Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

* Dean *

Tenía razón; esperaba encontrarme el piso vacío a mi vuelta.

Después de pasar horas sentado a oscuras, esperando a que se marchara de una vez, no pude más. Huir no va conmigo, pero eso fue exactamente lo que hice.

Le dejé una nota diciéndole dónde estaba para... no sé... ¿suavizar el golpe? No fue un buen plan. Se quedó de todos modos, porque es de esa clase de personas. Todas las señales de alarma estaban ahí la noche anterior.

La admiración en sus ojos. La advertencia murmurada a toda prisa, mucho después de que ya nos hubiéramos acostado.

Normalmente no hago esto, había dicho. Yo tampoco. Lo que pasó entre nosotros no tuvo nada de normal. Fue una estupidez pensar que el asunto se resolvería solo en mi ausencia.

Ahora tengo el corazón en un puño y lucho contra ese vacío en el estómago que sientes cuando estás a punto de perder lo único que de verdad te importa en el mundo. Y lo peor es que todo esto podría haberse evitado si hubiera tenido más fuerza de voluntad anoche.

Sabía que debería haber rechazado su invitación, pero no lo hice. Y ahora aquí estamos.

—Vale, entonces explícate —dice—. A no ser que prefieras que me vaya sin más, y entonces cogeré ese taxi que anoche te ofreciste a llamarme.

Tiene los brazos cruzados con fuerza mientras me fulmina con la mirada. No sé si está enfadada o dolida. Rezo por que sea enfado; será mucho más fácil de manejar que la alternativa.

Dios. ¿Por dónde empiezo siquiera? Aunque le debo una explicación. Por muy incómodo que resulte.

—Esto, lo nuestro, no puede ser —digo—. No soy el hombre adecuado para ti.

—La vieja mierda del «no eres tú, soy yo». Muy bien. ¿Te dio esta epifanía antes o después de acostarnos?

Su tono es cortante, pero su expresión delata otra cosa.

Detecto el brillo en sus ojos, el sutil temblor de su barbilla. Eso intenta quebrarme, pero me niego a permitirlo.

—No debería haber dejado que pasara. Lo siento muchísimo.

Levanta las manos en el aire, exasperada.

—¡Eso no ayuda! Si de verdad lo sintieras, se te habría ocurrido algo mejor.

Bajo la mirada al suelo y veo el moretón púrpura oscuro en su pie. Tiene mucho peor aspecto que anoche. El dedo gordo ha empezado a ponerse negruzco. Debería tenerlo en alto.

—¿Puedes aguantar tanto rato de pie? ¿Quieres sentarte? —pregunto.

—¡Estoy bien! —me espeta.

Así que me siento yo y sacudo la cabeza, más que nada por mí mismo.

—En fin, tienes razón. No me estoy explicando bien.

—No.

Me presiono los lagrimales con los dedos índices e intento respirar con normalidad.

Me martillea la cabeza y tengo la piel de gallina.

Nunca me había sentido tan ansioso por nada.

Bueno, excepto quizás aquel día de hace tantos años en que todo se fue a la mierda.

Aquello sí que me quitó la borrachera de golpe.

—Necesito que entiendas que no soy un buen tío. Hay una razón por la que me siento mejor cuando estoy fuera de un pub abarrotado, lejos del gentío.

La miro, pero solo un instante.

Ahora niega con la cabeza.

—¿Ah, sí? Explícate, por favor.

—Soy...

Debería soltárselo de una vez. Zanjaría esta conversación en un instante. Pero es tan difícil pronunciar estas palabras en voz alta. Respiro hondo una última vez y cierro los ojos.

—Soy un asesino. Alguien murió por mi culpa.

El corazón me late tan fuerte que me retumba en los oídos. Es lo único que oigo. El mundo exterior se ha quedado en silencio. Y Megan no tiene nada que decir.

¿Qué se puede decir después de una confesión así?

—Así que ya ves, de verdad soy yo, no tú —concluyo con un suspiro, y me cubro la cara con las manos.

Debería levantar la vista para ver su reacción, pero no puedo mirarla a la cara.

Quiero recordar cómo solía mirarme, porque es algo que no volveré a ver.

Lo único que puedo hacer ahora es esperar el clic de la puerta cuando se vaya y se lleve un trozo de mi corazón con ella.

Porque eso es lo que haría cualquier persona sensata en esta situación. Es lo que merezco.

Pero en lugar de eso, se aclara la garganta.

—¿Qué quieres decir? ¿A propósito?

Eso basta para que la frustración me desborde.

—¿Importa? —pregunto—. La cuestión es que no soy un buen tío y sería mejor dejarlo ahí.

—Importa, porque si no, nada de esto tiene sentido —argumenta.

Intento respirar, mantener la calma, pero no puedo. ¿Tiene que ser tan cabezota? Esta es la conversación más difícil que he tenido en más de una década, ¿y me pide más detalles? ¿Para qué?

—Cuando trabajaba de técnico de emergencias, mi ambulancia chocó contra otro coche mientras acudíamos a un aviso. Yo conducía.

Esa primera frase fue como quitar un tapón, y todo empezó a salir a borbotones.

Antes de poder contenerme, le cuento todo lo que recuerdo de aquel día.

El día en que todo cambió para siempre. Desde el momento en que me senté al volante, hasta que apareció el coche, como de la nada.

Cómo el otro técnico de guardia y yo salimos corriendo a evaluar el estado del otro conductor, aunque el golpe también nos había dejado bastante mal.

Cómo intentamos estabilizarlo. Nuestra llegada al hospital, donde murió a causa de las heridas. Todo, excepto...

—Un accidente —concluye ella.

Sacudo la cabeza de nuevo y por fin la miro. Está visiblemente afectada, como es lógico. Las lágrimas le corren por el rostro. Solo al parpadear me doy cuenta de que yo también tengo los ojos húmedos.

—Ni de lejos. Había bebido demasiado ese día, como siempre.

Estaba muy por encima del límite. Me entregué y me declaré culpable.

—Y ahí está. Mi mayor vergüenza. Ese terrible error que jamás podré compensar.

Había jurado ayudar a la gente, pero por egoísmo y estupidez hice justo lo contrario, con consecuencias permanentes.

—¿Todo esto ocurrió hace tiempo? —susurra ella.

—Cuando tenía veintitrés años.

—¿Te condenaron?

Asiento. —Me cayeron ocho años, pero me soltaron a la mitad.

—Eso es... Vaya. —Suspira y se sienta a mi lado—. Es mucho que asimilar.

—Así que ya lo entiendes. Déjame llamar a ese taxi —digo mientras meto la mano en el bolsillo para sacar el móvil.

—No. No lo hagas. —Pone la mano sobre mi rodilla—. Aún no hemos terminado.

Su roce me hace estremecer, pero ella no parece notarlo ni importarle.

—¿No has escuchado ni una sola palabra de lo que he dicho? No hay nada más que decir, de verdad.

Se limpia los ojos con el dorso de la mano y sorbe en silencio.

—Lo he oído todo. Pero no me voy a ninguna parte.

* Megan *

Esto no era lo que esperaba. El corazón me late desbocado y mis pensamientos se han convertido en papilla. Hasta las rodillas me flaquean, lo que me obliga a sentarme a su lado.

Pero ahora que vuelvo a respirar, empiezo a darme cuenta de que aquello de lo que intenta convencerme es completamente falso. Puede que todo haya sucedido exactamente como dijo, pero su conclusión está equivocada.

—Te equivocas, ¿sabes? —me oigo decir—. No eres mala persona.

Resopla y niega con la cabeza.

—Lo admitiste todo. Asumiste la responsabilidad, cumpliste condena. Si me dijiste la verdad anoche, también dejaste de beber. ¿Qué más se puede hacer?

—No es suficiente. Nunca podré deshacer lo que pasó.

—Toda esa culpa que cargas es una cosa, pero no veo qué tiene que ver con lo que pasó entre nosotros —digo—. Si no quieres volver a verme porque simplemente no quieres, vale. Sería muy rastrero de tu parte, pero más aceptable que lo que sea esto.

—No es eso... Estás tergiversando mis palabras. —Suspira y vuelve a hundir el rostro entre las manos.

No tengo la menor duda de que está siendo sincero y de que esto no es solo una excusa para deshacerse de mí.

A juzgar por lo de anoche, quizá sea lo más que se ha abierto con alguien sobre todo esto.

Está claro que Dean no es de los que hablan ni de los que se relacionan con la gente.

Se guarda las cosas para sí la mayor parte del tiempo.

Incluso Alexis me lo confirmó cuando le pregunté por él.

—Mírame y dime que anoche no significó nada para ti.

Que solo querías acostarte conmigo y que ya has terminado conmigo.

Te juro que me iré. Sin discutir —digo. Las lágrimas todavía me escuecen en los ojos y mi mente es un torbellino de pensamientos contradictorios.

¿Y si pica el anzuelo y hace justo eso? ¿Voy a levantarme y marcharme sin más?

Gruñe y cruza los brazos sin dejar de mirar al suelo frente a nosotros.

—Vamos. Di las palabras y me iré —exijo—. Porque es la única forma de que te libres de mí ahora mismo.

—No puedes quedarte aquí. No podemos hacer esto —dice.

—Entonces dilo.

Gira la cabeza. Sus ojos se encuentran con los míos y me dejan sin aliento. Para cuando abre la boca para hablar, me siento tan débil que no tendría fuerzas para levantarme como prometí.

—Mírate. Tan joven, tan hermosa. Tienes toda la vida por delante. Y en lugar de aprovechar esa oportunidad para hacer algo de ti misma, estás aquí sentada en este piso de mierda, ¿haciendo qué? ¿Intentando arreglarme? ¿Por qué? ¿Por qué no aceptas lo que es mejor para ti?

Su arrebato pretendía impactarme. Asustarme y alejarme. Si no fuera por la mirada de sus ojos, que me convence de que estoy en lo cierto.

—Porque... —¿De verdad voy a decirlo? La palabra con A. Siento la garganta a punto de cerrarse, como si me ahogara.

—Claro. Ni siquiera sabes por qué. —Aparta la mirada de nuevo, lo que me da la oportunidad de respirar y encontrar las palabras adecuadas.

—No tiene lógica ni sentido. Pero nunca me he sentido así con nadie —confieso.

—Pues no deberías.

—No es tan simple, y creo que lo sabes.

—En realidad sí lo es. Voy a llamar a ese taxi. Estarás mejor.

—Y una mierda. —Reprimo un sollozo y le aprieto la rodilla con más fuerza—. Algo cambió para mí anoche. Yo cambié.

—Lo superarás —dice.

—¿Y tú? —contraataco.

—¿Perdona? —Me mira de nuevo y el corazón amenaza con estallarme en el pecho.

Me dan ganas de gritar, pero consigo controlar el tono. —No soy estúpida ni ciega. Veo perfectamente cuánto te duele contarme todo esto. Igual que vi en tus ojos que lo de anoche no fue solo sexo sin importancia para ti. ¡Dime que me equivoco!

Me mira en silencio y aprieta los labios. No me lo estoy imaginando, ¿verdad? Lo veo en él con total claridad. La ternura con la que me mira no ha disminuido ni un ápice. Le importo al menos tanto como él a mí.

—Tienes razón —susurra al fin.

Basta con que lo admita para que las lágrimas vuelvan a brotar. Mierda.

—Una cosa es que estés empeñado en castigarte por lo que pasó hace tantos años. ¡Pero no me castigues a mí por ello! —exijo.

—Nunca quise hacerte daño —dice, y me pone la mano en la mejilla húmeda con suavidad—. Desde el momento en que apareciste en el pub, estaba perdido. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar.

Me sorbo los mocos. —Sí, me di cuenta. A mí me pasó lo mismo.

Puede que esté completamente equivocada, pero creo que necesita oír lo que voy a decir tanto como yo necesito decirlo. Al menos sabremos con certeza dónde estamos los dos.

—Dean, creo que te quiero.

Abre los ojos de par en par y frunce el ceño. Aun así, no aparta la mano, sino que me seca las lágrimas con el pulgar. —Dios. ¿Por qué?

—No me importa el pasado. No me importa lo que hayas hecho o dejado de hacer, siempre que seas bueno conmigo. Quizá debería, pero la verdad es que no.

Le pongo el brazo en el hombro, y antes de que pueda hacer o decir nada más, me atrae hacia su regazo y me abraza con fuerza. Su abrazo me confirma que no estaba equivocada con todo esto. Mis suposiciones sobre él eran completamente correctas.

Nunca me había enamorado tan intensamente de nadie. Nunca me había sentido así con ningún otro chico. Anoche salí con la esperanza de encontrar compañía. Al final, encontré mucho más.

Dean lo es todo. Y sí lo quiero. Más que a nada. Y me gustaría creer que él siente lo mismo, porque si no, las cosas habrían sido muy distintas.

Seguro que eso significa algo. Que tenemos una oportunidad.