Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

*Hace Tres Semanas*

* Bob *

Es una noche tranquila en el White Hart, uno de los pubs más antiguos e históricos de Teddington, en el suroeste de Londres. Y más tranquila aún en el pequeño despacho que me he montado en la parte trasera del viejo edificio, en algún lugar entre la salida de atrás y un cuarto de la limpieza.

Por desgracia, ha habido demasiadas noches tranquilas últimamente.

Mascullo unos cuantos improperios mientras abro la hoja de cálculo mensual en el viejo portátil para comprobar el balance final.

A pesar de todos mis esfuerzos por insuflar algo de vida a este lugar con citas rápidas para San Valentín, el concurso de preguntas de los viernes y vete tú a saber qué más, los ingresos se han estancado.

Todavía no estoy en positivo. Eso sí, al menos este febrero he ganado más que el año pasado.

Por desgracia, una factura de fontanería bastante abultada se ha comido buena parte del beneficio.

Tamborileo impaciente con los dedos sobre la mesita que sostiene el portátil y me quedo mirando los números en la pantalla.

Como si eso fuera a cambiar algo.

Pero ahí sigo, hasta que unos golpes en la puerta me interrumpen.

—¿Sí?

Alexis asoma la cabeza por la puerta entreabierta.

—Ya casi es hora de cerrar. ¿Necesitas que haga algo antes de irme?

Niego con la cabeza y vuelvo a centrarme en la hoja de cálculo.

—No, no hace falta.

Su mirada se detiene en mi expresión, sin duda sombría.

—¿Qué tal nos fue el mes pasado? —pregunta.

Como si fuera su responsabilidad. El ceño fruncido que pone resulta francamente adorable.

—Tranquila, no voy a recortarte las horas.

—No es eso lo que me preocupa —replica.

—El mes pasado no fue tan bueno como esperaba, sobre todo por el incidente de la tubería reventada.

Suspiro abatido y me encojo de hombros.

—Da igual. Cuando llegue la primavera, podremos abrir la terraza con vistas al parque y seguro que la cosa mejora.

—La tubería reventada no ayudó, pero ¿seguro que no fue el evento de citas rápidas lo que espantó a los clientes?

El comentario de Alexis es tan seco y directo que me hace sonreír a mi pesar.

—Las citas rápidas fueron geniales y lo sabes —miento.

Podrían haber sido geniales si pasas por alto el tipo de clientela masculina que atrajo el evento, que provocó directamente la pelea que estalló y que casi acabó en una denuncia por lesiones de una de las amigas de Alexis.

Tuvimos mucha suerte de que Dean interviniera en el momento justo y de que la chica no resultara herida de gravedad.

—¡Venga ya! —replica Alexis—. Te lo advertí, ¿no?

—Tenemos una pareja feliz que lo demuestra. No está tan mal —digo, refiriéndome a esa misma amiga suya que acabó saliendo con Dean después de que él apareciera como un príncipe azul al rescate.

Ahora los dos están juntos, lo cual es raro, porque no me habría imaginado a Dean como el tipo de hombre que sale con una chica tan joven.

El tío —que parece un armario empotrado y puede dar bastante miedo cuando quiere— debe de andar más cerca de mi edad.

Y la chica, bueno, es más como Alexis, quizá incluso unos años más joven...

La miro e intento imaginar cómo sería eso.

Puede que Dean lo tenga todo claro y que en realidad sea yo quien se está perdiendo algo.

—Ya, solo que ellos no participaron en las citas rápidas.

Alexis tiene razón, pero no pienso darme por vencido.

—No se habrían conocido si las circunstancias no hubieran sido exactamente esas —señalo—. Podrías llamarlo destino.

Alexis entrecierra los ojos y niega con la cabeza en silencio. Es una victoria rara. Debería saborearla.

—En fin, dejémoslo ya. Si los clientes habituales ya se han marchado, ¿por qué no cerramos un poco antes y nos vamos a casa? —sugiero mientras echo la silla hacia atrás y me levanto, dejando atrás el portátil con las malas noticias.

Alexis se encoge de hombros y sale delante del diminuto despacho. Mientras caminamos por el pasillo en penumbra hacia la parte delantera del local, no puedo evitar admirarla. Siempre me han gustado las pelirrojas. Ahora que se ha dejado crecer el pelo, es totalmente mi tipo.

Es una joven preciosa, incluso más que esa amiga suya. Y también es lista. Ingeniosa y aguda. Una de las pocas personas con las que he trabajado a lo largo de los años con quien puedes mantener una conversación sensata y echarte unas risas.

Puede que Dean sí lo tenga todo claro.

Pero yo no podría. ¡Es mi empleada, por el amor de Dios!

Mientras la veo contonearse hacia la sala principal del pub y desaparecer detrás de la barra, hago todo lo posible por reprimir mis deseos.

Alexis es preciosa, sin duda. La mujer perfecta, en cierto modo.

Ojalá fuera unos años más joven y nos hubiéramos conocido en otras circunstancias.

* Alexis *

Bob debería haberme hecho caso cuando le dije que las citas rápidas eran una idea estúpida. Claro, él creyó que sabía más; siempre pasa lo mismo.

Una parte de mí siente lástima por él. Está claro que los ingresos del mes pasado no fueron lo que esperaba.

Y encima está esa factura de fontanería que no para de mencionar.

Una vez más, si me hubiera hecho caso y hubiera hecho un poco de mantenimiento preventivo, quizá todo el desastre se habría evitado.

Al menos no habría habido tantos desperfectos por el agua.

Pero nadie escucha a la camarera.

No debería ser tan dura. Por lo demás, es un jefe bastante decente.

Y las chicas no paran de decirme que tengo que trabajar mi forma de expresarme si quiero que me escuchen.

Al parecer, cuando siempre estoy con el rollo negativo, parece que solo quiero llevar la contraria.

Y esa nunca ha sido mi intención. Simplemente sé que, cuando veo venir las cosas, acierto la mayoría de las veces.

En fin, ya es demasiado tarde. Ya he dicho lo que tenía que decir, y él lo suyo.

Y puede que esté siendo especialmente borde con él hoy porque me estaba rebelando contra algo que me dijo Megan antes.

Cuando vino a ver a Dean, justo antes de marcharse, me preguntó cuándo pienso decirle a Bob lo que siento.

Su franqueza me dejó de piedra. Normalmente soy yo la brusca del grupo, e incluso yo me lo habría pensado antes de lanzarme a sacar conclusiones así. Y cuando se me pasó el shock inicial, me rebelé contra lo que estaba insinuando.

¡No me atrae Bob! ¡Es mi jefe, joder! Es mi jefe, y es mayor, y es…

Bueno, sí que es bastante atractivo, para ser un hombre mayor. Está claro que debe ir al gimnasio a menudo, con esos brazos musculosos… Y esos hombros anchos… Y ese trasero tonificado que le queda tan bien en esos Levi's de tiro bajo.

Dios mío, ¿en qué narices estoy pensando?

Echo un vistazo a Bob, que está colocando los taburetes junto al desgastado mostrador de madera. Este lugar ha conocido tiempos mejores, sin duda, aunque el hecho de que los muebles sean tan viejos y rústicos forma parte de su encanto añejo.

Sí, es un hombre muy atractivo. Aunque sea calvo. Pero vamos, le sienta de maravilla, porque el look afeitado le da un aire elegante. Le resalta esos ojos marrones tan expresivos y esa mandíbula fuerte y angulosa…

Y no está casado… Estoy casi segura de haberle oído hablar con uno de nuestros clientes más ilustres, Sean, sobre su divorcio. Y con las horas que pasa aquí cada día, yo sería la primera en enterarme si estuviera saliendo con alguien… Lo que significa que está tan libre como yo…

¡Cállate ya, mujer! No estarás pensando en serio en ligar con tu jefe, ¿verdad?

Aunque…

No puedo evitar seguir mirándolo mientras se agacha para limpiar una de las mesas al otro lado del bar. Mis propios esfuerzos por limpiar el mostrador son bastante flojos mientras lo observo.

También es alto. Y respetuoso. Y puede ser bastante gracioso cuando quiere…

Si no fuéramos jefe y empleada, probablemente nos llevaríamos bastante bien.

Es la única persona con la que puedo mantener una conversación inteligente en el trabajo.

Claro que el único otro empleado fijo, aparte del desfile de temporeros que entra y sale de aquí, es Dean, y ese es más tonto que Abundio.

Se lo he dicho a Megan mil veces, pero nada. No tengo ni idea de qué le ve al tipo, aparte del físico de vikingo. Hablar con él es como sacarse las palabras con sacacorchos.

Pero Bob… está en otra liga. Su presencia es un placer para la vista y para la mente.

—Bueno, creo que ya está. ¿Tienes planes para el finde? —pregunta Bob.

Es una pregunta de rutina, pero noto algo diferente en cómo me mira. Quizás incluso en su tono.

O quizás la que ha cambiado soy yo. Llevo diez minutos mirándolo embobada, lo cual ya de por sí es bastante patético. Tan impropio de mí.

—Qué va, voy a tirarme en el sofá delante de la tele y a ver qué surge —respondo.

Sonríe. También tiene una sonrisa preciosa. Dientes blancos. Últimamente, con lo floja que anda la caja del pub, apenas he tenido ocasión de verle el lado alegre.

Dios, ¿qué me pasa?

—¿Y tú? —pregunto.

Menuda pregunta más tonta. No tiene el fin de semana libre. Es el dueño de este sitio, y abre los siete días de la semana.

Bob se encoge de hombros.

—Puede que me dé una vuelta en coche antes de abrir el domingo.

—¿Ya te han arreglado el coche? —pregunto.

—Ronronea como un gatito desde que me ajustaron los carburadores el mes pasado.

Asiento, aunque no tengo ni pajolera idea de qué me está hablando. Lo único que sé del coche de Bob es que es un cacharro americano grande y negro como los de las películas antiguas de Hollywood. Aunque desentone con la decoración de este viejo pub inglés, su muscle car le pega que ni pintado.

—Dicen que va a hacer buen tiempo todo el finde. Perfecto para salir a dar una vuelta.

—Eso me han dicho —dice Bob—. ¿Te apetece venir?

Su pregunta me pilla desprevenida, y supongo que se me nota.

—Perdona. —Bob levanta la vista de lo que está haciendo y nuestras miradas se cruzan un instante—. Olvida lo que he dicho. Lo último que te apetecerá es pasarte tu mañana libre del domingo con tu jefe.

Carraspeo para protestar, pero no me salen las palabras. No es que no quiera. Lo que me ha dejado pasmada de su pregunta es que tengo el «sí» en la punta de la lengua. Habría aceptado, si no se hubiera echado atrás tan rápido. ¿Qué narices me pasa?

Como me he quedado muda, lo cual ya de por sí es rarísimo en mí, lo único que puedo hacer es mirarlo fijamente.

Y Bob me devuelve la mirada. Y no sé si es mi imaginación, o que veo lo que quiero ver, pero hay algo en sus ojos que refleja lo que yo siento.

Una necesidad, un impulso, que pide a gritos ser correspondido.

Dejo el paño que estaba usando sobre la barra, me limpio las manos en los vaqueros y cruzo los brazos, echando la cadera a un lado mientras sigo mirándolo.

Hay algo extrañamente tentador en pasar tiempo con él fuera de este ambiente de siempre.

En algún sitio donde no fuéramos jefe y empleada, solo dos personas normales.

¿Y después? Las posibilidades serían infinitas.

—¿Adónde iríamos? El domingo por la mañana.

Algo en su mirada se suaviza mientras imita mi postura, cruzando también los brazos, y sigue mirándome.

—Donde tú quieras.

¿Seguimos hablando de dar una vuelta en coche? Tengo la sensación de que ya nada es lo que parece. Y no puedo resistirme a querer adentrarme en territorio inexplorado.