Epílogo
* Dean *
Un año después.
Megan está dormida. Su respiración regular y profunda es el único sonido en nuestro piso silencioso. Aunque el sueño me rehúye, no me atrevo a moverme ni a hacer ruido.
Tiene la cabeza apoyada en mi hombro. Su brazo descansa sobre mi pecho.
En momentos como este todavía me cuesta creer dónde estoy y cómo llegué aquí.
Todo empezó con una cita inesperada de la que me empeñé en convencerme de que no era digno.
Fue su insistencia, su pura determinación, lo que nos trajo hasta aquí, mientras que yo solo aporté dudas y miedos en los primeros días de nuestra relación.
Pero estoy trabajando en ello. Poco a poco lo voy consiguiendo.
Ella nunca dejó que me rindiera con lo nuestro. Por eso le debo todo, incluida mi vida.
Hoy es nuestro primer aniversario. Faltan unas horas para que amanezca, y aunque una parte de mí sigue sintiendo que vivo de tiempo prestado, también estoy emocionado.
Tengo una sorpresa para ella. Algo que sé que desea, pero que nunca ha pedido directamente. Lo descubrí de manera indirecta, hablando con las personas más cercanas a ella: sus padres y sus amigos.
Esta mañana, después de prepararle mi especialidad: huevos con beicon, voy a llevarla de excursión. No queda lejos, ni siquiera es nada del otro mundo. Pero no se trata del destino; lo importante es nuestro regreso a casa.
Por la noche, si todo sale bien, nuestra pequeña familia habrá crecido. ¿El nuevo miembro? Una preciosa bolita de pelo a la que, de momento, he llamado Snow.
Sé que Megan siempre ha querido un cachorro, pero sus padres adoptivos no eran amantes de los perros. No sabían cómo cuidar de uno, así que su deseo nunca se cumplió, aunque le dieron todo lo demás.
Debería agradecer que me dejaran algo, un sueño suyo que yo pudiera hacer realidad.
Va a ser mucho trabajo, pero juntos saldremos adelante sin problema. No es la primera vez que adiestro a un cachorro; de hecho, mis recuerdos más preciados de la infancia giran en torno a mi mejor amigo peludo de aquella época.
Mientras yo sigo haciendo turnos en el pub por las noches, ella a veces tiene que salir a trabajar durante el día.
Nos turnaremos para cuidar del pequeño. Será el primero de, con suerte, algunos bebés más que llegarán a nuestras vidas; quizás algunos de ellos sean humanos.
Cuando ambos estemos preparados. ¿Quién me iba a decir que estaría pensando en formar una familia a los cuarenta y un años? ¡Desde luego yo nunca lo vi venir!
Su mano se mueve sobre mi pecho y el corazón me da un vuelco.
Desde que nos mudamos juntos a nuestro nuevo piso, hemos sido inseparables.
No concibo acostarme por la noche ni despertarme por las mañanas sin ella a mi lado.
La rodeo suavemente con el brazo y hundo la nariz en su pelo.
Ella se acurruca contra mí. Me hace sonreír.
Nunca pensé que llegaría hasta aquí. En una relación de esas que solo se oyen en las grandes historias de amor.
En un año entero, nuestros sentimientos no se han desvanecido; solo se han hecho más profundos.
El amor era algo que había descartado hace mucho tiempo, y una pasión como esta ni siquiera me la planteaba.
Con ella, tengo ambas cosas a raudales. Antes de conocerla, había olvidado incluso lo que era sentirse vivo.
Esa sensación la descubrí con ella desde la primera noche que pasamos juntos.
Se lo debo todo a ella. Así que ahora, después de mucha introspección, me he dado cuenta de que quizás aquel horrible error que cometí hace tantos años no me hizo indigno de amor.
Estaba a la deriva y carecía de propósito.
Y ella me lo dio. Es algo por lo que siempre le estaré agradecido.
Intento hacérselo saber todos los días, una y otra vez.
Te quiero.
Sin condiciones. Sin remedio.
Y lo mejor de todo es que ella también me quiere.
***
Gracias por leer La Bella y el Portero. Desliza para continuar con Una Noche con mi Jefe y seguir a Alexis en su búsqueda del amor.