CAPÍTULO 9 En Halloween no preguntes qué ha entrado por la puerta. #3
—Si te hubiese dicho que ibas a regentar un café de criaturas nocturnas, habrías pataleado hasta el día del juicio final —aseguró, soplando el oscuro líquido para dar a continuación un pequeño sorbo—. Um … perfecto.
—¡Ajá! —Sonrió y se volvió hacia Nathaniel, que no les quitaba el ojo de encima—. ¿Ves? Mi café es perfecto.
Elías volvió a reírse por lo bajo, dejó la taza sobre la superficie de madera y miró soslayadamente al hombre sentado a su lado.
—No se lo tengas en cuenta, brujo, mi Julieta es incapaz de «captar» una indirecta ni aunque le des con ella en la cabeza —chasqueó la lengua y volvió a mirar su café—.
No sabe leer entre líneas, de lo contrario, se habría dado cuenta de por qué vienes cada noche y te sientas en el mismo lugar, fingiendo que lees algo en ese grimorio tuyo, cuando en realidad solo estás asegurándote de que no se queda sola.
—Sigues teniendo una imaginación desbordante, Elías —respondió él, sin inmutarse.
Pero ella sí había leído entre líneas. Puede que no inmediatamente, vale, mas el brujo era siempre uno de los primeros clientes en llegar a la cafetería y el último en abandonarla.
—Es lo que hace la edad, jovencito —murmuró volviendo a darle otro sorbo al café—. Con el paso del tiempo aprendes a desarrollar todo tipo de habilidades… y entretenimientos.
Eso último lo dijo mirándola por encima de la taza.
—Bien, mi pequeña invocadora, ¿estás lista para volver a casa?
Aquellas palabras le encogieron el estómago.
No pudo evitar mirar en torno al local, a toda la gente que estaba allí, en especial a aquellos que conocía mejor que a otros: Adrien, Eleonora, Becca, quien discutía acaloradamente con una planta, el pequeño goblin robando un terrón de azúcar, Armando de nuevo metido entre sus papeles, los licántropos…
Nathaniel, quien había vuelto a su libro, aunque sabía perfectamente que no lo estaba leyendo…
—Ya estoy en casa. —Las palabras salieron por sí sola.
No creía haberlas pronunciado demasiado alto, mas se encontró con varios ojos sobre ella.
Y sonrisas, muchas sonrisas y pequeños gestos de asentimiento.
Miró hacia el brujo y sus miradas se encontraron un momento.
Eso fue suficiente—. Elías, quiero hacerme cargo del Uroboros durante todo el año.
Su jefe no habló, estaba demasiado ocupado en disfrutar del café.
—Puede que el pueblo no sea el lugar más alegre del planeta, que sus habitantes tengan pinta de secta rara e incluso que haya algún zombi, pero… al caer la noche eso cambia y es como estar en casa.
—Oh, por Dios, qué bonito… —Eleonora dejó escapar un sollozo que hizo titilar las luces.
—Déjala que se quede, Elías —pidió Adrien con el tono más seguro que le había escuchado hasta el momento—. Ha vuelto a darnos un lugar donde refugiarnos.
—Además, hace un café excelente y sus dulces son de primera —confirmó Lyon.
—La chica ha hecho una buena recaudación en tan solo un mes, imagínate lo que podría hacer durante todo el año —añadió Armando, sin levantar la mirada de sus papeles—. Beneficios, querido. Beneficios.
—Deja que se quede. —La petición vino de Nathaniel, firme, sin adornos. Se había vuelto hacia el demonio—. Ella ya es parte de este lugar… y de cada uno de nosotros.
Un coro de «sí» , «que se quede» e incluso un rotundo «al fin tenemos una jodida cafetería abierta toda la noche» hizo que se le encogiese el corazón y se le llenasen los ojos de lágrimas.
—Sigues perteneciéndome, Julieta mía. —Fue toda la respuesta que obtuvo de su jefe, mientras dejaba la taza de nuevo sobre la barra—. Hasta el final del contrato.
Dios. Qué ganas tenía de estrangularlo, sin embargo, acabó asintiendo.
—De acuerdo. Pero me quedo aquí. —No solo no cedió, sino que añadió—. Ya le he echado el ojo a una casita cerca. Está en alquiler, así que podría mudarme allí…
—¿El cottage victoriano de las afueras? —preguntó Armando—. Ah, querida. Dalo por hecho. Yo me encargo de conseguírtela a buen precio. Es de uno de mis clientes.
Elías se rio y la miró.
—Parece que al fin has encontrado tu lugar, ¿eh?
No dudó en asentir. Porque así era. Durante todo este tiempo había estado perdida, a la deriva, pero aquí había encontrado una comunidad que la aceptaba.
—Por favor… —susurró.
—Diez años más… —Le soltó con esa petulante sonrisa—. Dame diez años más de servicio y acepto.
—Hijo de puta… —Siseó Nathaniel, pero Elías levantó la mano, haciéndolo callar.
—Tres —contra ofertó ella.
—Siete. —Elías no era de los que le gustaba perder. Le conocía bien para saber que las cosas solo se hacían si eran a su manera.
—Cinco y es mi última oferta —resopló ella.
—¡Hecho! —Se terminó el café de un solo trago—. Te dejaré a cargo del Uroboros durante los próximos veintitrés años de servicio. —Se volvió en el taburete para quedar de cara al resto del local—. Armando, compra esa casa y ponla a mi nombre.
—Tendrás que rellenar los formularios de compra —le informó el demonio, empezando a buscar los documentos entre sus papeles.
—¿Ahora?
—La burocracia nunca descansa.
—Sí, sí. Lo que sea —agitó la mano y, solo entonces se volvió hacia Nathaniel—. Síguele echando un ojo por mí, ¿de acuerdo?
El aludido puso los ojos en blanco.
—Y, por todas las criaturas del infierno, acostaos de una vez —añadió mirándolos a ambos, para finalmente clavar los ojos en ella y extender la mano sobre la encimera—. Ponme otro café, invocadora.
El corazón se le aceleró al darse cuenta de que lo había conseguido.
Miró el local, a toda la gente reunida allí. Su gente, su nueva familia y, finalmente, al brujo, quien por primera vez sonrió sin sarcasmo al tiempo que le dedicaba un ligero asentimiento con la cabeza.
Elías le había dado el Uroboros durante los próximos veintitrés años de servicio, le había dado la casa que quería… Sus labios empezaron a extenderse por sí solos en una amplia y alegre sonrisa.
—Marchando otro café, jefe —respondió con una felicidad que nunca pensó que sería capaz de experimentar en lo referente a ese demonio—. Gracias, Elías.
Él agitó la mano, restándole importancia.
—Feliz Halloween, invocadora.
Asintió.
—Feliz Halloween, Elías.