encontrar trabajo no va a ser fácil, ni siquiera conociendo a tanta gente como yo.
Cuando dan las once, sin embargo, toca coger el toro por los cuernos.
Abro la agenda del móvil y voy repasando sistemáticamente a todos los que se me ocurren.
A algunos los llamo: a los que les gusta charlar un rato.
A los muy ocupados y a los noctámbulos les mando un mensaje personalizado.
Urgente, pero sin sonar demasiado desesperada, espero.
En el pasado he sido muy selectiva con el tipo de trabajos que habría considerado.
Sitios prestigiosos, grandes empresas y estrictamente trabajo de oficina.
Ahora no tengo ese lujo. Al menos no hasta que ponga en orden mis cuentas.
No sé a cuánta gente he contactado. Docenas, seguro. Antes de darme cuenta, el estómago me empieza a rugir, avisándome de que es hora de comer... Pero sigo sin tener un duro en el monedero para comer algo decente.
Pero he conseguido extender mis tentáculos por todas partes. Estoy abierta a todo. Bueno, a todo menos a un camino hacia mi verdadero destino: encontrar un nuevo hombre que me ahorre tener que buscar trabajo.