Café y curvas (Colecciones deliciosamente caóticas de amor instantáneo de L. Moone nº 3)
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Capítulo Uno
* Dean *
Los viernes por la noche suelen ser ajetreados, y esta noche no será diferente.
Como es el día de San Valentín, vendrán menos clientes habituales. Cualquiera que tenga pareja tiene mejores lugares donde estar.
Pero, especialmente para esta noche, Bob ha ideado un plan para atraer a más gente. Gente más joven. Gente soltera.
Desde que se hizo cargo del arrendamiento del pub, se está esforzando por insuflar nueva vida a este lugar. Noches temáticas, concursos de trivial, y ahora, eventos para solteros. Está trabajando duro para probar cosas nuevas.
Empujo del todo las puertas dobles de la entrada principal del pub, pero aun así apenas quepo.
—Hola, Dean —me saluda Alexis en cuanto entro.
Ya está detrás de la barra, alineando vasos limpios y secando el gastado mostrador de madera con un paño de cocina.
—Hola —echo un vistazo a la enorme variedad de botellas que cubren la pared detrás de ella. Cada día me atraen menos, pero algo de tentación sigue ahí. Lo considero una prueba de mi fuerza de voluntad.
—Así que, citas rápidas, ¿eh? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—Si quieres mi opinión... —no se la había pedido, pero eso nunca la ha detenido antes—. Todo el asunto me parece completamente desesperado. Feliz puto día de San Valentín para nosotros: las únicas personas cuerdas que quedan en este mundo.
Asiento, luego acepto el vaso alto que me tiende.
—Si tú lo dices.
Es nuestro ritual diario. Entro, ella dice algo sarcástico, finjo estar de acuerdo, bebo un vaso de agua y nos ponemos a trabajar. Así es desde que empezó a trabajar aquí hace dos años.
Yo, mientras tanto, llevo aquí una eternidad. Mucho antes de que Bob se hiciera cargo, y antes de que Alexis empezara a atender la barra. Más tiempo que algunos de los clientes habituales, incluso. Lo único que lleva aquí más tiempo es el mobiliario.
El trabajo me va bien. Vigilo las puertas y ocasionalmente intervengo cuando las cosas se calientan dentro.
Pero en un lugar como Teddington, eso no ocurre a menudo. No es un barrio conflictivo; la mayoría de los clientes habituales conocen sus límites. Y los que no, saben que es mejor no montar una escena cerca de mí. Tener la pinta que tengo tiene sus ventajas; esta es una de ellas.
—Oye, Dean —me llama Bob y me hace un gesto con la mano.
—¿Sí, jefe?
—Para el evento de esta noche, estaba pensando en mantener a la gente separada. La gente de las citas usará las mesas, y cualquier cliente habitual que aparezca, envíalo directamente a la barra. Le he dicho lo mismo a Alexis.
—Claro.
Se frota las manos y sonríe.
—Esto va a ser genial. ¿Qué opinas, Alexis? ¿Cuánta gente se ha apuntado?
Sigue sin parecer impresionada, pero esa es su cara habitual.
—Veinte en total.
—¿Preparaste las tarjetas de puntuación? —pregunta Bob.
Mientras Alexis las busca detrás de la barra, me escabullo rápidamente. El interior de madera oscura y el techo bajo del pub amenazan con asfixiarme; la mayoría de los lugares cerrados me producen esa sensación. Y el olor a cerveza en el aire tampoco ayuda.
Aun así, me gusta este trabajo. Paso la mayor parte de mis noches al aire libre, viendo pasar el mundo.
No molesto a nadie, y nadie me molesta, casi siempre.
Y mis días son míos, para recuperar sueño, hacer ejercicio o pasar el tiempo como me plazca, lejos del ajetreo de la vida urbana.
Un trabajo de oficina normal nunca fue una opción para mí.
Además, nadie contrataría a un tipo como yo. No con mis antecedentes.
Esta noche será como cualquier otra para mí. Tranquila. Sin incidentes. Solo veinte desconocidos que vienen a buscar el amor. Gran cosa.
Alexis ya ha emitido sus juicios, pero yo soy mucho más pragmático. Así que se apuntaron para encontrar pareja. Para encontrar el amor. Todavía tienen esperanzas y sueños para el futuro. Bien por ellos.
Eso no es ni será nunca para mí; estoy destinado a vivir solo.
Es una verdad que acepté hace tanto tiempo que ahora estoy en paz con ella.
Pero ¿quién soy yo para negarles a otros sus ambiciones románticas?
En secreto, creo que Alexis podría estar envidiosa.
Quizás no sea la luchadora solitaria que pretende ser.
Miro mi reloj. Las siete menos cuarto.
Con el evento a punto de comenzar, no tardará en llegar la gente.
Me pongo derecho, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Aunque no preveo ningún problema, hace tiempo que aprendí a poner cara de pocos amigos cuando empiezo mi turno.
Cuando tienes una pinta tan poco amigable como la mía, reduces drásticamente las conversaciones no deseadas, así como los adolescentes que intentan colarse sin carné.
* Megan *
Alice ya me está esperando cuando me bajo del autobús. Caminamos juntas al White Hart, luchando contra los fríos vientos de febrero y la suave llovizna bajo un paraguas compartido. Mi corazón late un poco más rápido; no estoy segura de qué esperar de esta noche.
¿Me estoy engañando al pensar que saldré del pub con el amor de mi vida? Seguramente no. Pero mi lado romántico empedernido intenta convencerme de que «nunca digas nunca». Lo que sí sé es que estoy más que lista para volver a tener pareja.
Por muy mal que terminaran las cosas con mi ex, era agradable tener a alguien con quien hablar y en quien confiar.
Compartimos buenos momentos, antes de que lo malo se apoderara de todo.
Después de regodearme en la autocompasión más de la cuenta, estoy deseando encontrar eso de nuevo.
Una pasión alucinante también estaría bien, pero es la compañía lo que más anhelo.
Lo que más quiero es un mejor amigo, además de un amante.
Si tan solo supiera dónde buscar.
—Esto va a ser tan incómodo —comento.
Alice me da una palmadita en el hombro.
—Al menos nos tenemos la una a la otra. Si los hombres son todos un desastre, simplemente nos emborracharemos con Alexis.
—Es un plan.
—Ya llegamos —Alice me da un codazo en las costillas antes de bajar la voz—. Dios, mira el armario que está junto a la puerta.
No hacía falta que dijera nada, porque ya lo había visto. Y la forma en que su mirada se detiene en la mía hace que los nervios me vuelvan a invadir.
El portero no es solo alto, parece un guerrero. Si no fuera por la ropa moderna, encajaría perfectamente en el plató de Vikingos. Irónicamente, eso es justo lo que iba a ver en Netflix si no hubiera salido esta noche.
Los blancos no suelen atraerme, pero él es otra cosa. Mayor que yo, seguro, pero no viejo viejo. Treinta y tantos, quizás, y está buenísimo.
—Ejem.
Alice da un paso adelante.
—¿Es aquí lo de las citas rápidas?
Asiente y saca una hoja doblada del bolsillo de su chaqueta de cuero.
—¿Nombres?
—Alice y Megan —responde ella.
—Adelante.
Dios, esa voz. Encaja con su físico imponente.
Y aunque hago todo lo posible por no mirarlo, sigo sintiendo su mirada clavada en mí, lo que me pone nerviosa. No sé qué pensar de todo esto.
Si antes ya empezaba a dudar de esta noche, ahora estoy completamente perdida. ¿Por qué me mira? ¿Me está juzgando por venir a esto? ¿Y por qué me importa lo que piense?
Alice empuja la puerta y resisto el impulso de salir corriendo. Ya no hay vuelta atrás. Más me vale entrar con la cabeza bien alta.
—¡Alexis! —grita Alice delante de mí—. ¿No me digas que somos las primeras en llegar?
Todavía estoy recuperando el aliento cuando las puertas se cierran lentamente detrás de mí. Siento que he escapado por muy poco. ¿De qué? No estoy segura.
Me quito el abrigo y me uno a Alice en la barra.
—¿Qué os pongo? —pregunta Alexis en un tono aún más firme de lo normal—. Ah, y coged una etiqueta con el nombre de allí.
—Gracias, Alexis. Una pinta de Magners para mí —dice Alice—. ¿Tú?
Sigo alterada, incapaz de poner en orden mis pensamientos. ¿Cómo demonios me ha afectado tanto ese tío? ¿Con solo un par de segundos de contacto visual? ¿Tan desesperada estoy por que un hombre me preste atención? Qué patético.
—¿Meg? —pregunta Alice de nuevo.
—Ah, perdona. Tomaré lo mismo.
—Creía que no te gustaba la sidra —dice Alexis.
Frunzo el ceño y niego con la cabeza. Tiene razón.
—Mierda. Perdona. Supongo que estoy un poco nerviosa por esta noche.
—No tienes por qué estar nerviosa. Total, van a ser todos unos perdedores —comenta Alexis.
—No le hagas caso a la Señorita Rayito de Sol.
El comentario de Alice hace que Alexis ponga cara de fastidio.
—Tomaré... Uhh...
Examino las botellas al fondo de la barra.
—¿Puedes hacer un Mojito?
Alexis ladea la cabeza.
—No me pagan por mi encantadora personalidad, eso seguro. ¿Que si puedo hacer un Mojito? ¿En serio?
Su indignación me hace sonreír.
—Demuéstralo, entonces.
Deja la sidra de Alice en la barra delante de nosotras y se pone a preparar mi cóctel mientras voy a buscar nuestras etiquetas.
Un vistazo rápido al montón me revela que nos espera una noche movida.
Salvo algunos nombres claramente femeninos, la mayoría de los inscritos son hombres.
No sé si eso es bueno o malo. Al menos tendremos muchas opciones donde elegir.
Pero mis pensamientos no dejan de volver al único hombre que no va a participar.
Cuando me dan la bebida, estoy medio tentada de sonsacarle información a Alexis, pero decido no hacerlo.
Siempre ha sido muy borde. ¿Para qué darle más motivos?
Aunque no me puedo creer que no me lo haya mencionado nunca.
Ni siquiera sabía que este pub tenía portero.
Quién sabe, quizás la noche salga bien y me olvide por completo del fortachón que guarda la puerta.
Alice sigue charlando con Alexis mientras yo le doy sorbos a mi copa y observo a los demás que van llegando al evento.
—¡Coged vuestras etiquetas de ahí, por favor! —les dice Alexis a un grupo de tíos trajeados que entran juntos.
Por mucho que intente mantener la mente abierta, no me gusta la pinta de ninguno. Su comportamiento parece infantil, ruidoso. Ninguno de los que han entrado hasta ahora le llega a la suela del zapato al pedazo de hombre que me crucé al entrar.