Una noche con mi jefe
Prólogo
* Alexis *
Me despierto el sábado por la mañana con un dolor de cabeza leve pero molesto y una sensación extraña en la boca del estómago. No había dormido bien. Por eso me levanto mucho más tarde de lo normal. Son casi las once y todos mis planes para el día ya se han ido al traste.
De hecho, una sensación general de inquietud me había estado persiguiendo desde que salí del trabajo anoche.
No lograba identificar exactamente qué era, así que lo atribuí a la incomodidad persistente entre Bob y yo, provocada por nuestra pequeña indiscreción.
Todos mis esfuerzos por racionalizarlo y sacudírmelo de encima habían sido en vano.
Y aunque no tendré que enfrentarme a la tentación de estar cerca de él durante todo el fin de semana, esta mañana sigo sin sentir ningún alivio.
Las secuelas de uno solo de los muchos sueños subidos de tono sobre nuestra imprudente noche juntos todavía se aferran a mí como un perfume barato.
Cuando suena una notificación en el móvil, se me pone la piel de gallina. Como si supiera que van a ser malas noticias.
Es solo Alice, me digo. Seguro que está recordándoles a todos la quedada de esta noche.
Así que resisto el impulso de mirarlo hasta que me sirvo una taza grande de té y cojo un bol de muesli con leche para intentar calmar la extraña punzada del estómago. Tras unas cuantas cucharadas, finalmente cedo y miro la notificación.
Tu periodo debería haber empezado hace 5 días... ¿Olvidaste registrarlo?
Me quedo mirando la pantalla, intentando procesar lo que estoy viendo. Todavía no me ha bajado; ni siquiera estoy manchando.
Esto no debería preocuparme, excepto que...
Mi periodo nunca se retrasa.
Normalmente me habría encogido de hombros. Las concepciones inmaculadas solo les ocurren a las santas, no a chicas normales como yo. Excepto que... La sequía que había durado casi un año se ha roto este último mes. Se me cae el alma a los pies. El caso es que sí he tenido sexo, así que...
¡No, no puede ser! ¡Usamos preservativo!
Dejo el teléfono otra vez e intento ignorar la idea insistente de que quizás algo ha salido mal, y... Aparto el desayuno, respiro hondo y me pellizco el puente de la nariz intentando aliviar no solo el dolor de cabeza, que va a peor, sino también un repentino ataque de ansiedad.
Va a estar bien. De todos modos tengo que salir a comprar algunas cosas, así que también compraré un test de embarazo, solo para quedarme tranquila.
Y una vez que el resultado salga negativo —como obviamente saldrá— podré respirar tranquila de nuevo.
El retraso debe de ser porque he estado estresada.
O quizás me esté poniendo mala. Un pequeño resfriado o el comienzo de una gripe, que podría haberme alterado el ciclo. Eso será. Usamos preservativo, al fin y al cabo. Fuimos cuidadosos, así que no hay razón para que...
Tan típico, resoplo. Dos personas se acuestan aunque no deberían haberlo hecho, y al final el hombre sigue con su vida como si nada, mientras que la mujer tiene que lidiar con gilipolleces como esta. Es para cabrearse, sobre todo a primera hora de un día libre que tanta falta me hacía.
Por muy frustrada que esté, no voy a contarle esto a nadie.
Ni de broma. Ya es bastante malo haberme acostado con mi jefe.
Y después de jurar que iba a ser cosa de una noche, me ha sido imposible dejar atrás aquella noche.
Llevo obsesionándome y fantaseando casi a diario desde entonces, cuando lo que de verdad necesitaba era sacármelo de la cabeza —a él—.
No, este susto de embarazo me lo como yo sola.
Nadie sabrá nunca lo cerca que estuve de...
¡Y probablemente no sea nada! Una vez que haga la prueba y me asegure de que es una falsa alarma, estaré bien.
Nadie tiene que saberlo, y mucho menos Bob, de quien llevo semanas intentando mantener las distancias.
Intento comer unos bocados más de muesli antes de guardar el resto en la nevera para cuando sea.
Luego me arrastro hasta el dormitorio para vestirme antes de salir.
El tiempo está nublado y desapacible, con una ola de frío tan típica de principios de abril en el oeste de Londres.
Encaja perfectamente con mi estado de ánimo.
Cuando salgo del edificio, bien abrigada con capa tras capa de forro polar y lana, el viento aún consigue colarse por las costuras de mi ropa y calarme hasta los huesos. Y entonces empieza a lloviznar.
Vaya día.
Solo hay una forma de que esto empeore...