CAPÍTULO 8 No sonrías a los Goblins después de medianoche
El Uroboros y ella habían sobrevivido al infierno… Es decir, a una noche de citas sobrenaturales. Eso tenía que contar como una especie de hazaña o algo, ¿no?
Hoy, al menos, la noche parecía tranquila. Por primera vez en… ya ni sabía cuánto tiempo, no llovía. La temperatura no era para echar cohetes, pero curiosamente dentro de la cafetería no hacía frío, lo cual era un plus.
Eso y que el local volviese a estar impecable después de una batalla campal o una horda de destrucción masiva sin que ella tuviese que mover un dedo.
Daba igual cuántas lámparas estallasen, cuántas tazas se rompiesen, que las mesas saltasen por los aires…
a la noche siguiente su cafetería volvía a ser la de siempre.
Y el brujo irritante también volvía a ser el de siempre, ocupando su lugar en la esquina de la barra, con los dedos manchados de tinta y ese libro en el que no dejaba de leer.
—¿Cómo puede durarte tanto la lectura de un único libro? —Dio voz a sus pensamientos—. ¿Lo estás memorizando o algo?
—No.
Ya está. Se acabaron las respuestas por hoy, su señoría.
—¿Alguna vez me dirás qué hay tan interesante en esa cosa para que te absorba la lectura de esa manera?
—Algún día.
Bueno. Eso no era un no definitivo. De una manera absurda, aquello la hizo sonreír mientras continuaba secando las tazas detrás de la barra. La dejó a un lado y se dispuso a coger otra cuando vio como una de las cucharillas se deslizaba por encima de la superficie hacia el borde.
Estaba acostumbrada a verlas temblar, a que levitasen e incluso que intentasen volarle la cabeza cuando atravesaban la habitación como flechas, esta era la primera vez que las veía hacer algo como aquello.
Se tambaleó en el borde y cayó, pero no llegó a escucharla chocar contra el suelo. No produjo su característico «clin».
Frunció el ceño y se inclinó sobre la barra, intentando ver del otro lado.
Nada. Ni cucharilla, ni ruido, ni nada de nada.
—O estoy empezando a tener alucinaciones o es que alguien ha vuelto a lanzar una maldición después de medianoche.
Nathaniel levantó la vista de su libro.
—Ambas cosas serían factibles.
Ladeó la cabeza para encontrarse con esos ojos verdes y resopló.
—Gracias por tu apoyo emocional, señor del libro.
El brujo volvió tranquilamente a la lectura y ella aprovechó para hacer una rápida inspección ocular del local.
Era una noche tranquila, con apenas media docena de clientes repartidos por el local.
Cruzó la mirada con Elliot, el fantasma de la mesa junto a la ventana, y le sonrió, saludándole con la mano, lo que hizo que el chico le devolviese la sonrisa.
Una historia triste la suya. Se había quedado aquí atrapado, esperando a alguien que ya no vendría a verle. Y, de algún modo, Julieta sabía que todavía no estaba preparado para abandonar este lugar y cruzar al otro lado.
No importaba. Mientras el chico ochentero estuviese en su cafetería, ella siempre tendría una palabra y una taza de café lista para él.
Con todo, esta tranquilidad a menudo era sinónimo de que pronto se produciría algún desastre. Era como una de esas leyes de Murphy: Si algo tiene que salir mal, saldrá mal.
La gramola cambió de canción, abandonando el melancólico jazz para sumergirse de nuevo en ese repertorio de los ochenta que tanto le gustaba. Era como si el aparato fuese un melómano nostálgico.
La campanilla de la puerta sonó como siempre un segundo antes de que esta se abriese para dar paso a uno de sus habituales.
Armando apareció con aspecto miserable, mucho más de lo habitual a juzgar por su indumentaria.
Llevaba el abrigo arrugado, el pelo totalmente revuelto y casi en punta, como si no hubiese dejado de tirarse de él durante horas, y las ojeras bajo sus ojos eran de campeonato olímpico y medalla de oro.
—Pareces salido de una reunión de vecinos del infierno, Armando —lo saludó ella.
El demonio dejó caer la carpeta sobre la barra y la miró.
—Peor, querida. Auditoría interdimensional.
Nathaniel hizo una mueca, mirándole.
—Mis condolencias.
Dejó escapar un pesado suspiro y señaló su abultada carpeta.
—Han revisado quinientos años de contratos. ¡Quinientos años!
Eso sonaba como una violación de derechos humanos. O demoníacos en este caso, que sería lo aplicable.
No preguntó, pues el funcionario del infierno siempre pedía lo mismo, así que preparó el café y le puso una taza delante.
—Invita la casa. Tiene pinta de necesitarlo.
Él la miró con visible emoción.
—Si algún día decides vender tu alma voluntariamente, avísame antes —le dijo, rodeando la taza con las manos—. Podría ofrecerte beneficios adicionales.
—No —respondió Nathaniel sin levantar siquiera la vista.
—En realidad, mi alma ahora mismo tiene una especie de contrato con Elías, pero…
—Aun así, no —repitió él.
Julieta ladeó la cabeza y lo miró.
—¿Desde cuándo te preocupas tanto por mí?
—Desde que eres la única camarera decente que ha tenido el Uroboros en… mucho tiempo.
No pudo evitarlo y sonrió un poco ante su halago.
—Apuesto a que eso se lo dices a todas.
—La verdad es que no —murmuró Armando, al cual pilló mirándolos a uno y a otro con una particular sonrisa.
Sacudió la cabeza y volvió al secado de las tazas cuando algo le mordió el tobillo.
—¡Joder! Maldita gata de los… —Pegó un salto tan brusco que casi tiró la taza de Armando. Miró en torno a sus pies, mas Morrigan no estaba por allí.
Un largo y ofendido maullido le llegó entonces del otro lado de la sala. Encontró a la bestezuela encima de una de las mesas desocupadas.
—¿Qué ocurre? —Nathaniel levantó la cabeza, mirándola intrigado.
—Pues que algo me ha mordido y pensé que había sido… la gata, pero —señaló a la mentada al otro lado del local—. Morrigan está allí.
Todos miraron hacia abajo, el brujo incluso se incorporó para mirar por dentro de la barra.
—Ahí no hay nada.
Julieta frunció el ceño, mirando a su alrededor.
—Te juro que había algo ahí —resopló, agachándose para levantarse el pantalón y encontrarse con una marca roja indefinida sobre el tobillo—. ¿Ves? Algo me ha mordido, picado o lo que sea.
Entonces lo vio. Nada más incorporarse, vislumbró una figura diminuta cruzando el suelo a toda velocidad, llevando una cucharilla entre las manos.
—¿Qué demonios es eso? —Lanzó el brazo, indicando el borrón en movimiento.
El brujo cerró el libro lentamente.
—Lo que faltaba…
La pequeña criatura desapareció debajo de una de las mesas, pero no antes de que se fijase bien en ella.
—¿Acabo de ver un niño diminuto y calvo corriendo con una de mis cucharillas?
—Peor —murmuró su acompañante—. Acabas de ver a un goblin . Y donde hay uno, es seguro que habrá muchos más.
Como si su explicación actuase como una invocación, aparecieron más de ellos.
Pequeños, orejudos, con los ojos enormes y la energía de un mapache hasta las cejas de cocaína, saliendo de debajo de las mesas, de la cocina, correteando por los tubos de ventilación por encima de sus cabezas…
Mierda, incluso había uno dentro del expositor de los muffins.
¿Cómo demonios había entrado ahí?
Abrió los ojos como platos, intentó contarlos, pero en cuanto pasó de diez le parecieron demasiados.
—¿Qué coño son esas cosas?
—Problemas —resumió Nathaniel.
Uno de los goblins siseó alegremente mientras sostenía un azucarillo entre las manos, sus diminutos labios se estiraron en una grotesca sonrisa llena de dientecillos afilados como agujas.
—Ay, Dios —gimió—. ¿Esas cosas pueden transmitir la rabia?
El bichejo salió corriendo como una exhalación, mientras otro aparecía encima de uno de los muebles con una servilleta en la cabeza a modo de capa y un tercero parecía dispuesto a desmontar la cafetera con una cuchara.
—¡Eh! —Julieta corrió hacia la cafetera—. ¡Ni se te ocurra tocar a Beethoven !
Demasiado tarde. El centro de café emitió un ruido sospechoso, ladró medio afónico y empezó a echar humo por un lateral.
—¡Hijo de la gran puta! —jadeó, llevándose las manos a la cabeza—. Mi cafetera.
—¿Cómo han entrado aquí? —preguntó Nathaniel, mirando de un lado a otro como alguien que sabe que está ante un problema de proporciones bíblicas.
Armando observó alrededor con resignación.
—Probablemente se hayan sentido atraídos por el azúcar.
Hubo un estruendo al otro lado. Uno de los clientes acababa de caerse de la silla, estaba descalzo de un pie y una de esas diminutas cosas huía con su zapato.
El diablillo chilló algo ininteligible y desapareció por el conducto de la ventilación, golpeando el metal con el zapato robado.
—¡Ey! ¡Mi sostén!
Una risita diminuta e histérica acompañaba al ladrón de lencería que agitaba su premio como una bandera antes de largarse corriendo con ella.
Julieta palideció, mirando a su alrededor horrorizada.
—¡Esas cosas son delincuentes en miniatura!
—Los has descrito a la perfección —aseguró Nathaniel.
Ya no sabía si atender a la cafetera, a la barra, a los dos clientes que intentaban recuperar sus cosas y matar de paso a los responsables…
—¿Qué hacemos? —preguntó, girando sobre sí misma hasta que se encontró cara a cara con uno de ellos a escasos centímetros. La miraba fijamente desde la barra y le sonrió mostrando esos dientes diminutos y puntiagudos en una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—Nathaniel… —Lo llamó, sin quitarle los ojos de encima al goblin. El bicho llevaba encima tres sobres de azúcar, una cucharilla y lo que parecía ser una llave inglesa que era tan alta como él—. No me gusta un pelo cómo me mira este de aquí…
El goblin siseó alegremente y, en un movimiento digno del mejor carterista, le robó el bolígrafo del bolsillo del delantal.
—¡Oye!
El ladrón salió corriendo a la velocidad del rayo. Era rapidísimos, imposible ponerle las manos encima.
—¡Me ha robado el bolígrafo!
El brujo suspiró profundamente.
—No lo alientes.
—¿Que no lo aliente? —Abrió la boca como una tonta y extendió los brazos, señalando su delantal—. Tío, que me ha robado. Y te juro que no le pedí que lo hiciese.
—Es un signo claro de que se ha prendado de ti.
Se volvió a mirar a Armando como si hubiese perdido la cabeza por completo.
—¿Perdona?