Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

* Bob *

Soy el hombre más afortunado del mundo.

Empieza a quitarme la camisa. La mirada de sus ojos esmeralda lo dice todo. De repente, mientras hacemos lo mismo de siempre —cerrar el local por la noche—, todo entre nosotros ha cambiado.

Cualquier temor residual a acabar ante el Tribunal Laboral por acoso sexual desaparece de mi mente.

Solo queda espacio en mis pensamientos para ella. Para nosotros. Esto que hay entre nosotros y que parece haber surgido de la nada. Ahora que ha empezado, no sabría cómo pararlo. Ni querría.

No solo me mira, me admira. Y yo a ella. Es una diosa voluptuosa con chaqueta de cuero y vaqueros ajustados. Si de mí depende, no llevará ninguna de esas prendas mucho más tiempo. Nuestra verdadera recompensa nos aguarda.

—Arriba —sugiero, entre besos.

Sus labios. Dios mío, sus labios son mágicos.

Antes solo los conocía por sus verdades contundentes y sus debates serios.

Pero ahora son mucho más. Son el bálsamo que mis nervios destrozados necesitaban.

Son el mismísimo elixir de la juventud, y me hacen sentir como no me he sentido en mucho tiempo, quizás nunca. Ni siquiera lo recuerdo.

Eso me provoca su presencia. Me ha arrebatado la capacidad de pensar, de analizar.

Solo me queda una montaña de sensaciones que no sé cómo gestionar, salvo devolviéndoselas con creces.

La pasión que me muestra. El calor con el que me mira.

Se lo devuelvo todo y más. La ropa y los zapatos acaban tirados en el suelo.

Como si ambos estuviéramos igual de ansiosos por que nuestro cuerpo refleje lo que sentimos.

Estamos desesperados por desnudarnos el uno ante el otro, en todos los sentidos.

De alguna manera, en medio de este frenesí de sensaciones, conseguimos salir del bar, atravesar el pasillo trasero y subir la estrecha escalera que lleva a mi apartamento en el último piso.

Solo recupero algo de cordura cuando entramos en el dormitorio, e incluso nuestra ropa interior acaba en el suelo.

Por un instante me pregunto si esto es lo correcto.

Pero sus manos sobre mí responden a mi pregunta no formulada con un rotundo «sí».

Sus labios hacen el resto para disipar cualquier duda que quedara.

Exactamente así debía terminar esta noche.

Es el destino. El sino. No es que crea necesariamente en esas cosas. Pero así lo siento.

Mientras la recuesto en mi cama, sólida y de estilo antiguo como los muebles de abajo, me detengo un momento a contemplarla. Es una belleza natural. Curvas por todas partes. Piel impecable, que suplica ser tocada y saboreada.

Su presencia ilumina la habitación, que antes parecía impersonal y estéril. Como una pensión que llevara años esperando a su primer huésped: ella.

Por un momento, se abraza a sí misma mientras un escalofrío la recorre.

Podría haberlo pasado por alto si no estuviera tan pendiente de ella.

Eso basta para que me una a ella y nos cubra a ambos con las mantas.

Que me condenen si permito que pase frío solo por contemplar mejor su maravilloso cuerpo. No soy tan egoísta.

Sin embargo, su piel está caliente al tacto. Más caliente de lo que habría imaginado. Como la mía.

Tomo su bonito rostro en forma de corazón entre mis manos y la beso un poco más mientras me tumbo sobre ella. Cómo sus suaves curvas se amoldan a mí basta para hacerme perder lo que me queda de cordura.

Esto es perfección; las diferencias entre nosotros son lo que hace que encajemos tan bien.

Cuando la miro a los ojos, noto que el verde moteado se ha oscurecido hasta casi negro.

Me incorporo apoyándome en un codo y deslizo la otra mano por su cuerpo, acariciando sus generosas curvas y estudiando exactamente cómo reacciona.

Tomo nota de cada escalofrío, cada respiración temblorosa, cada susurro y cada gemido.

Y luego uso ese conocimiento recién adquirido para subir la intensidad.

Puede que yo haya deseado esto tanto o más que ella. Pero este momento es todo para ella.

Empiezo a provocarla, deslizando un dedo entre sus pliegues húmedos como pidiendo permiso.

Ella lo concede buscando el lateral de mi cuello con la boca, mientras desvío mi atención hacia abajo una vez más.

Sus besos y mordiscos en mi cuello y detrás de la oreja amenazan con romper mi concentración, pero lucho contra la tentación y sigo acariciándola hasta que siento cómo se entrega a mí cada vez más.

Sus muslos exuberantes, que al principio apenas dejaban espacio entre sí, se abren para mí, dándome un acceso más libre. Está empezando a confiar en mí. Y haré todo lo que esté en mi mano para recompensarla.

Con que me deje tocarla me basta. Que yo acabe esta noche no importa; mi único objetivo ahora es hacerla gritar.

* Alexis *

Hacía demasiado tiempo que no tenía esto. Una noche con un hombre, sin compromiso, sin expectativas y sin toda esa mierda que suele arruinarlo todo. Las expectativas, al fin y al cabo, son el atajo más directo a la decepción.

Actuamos por instinto, y a diferencia de con cualquier otro tío, estamos perfectamente sincronizados.

No hay torpezas incómodas. No hay narices chocando al acercarnos para ese beso tan esperado.

Ninguna caricia mal calculada que resulte demasiado brusca o que haga cosquillas.

Sin nada que se interponga ni nos distraiga de los placeres que nos aguardan, la tensión que sentimos no hace más que crecer, descontrolada.

Al principio no quería que me tocara ahí.

La mayoría de los tíos no saben hacerlo bien de todos modos.

Pero desde la primera caricia, me convertí en masilla en sus manos.

Cómo sabe leerme, cómo provoca y tienta y modula su toque para conseguir que suplique por más...

es diferente a todo lo que he experimentado.

Y cuando se lleva mi pezón a la boca y lo acaricia con la lengua justo así, casi estallo ya.

Pero no quiero precipitarme. Y él tampoco. Se toma su tiempo, y pronto mi excitación baja a un nivel más llevadero.

Lástima que esto sea solo cosa de una noche, porque podría acostumbrarme.

Todo está bien. Como si nuestros cuerpos supieran exactamente cómo comunicarse sin pronunciar palabra. Como si bastara con apagar nuestras preocupaciones y dudas un momento para que todo lo demás encajara.

Y así ha sido.

A estas alturas, con otro tío ya lo habría fingido.

Solo para conseguir que parara antes de dejarme escocida.

Esa idea parece ridícula ahora mismo. ¿Por qué iba a querer acortar esto?

Ayuda que no hable demasiado. Siempre odio cuando preguntan si estoy a punto.

O si me gusta lo que hacen. Si no te das cuenta solo, es que lo estás haciendo mal.

Bob, sin embargo, lo está haciendo exactamente bien. Supongo que esa es la ventaja de estar con un tío mayor. Ya tienen experiencia y han aprendido por las malas qué no hacer. Me alegro de no tener que enseñarle nada.

Bueno, casi. Cuando intenta besarme no solo en el pecho sino más abajo, lo detengo rápidamente. —Ahí no —susurro.

Estoy dispuesta a hacer muchas cosas con él esta noche, pero eso no. Dejar que su boca llegue a mi zona más íntima es cruzar una línea. Es una regla que me he impuesto. No dejo que un tío me lo haga en un rollo de una noche. Y eso es lo que es esto. Lo que tiene que ser, por el bien de ambos.

Si eso lo decepciona, no lo demuestra. Sin inmutarse, sigue acariciando mi clítoris con paciencia y destreza, acercándome de nuevo a lo inevitable.

Es obvio que eso es lo que busca. Aunque antes intenté retrasarlo, mi fuerza de voluntad ha vuelto a desvanecerse.

Voy a dejar que pase, sin más. Porque este momento no es la vida real.

Es una fantasía preciosa. Algo que nunca debería haber ocurrido, pero que está ocurriendo igualmente.

—Más fuerte —gimo.

Sabe exactamente a qué me refiero. Sus dedos presionan con más firmeza, pero solo un poco.

Justo lo necesario para hacer que mi cuerpo vibre.

Y sus labios... Recorre todas las zonas erógenas que tiene a su alcance.

Detrás de mi oreja, mi cuello, mi pecho...

Pierdo el control, y por una vez, no lo echo de menos.

Mi bajo vientre se tensa y finalmente se contrae del todo, llenándose de esa sensación dulce y densa que normalmente me cuesta tanto alcanzar. Pero ahora no. Con él, lo difícil ha sido contenerla.

Ya no puedo contenerlo más. La lujuria. El calor del momento. La culminación de todas estas sensaciones nuevas que despierta en mí. El placer me invade en oleadas, dejándome incapaz de corresponderle.

Mientras un calor tan familiar como extraño me invade el cuerpo, una voz aguda rompe el silencio.

A través de la niebla de mi orgasmo, me llama, hasta que me doy cuenta de que soy yo.

Por fin abro los ojos y lo encuentro observándome.

Con admiración y satisfacción en la mirada, y el esbozo de una sonrisa en los labios, me contempla mientras intento recuperar el aliento sin conseguirlo.

—Ahora tú —susurro, mientras bajo la mano y rozo con las yemas su erección, dura como una piedra. Joder, qué grande. Qué perfecto.

Vuelve a sonreír y niega con la cabeza. —Relájate. Disfruta.

Estoy demasiado ida para discutir, así que me limito a observar mientras coge un preservativo del cajón de la mesita, se lo pone y vuelve a meterse bajo las sábanas conmigo.

Cuando paso las manos por su torso perfectamente esculpido, todo empieza a cobrar sentido de nuevo.

Esto está bien. Todo va exactamente como tiene que ir.

Estamos exactamente donde tenemos que estar.

Su cuerpo firme se aprieta deliciosamente contra mis curvas suaves.

Me abro para él, impaciente por descubrir de qué más es capaz este hombre magnífico.

Sus párpados se entornan cuando entra en mí.

Un escalofrío le recorre la espalda, y me doy cuenta de que él también empieza a perder el control.

Hasta ahora había dominado la situación y me había manejado sin esfuerzo, pero ya no es inmune a sus propios impulsos y deseos.

Sus músculos ondulan como olas bajo las yemas de mis dedos mientras nos empuja a ambos cada vez más hacia el éxtasis.

Es tan bueno de formas que nunca había experimentado.

Cómo me completa físicamente, logrando una cercanía entre nosotros que jamás había conocido.

Tengo todos los sentidos alerta para captar cada pequeño espasmo de su cuerpo, cada suspiro, cada gemido.

Estamos conectados como dos caras de la misma moneda.

Esto no es un polvo de borrachera ni una primera cita fallida con un tío que no merece la pena.

Bob es diferente. Es increíble. Ya lo sabía, porque siempre ha sido increíble, desde que lo conozco.

Solo que nunca imaginé que también lo sería en esto.

O quizá sí. En el fondo. Porque bajo su cuerpo fuerte y musculoso, recibiendo todo lo que tiene que dar, siento como si hubiera llegado a casa.

Lo cual es ridículo, claro. Esto es solo sexo, nada más.

Aunque sea sexo increíblemente bueno. Con un tío maravilloso de verdad.

Intenta controlarse, pero noto que le cuesta. Cuando le clavo las uñas en la espalda, parece que ya no puede más y acelera de nuevo. Más profundo. Más fuerte. Pero nunca brusco.

La forma en que se frota contra mí en cada embestida es pura perfección. Es casi como si se detuviera ahí una fracción de segundo, hundido en lo más profundo de mí, porque es donde quiere quedarse. Puede que esté proyectando, porque es donde yo quiero que se quede.

Nunca supe que el misionero pudiera ser tan bueno.

Tampoco me había visto nunca como la clase de mujer que disfrutaría tumbada boca arriba, dejándose hacer. Porque nunca había sentido placer así, hasta ahora.

—Eres preciosa, Alexis —gruñe.

Quiero decirle que él también, pero las palabras no me salen. Y entonces, casi sin previo aviso, mi cuerpo se contrae de nuevo, aferrándose a su polla como si quisiera retenerla dentro para siempre.

Mi segundo orgasmo es aún más fuerte que el primero. Me sacude hasta la médula y casi me hace llorar. Por suerte, consigo contener ese impulso. Más o menos.

Solo cuando vuelvo a abrir los ojos veo que él también ha terminado. Aunque tiene los ojos cerrados y la expresión relajada, su cuerpo aún tiembla con los últimos coletazos de su propio clímax. Verlo así es todo un espectáculo.

Me invade una extraña sensación de orgullo solo con mirar su rostro apuesto, lo cual es raro, porque yo no hice nada, no aporté nada. Fue todo cosa suya.

Se deja caer sobre mí, y yo lo rodeo instintivamente con los brazos. Qué raro. ¿Quién demonios se acurruca después de un rollo de una noche? Nosotros, por lo visto, porque él no se resiste. Se abandona a mi abrazo con un suspiro satisfecho que me hace cosquillas en el cuello.

Esto también está bien, sea lo que sea. Raro, pero agradable. Y me hace pensar...

¿Cómo es que este hombre tan guapo y generoso ha acabado aquí, encima de mí, precisamente de mí, su empleada? Recorro su espalda con las yemas de los dedos, maravillándome de cómo noto cada uno de sus músculos relajarse bajo mi caricia, uno tras otro.

No sé por qué su matrimonio no funcionó; nunca hemos hablado de ello en profundidad, pero ahora mismo me cuesta imaginarlo como el culpable.

Este hombre da mucho más de lo que recibe, al menos en la cama.

Supongo que es una de esas cosas que no puedes explicar del todo a menos que lo hayas vivido.

E incluso entonces. Puede que no sea un gran empresario, pero por lo que veo, es un tío bueno de verdad.

Cuando se aparta de mí para limpiarse, es lo único en lo que puedo pensar.

Eso, y también: ¿ahora qué?