Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 9 En Halloween no preguntes qué ha entrado por la puerta. #2
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CAPÍTULO 9 En Halloween no preguntes qué ha entrado por la puerta. #2

La campanilla tocó una vez más, la puerta se abrió de golpe y un viento helado atravesó la cafetería. Las conversaciones se detuvieron al instante y la música pareció bajar de volumen como si la mismísima muerte hubiese hecho acto de aparición.

Incluso Nathaniel se tensó.

—Mierda —lo escuchó musitar.

No tuvo tiempo de preguntarle a qué se refería, pues una enorme figura cruzó el umbral.

Algo en la postura del recién llegado, en el aura oscura que lo rodeaba, la hizo estremecer.

Era alto, vestía completamente de negro, con una larga túnica casi hasta los pies y una capucha bien enfundada.

No podía distinguir bien sus facciones, mas a medida que se fue acercando, creyó ver unos ojos blanquecinos ahí dentro.

—Vale… eso sí que da un poquito de miedo… —musitó.

La criatura avanzó lentamente hasta la barra. Todo el mundo guardaba silencio, esperando algo. ¿El qué?

Maldita sea. ¿Qué demonios está pasando aquí?

El desconocido sacó algo del bolsillo y lo dejó sobre la madera. Era un cupón.

«A la décima visita, un chocolate caliente gratis».

Nadie emitió un solo sonido y eso… ¡Eso era jodidamente espeluznante!

Tragó con dificultad, pero no se quedó quieta, dio un paso adelante y lo saludó igual que a todo el mundo.

—Buenas noches —le dijo.

Nathaniel, a su lado, dejó escapar un bajo suspiro.

—Por el amor de Dios…

La criatura lo ignoró y habló con voz cavernosa.

—¿Todavía es válido?

Julieta parpadeó varias veces, miró el cupón y asintió con la cabeza. Ni se le pasaba por la cabeza negarle algo a ese… lo que fuese.

—Sí, por supuesto.

—Excelente —respondió, retirándose la capucha para revelar quién se encontraba debajo.

Era un espectro. Al contrario que Elliot, él era mucho más corpóreo, pero también más siniestro.

Había como una luminiscencia espectral en torno a su cuerpo a sus facciones y su rostro anciano y con diminutas gafas, poseía un color más grisáceo que blanquecino.

Sus ojos eran completamente blancos, como si estuviese ciego.

La tensión desapareció de golpe hasta el punto que acabó suspirando de puro alivio.

—Harold viene cada Halloween desde mil novecientos sesenta y dos —explicó Armando, que para variar, había sido el único que no se había inmutado, absorto en el papeleo. Ese demonio tenía una seria adicción al trabajo. Una muy grave—. Se niega a aceptar que el cupón caducó hace casi medio siglo.

—Las normas son las normas —gruñó el anciano—. Si los años ya no pasan para mí, para el cupón tampoco.

Julieta sonrió y empujó el cupón de vuelta hacia él.

—Guárdelo para el año que viene, Harold, a este chocolate le invito yo.

Las facciones del hombre se suavizaron. La miró de otra manera, no sabía decir cómo, pero fue como si pudiese ver más allá de ella.

—¿Puedes ponerle un poco de nata encima, jovencita?

¿Jovencita? Ya le gustaba este hombre.

—Por supuesto.

La tensión desapareció, fue casi como si la cafetería volviese a respirar y con ella, el resto de los clientes, quienes no dudaron en volver a retomar sus conversaciones.

La noche continuó y el caos típico de aquel lugar fue in crescendo.

Sobre la una de la mañana, un demonio había intentado ya ligar con una médium, dos vampiras se habían puesto a discutir sobre astrología y alguien había empezado una partida ilegal de póker mágico a la que Armando puso fin exponiendo no sé cuántas leyes.

A eso de las dos alguien jodió el horno de la cocina, de hecho explotó y salió una humareda terrible, pero nadie preguntó por qué. Se limitaron a abrir las ventanas y la puerta, una bruja creó una ráfaga de aire para ayudar a ventilar y desalojar el humo del interior de la cafetería.

Pensó que ya no podía pasar nada más cuando media hora después su goblin inquilino apareció llevando una diminuta capa roja.

—¿De dónde has sacado eso?

El goblin señaló orgullosamente a Nathaniel, lo que provocó que este escupiese el café que acababa de sorber y lo mirase con los ojos muy abiertos.

—¿Es mi bufanda?

La diminuta criatura siseó feliz.

—Nathaniel, respira… —le sugirió ella.

El pequeño Kuris siguió siseando, imaginaba que diciendo algo y, a juzgar por sus modos, parecía muy orgulloso de lo que quiera que fuese semejante discurso.

Adrien empezó a reírse tan fuerte que casi se atraganta con el descafeinado.

—Tiene razón, es un color de lo más favorecedor —aseguró el vampiro con lágrimas de risa en los ojos. Algo impensable en él.

—Voy a destruir esta dimensión —siseó el brujo.

Eleonora soltó una risita lacrimógena y las cucharillas en la cafetera empezaron a vibrar.

—¡No! —suplicó ella desde detrás de la barra—. ¡Nada de emociones fuertes!

La banshee se tapó inmediatamente la boca.

—¡Perdón!

El hombre invisible chocó contra una silla y debió de pisar al menos a tres personas porque empezaron a levantar los pies con distintas quejas.

—¡Joder, mira por dónde vas!

Julieta sacudió la cabeza, mirando de un lado a otro.

—Siempre acabamos igual —murmuró, pero sus labios ya se estaban estirando en una amplia sonrisa.

La gramola eligió ese momento para poner Living on a Prayer y no tardó mucho en escucharse:

—Oh, ¡adoro esta canción! —clamó la sirena afónica y empezó a cantar tan alto como pudo, desafinando de una manera atroz mientras alguien gritaba desde el baño.

—¡El espejo me está insultando!

Nathaniel se masajeó las sienes.

—No sobreviviremos a esta noche.

Una carcajada resonó en la cafetería y se dio cuenta de que salió de su propia garganta. Rompió a reír sin poder evitarlo, porque esto era ya parte de su rutina y de su vida, una a la que no quería renunciar.

Estaba agotada, el local era un desastre y probablemente tendría que limpiar el azúcar pegado al techo durante una semana, pero ahora mismo, en este momento y viendo a toda esa gente, supo que era aquí donde quería estar.

—De acuerdo, ¿alguien quiere café? —preguntó volviéndose hacia la cafetera.

Cada uno de los presentes siguió con sus particulares conversaciones, algunos empezaron a despedirse y, poco a poco, el local se fue vaciando hasta que… la campanilla volvió a sonar una vez más y supo quién era incluso antes de que la puerta se abriera.

Elías.

Era como percibir una parte de sí misma, el reconocimiento de su alma a aquel que se había convertido en su dueño.

Años atrás se había sentido furiosa ante semejante cercanía, ante la imposibilidad de marcharse.

Ya fuese porque se acostumbró a su presencia y a sus directrices o que la mayor parte del tiempo actuaba como un irritante jefe, esa emoción se había ido aplacando hasta convertirse en cotidianidad.

La puerta se abrió con cuidado, casi con delicadeza, como si la cafetería le estuviese dando la bienvenida a su verdadero dueño, al arquitecto que había detrás de cada cosa extraña que había sucedido aquí. Y ahí estaba él, vestido como un gótico, con ínfulas de corsario.

No diría que le sorprendía su atuendo. Le había visto llevar cosas peores y hoy, de entre todas las noches, lo cierto es que encajaba bien en el ambiente.

Además, ese hombre era atractivo se pusiese lo que se pusiese encima.

Más que un demonio, parecía un puñetero ángel caído, solo que sin las alas.

La tensión recorrió el local y las conversaciones empezaron a apagarse hasta que reinó el silencio. Incluso Nathaniel se tensó y Armando, que no había levantado la cabeza de sus papeles, apoyó la pluma y dejó de escribir.

Eso sí que era aterrador.

El recién llegado esbozó una lenta sonrisa y recorrió tranquilamente la cafetería.

—Bueno. Me alegra comprobar que mi Uroboros sigue en pie. —Su voz era como una caricia aterciopelada, la cual también era capaz de arrancarte algún escalofrío. Ladeó la cabeza y sus miradas se encontraron, la recorrió de la cabeza a los pies y su sonrisa se hizo más amplia—. Buen trabajo, esclava.

Bufó ante la elección de sus palabras y puso los ojos en blanco.

—Hola a ti también, jefe —lo saludó, llevándose las manos a las caderas—. Bonito modelito, por cierto. ¿Quieres un café?

—Muero por un café —canturreó y, ni corto ni perezoso, se acercó a la barra, acomodándose en el taburete vacío al lado del brujo—. Tiempo sin verte, Nathaniel. ¿Qué te parece mi nueva adquisición? ¿Mona, no?

—No sabe hacer café —le espetó.

Y, al momento. Como si ese fuese el pistoletazo de salida, la gente volvió a hablar, algunos diciendo que no era verdad, otros volviendo a sus respectivas conversaciones. El tiempo volvió a ponerse en marcha y con ello aquella particular noche.

Elías se rio en voz baja ante la respuesta del hombre y se volvió hacia ella.

—¿Todavía no has conseguido sacarle ese palo del culo, Julieta mía? —preguntó, guiñándole el ojo—. Deberías llevártelo a la cocina y follártelo contra un armario. Quizá eso le devuelva el buen humor.

—Vete a la mierda, Elías —respondieron los dos a la vez con una sincronicidad que arrancó algunas risas de la gente que permanecía en la barra, incluido su jefe, que se mondaba de la risa.

—Menuda tensión sexual no resuelta hay aquí —se burló el demonio—. En serio, nena. Tienes mi permiso para follártelo si quieres.

—Como si necesitase tu permiso para decidir con quién me acuesto.

Él se limitó a mirarla de esa manera que le provocaba mariposas y no precisamente de las bonitas.

—Todavía te quedan unos años a mi servicio, niña, ¿quieres añadir algunos días más?

Cogió el café que le había preparado y se lo puso delante.

—Hablando de servicio, señor del puto infierno —siseó, bajando la voz para convertir aquello en una conversación entre ambos—. ¿Qué es eso de que puedes prorrogar mi contrato siempre que te dé la gana?

— Oups! —sonrió con esa malicia tan particular—. Ya veo que te han asesorado bien…

—No quiero prórrogas, ni un contrato indefinido —entrecerró los ojos sobre él—. Dijiste veinticinco años. No te voy a conceder ni uno solo más. De hecho, deberías hacerme un descuento por hacerme cargo de esto todo el mes.

—¿No te lo has pasado bien? —cogió el café y aspiró el aroma, paladeándolo.

—Me soltaste aquí con un «arréglatelas» sin decirme qué narices iba a encontrarme —lo acusó.