Capítulo Cuatro
* Dean *
Mientras empezamos a caminar juntos, me sorprendo ajustando mi paso al suyo. Ocurre casi sin pensar. Eso ya es una experiencia nueva para mí. Y todo el rato tengo que recordarme que debo respirar.
Ella inicia una conversación trivial, comentando el clima y el evento de citas rápidas, que ya iba bastante mal incluso antes de que todo se descontrolara, obviamente. Tuvo que ser así, de lo contrario esta salida a cenar nunca habría ocurrido.
Mantengo mis respuestas al mínimo. No para parecer difícil, sino porque simplemente prefiero escuchar su voz antes que la mía. Poco a poco, empiezo a relajarme. La culpa por haber aceptado su invitación comienza a desvanecerse.
Solo entonces noto pequeños detalles en su forma de moverse que antes no había captado. Al doblar la esquina, se vuelve demasiado obvio para seguir ignorándolo.
Me detengo y me vuelvo hacia ella.
—Estás cojeando —digo.
—¿Ah, sí?
—Quizás deberíamos echarle un vistazo a ese pie —murmuro, distraído de nuevo por esos ojos inocentes que me miran—. Asegurarnos de que no haya nada roto.
—Si estuviera roto, probablemente no podría caminar.
Ella echa un vistazo al oscuro parque junto al que nos hemos detenido. El límite sur del cementerio de Teddington.
Dios, soy un idiota por traer a esta joven tan guapa por esta ruta en plena noche. Por eso precisamente no tengo citas. O quizá pasó «porque» no tengo citas.
—Cierto, supongo —digo.
Vale, idea descartada. Cualquier intento de primeros auxilios tendrá que esperar hasta que volvamos a la civilización.
Le ofrezco mi brazo para que se apoye.
—Intenta no cargar demasiado el pie. Ya falta poco.
Ella sonríe brevemente y desliza la mano en el hueco de mi brazo. Intento no reaccionar, pero su contacto tiene un efecto instantáneo en mí. Me hace desear cosas en las que no había pensado desde hace mucho tiempo.
Hasta que ella apareció en el pub, claro. Con cada paso, sigo luchando contra el impulso de hacerla mía. De tomarla entre mis brazos y robarle ese ansiado primer beso.
—Perdona, no pretendía asustarte —digo.
—¿A qué te refieres? —pregunta.
—No me había dado cuenta de que pasábamos por aquí.
—No pasa nada. La verdad es que me parece bastante bonito a estas horas. Cómo brilla la hierba mojada bajo la luz de la luna.
Echo otro vistazo a través de la vieja verja de hierro. Tiene razón. Tiene su encanto, a su modo. Espeluznante, pero hermoso.
Ella vuelve a charlar, como si nada de este pequeño paseo nuestro fuera fuera de lo normal. Si yo fuera ella, no me habría fiado tanto. Soy un desconocido para ella; no sabe nada de mí y sin embargo asume que está a salvo conmigo. Cuando en realidad es todo lo contrario.
—Eres un ave nocturna —comento.
Se encoge de hombros.
—Bueno, desde luego no soy madrugadora. Mejor no dirigirme la palabra hasta que me haya tomado al menos dos tazas de café.
Su advertencia me hace sonreír. Me la imagino en pijama, sirviéndose medio dormida una taza de café en silencio.
«Joder, espabila».
No estoy pensando en lo que más le conviene a ella. Si lo hiciera, no habría aceptado esta cena. Pero ahora estoy demasiado metido para echarme atrás. Lo mejor que podemos esperar es pasar una cena agradable juntos y luego seguir cada uno por su lado.
—¿A qué te dedicas? —pregunto. Lo que sea, con tal de quitarme de la cabeza la imagen de Megan recién levantada y despeinada.
—Redactora de contenidos. Así conocí a Alexis, de hecho. Estaba escribiendo un artículo sobre mujeres que trabajan de camareras.
—Suena interesante —digo.
—Mentiroso.
Me da un golpecito en el brazo con el puño.
Normalmente encuentro consuelo en el aire frío de la noche a estas horas. Esta noche, echo de menos ese efecto que me despeja la mente; en su lugar, algo más me abruma. Me está embriagando de maneras que no habría creído posibles sin drogas de por medio.
Cuanto más camino junto a Megan —que ha empezado a apoyarse más en mí con cada paso— más natural me resulta. Como si esto fuera mi lugar. Es una sensación peligrosa, a la que podría volverme adicto en un instante. Más aún porque sé que es solo temporal.
—Hemos llegado —digo, cuando aparece ante nosotros la fachada bien iluminada de mi local de siempre para las cenas de medianoche: «Gabriel's»—. Espero que te guste la pizza.
—Me muero por una pizza.
Saludo con la cabeza al mismísimo Gabriel, detrás de la caja. El racimo de globos de corazón medio desinflados pegados a la pared tiene una pinta cómicamente cutre. Solo es medio italiano, y se nota en su elección de decoración. El local parece más un sitio de comida rápida que una pizzería.
Gabriel apenas repara en mí antes de mirar a Megan con curiosidad mientras entramos.
—¿Lo de siempre? —pregunta—. ¿Y para la señorita?
Megan se vuelve hacia mí.
—Dime, ¿qué está bueno aquí?
—¿Por qué le preguntas a «él»? Solo pide pepperoni.
Gabriel apoya los codos en el mostrador y se inclina hacia Megan.
—Yo te recomiendo la cuatro estaciones.
Me encojo de hombros, incómodo.
—Digamos que soy un hombre de costumbres. Y sé lo que me gusta.
—Ajá —responde—. Diez años lleva este tío viniendo aquí. Y siempre pide pepperoni.
Megan me sonríe.
—Qué gracioso.
Se supone que esto no es una cita romántica, así que el entorno no debería importarnos a ninguno de los dos. Pero por alguna razón, a mí sí me importa. Y los comentarios de listillo de Gabriel no ayudan.
Examina el menú durante un minuto antes de hablar de nuevo.
—Voy a pedir una hawaiana. Gracias.
—Gabriel —se presenta y le ofrece la mano—. Soy el dueño de este magnífico establecimiento.
Respira hondo. Esto no es una cita. Nunca se suponía que lo fuera. Gabriel no es precisamente el más espabilado, así que probablemente debería dejarlo pasar. Pero sus intentos de coquetear con Megan me molestan igualmente. Tiene suerte de que haga comida decente.
Aun así, me sorprendo a mí mismo poniendo la mano en el hombro de Megan, como para marcar territorio.
—Es Megan.
—Encantado de conocerte, Megan —Gabriel sonríe de oreja a oreja y empieza a teclear nuestros pedidos en la caja registradora.
Somos los únicos clientes en este momento, así que tenemos el local para nosotros solos.
Por desgracia, eso también significa que hemos atraído toda la atención de Gabriel.
No suele ser tan pesado. Pero claro, tampoco suelo venir con una mujer preciosa del brazo.
—Perdona por él —le digo mientras nos dirigimos hacia una de las tres únicas mesas junto a los grandes ventanales—. Te prometo que la pizza merece la pena.
—Tienes que dejar de disculparte por todo —dice ella—. No pasa nada.
Puede que sea chapado a la antigua, pero no puedo quitarme la sensación de que lo he hecho todo mal esta noche.
Es San Valentín, por el amor de Dios. Y la he traído a dar un paseo junto a un cementerio hasta una pizzería cutre con sillas de plástico rojas, luz fluorescente y un dueño baboso. ¿Qué demonios me pasa?
No es que vaya en serio con ella, porque eso sería una estupidez. No, lo único que intento es sobrevivir a esta cena sin herir sus sentimientos.
—No sales mucho a cenar con alguien, ¿verdad? —pregunta.
Que mencione la palabra «cita» me hace estremecer.
—Supongo que no.
Estira la rodilla e intenta rotar el tobillo lentamente, haciendo una mueca involuntaria en el proceso. Eso basta para que mis pensamientos vuelvan a centrarse.
—Ahora que estamos sentados, ¿qué te parece si echamos un vistazo al daño que te hizo esa silla? —sugiero.
Antes de que tenga oportunidad de negarse otra vez, me arrodillo frente a ella y bajo con cuidado la cremallera lateral de su bota. Contiene el aliento cuando intento quitársela. Está claro que está más herida de lo que aparentaba.
—Está hinchado, ¿verdad? —pregunto.
Asiente.
—Sí, eso parece.
Niego con la cabeza.
—Deberías haberlo dicho antes. Alexis podría haberte pedido un taxi desde el pub.
—¿Y perderme nuestro encantador paseo junto al cementerio?
Levanto la vista hacia ella, con una mano todavía en el talón de su bota de cuero, listo para disculparme de nuevo. El brillo en sus ojos y el sutil temblor en la comisura de su boca me hacen cambiar de opinión.
—¿Me estás tomando el pelo? ¡Muy bien, pues! —tiro suavemente de su bota otra vez, esta vez haciendo palanca en ángulo. Ella contiene la respiración, igual que yo. Por fin, la bota cede. Incluso con el calcetín puesto, es evidente que el dedo gordo está bastante más hinchado de lo normal.
—¿Te importa si te quito esto también? —señalo el calcetín.
* Megan *
Verlo arrodillado a mis pies me hace sentir como Cenicienta, pero al revés. Ni siquiera tiene sentido, porque este comienzo de nuestra cita improvisada no tiene nada de romántico, objetivamente hablando. Pero la preocupación que muestra por mi pie ya me ha derretido.
—¿Te importa si te quito esto también? —pregunta.
Asiento.
—Adelante.
Es un Príncipe Azul poco convencional, pero llevo suspirando por él prácticamente desde que lo vi por primera vez.
Podría haberme llevado a cenar a cualquier sitio, pero me ha mostrado una parte de sí mismo al traerme aquí.
El mismo pedido de pizza de pepperoni durante diez años. Todavía me parece increíble.
Aunque es bastante tierno. También lo fue la forma en que me miró cuando comentó que sabe lo que le gusta. No pude evitar ver algo más en eso, algo que iba más allá de su gusto por la comida.
—¡Eh, G! —llama Dean—. ¿Puedes ponerme un poco de hielo en una toalla?
—¿Qué has hecho, pisarle el pie a la pobre chica de camino? —pregunta Gabriel.
—¿Tienes hielo o no? —espeta Dean.
Está claro que estos dos se conocen bien. No me cabe la menor duda de que Dean lleva una década viniendo aquí. Pero cada vez que Gabriel intenta aligerar el ambiente, Dean se tensa visiblemente. Me pregunto si mi presencia ha alterado su dinámica.
Aun así, me hace sonreír. Son como un viejo matrimonio gruñón.
—¿Te hace gracia algo? —pregunta Dean.
—¡Es que no puedo!
En serio. Si le cuento todo lo que me está pasando por la cabeza ahora mismo, desde las referencias a Cenicienta hasta la comparación con un matrimonio, va a pensar que no solo me he dado un golpe en el dedo del pie, sino también en la cabeza en algún momento de esta noche.
Lo que empieza como una risita se convierte en una carcajada cuando veo la auténtica preocupación en su cara.
Me lleva un minuto recuperar la compostura.
—Solo estaba pensando que no hay manera de que vuelva a meterme ese zapato esta noche. Así que, para bien o para mal, voy a tener que llegar a casa así. A la pata coja. Va a ser rarísimo en el búho.
—¡No pienso dejarte coger el búho! —protesta.
—¿No? —aprieto los labios y sigo mirándolo a los ojos. ¿Y entonces qué vas a hacer, invitarme a tu casa?
Aquí hay algo, ¿verdad? Apenas conozco a este hombre y, sin embargo, los nervios que sentí cuando lo vi por primera vez empiezan a disiparse. Siento algo más aparte del deseo que lo desató todo esta noche; algo mucho más profundo. Confianza. Esperanza.
Quizá me estoy adelantando.
—¡Atrapa! —grita Gabriel, lanzando un paño de cocina enrollado hacia Dean.
Dean lo atrapa, por supuesto. Sin esfuerzo.
Me estremezco cuando lo presiona contra mi pie palpitante.
—Ay, está helado.
—Esa es la idea. Para que baje la hinchazón —dice Dean.
Un revoloteo de mariposas en el estómago.
Todavía tengo a este hombre grande y fuerte de rodillas frente a mí.
Su tacto delicado en mi talón mantiene el pie elevado mientras aplica la compresa fría improvisada sobre el dedo gordo.
Es tremendamente tierno y, sin embargo, despierta fantasías de índole más íntima.
Supongo que, a pesar de toda esa fuerza y esos músculos, Dean sería un amante tierno. Más pendiente de mi placer que del suyo. ¿Averiguaré si mis suposiciones son ciertas antes de que acabe la noche? No soy de esas, pero me arrepentiré toda la vida si no lo intento.
—Deberíamos mantenerlo en alto —dice.
—¿Hm?
Parpadeo varias veces, intentando disipar las imágenes mentales de Dean y yo haciendo guarrerías. ¿Qué ha dicho?
—El pie. Ponlo sobre la silla. Eso también ayudará con la hinchazón.
—Sabes mucho de primeros auxilios, ¿eh? —pregunto mientras lo veo sentarse frente a mí.
Levanto la pierna y apoyo el pie en la silla junto a él, como me ha indicado, para que pueda seguir aplicándome la compresa fría.
Se encoge de hombros y aparta la mirada.
—Fui paramédico. En otra vida.
Se me despierta la curiosidad, pero parece haberse cerrado en banda. Su antiguo trabajo debe de ser un tema delicado. Me pregunto si tendrá un pasado turbio, y esto sea solo una pequeña parte que se le ha escapado sin querer.
Antes de que pueda cambiar de tema, Gabriel lo hace por mí al traer dos cajas cuadradas a nuestra mesa.
—Vuestra comida. Buon appetito.
Se queda junto a mí un momento, aparentemente inmune a las miradas hostiles de Dean.
—Gracias, Gabriel —digo.
—De nada, Megan. ¿Te traigo algo más?
Estoy a punto de pedir vino tinto, pero entonces recuerdo que Dean me dijo que no bebe, así que pido una coca-cola. Dean pide agua.
Suena el teléfono del mostrador y Gabriel se va a atenderlo, dejándonos solos de nuevo.
—No sé qué le pasa hoy —murmura Dean entre dientes.
Reprimo una sonrisa. Algo me dice que la incomodidad de Dean tiene mucho que ver con el comportamiento de Gabriel. En vez de decírselo, abro mi caja e inhalo el aroma celestial a jamón, piña y queso.
—Vale, me has convencido —digo.
—¿De qué?
—Esta pizza está buenísima.
Y mejor compañía aún para disfrutarla.