Capítulo Siete
* Dean *
Megan está dormida. Su respiración lenta y profunda es el único sonido en mi piso silencioso. Aun así, no logro descansar. No encuentro alivio de la confusión total que me ha provocado este giro inesperado. Cómo acabó nuestra noche juntos.
Solo iba a cenar con ella, y eso a regañadientes.
No esperaba conocerla de verdad, que llegara a caerme bien como persona.
Desde luego, nunca planeé intentar nada con ella, aunque lo había fantaseado.
Y lo último que debería haber pasado era invitarla a mi casa, compartir mi cama con ella y acabar con todos estos sentimientos que no me sirven de nada.
Es una mujer hermosa, por dentro y por fuera. Fue lo primero que noté en ella, y no solo físicamente, sino también en su forma de mirarme. Llena de asombro. Llena de confianza, como si hasta ahora no hubiera sido consciente de toda la fealdad que existe en el mundo.
Yo, en cambio, no soy ni hermoso ni digno de confianza. No estoy hecho para este tipo de vida. Mientras ella es toda luz, yo soy oscuridad. La mayoría de la gente mantiene las distancias conmigo, y con razón. Ella no. Derribó mis defensas hasta que no pude resistirme más a sus encantos.
Por supuesto, todo fue un error tanto por su parte como por la mía. Ha abierto una puerta a algo que no puedo contener. Y ahora me aterran las consecuencias.
Dentro de poco saldrá el sol. El mundo exterior comenzará a despertar. Cuando la calle empiece a bullir de actividad, Megan también se despertará. Me mirará con esos ojos expectantes que tiene. Querrá hablar, quizás. Darle sentido a lo que ha pasado entre nosotros.
Y no tendré respuestas para ella. Porque esto no es lo que parece.
Nuestra noche juntos, por hermosa que fuera, no es un comienzo. Es una despedida. Este momento que compartimos no puede volver a repetirse. No puede significar nada.
Nunca podré volver a verla. Y me está rompiendo el corazón.
Viejos impulsos que enterré hace mucho están intentando resurgir. Me vendría bien una copa para aliviar este dolor. Pero juré no volver a tocar eso, porque fue lo que me metió en esta mierda.
Megan no podría entender quién soy ni lo que me ha costado la vida. Si lo supiera, me habría evitado como todos los demás. Nada de esto habría pasado y nuestras vidas serían más sencillas.
Me giro y la miro, su silueta tranquila apenas iluminada por la luz de la calle que se filtra entre las cortinas. Un ángel hermoso. Está en paz porque no sabe lo que le espera.
Mientras tanto, hay una guerra dentro de mí. No soporto tumbarme a su lado. Ya no. Porque me hará cambiar de opinión. Si vuelvo a sentir el calor de su cuerpo junto al mío, acabaré convenciéndome de que quizás pueda quedarme con ella. Pero en el fondo ya sé que nunca podré redimirme.
Así que me levanto con todo el sigilo que puedo, me siento en la silla del otro extremo de la habitación y cierro los ojos. No porque quiera descansar, sino porque no aguanto seguir mirándola. Es un recordatorio demasiado doloroso de todo lo que voy a perder cuando por fin llegue la mañana.
* Megan *
Ya es de día cuando me despierto. Por suerte es fin de semana, así que no tengo que ir a ningún sitio importante.
Al estirar los brazos, descubro que la cama está vacía a mi lado. Parpadeo varias veces y me permito sentir de verdad todo lo que ha pasado hasta este momento.
Anoche fue increíble. Totalmente inesperado, superdulce y alucinantemente sexy a la vez.
Dean es todo. Todo lo que esperaba. Todo lo que quiero.
Mi San Valentín resultó mucho mejor de lo que habría imaginado.
Solo íbamos a cenar juntos, y al principio ni siquiera parecía entusiasmado. Tuve que convencerlo, decirle que quería agradecerle que cuidara de mí en el pub. Pero lo que empezó con la excusa más débil por mi parte se convirtió en algo más cuando terminamos de cenar.
Conectamos de maravilla. Ocurrió justo cuando se arrodilló delante de mí y me quitó el zapato en Gabriel's. Primeros auxilios, dijo. Pero fue mucho más que eso.
Fue una oportunidad de ver un lado diferente de él. Uno que estoy segura de que Alexis nunca habría tenido el privilegio de conocer.
Su ternura y preocupación por mi bienestar me derritieron el corazón y me hicieron quitarme las bragas.
Cómo siguió poniéndome la compresa fría en el pie durante toda la cena.
Cómo insistió en que me quedara a dormir en lugar de enfrentarme al transporte público en mi estado.
Cómo me llevó en brazos hasta su piso para que no tuviera que pisar el suelo sucio con el pie descalzo.
La caballerosidad no ha muerto y se llama Dean.
—¿Dean? —llamo. No hay respuesta. El dormitorio está vacío, salvo por los muebles básicos y mi ropa tirada en el suelo. La suya no aparece por ningún lado.
¿Quizás ha tenido que salir? Me incorporo y saco las piernas de la cama. La alfombra es suave bajo mis pies, pero mi pie lesionado sigue mal y me cuesta apoyarlo.
—Dean, ¿dónde estás? —vuelvo a llamar.
Me levanto apoyándome en la pierna buena, recojo algunas prendas del suelo y cojeo hacia el baño.
Es básico, como el resto de su piso. Limpio y meticulosamente organizado, pero nada bonito.
Se nota que es soltero; a su piso le vendría bien el toque de una mujer. Me presentaría voluntaria sin dudarlo.
Me echo agua en la cara, arreglo lo peor del maquillaje corrido y por fin me visto.
Cuando termino, voy hacia el salón diáfano con cocina americana. Una nota adhesiva pegada en la nevera me espera.
«Buenos días. Estoy en el gimnasio. Sírvete el desayuno».
Frunzo el ceño y niego con la cabeza. ¿Qué se supone que significa esto? ¿Quizás tiene entrenador y no pudo cancelar?
Dentro de la nevera encuentro un plato con tapa de cristal y otra nota adhesiva.
Desayuno.
Ver los huevos con beicon me hace sonreír. A pesar del extraño comienzo de esta mañana, le importo de verdad. Hay una última nota en uno de los armarios que dice «té y café». ¡Aww! Se acordó de lo mucho que necesito mi dosis matutina de cafeína.
Me sirvo el desayuno, recalentado a toda prisa en el microondas, y me preparo un café antes de dejarme caer en el desgastado sillón de cuero marrón frente al televisor.
Me lo imagino sentado aquí después de cada turno, comiendo su eterna pizza de pepperoni desde hace diez años.
Un hombre de pocas palabras y muchas rutinas.
Supongo que lo del gimnasio también forma parte de esa faceta suya, igual que la precisión casi militar con la que ha organizado su casa de decoración austera.
Cuando termino los huevos y el café, sigo sentada esperando. El tiempo avanza a paso de tortuga y enseguida empiezo a aburrirme.
¿Debería poner algo en la tele?
El sonido amortiguado de mi tono de llamada inunda el pequeño piso, así que me levanto y vuelvo cojeando al dormitorio a buscarlo. Es Alice.
—¡Meg! ¡Qué bien oír tu voz! —dice.
Confundida por su tono exagerado, no sé muy bien qué decir.
—Eh, vale. ¡Buenos días!
—¡Nunca me dijiste si llegaste bien a casa! —se queja Alice.
Me muerdo el labio.
«Oh, mierda».
Vuelvo cojeando al sillón y me siento con la pierna buena doblada debajo.
—Sí, perdona. Se me pasó.
—¿Qué tal fue la cena? —pregunta.
Cierro los ojos y no puedo evitar sonreír.
—Mejor de lo esperado.
—¿Ah, sí? ¡Detalles, por favor!
Niego con la cabeza y aprieto los labios.
—Eso es todo. La cena fue bien.
—Ya... —dice Alice—. Sigues con él, ¿verdad? ¡Por eso no me escribiste!
—No tengo ni idea de qué me hablas —miento.
—Ajá, bueno, no te molesto más. Pero esta noche en la cafetería vas a tener que explicarte.
Mierda, me había olvidado por completo. Va a someterme a un interrogatorio en toda regla delante de las demás. Y si no es ella, Alexis soltará algún comentario y se descubrirá el pastel. Pongo cara de fastidio mirando el teléfono, pero mantengo un tono dulce y desenfadado.
—Vale, pues. ¡Hasta luego, Alice!
—¡Adiós!
Ahora que Alice ha colgado, el piso vuelve a quedarse en silencio.
Demasiado silencio. Me pregunto cuánto más tendré que esperar.
¿Debería dejarle una nota a Dean e intentar volver a casa por mi cuenta?
Pero entonces no sabré qué significó esto para él.
Porque para mí no fue una aventura de una noche.
¿Y cómo voy a caminar bien? La hinchazón del pie ha bajado, pero el moratón es considerable. Intento mover el dedo. Duele igual que antes. El único calzado que tengo son las botas de tacón de anoche. Va a ser doloroso.
Suspiro hondo y me quedo mirando el techo manchado de humedad mientras el corazón me sigue latiendo desbocado. Me preparó el desayuno y escribió todas esas notitas. Eso tiene que significar algo. No puede esperar que desaparezca sin más antes de que vuelva, ¿no?
¡Oh, esta incertidumbre me está matando!
Vuelvo a la cocina a por esa importantísima segunda taza de café, y entonces oigo una llave en la cerradura. El corazón me da un vuelco y me quedo paralizada, conteniendo la respiración, incapaz de darme la vuelta o sin querer hacerlo.
Pasos. El sonido de un manojo de llaves golpeando una superficie dura.
—Megan —dice Dean.
Cierro los ojos y respiro hondo antes de obligarme a moverme.
—Sigues aquí.
Su tono no es frío, pero tampoco cálido. No logro descifrarlo. ¿Está contento o decepcionado? ¿Me habré quedado más de la cuenta?
—Espero que no te importe. Estaba preparando más café —digo.
Dios, esto es incómodo.
—No, en absoluto —responde.
Pero su respuesta no me convence. Me abrazo a mí misma como para proteger el corazón de lo extraño que resulta este reencuentro.
Han pasado, ¿qué?, ¿unas horas? desde que nos mostramos tal como somos el uno ante el otro.
Desde que hicimos todas esas cosas reservadas solo para alguien con quien te sientes realmente conectada. Al menos así lo veo yo.
Quizás para él no sea lo mismo, y nuestra noche juntos fuera solo eso: una noche. Una excepción. Quizás me equivoqué.
—¿Cómo tienes el pie? —pregunta, dando un paso hacia mí, pero se detiene cuando aún nos separan casi dos metros.
De algún modo, esta mañana apenas parece la misma persona. Los brazos le cuelgan inertes a los costados. Dean sigue siendo un gigante, pero desinflado. Indefenso y débil.
¿Es este de verdad el tipo del que empecé a enamorarme mientras compartíamos una pizza?
Hombros tan fuertes que parecían capaces de cargar con el mundo.
Y de hecho, me llevó en brazos por toda la calle y hasta su piso después de cenar, porque quería que estuviera cómoda.
¿Es el mismo hombre que me preparó el desayuno y lo dejó en la nevera para que no pasara hambre al despertarme sola?
Frunce el ceño y aparta la mirada. Hemos pasado la noche como amantes, pero ahora volvemos a ser dos extraños. Y duele muchísimo.
—Esperabas que me hubiera ido ya —concluyo.
Chasquea la lengua y suspira hondo.
¿Cómo pude ser tan estúpida? Por esto he evitado los rollos de una noche toda mi vida. Mi frágil corazón no está hecho para esto.
—Lo esperaba y no lo esperaba —dice—. Pero ya que estás aquí, probablemente debería explicarme.