Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

* Dean *

Reconocí esa mirada en sus ojos. La había visto antes. Esa vulnerabilidad, esa apertura.

La mayoría de la gente no muestra nada de eso, especialmente delante de mí. He visto muchas cosas en la gente a lo largo de los años. Lo que más conozco es el miedo o la aprensión. Así me gusta. La gente mantiene las distancias, y yo mantengo a raya mis límites personales.

Así que, después de todo lo que pasó, sabía que tenía que largarme de allí cuanto antes. Bob me hizo una señal, pero esa ni siquiera fue la verdadera razón por la que la solté y salí disparado.

Todo fue por Megan y el efecto que tenía en mí.

Cuanto más tiempo pasaba a su lado, más difícil me resultaba ignorar lo que me hacía sentir.

Cada fibra de mi cuerpo me gritaba que la estrechara entre mis brazos, que la abrazara fuerte y le dijera que a partir de ahora cuidaría de ella.

Ya había fallado en eso una vez al dejar entrar a esos imbéciles en el pub, pero no permitiría que le pasara nada más.

Se lo compensaría; si me daba media oportunidad, estaría a su lado para siempre.

Estúpido. Y luego hablamos de llamar la atención.

Lo último que merece es que un hombre como yo haga suposiciones y pisotee sus necesidades en el proceso. No tengo nada que ofrecerle. No soy de los buenos; los tipos como yo no se quedan con la chica.

—Podrías haberme consultado antes de dejarlos marchar —continúa Bob—. Creo que deberíamos haber llamado a la policía.

—Vinieron juntos. Parecía un asunto personal —digo. Además, habría odiado meter a la policía y acabar arruinándoles la vida a estos chavales por algo que podía resolverse discretamente. Sé de primera mano el impacto que estas cosas pueden tener en el futuro de alguien.

—Aun así. ¡No quiero que la gente piense que puede venir aquí a montar follones!

En otra vida, habría odiado que cuestionaran mi criterio de esta manera, pero he cambiado mucho. Y ahora mismo, la verdad es que me da igual. Esos tipos ya se han ido hace rato, y solo puedo esperar que Megan esté bien de verdad, como dijo.

—Lo que tú digas, jefe. La próxima vez, los retengo y decides tú —murmuro, aunque no tengo la menor intención de hacerlo.

Bob asiente.

—Genial. Gracias. Sigue con lo tuyo.

Me deja solo con mis pensamientos, aunque por poco tiempo. Las puertas a mi lado crujen al abrirse de nuevo, y estoy a punto de preguntarle a Bob qué más puedo hacer por él cuando me doy cuenta de que no es él.

—Oye, Dean, ¿verdad? —la voz de Megan hace que se me erice el vello de la nuca.

Me vuelvo a regañadientes para mirarla. No tiene ni idea de lo que me provoca su presencia. ¿Y ahora espera tener una conversación conmigo?

—Soy Megan, por cierto —me tiende la mano.

No debería. No debería volver a tocarla, pero rechazar algo tan inocente como un apretón de manos solo haría las cosas más incómodas.

—Sí. Lo sé —su mano es suave y pequeña. Nada que ver con la mía.

—De cuando te apunté en la lista —explico.

¡Contrólate!

—Ah, cierto. Se me había olvidado —cuando sonríe, el corazón me da un vuelco.

Me descubro mirándola fijamente a esos grandes ojos marrones.

Es joven, ¿veintipocos, quizá veintimuchos?

El largo cabello negro le enmarca el rostro en forma de corazón.

Unas pestañas espesas rodean unos ojos tan oscuros que parecen negros.

No sabría decir si es del sur de Asia, de Oriente Medio o de dónde, solo que es la mujer más guapa que he visto en mi vida.

—Bueno... —empieza, parpadeando con timidez—. Solo quería darte las gracias.

Niego con la cabeza.

—No hace falta. Solo estaba haciendo mi trabajo —y mal, además.

—Aun así. Me preguntaba si podría invitarte a una copa o algo.

No lo dice con segundas, obviamente. La pelea debió de asustarla, y ahora que todo ha terminado está aliviada e intenta ser amable. Es lo normal.

—No bebo.

—Oh —la pequeña sonrisa y el brillo de sus ojos se desvanecen. Es evidente que mi reacción la ha decepcionado—. ¿Qué tal algo de comer, entonces? Supongo que sí comes, ¿no?

Debería decir que no. Debería cortar esta conversación ahora mismo y mandarla de vuelta dentro, pero no soporto la idea de herir sus sentimientos cuando lo único que ha hecho es ser amable conmigo.

—Es que todavía estoy de servicio —me encojo de hombros a modo de disculpa—. A Bob no le hará gracia que me largue a cenar contigo así sin más.

Aunque una parte de mí no desea otra cosa. Es la misma vocecita que me hizo ayudarla a levantarse y preguntarle si estaba bien. El mismo impulso que intentó convencerme de colarme a observarla antes de que estallara la pelea.

—Puedo esperar —vuelve a sonreír.

¡No! Esto no puede estar pasando. No puedo permitirlo.

—Vale —digo, sin embargo.

—¡Vale, genial! —dice, y me pone la mano en el antebrazo.

El corazón me reacciona al instante, y aunque llevo cuero, de algún modo siento el calor de su contacto en la piel. Contengo la respiración hasta que me suelta. Si esto sigue así, puede que no lleguemos nunca a cenar.

—Nos vemos luego, entonces —su sonrisa vuelve a cautivarme.

—Hasta luego, Megan.

Joder. Respiro aliviado cuando desaparece dentro. ¿En qué me he metido?

* Megan *

Cuando vuelvo a entrar y me reúno con Alice y Alexis, no hago ningún esfuerzo por ocultar mi emoción. De hecho, se acabó eso de pedir perdón por ser como soy.

—¿Y bien? —pregunta Alice—. ¿Qué te ha dicho?

—Vamos a ir a comer algo después del cierre.

No puedo evitar sonreír como una idiota.

Alice grita de alegría y me choca los cinco.

—¡Bien hecho!

Alexis no parece muy impresionada.

—Te das cuenta de que solo son las nueve, ¿verdad?

—Sí, ¿y qué? —Me encojo de hombros—. Es un hombre trabajador. Eso me gusta. Además, todavía no tengo hambre.

Alice suelta una risa estridente y me da una palmada en la espalda.

—Muy bueno. Hombre trabajador. ¿Qué le pusiste a la copa que le serviste a Meg antes, eh, Alexis? ¡Creo que a alguien se le está subiendo!

Alexis murmura algo sobre que la última ronda es a las once y pico.

—Deja de quejarte, mujer, y sírvenos otra ronda —digo, dejando unos billetes sobre la barra—. No es culpa mía que las citas rápidas de esta noche hayan sido tan malas que prefiera salir con el portero.

Esta ha sido la primera vez que invito a salir a un chico, y la verdad es que me ha sentado de maravilla oírle decir que «sí». Una parte de mí esperaba un rechazo, pero ahora que nuestra especie de cita va en serio, estoy deseando ver adónde nos lleva.

Alexis sigue negando con la cabeza mientras nos sirve las copas.

—Y una para ti también, ¿vale? —le digo.

—Vale —dice, mientras tira una pinta con cuidado.

—¡Salud! —digo, levantando la copa.

Alice y Alexis siguen mi ejemplo.

—¡Por el portero! —dice Alice.

—¡Por un San Valentín como ningún otro! —respondo, y doy un sorbo.

Alice y yo dejamos la barra y nos sentamos en una de las muchas mesas vacías. Apenas nos hemos acomodado cuando aparece una cara conocida en el pub.

—¡Hola, chicas! —nos llama Amber.

—¡Hola! ¿Qué haces tú aquí? —pregunto.

Amber saluda a Alexis lanzándole un beso desde el otro lado de la barra.

—Ponme lo de siempre, cariño.

Alexis pone los ojos en blanco y le sirve la copa.

—¿No me digas que me he perdido toda la diversión? —pregunta Amber mientras se acerca a nosotras con su whisky con hielo en la mano.

—Sí, te la has perdido —digo.

—En realidad, no. Ha sido una mierda —comenta Alice, mirando con desaprobación a los pocos chicos que se quedaron después de la pelea. Ni siquiera recuerdo sus nombres.

—Contadme más, anda —dice Amber.

—Sé que venir aquí fue idea mía, pero todo el montaje me recordó mucho a los bailes del instituto. Todas las chicas en fila en un extremo, todos los chicos en el otro, y nadie hablando realmente con nadie —comenta Alice—. Muchos silencios incómodos y miradas.

Todas se ríen.

—Lo has clavado —digo—. Es exactamente así. ¡Salud!

—¿Cómo tienes el pie? —pregunta—. Espero que no haya daños permanentes.

—Bien —digo, aunque estoy bastante segura de que el dedo gordo se me está empezando a hinchar. Noto las botas cada vez más apretadas.

Alice se inclina hacia Amber y la pone al día sobre la pelea que no llegó a presenciar.

—Para cuando volví del baño, ya había terminado todo —dice, antes de lanzarme una sonrisa cómplice. Le agradezco que no le cuente a Amber lo de mi plan con Dean. Al menos por el momento.

Puede que las citas rápidas hayan sido un fracaso épico, pero gracias a Alice, y ahora a Amber, el tiempo pasa sorprendentemente rápido. Uno a uno, los demás participantes del evento van marchándose, hasta que solo quedamos nosotras y el personal.

Por fin, Alexis toca la campana sobre la barra para avisar de que es hora de los últimos pedidos, y los nervios me vuelven a atacar.

—¿Alguien quiere algo? —pregunta Amber.

Niego con la cabeza. Del bar, nada.

Alice me mira de reojo y sonríe.

—Bah, qué más da. No pidamos nada y vámonos ya.

—Ay, ¿por qué? —se queja Amber—. ¡Si justo estaba empezando a divertirme! Casi nunca tengo la oportunidad de salir con vosotras.

Alice me guiña un ojo y luego se vuelve hacia Amber.

—Conozco otro sitio que todavía está abierto, ¿qué te parece?

Eso la anima enseguida, y se van.

Gracias, le digo a Alice moviendo los labios, y ella me lanza un beso en respuesta.

—Nos vemos, Meg —dice.

—¿Megan no viene con nosotras? —oigo que pregunta Amber mientras Alice la lleva hacia la puerta.

Cojo el abrigo y me acerco a Alexis en la barra un momento.

—¿Algún consejo? —pregunto.

—Sí. No te hagas ilusiones.

—¡Ay, siempre eres tan negativa! —me quejo. Tampoco es que esperara que Alexis fuera de mucha ayuda.

—Al menos soy coherente —replica.

—Aun así, llevas trabajando con el chico un tiempo, ¿no? Dame algo, al menos. ¿Qué le gusta? —pregunto.

—Ese es el problema. Trabajamos juntos, pero apenas lo conozco. —Esta vez veo que no me lo está poniendo difícil a propósito. De verdad no sabe qué contarme sobre Dean. Para una sabelotodo como ella, eso debe de ser difícil de reconocer.

Así que es todo un misterio, ¿eh?

—Bueno, ¡deséame suerte! —le digo mientras me despido con la mano.

—Dale la vuelta al cartel cuando salgas —dice Alexis.

Hago lo que me pide y cambio el cartel de la puerta de «abierto» a «cerrado». Dean, tan fiable como enigmático, sigue ahí fuera, igual que ha estado toda la noche.

—Espero que tengas hambre —le digo.

Por un momento, creo ver el amago de una sonrisa asomarse a su rostro, normalmente indescifrable. El corazón me da un vuelco.

—¿Lo de la cena iba en serio?

—Totalmente en serio, solo que...

—¿Qué?

—No tengo ni la menor idea de qué estará abierto a estas horas —confieso.

—No eres de por aquí, ¿eh? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Sí y no. Todos mis amigos viven cerca, pero yo no. Y no suelo tener que buscar dónde cenar por aquí a las once y cuarto de la noche.

—Normal. Puede que conozca un sitio, aunque no es muy formal.

—En San Valentín, me imagino que los sitios formales estarán todos reservados.