Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) El Primer Amor de Sugar Baby
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El Primer Amor de Sugar Baby

Prólogo

Amber

—Me llamo Amber y soy una mujer fuerte e independiente.

Me inclino hacia delante, observando en el espejo las primeras ojeras que empiezan a asomar, y respiro hondo.

—Me llamo Amber y no necesito a un hombre para ser feliz, solo su tarjeta de crédito.

El nudo en la garganta sigue creciendo y es difícil no sentirme como una completa fracasada. Aun así, sigo mirándome fijamente durante unos minutos más antes de reunir fuerzas y volver a salir. ¿Cuál es mi plan? Ni idea.

Pero Justin no va a aceptarme de vuelta, eso seguro. No después de encontrar mis viejos vídeos de TikTok, donde lo contaba todo. Ni ruegos ni súplicas van a cambiar nada, porque se acabó el juego.

Fue divertido mientras duró, tenerlo comiendo de mi mano.

Todo empezó por Año Nuevo, cuando lo vi por primera vez en una discoteca elegante.

Estaba allí con un grupo de amigos igual de bien vestidos.

Con la zona, el precio de la entrada y el champán que corría en su mesa, supe que estaba forrado. Era perfecto.

Supe que podía engancharlo desde el momento en que se fijó en mí. Hace años aprendí que a algunos hombres les gustan las chicas como yo, con curvas a lo Lizzo y la autoconfianza a juego. La mirada que me lanzó Justin me dijo que era uno de ellos.

A partir de ahí usé todos los trucos del manual para atraparlo aún más.

Hacerme la difícil, enviar señales contradictorias, fingir culpa después de cualquier contacto físico entre nosotros.

Justin era el tipo de hombre que no veía un rechazo como algo definitivo, sino como un desafío.

Estaba claro que no estaba acostumbrado a que le dijeran «no», y eso lo volvía loco.

Unas semanas, seis citas y una llamada telefónica escenificada con lágrimas de cocodrilo espectaculares por la pérdida imaginaria de mi piso de alquiler después, ya tenía asegurados unos meses gloriosos.

Dios, cómo disfruté de la mejora en mi estilo de vida, viviendo en la lujosa casa adosada de Londres que su papito le había comprado.

Justin disfrutaba usando su abundante riqueza para hacerme feliz, mientras él recibía migajas y probaditas de mi cuerpo a cambio.

Le dije que me estaba reservando. Y se lo tragó.

Hasta esta mañana.

Esta mañana perdí todo lo que tanto me había costado conseguir.

Me había confiado demasiado, eso fue todo. En lugar de tragarse mi numerito de chica inocente, se frustró y empezó a investigar mi historial y mi rastro en internet. Y eso fue mi perdición.

No sé por qué sentí la necesidad de dejar esos vídeos colgados.

Supongo que quería ayudar a la gente. Cuando los grabé, mi objetivo era enseñar a otras chicas a salir de la trampa que la sociedad nos ha tendido.

A evitar el dolor y el inevitable abandono, y a tener siempre el control de nuestro propio destino.

No todo el mundo tiene una madre como la mía, que me enseñó todas esas lecciones de vida tan importantes después de que papá nos dejara. La mayoría tienen que aprenderlo como ella: por las malas, cuando ya es demasiado tarde.

Por un momento, de verdad pensé que Justin podría ser el definitivo.

Había esperado que me ofreciera esa estabilidad a la que llevaba tanto tiempo aspirando.

Pero en lugar de una propuesta sin acuerdo prenupcial, que me habría dejado el futuro resuelto, me puso de patitas en la calle mucho antes de tiempo.

Me echo un poco más de agua en la cara, intentando quitarme el abatimiento de encima, pero no puedo.

No puedo salir ahí fuera con la cabeza bien alta. Alice se dará cuenta de que algo va mal, y el resto del grupo empezará a hacer preguntas enseguida.

Ni siquiera sé por qué vine a la quedada de esta noche en la cafetería de Alice.

Ah, sí, para encontrar un sofá donde dormir.

Y para eso, tengo que ser sincera con todo el mundo y aguantar los juicios que inevitablemente vendrán.

Nunca estuvieron de acuerdo con mi forma de ver a los hombres...

Especialmente ahora que la mayoría están saliendo con alguien o tienen relaciones serias.

Uf, que me maten ya.

Unos golpes frenéticos en la puerta interrumpen mi momento de autocompasión.

—¿Ya has terminado ahí dentro? —reconozco la voz de Alexis a través de la puerta cerrada.

—¡Sí, un momento!

—Más te vale no estar dejándolo todo hecho un asco. ¡Mi estómago no aguanta eso ahora mismo!

Pongo los ojos en blanco. Puede que yo esté mal, pero al menos no me quedé embarazada de mi jefe como Alexis.

Y desde que se lo contó a todo el mundo la semana pasada, está sacándole todo el partido a su estado como si no fuera un error de juicio monumental.

Ya veremos quién ríe cuando llegue el bebé y de repente su hombre pierda el interés en ella, como suelen hacer.

Después de revisar el maquillaje una última vez y alisarme el pelo, giro el pestillo y abro la puerta. Alexis me mira con recelo cuando salgo.

—Está limpio, tranquila —refunfuño. Me aparta de un empujón al pasar corriendo, y me trago el comentario mordaz que estaba a punto de soltarle.

No es culpa suya que esté de mal humor. Es mía.

Y de Justin, por ser un cabrón desconfiado.

Pero sobre todo fue mi ego el que me metió en problemas.

Debería haber sido más cuidadosa y haber borrado esos vídeos en cuanto me lié con él, pero era demasiado vanidosa para renunciar a los miles de visualizaciones y seguidores que mi cuenta de TikTok había acumulado.

Nada más girar la esquina, Alice me llama desde detrás del mostrador.

—¡Eh, Amber! ¿Qué va a ser hoy?

Niego con la cabeza.

—Solo agua, gracias.

Entrecierra los ojos y frunce el ceño.

—¿Qué pasa? ¿No quieres un macchiato de vainilla y avellana?

Aprieto los labios. Justin hasta me canceló la tarjeta de crédito que me había dado. No me sorprende, pero es un fastidio enorme justo ahora. Voy a tener que buscarme un curro ya mismo solo para pagar lo básico. Doble uf.

—Invita la casa... —dice Alice.

—Un capuchino normal entonces —le digo—. Con azúcar extra, gracias.

—No hay de qué.

Se da la vuelta, y justo cuando la gran cafetera italiana empieza a silbar y resoplar para calentar la leche de mi capuchino, unas lágrimas empiezan a picarme en el rabillo de los ojos.

Odio que un hombre pueda hacerme sentir así otra vez.

Esto debería enseñarme a no bajar la guardia en el futuro.

De ahora en adelante, tengo que redoblar mis convicciones.

Tengo que dejar de ser descuidada y de permitir que estas cosas me pillen desprevenida.

¿No era eso lo que mamá intentaba enseñarme, al fin y al cabo?

¿A no depender de nadie? Cuando no esperas mucho, tampoco te puedes decepcionar.

Detrás de mí, las demás ya están de cháchara. ¿Y de qué hablan? De Alexis, de su embarazo y de cómo su jefe del pub, Bob, le pidió matrimonio en cuanto se enteró.

—¿Y qué le dijo? ¿Aceptó? —pregunta Kayla.

Lauren, la más nueva del grupo, también mete baza.

—¿Pero a ella le gusta él de verdad? Es un compromiso enorme.

Sí, igual que un bebé. Pongo los ojos en blanco.

Alice se da la vuelta con mi capuchino en la mano y me sonríe.

—¿Te lo puedes creer? ¡Alexis va a ser la primera de nosotras en casarse!

Me quedo callada. No. No me lo puedo creer. Siempre pensé que iba a ser yo. Era el objetivo por el que tanto me había esforzado. Al menos cuando las cosas van mal después de casarte, te queda algo de seguridad económica. No la mierda que estoy pasando ahora con Justin.

Lo he hecho todo mal. Debería haber ido a por hombres más maduros. Ellos tienen más prisa por sentar cabeza.

Míralas. Están tan contentas por Alexis. Hasta la propia Alexis está radiante ahora que ha vuelto del baño. No tienen ni idea de que han caído en la trampa más grande que existe.

El amor es un mito. No es real. Nunca dura. Todo en la vida es transaccional.

Aun así, al menos ella conseguirá la pensión de los niños cuando todo acabe. Y una compensatoria. Eso es más de lo que Justin me dará a mí.

Tendré suerte si me devuelve mis cosas. Todo sigue en su casa.

Todo, hasta mis propias tarjetas de crédito, que había guardado desde que él me dio una de las suyas.

Si tengo que pedir que me las vuelvan a emitir, eso puede llevar semanas.

¿Qué demonios se supone que haga hasta entonces? ¿Pedir un crédito rápido?

¡Uf!

Una mano cálida se posa en mi hombro y me doy la vuelta. Alice me está mirando fijamente.

—¿Problemas?

—Necesito un sitio donde quedarme hasta que pueda arreglar mi desastre —murmuro.

Sonríe brevemente y asiente.

—Puedes quedarte en mi sofá todo el tiempo que necesites.

Por primera vez desde que salí de casa de Justin esta mañana, puedo respirar.

Doy otro sorbo al café, y esta vez sí que disfruto de su aroma.

No es exactamente un macchiato de vainilla y avellana, pero está bueno igualmente.

A mi alrededor, todas charlan emocionadas con Alexis.

Me aseguro de felicitarla y me guardo el resto de mis pensamientos para mí.

Al menos he evitado quedarme en la calle. El resto lo resolveré a partir de mañana.