Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 7 Noches de citas sobrenaturales… y desastres varios. #3
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CAPÍTULO 7 Noches de citas sobrenaturales… y desastres varios. #3

Dorian resultó ser encantador, coqueteaba descaradamente y eso la divertía.

Hacía tiempo que un hombre no le prestaba tanta atención y era agradable sentirse deseada.

Con todo, no podía dejar de echar fugaces vistazos a la tormenta eléctrica que se estaba formando al otro lado de la barra.

Nathaniel estaba a dos segundos de desatarla y el motivo parecía demasiado obvio como para tomárselo en serio.

Él no podía estar celoso. Entre ambos no había nada, tan solo noches interminables de conversaciones sarcásticas y pullas interminables.

Y aun así…

—Tu brujo está a medio segundo de ponerse en modo territorial supremo.

Julieta miró a la mujer que se había inclinado sobre la barra para decirle aquello, era la súcubo que había traspasado la puerta tan solo unas horas antes. Señaló con un sutil gesto hacia Nathaniel.

—Él no es mi brujo —negó con rotundidad.

Como si se diese por aludido, levantó la vista inmediatamente y la posó sobre ella.

—Claro que no… —Dorian sonrió, se había pasado los últimos quince minutos charlando con ella, bromeando de forma pícara—. Demasiado temperamental para alguien tan dulce…

Se oyó un crujido. La cucharilla que estaba al lado de su taza se partió por la mitad. Lo miró, pero él ni siquiera se molestó en devolverle la mirada, cogió su café y bebió como si no hubiese pasado absolutamente nada.

¿En serio?

Se movió hacia él.

—¿Qué coño te pasa? —preguntó bajito, mas todo lo que recibió fue un vistazo fulminante por su parte y un visible disgusto.

Fue como si la hubiesen abofeteado. Dio un paso atrás, se lo pensó mejor y avanzó para decirle cuatro cosas, mas no llegó a abrir la boca, pues la campanilla de la puerta volvió a sonar.

La puerta se abrió tan de golpe que algunas personas se sobresaltaron. Armando cruzó el umbral cargando una carpeta enorme. Miró a su alrededor, a las parejas, y dejó escapar un audible suspiro.

—Odio este evento.

—A mí me gustaría saber por qué existe siquiera algo como esto, para empezar —resopló para sí.

—Porque estadísticamente, octubre es el mes con más rituales de apareamiento sobrenatural —contestó la súcubo, quien le estaba haciendo ojitos a Dorian.

Vale. Esa era una información sin la que podía vivir.

Una silla cayó al suelo al otro lado de la sala y vio a la banshee llorando a moco tendido.

—Te dije que mi color era el negro.

La mujer atravesó corriendo el local, abriendo la puerta y saliendo fuera, dejando tras ella un coro de gemidos y lamentos que le pusieron la piel de gallina.

—Ay, Dios —musitó.

Empezó a echar un vistazo en torno a la sala y se percató de que el ambiente había pasado de romance sobrenatural creciente a hundimiento dramático 2.0 en cuestión de segundos.

Escuchó como un hombre lobo discutía con una vampira porque «las fases de la luna afectaban su comunicación emocional», la sirena afónica se estaba tirando de los pelos porque el vampiro con el que estaba «no sabía escuchar» y alguien más acababa de acusar al fauno de que «le olían los pies» cuando en realidad tenía pezuñas.

—Se aproxima una hecatombe —anunció Armando, ocupando un lugar al lado de Nathaniel.

El demonio no se equivocaba en su predicción, porque aquello parecía estar a punto de estallar en tres, dos, uno…

—Me encanta cuando las cosas se ponen tan intensas. —Dorian extendió el brazo sobre la barra, cogiéndole la mano—. ¿Qué te parece si… salimos fuera y… subimos nuestra propia intensidad?

La barra entera tembló, las luces titilaron y la estantería con las tazas detrás de ella vibró, amenazando con hacerlas caer.

Nathaniel se levantó de golpe, clavó los ojos en sus manos y luego en ella, fulminándola con la mirada. Acto seguido, abandonó su asiento y se detuvo un segundo ante el íncubo, invadiendo a propósito su espacio con una mirada claramente asesina.

—Dáñale un solo pelo de la cabeza y te juro que no encontrarán jamás tu cuerpo.

Dorian sonrió aún más, se la sostuvieron el uno al otro durante un segundo y entonces, el brujo siseó y abandonó el local a zancadas.

El silencio cayó sobre la barra, sobre todo el local en realidad. Las riñas cesaron, las conversaciones enmudecieron y varios pares de ojos empezaron a caer entonces sobre la barra, donde solo se escuchaba el movimiento de los papeles de Armando.

—Si fuese tú, iría tras él, querida —mencionó el demonio sin levantar el rostro de sus papeles—. Los brujos pueden ser extremadamente volátiles cuando el corazón está de por medio.

Julieta lo miró y también al resto de la gente allí reunida.

—¿Qué? ¿Ya habéis terminado de discutir? —resopló, sintiéndose juzgada.

La gente empezó a volver a sus asuntos, a sus conversaciones, ahora con tono más pausado, aunque eso no era suficiente. Miró al íncubo y negó con la cabeza.

—Ha sido divertido, pero tengo por norma no salir con nadie que mire como si fuese el menú principal de la carta —respondió a su anterior pregunta—. Disfruta del café.

Con eso, dejó su puesto detrás de la barra y abrió la puerta, haciendo sonar la campanilla al salir fuera. La lluvia seguía cayendo, los riachuelos caían desde el toldo formando una íntima cortina que mantenía esa parte de la acera aislada del resto.

Nathaniel estaba apoyado en la pared, en el margen justo del toldo. Parecía tranquilo, sin embargo, era tan solo una fachada. Se acercó a él, adoptando su misma posición.

—Esa ha sido una salida de lo más dramática —mencionó mirando la goteante cortina.

—Probablemente. —Su voz estaba algo ronca, como si hubiese forzado la garganta.

Lo miró de soslayo y vio cómo sus hombros se relajaban un poco, su posición cambió, aunque no se atrevió ni a rozarla.

—No me gustan los de su clase —añadió tras soltar un largo suspiro.

—¿Los de su clase o él en particular?

—No me gustan los de su clase —repitió y no se contuvo a la hora de añadir—. A él… No me importaría quemarlo hasta convertirlo en cenizas.

Julieta dejó escapar un resoplido de risa.

—¿Qué te molesta tanto de él? —Ladeó la cabeza para poder mirarle—. A ver, es un íncubo, sí, pero yo no soy la cena de nadie y…

—Me molesta que te mire como si supiese que puede arrancarte de este lugar —la interrumpió, volviéndose hacia ella—. Como si pudiese llevarte lejos de aquí.

El corazón le dio un pequeño vuelco de lo más absurdo. Sus palabras habían sonado demasiado reales y sinceras.

Nathaniel apartó la mirada primero.

—Olvídalo.

—Elías me mandó aquí solo durante este mes… —Las palabras salieron de su boca por sí solas, queriendo… no, necesitando decir aquello en voz alta—, aunque no sé si quiero marcharme cuando el plazo acabe.

—El Uroboros no dejará que te vayas, Julieta… —contestó él sin mirarla siquiera—. Y nosotros tampoco.

Lo miró.

—¿Qué quieres…?

—¡Julieta! —Un grito de alarma surgió desde el interior del local—. ¡La súcubo ha besado a la banshee y ahora las lámparas están explotando y la gramola está sonando Like A Prayer a toda leche!

—Tiene que ser una broma… —gimió, cerrando los ojos para ver si así desaparecía toda aquella locura.

—Debí haberme mudado a otra dimensión —escuchó que decía también el brujo.

No pudo evitarlo, rompió a reír y, por primera vez en toda la noche… él sonrió también.