Capítulo Dos
* Dean *
Cuando llega, sus ojos marrones oscuros tienen esa expresión de quien se queda paralizada ante unos faros. Refleja exactamente cómo me siento yo, algo que intento ocultar con todas mis fuerzas incluso mientras ella me mira.
Megan. Apellido desconocido. No parece una Megan; el nombre es demasiado corriente para ella.
La otra chica entra primero al pub, mientras que ella se detiene en la entrada. Me vuelve loco. Como si lo supiera. Como si pudiera sentir cuánto deseo que vuelva a mirarme. Su aroma seductor flota en el aire, reclamando mi atención.
Contén la respiración. No hay esperanza.
Está aquí para una cita; para un montón de citas, técnicamente. No ha venido para que la devore con los ojos el personal.
Aunque hay que reconocer que es todo un espectáculo. Una diosa de cabello negro azabache. Curvilínea y femenina, una belleza como jamás he visto.
Muy fuera de mi alcance y mucho más de lo que un tipo como yo merece.
Solo cuando las puertas se cierran tras ella puedo volver a respirar con libertad.
Me pellizco el puente de la nariz e intento concentrarme. Tengo un trabajo que hacer, joder. Y si no por eso, al menos por mi cordura debería sacarla de mi cabeza. No está aquí por mí. No sé nada de ella, pero sí sé que merece algo mucho mejor que cualquier cosa que yo pueda ofrecerle.
Pero por un momento casi olvidé todo eso. Durante unos segundos dolorosamente largos, sentí ganas de agarrarla del brazo, atraerla hacia mí y decirle que no tenía por qué perder el tiempo con el estúpido evento. Que todo lo que necesita ya está aquí, esperándola.
Le daría todo lo que tengo y lucharía como un demonio para conseguirle lo que no tengo.
Todo eso es fantasía, por supuesto. Nunca lo haría en realidad, por muy tentador que sea el pensamiento.
Estoy aquí fuera, vigilando la puerta por ella. Para asegurarme de que no entre nadie que no deba. Para garantizar que, solo por esta noche, el lugar donde se encuentra sea seguro.
Nunca había pensado en mi trabajo como algo tan noble. Pero ¿por qué no? Al fin y al cabo, para eso estoy aquí: para mantener fuera a la chusma. Y si este compromiso me obliga a quedarme aquí fuera y me impide hacer o decir algo de lo que me arrepentiré después, entonces vale doblemente la pena.
Llega un grupo de tipos con trajes baratos, que me distrae brevemente de mis pensamientos turbulentos.
—¿Todavía llegamos a tiempo para el evento de solteros?
—pregunta uno de ellos. Le huele el aliento a ginebra, pero no lo bastante como para impedirle el paso.
Visitar más de un pub en una noche no es ningún delito, siempre que todos se comporten.
Además, Bob se cabreará si empiezo a rechazar a sus candidatos de citas rápidas sin motivo justificado.
—¿Nombres? —pregunto.
Los voy marcando en mi lista en piloto automático. Mientras tanto, no dejo de pensar en Megan. Una parte de mí espera que no le guste nadie esta noche, y mucho menos ninguno de los cuatro idiotas que acaban de llegar.
Aunque eso sería egoísta. ¿Que no debería conectar con otro tipo solo porque yo no puedo tenerla? ¿Qué lógica tiene eso?
Si sé lo que me conviene, me ocuparé de mis asuntos y me mantendré bien lejos de ella.
Más gente aparece en la puerta —hombres y mujeres— y el tiempo empieza a pasar cada vez más lento. La calle se va quedando más tranquila a medida que hasta las últimas tiendas empiezan a cerrar.
Mientras tanto, intento no pensar en lo que estará haciendo Megan. Con quién estará hablando, en qué estará pensando y, lo más importante, intento no pensar en la vulnerabilidad que vi en sus ojos cuando me miró antes. Espero y rezo para que ninguno de los otros tipos la haya notado también.
El corazón se me va haciendo cada vez más pesado a medida que pasan los minutos.
Las citas rápidas deben de estar en pleno apogeo.
Esta noche, cosa rara, no encuentro consuelo en el mundo exterior, por muy pacífico que parezca.
Algo me empuja a entrar y ver qué está pasando; una obsesión creciente; un impulso de observarla.
Niego con la cabeza, avergonzado de mí mismo. ¿Cuándo me convertí en semejante obseso?
No estoy hecho para las relaciones; esa posibilidad se perdió hace ya bastantes años. Entonces, ¿qué ha cambiado para hacerme reconsiderar? Nada, en realidad. Un encaprichamiento; una atracción visceral hacia alguien a quien probablemente no volveré a ver después de esta noche.
—Dean —me llama una voz amortiguada desde dentro—. ¡Dean! ¡Entra!
Eso basta para hacerme reaccionar y entrar en acción. La adrenalina empieza a correr por mis venas mientras empujo las puertas y evalúo la situación en el interior.
—¿Qué coño pasa aquí? —rujo.
Lo que encuentro no me sorprende en lo más mínimo. De los cuatro perdedores que aparecieron antes, dos se están enfrentando con los puños en alto.
—¡Te dije que te echaras atrás, ¿no?! —amenaza el más bajo de los dos.
Puede que hayan bebido más de lo que sospeché, o que le hayan estado dando duro desde que llegaron. En cualquier caso, he visto suficiente para saber que ya no son bienvenidos.
—¡Separaos! —grito.
Ni siquiera levantan la vista. El más alto de los dos lanza un puñetazo directo a la cara del otro, que se tambalea hacia atrás y derriba varias sillas a su paso, una de las cuales cae sobre el pie de otra clienta.
Megan. Grita de dolor e intenta apartarse, pero los dos hombres le bloquean la salida. El más bajo intenta contraatacar y, en el proceso, empuja a Megan contra su asiento.
Les saco unos treinta centímetros a los dos, así que no son rival para mí. Agarro a cada uno por el cuello de la camisa y los aparto de en medio.
—Largaos ahora mismo o llamo a la policía —gruño.
Ya sea mi amenaza o la intervención física, algo parece hacerles recuperar la cordura. Me miran, luego se miran entre sí, y parecen salir de su rabia.
—Joder, lo siento, ¿vale? ¡No llames a nadie! —tartamudea uno de ellos.
El otro asiente. —Solo ha sido un pequeño malentendido. Nos vamos ahora mismo.
—¡Venga, fuera! —Apenas les dirijo la mirada mientras los empujo hacia la puerta. Mi atención ya está en otra parte. Doy un par de pasos hacia Megan y la ayudo a levantarse.
—¿Qué tal estás? ¿Puedes mover el pie? —le pregunto mientras la sujeto por los brazos. Su presencia ya me había afectado antes, pero ahora, al tocarla, apenas puedo contener todo lo que despierta en mí.
Ella asiente. —Estoy bien, he pasado por cosas peores.
Estoy metido en un lío, y se llama Megan.
Echo un vistazo atrás para asegurarme de que los dos idiotas se han largado, y entonces veo a Bob haciéndome señas para que salga.
Aléjate de una vez antes de quedar como un imbécil.
Respiro hondo e intento reprimir todos los instintos inapropiados que su presencia ha despertado en mí.
* Megan *
¿Qué demonios acaba de pasar?
Las citas rápidas habían ido más o menos como esperaba.
A Alice, a mí y a las demás mujeres que nos apuntamos nos dijeron que ocupáramos cada una una mesa dentro del pub, mientras los hombres se turnaban para sentarse con nosotras.
Teníamos cuatro minutos por cita, y la conversación no solo fue aburrida, fue insoportable.
Lo peor de todo fueron los dos tipos que acabaron peleándose. Eran incluso más desagradables de lo que temía, y ambos parecían creer que yo estaba interesada en ellos.
Podría parecer romántico que los hombres se peleen por ti. Pues no, para nada.
Me palpita el pie, pero ya ni siquiera pienso en eso.
Solo puedo concentrarme en el magnífico ejemplar masculino que tengo justo delante.
El portero, que curiosamente parecía menos interesado en lidiar con los alborotadores que en preocuparse por mí.
Me llamó la atención al entrar, y apenas pude quitármelo de la cabeza durante las estúpidas citas.
Me ayuda a levantarme, sujetándome con sus manos fuertes. Su mirada se clava en la mía y hace que el corazón se me acelere y los pensamientos se me descontrolen.
—¿Segura de que estás bien? —pregunta.
Su actitud ha dado un giro de ciento ochenta grados respecto a cuando irrumpió por la puerta. De feroz e imponente a tierno y atento. Tiene tal efecto en mí que mi voz se reduce a un susurro cuando respondo.
—Gracias, ahora sí. —Contengo la respiración. Todo sería aún mejor si me besaras de una vez.
Él asiente una vez y, sin más, me suelta y se aleja. Intento respirar de nuevo, recomponerme, pero tanto su intervención como su repentina retirada me han dejado desconcertada.
—Megan, ¿puedes caminar? ¡Ven a sentarte aquí! —Alexis se acerca y me ayuda a subirme a un taburete de la barra. Mientras tanto, Alice reaparece del baño y se une a nosotras.
—¿Qué ha pasado aquí? —Señala las sillas tiradas en el suelo.
Alexis descarta su pregunta con un gesto.
—Toma. —Desliza un vaso hacia mí—. Invita la casa.
No está tan bueno como los mojitos que estaba disfrutando antes, pero el primer sorbo me calma un poco los nervios. Aun así, noto que me tiembla la mano cuando dejo el vaso.
—¿Cómo tienes el pie? Estas sillas pesan un montón —dice.
—En serio, ¿qué me he perdido? —pregunta Alice—. ¿Qué te ha pasado en el pie?
Alexis niega con la cabeza. —Unos imbéciles se estaban pasando de la raya. Dean se encargó de ellos.
—¿El portero? —pregunta Alice—. ¡Joder, me habría gustado estar aquí para verlo!
Así que ese es su nombre. Mi caballero de brillante armadura, al que no logro entender en absoluto.
—En fin, me cayó una silla encima. No es para tanto —murmuro.
Alexis asiente. —Le dije a Bob que tenía un mal presentimiento con este evento. Pero ¿me hace caso alguna vez?
Me descubro mirando fijamente la puerta. A través del cristal esmerilado, distingo la enorme silueta de Dean. Está hablando con alguien, quizás Bob, que debe de ser el dueño del local.
—Entonces, Dean. ¿Lleva mucho trabajando aquí? —pregunto.
Se hace un silencio incómodo. Me doy la vuelta y me encuentro a Alexis y Alice mirándome fijamente.
—¿Por qué? —pregunta Alexis al fin.
Me encojo de hombros, esperando parecer lo bastante indiferente, pero las mejillas me arden al instante, delatándome.
—¿Está soltero? —pregunta Alice—. Eso es lo que quieres preguntar en realidad, ¿verdad?
¡Dios, estas dos!
—No te culpo, está buenísimo —añade—. En plan cachas.
Alexis, mientras tanto, solo niega con la cabeza. —Mala idea, ¿vale? Ese tío es más tonto que Abundio.
Alice suelta una risita. —A lo mejor nuestra Megan no se siente atraída precisamente por su intelecto, ¿me entiendes?
Cruzo los brazos, me doy cuenta de lo combativa que parezco y los descruzo. —¡Chicas! Dejad de hacer esto incómodo. Solo tenía curiosidad, nada más.
—Relájate, ¿vale? Solo te estoy tomando el pelo —dice Alice.
—Megan quiere tirar de otra cosa, me parece a mí —comenta Alexis, guiñándome un ojo.
Las dos estallan en carcajadas. Aunque todavía me arden las mejillas de vergüenza, su risa es contagiosa y acabo riéndome yo también.
—Ay, Alice, tengo malas noticias para ti —comento—. A ese tipo con el que estabas congeniando tan bien lo han echado mientras estabas en el baño.
Alexis señala a Alice y vuelve a reírse. —¿No será Steve, el vendedor de coches de segunda mano?
Atención desviada con éxito.
Alice se estremece. —Era todo un personaje. Y no precisamente en el buen sentido.
No sé si es la adrenalina que aún tengo en el cuerpo o las copas que llevo encima, pero me siento valiente, algo raro en mí. Parecía interesado, ¿no? Aunque un tío tan bueno como él debería estar fuera de mi liga. Y es tan... Dios mío, su roce me hizo sentir cosas que ni siquiera sé cómo describir.
—¿Lo es? —pregunto.
Ambas se giran para mirarme de nuevo.
—¿Dean está soltero?