CAPÍTULO 9 En Halloween no preguntes qué ha entrado por la puerta.
La maldita polla seguía bailando como si se burlase de ella.
Allí estaba, al lado de la calabaza, presidiendo aquel rincón de la barra de la cafetería con un orgullo insufrible.
Había intentado deshacerse de ella un par de veces más, incluso dejó que los globins se la llevasen, pero la maldita volvía a aparecer en el mismo sitio en cuanto se daba la vuelta.
Oh. Sin embargo, esta vez la había caracterizado.
Le había pintado unos ojos, dibujado una sonrisa con colmillitos y pegado unos cuernecitos al más puro estilo de Halloween.
El nuevo «disfraz» ya había arrancado algunas risotadas en los clientes de la cafetería.
Incluso Nathaniel la había mirado y enarcado irónicamente una ceja.
Le dio la espalda y paseó la vista sobre los clientes que habían asistido a la «fiesta de Halloween» que se celebraba hoy en Uroboros .
No dejaba de ser bastante irónico ver a todas esas criaturas disfrazadas, cuando generalmente eran los humanos los que querían emular lo que para ella ya se había convertido en una familiar realidad.
Sonrió a Elliot, quien tenía las manos en torno a su taza de café y parecía fascinado ante lo que quiera que le estuviese contando aquella nigromante.
La chica, pues en apariencia al menos, no tendría más de veintipocos años, se había sentado a su mesa y había empezado a hablarle como si le conociese de toda la vida.
Hoy, además, la corporalidad del fantasma era mucho más densa, quizá porque hoy la línea que dividía el mundo de los vivos del de los muertos era mucho más delgada.
Un poco más allá, en otra mesa se habían sentado uno de los lobos de la manada de Ares y Loreléi, la sirena afónica. El licántropo llevaba la chaqueta de la película «Teen Wolf», lo cual no dejaba de ser gracioso, mientras que ella iba vestida como una chica de los años veinte.
Otros no necesitaban disfraz, su atuendo era suficiente espeluznante como para encajar con el ambiente de la noche, pero aun así había alguna que otra pajarita psicodélica, sombreros de cowboy y unas orejitas de conejo y alitas de ángel.
—Parece una fiesta temática en vez de los extras de la casa del terror —murmuró para sí. Sacudió la cabeza y se movió por las mesas para recoger las consumiciones vacías y dejar las nuevas antes de volver detrás de la barra.
—Julieta, cuando puedas, ¿me pones otro chocolate con nubes? —pidió una joven vampira, mostrando sus colmillos en una encantadora sonrisa—. Oh. Y dos galletas de limón. Están deliciosas.
—Ahora mismo —asintió, moviéndose de aquí para allá para preparar su comanda. Se la dejó delante y empezó a recoger también los vasos que habían dejado sobre la barra y meterlos en el fregadero.
—Hay demasiada gente.
Miró hacia la esquina de la barra, donde Nathaniel se sentaba. Había dejado su libro a un lado, cerrado, y observaba toda la sala como si quisiera asegurarse de que no se desataba un nuevo apocalipsis.
—Ya he encargado unas pizzas por si los chicos de Ares se dejan caer de nuevo por aquí —le dijo, deteniéndose unos instantes junto a él—. Aunque no sé qué puedo ofrecerle a ese… a ese cliente de allí.
Ladeó la cabeza, algo que llevaba haciendo casi toda la noche al mirar al «esqueleto» que se sentaba en una esquina del local.
Su calavera, así como toda osamenta que quedaba a la vista bajo la túnica que llevaba puesta, era negra, tenía dos orbes azul brillante en las cuencas de los ojos y había partes de su cuerpo que parecían lo bastante voluminosas como para tener músculo, carne incluso, mas los dedos que sobresalían de las largas mangas eran huesudos.
Como si supiese que lo estaba mirando, la criatura giró el cráneo en su dirección y levantó la mano, saludándola.
Se estremeció de manera automática, pero le devolvió el saludo.
—Konrad no come ni bebe nada en público. Ni siquiera creo que lo haga en privado —le dijo—. Aunque le gusta el olor del café.
—Entonces le prepararé un café solo, bien caliente, para que pueda al menos apreciar el aroma.
La miró y respondió como siempre.
—Haz lo que quieras.
—Tú siempre tan útil —resopló, apartó una tela de araña falsa que había bajado un poco de la decoración del local y volvió a la cafetera.
La cafetería se había convertido en una especie de raro escenario de Halloween, con telas de araña colgando de las lámparas, calabazas con caras monstruosas adornando las mesas, velas y murciélagos de pega…
Se había venido un poquito arriba, pero quería que esa noche fuese especial para todos los que viniesen a la cafetería.
Incluso el expositor de las tartas estaba decorado para la ocasión.
—Reginald —pronunció el nombre que le había dado a uno de los goblins adictos al azúcar—. Te estoy viendo.
El pequeñajo estaba escondido en el expositor de los muffins y no dudó en sisear indignado antes de desaparecer debajo de una mesa, llevándose un donut glaseado casi tan grande como él.
—Ya te dije que no los alimentases —le advirtió Nathaniel, dándole un sorbo a su café.
—No lo he hecho —señaló lo obvio—. Por si no lo has notado, acaba de robarse un donut.
—Y tú se lo consientes.
—No me da la vida para ir detrás de cada rata demoníaca cleptómana que se le da por darse un garbeo por la cafetería porque su rey o lo que sea ha decidido que le caigo bien y ha querido mudarse aquí —resumió los hechos—.
Ya le advertí a Kuris que o sus coleguitas se comportan o se largan todos. Él incluido.
Y el goblin lo había entendido a la perfección, pues había reunido a toda la tropa y les había dado un discurso que, si bien no entendió una sola palabra, pareció calar en ellos.
Hasta ahora ninguno había vuelto a atacar a Beethoven , ni a robarse la ropa interior de nadie, ni a pegar mordiscos, así que lo consideraba una proeza.
La campanilla de la puerta enloqueció de repente. Si bien hace un mes eso le habría puesto los pelos de punta, ahora ya sabía identificar cada tintineo y adelantarse a lo que entraría por esa puerta.
—Medianoche, como no —murmuró para sí, mirando el reloj en la pared—. Hora de trabajar…
Vampiros, brujas, licántropos, espectros, demonios…
incluso un hombre invisible que no dejaba de chocar contra las mesas pasaron a formar parte de la clientela de la noche más embrujada del año.
La gramola reproducía jazz mezclado con clásicos de Halloween y, por algún motivo que desconocía, vio a Morrigan saltar a la barra llevando un diminuto sombrero de bruja.
—Seguro que ha sido cosa de Kuris… —Negó con la cabeza. La gata parecía debatirse entre asesinarlo o adoptar a la criatura.
Adrien fue el último en entrar de toda aquella comitiva. El vampiro apareció completamente vestido de negro, impecable como siempre… excepto que hoy llevaba una pegatina en la solapa que decía: «Hola, soy Adrien y soy emocionalmente vulnerable».
Julieta tuvo tan solo unos segundos para procesarlo.
—¿De qué se supone que vas disfrazado? —preguntó con sutileza. Lo último que quería era deprimir a ese vampiro adicto a la cafeína.
Él miró la pegatina y dejó escapar un triste suspiro.
—Eleonora dijo que debía trabajar en mi apertura emocional.
Nathaniel dejó escapar una carcajada seca desde la barra.
—Eso es lo más terrorífico que he visto esta noche —aseguró, haciendo que el pobre vampiro hiciese una mueca.
Eleonora apareció entonces detrás de él. También iba vestida de negro, como si acabase de asistir a un funeral victoriano. Se había retirado el velo y las lágrimas ya se la acumulaban en los ojos.
—Adrien se está abriendo poco a poco —sollozó emocionada.
Las bombillas parpadearon en respuesta a la emotividad de la banshee.
—Nada de emociones intensas después de medianoche, ¿recuerdas? —Julieta levantó inmediatamente ambas manos.
Ella asintió rápidamente, secándose las lágrimas.
—Lo siento muchísimo.
Una copa explotó detrás de ella en respuesta, pero no hubo más destrozos, así que…
—Bueno, vamos mejorando —suspiró aliviada y les sonrió a ambos—. Tomad asiento. En seguida os atiendo.
No recordaba una noche como esta, tan llena de gente. Intentaba llegar a todo y se le estaba haciendo un poco cuesta arriba. De hecho, llegó un momento en que dejó de distinguir quién había entrado y quién no.
El que parecía que no cambiaría nunca era Armando, el demonio seguía en su mesa, rellenando formularios.
—¿Por qué sigues trabajando? —le preguntó, deteniéndose unos segundos a su lado.
—Porque Halloween multiplica por siete los incidentes dimensionales, querida —aseguró sin levantar la vista de los papeles—. Invocaciones que salen mal, ritos no permitidos, ese tipo de cosas.
Hizo una mueca al escuchar lo de las «invocaciones» porque ella misma sabía muy bien lo mal que podían darse.
Miró hacia la puerta. El mes había llegado a su fin, hoy era su última noche y él vendría. De eso estaba segura.
No pienses en ello.
Regresó a la barra con el tiempo justo para detenerse un segundo y coger su propia taza de café. Por lo general, tenía tiempo para sentarse y disfrutar de una tranquilamente al final de la jornada, pero hoy encontró que necesitaba un poco de cafeína extra.
Le dio un sorbo y suspiró de puro placer. El brujo maniático podía decir lo que quisiese del café de aquí, aunque ella no había probado ninguno mejor.
—Julieta, si no bajas un poco el ritmo, no llegarás al final de la noche. —Levantó la cabeza y se encontró con esos ojos verdes—. Y un cadáver fresco no es algo que dure mucho por aquí y menos hoy.
Se estremeció de los pies a la cabeza. Esa imagen le dio repelús.
—Gracias por estropearme el café.
—De nada.
A pesar de todo, Julieta acabó sonriendo cuando le dio la espalda. Ese hombre llevaba toda la noche pendiente de ella. Sus pullas no eran más que una manera de mantenerla alerta y evitar que se durmiese en los laureles.
Se concedió unos segundos más para terminarse el café y ocupó otros pocos minutos en enjuagar algunas tazas y vasos y meterlos en el pequeño lavavajillas que había bajo el fregadero. De ese modo adelantaría trabajo.