Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 8 No sonrías a los Goblins después de medianoche #2
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CAPÍTULO 8 No sonrías a los Goblins después de medianoche #2

El funcionario del infierno bebía su café con toda tranquilidad, sin inmutarse por la que se estaba montando a su alrededor.

—Los goblins desarrollan fijaciones extrañas y ese parece haber encontrado algo especial en ti, por eso se ha llevado algo que te pertenece.

Eso no sonaba nada tranquilizador.

Un nuevo estruendo, esta vez desde la cocina, seguido por el maullido asesino de Morrigan, hicieron que todos se volviesen hacia la puerta a tiempo de ver a la gata saliendo como una exhalación, con uno de esos bichos encima y a otros dos arrastrando… ¿Eso era el saco de harina?

—La van a liar… —Lo sabía. Fue como sumar dos y dos. Un par de pequeños engendros del caos, más un saco de harina. Desastre asegurado.

Cada uno de ellos empezó a tirar hacia un lado y el saco se rompió, levantando una humareda blanca que alcanzó a todo el que estuviese cerca.

Toses, gritos… Aquello era el caos. Un goblin emergió de la harina como si fuese un fantasma diminuto, chillando con los bracitos en alto, celebrando su particular victoria.

Nathaniel, se sacudía el polvo de la harina del pelo y de la camisa, sus ojos verdes brillando de esa forma sobrenatural que solía indicar que su paciencia estaba llegando al límite.

—Voy a prenderle fuego al edificio con esos bichos dentro.

—¡Y una mierda! —jadeó ella, abriéndose paso entre la harina, para salir finalmente de detrás de la barra—. No le vas a prender fuego a mi cafetería.

—Oh, lo estoy valorando, Julieta, lo estoy valorando.

Esas cosas salían de todos lados. Tuvo que frenar en seco para evitar pisar a uno, el mismo que no dudó en saltar y colgarse del abrigo que Nathaniel había dejado sobre el taburete. Y, antes de que el brujo pudiese reaccionar, la criatura sacó algo de uno de los bolsillos.

Las runas de las muñecas masculinas brillaron peligrosamente, como si fuesen un sistema de alarma. Se volvió y palideció un poco.

—¿Me acaba de robar la mandrágora?

El goblin siseó orgulloso, mostrando la raíz que tenía en las manitas, casi como si se estuviese burlando de lo fácil que había sido.

—Oh, eso sí que no.

El bichejo se carcajeó, suponía que ese sonido era una risotada, antes de salir huyendo.

—Estás muerta, pequeña rata.

Por primera vez desde que lo conocía, Nathaniel perdió completamente la compostura. Salió disparado detrás del goblin, atravesando media cafetería mientras las criaturas chillaban y corrían en todas direcciones.

—Te han robado.

La comprensión de lo que eso significaba estiró sus labios en una inesperada y automática sonrisa y, antes de poder evitarlo, acabó doblada sobre la barra, riéndose a carcajadas.

—Oh, Dios. Te han robado. —Le saltaron las lágrimas—. Han robado al brujo todopoderoso que nunca se inmuta por nada y han sido unos pequeños goblins .

—¡No tiene la menor gracia! —siseó él.

—¿Bromeas? ¡La tiene toda!

El nuevo grito procedente de entre las mesas en las que todavía permanecían los clientes hizo que dejase el momento de diversión a un lado para ver qué estaba pasando.

—¡Devuélveme eso, engendro! —escupía, balbuceando un vampiro anciano.

—¿Pero qué demonios…?

Uno de esos diablillos tenía una dentadura postiza con colmillos en las manos y la agitaba como una pandereta. Aquello era el colmo del surrealismo.

—No puedo creerlo… —jadeó, sin saber si reír o llorar.

Armando, por su parte, seguía sentado, tomándose tranquilamente el café como si fuese otra noche cualquiera.

—¿No vas a hacer nada? —le preguntó ella, señalando el caos evidente.

—Legalmente están considerados ciudadanos autónomos del subsuelo.

—¿Y eso qué significa?

—Pagan impuestos. Muy pocos, pero los pagan —aseguró como si esa fuese toda la explicación necesaria.

Volvió a mirar a su alrededor. El caos que se había montado en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Estamos seguros de que esto no es otra de esas maldiciones de categoría 3?

—Segurísimos, querida —confirmó el demonio—. Déjales. Se cansan pronto.

Un nuevo chillido llamó su atención. Bajó la vista y se encontró con el goblin de antes que, con una enorme sonrisa, le ofreció su bolígrafo.

—¿Me lo estás devolviendo? —preguntó un poco confundida.

La criatura asintió rápidamente y estiró todo lo que le daban los bracitos.

Se agachó y cogió de vuelta el objeto.

—Bueno… gracias. —No sabía qué más podía decir.

Sin embargo, el diminuto ser no había terminado, porque también le dio dos azucarillos, un pendiente y un tenedor que, claramente, había robado.

—Valeee… —Sonrió, divertida—. Devolveré esto a sus correspondientes dueños.

Se incorporó, sin dejar de mirar al goblin , que se había llevado las manos a la espalda y se mecía de un lado a otro con esa inquietante sonrisita.

—Elías no me paga lo suficiente para esto… —murmuró más para sí misma que para alguien más. Dejó las cosas sobre la barra y se encontró con Nathaniel, quien apareció despeinado, cubierto de harina y con expresión homicida—. ¿Qué…?

Levantó la mano.

—No preguntes.

Apretó los labios y se encogió de hombros, pero no pudo contenerse:

—Solo iba a decir que pareces… un panadero maldito.

El brujo la fulminó con la mirada y el goblin que le había devuelto su bolígrafo decidió elegir ese momento para trepar por su pierna a la velocidad de la luz y sentarse finalmente sobre su hombro.

Se quedó inmóvil, mirando a esa cosa que siseaba con visible felicidad.

Nathaniel, por su parte, parecía debatirse entre el agotamiento y el horror, aunque también parecía estar a punto de que le diese un infarto.

—Perfecto —resopló, menos que encantado—. Ya te ha adoptado.

—¿Cómo que me ha adoptado?

Armando dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—Quiere decir que probablemente intentará quedarse a vivir aquí, en la cafetería.

Abrió los ojos todo lo que le daba y empezó a negar efusivamente con la cabeza.

—Ah, no, no, no, no…

El goblin metió las manitas diminutas entre su pelo y le quitó una horquilla con una delicadeza y rapidez increíbles. La abrazó y se meció de un lado a otro con aquel nuevo tesoro entre las manos, todo ello sin bajarse de su hombro.

Nathaniel se masajeó las sienes.

—Esto es culpa tuya.

—¿Mía? —jadeó, incrédula.

—Le sonreíste y aceptaste sus regalos.

—Soy camarera, sonrío a todo el que entra por la puerta —resopló y añadió—. Y no son regalos, son las cosas que le sustrajo a la gente y que voy a devolver.

—Eso para ellos es básicamente una propuesta de matrimonio —añadió Armando.

Julieta miró lentamente al goblin y este le devolvió la mirada. Un segundo después le puso en la cabeza una cucharilla torcida como si fuese una corona.

El demonio suspiró con teatralidad.

—Bueno. Técnicamente, ahora eres reina de algo.

Nathaniel se dejó caer en uno de los taburetes y apoyó el brazo sobre la barra.

—Necesito alcohol. O veneno. Me da igual cuál venga primero.

La criatura canturreó y apoyó las manitas en su mejilla, dándole un diminuto beso antes de saltar sobre la barra y sentarse con una cara de absoluta y soñadora felicidad.

—Una nunca se aburre en este lugar, ¿verdad?

Sacudió la cabeza y volvió detrás de la barra para prepararle un nuevo café al brujo, ponerle otro a Armando y averiguar qué narices quería beber su nuevo admirador en miniatura.

Sí. No había manera de aburrirse en el Uroboros.