Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 7 Noches de citas sobrenaturales… y desastres varios. #2
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CAPÍTULO 7 Noches de citas sobrenaturales… y desastres varios. #2

—Voy a matarte, Elías —masculló en voz baja, mirando una vez más los carteles y la maldita pancarta—. Por Dios que voy a encontrar la manera de cortarte la polla y hacértela tragar.

Respiró hondo un par de veces y volvió al local.

Unos minutos, solo había estado fuera unos minutos, pero el ambiente aquí dentro había cambiado de manera brutal. Había una tensión romántica en el ambiente que le ponía los pelos de punta.

Se movió entre la gente, procurando no rozarse con nadie, para detenerse al lado de Nathaniel.

—No me gusta esto —murmuró—. Ese cabrón ha puesto dos carteles nuevos e incluso una pancarta en la fachada.

—A nadie con dignidad le gusta esto, Julieta.

—¿Y por qué vienen entonces?

Nathaniel cogió la taza de café que ella le había servido antes e hizo una mueca tras darle un trago.

—Porque las criaturas nocturnas llevan siglos tomando decisiones emocionalmente horribles —respondió y no dudó en añadir—. Incluso peores que este café.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Mi café no es tan horrible si te lo sigues bebiendo.

—Supongo que mi paladar se ha acostumbrado ya al mal gusto.

—Dios, eres irritante —siseó, lo dejó plantado y volvió tras la barra, para atender a uno de los recién llegados que ya la reclamaba.

Pasada la medianoche, el Uroboros ya parecía una mezcla entre un club de terapia grupal, First Date y un ritual satánico. Julieta iba de mesa en mesa, sirviendo las comandas y escuchando conversaciones con un nivel de escalada bastante preocupante.

—¿Cuántos años tienes?

—Doscientos treinta y cuatro.

—Um, siempre me han puesto los maduros.

Gimió interiormente, mantuvo la sonrisa y pasó a la siguiente mesa donde la cosa no era mucho más prometedora:

—Puedo oler tu compatibilidad genética y decirte exactamente con quién te puedes emparejar con una fiabilidad del 99%.

Julieta enarcó una ceja, pues acababa de darse cuenta de que el licántropo que había comentado eso se estaba dirigiendo a ella.

—Perdón, ¿qué?

—Tengo un olfato de lo más sensible —aseguró, señalando su nariz, mientras la mujer frente a él parecía debatirse entre sentirse halagada por semejante hazaña o ponerle una denuncia por acoso—. Si quieres, te puedo decir quién está disponible en estos momentos para ti…

—Y no yerra —confirmó la mujer, agitando unas largas pestañas al mirarlo.

Aquello sí que daba miedo.

Sacudió la cabeza de inmediato, retiró las tazas y platos vacíos y dejó las nuevas consumiciones.

—No, gracias —repuso de inmediato—. No soy de mezclar el trabajo con el placer.

Giró sobre sus zapatillas deportivas con tal rapidez que tuvo que equilibrarse en el último instante para que la bandeja no saliese volando.

—Por poco… —resopló. Respiró hondo y… un estruendo recorrió el local cuando la banshee con la que se había cruzado en la puerta rompió a llorar desconsoladamente. Las ventanas vibraron y las luces parpadearon.

—¡Lo sabía! —sollozaba—. ¡No está preparado para una relación emocionalmente compleja!

El vampiro frente a ella parecía aterrorizado.

—Solo dije que no me gusta ABBA —musitó él, mientras estallaba una copa.

Se llevó la mano al pecho e inspiró profundamente, soltando después el aire.

—Voy a empezar a cobrar suplementos por «trauma psicológico» —murmuró, regresando a la barra.

—Te saldría más a cuenta cobrar suplemento por destrucción de material —mencionó Nathaniel, sin levantar siquiera la vista de su libro.

—No te quitaré la razón para una vez que la tienes —le dijo. Dejó los vasos y tazas sucias en el fregadero y se volvió a recoger los que había sobre la barra.

La campanilla volvió a resonar al abrirse la puerta. Levantó la cabeza para ver qué nuevo desastre se avecinaba y se quedó mirando al tipo que acababa de cruzar el umbral.

Moreno, alto, elegante, una sonrisa perfecta y los ojos azules más claros que había visto en su vida. Se movía con sensualidad, con una lentitud que atrapaba miradas y arrancaba suspiros.

—¿Quién es? —preguntó a Nathaniel, pues el brujo parecía conocer a toda la población mundial sobrenatural.

Levantó brevemente la cabeza, echó un vistazo hacia la puerta y se tensó. Fue algo sutil, pero el cambio estaba allí y fue inmediato. Se enderezó lentamente, sin quitarle los ojos de encima al recién llegado.

Como si este supiese que tenía dos pares de ojos observándole, miró hacia la barra y fue en ese momento cuando a Julieta se le olvidó respirar.

Una lenta sonrisa se abrió paso por esos labios sensuales, dotando de mayor atractivo, si cabía, las facciones del desconocido.

—Mierda… —Escuchó de fondo la voz del brujo, pero la ignoró, estaba demasiado ocupada viendo cómo se acercaba ese hombre.

—Buenas noches. —La saludó y… Dios, su voz era aterciopelada, profunda y rica como el mejor de los vinos.

—Hola… —Dejó salir en un suspiro, solo para darse cuenta de inmediato y adoptar una postura más profesional—. Buenas noches y bienvenido a Uroboros. ¿Qué te apetece… tomar?

Él sonrió un poco más, la recorrió con la mirada y entrecerró ligeramente los ojos.

—Eres Julieta. —No era una pregunta, sino una confirmación.

A pesar de no estar mirándole, podía sentir los ojos de Nathaniel fijos en ella con más desagrado de lo normal.

—Pues depende de quién lo pregunte —respondió ella—. ¿Vienes a quejarte del café?

Su risa fue erótica, contenida.

Mierda. Empezaba a tener una ligera idea de qué era ese hombre.

—Por el contrario. Me han hablado muy bien de él y… esperaba poder probarlo. —Sus ojos bajaron sobre ella como una caricia antes de desviarse con un gesto hacia la cafetera—. ¿Crees que sea posible?

El sonido de ruptura de una taza sobre la encimera hizo que mirase en aquella dirección. Los dedos manchados de tinta del brujo sostenían los fragmentos de lo que había sido su café, el cual había quedado derramado sobre la superficie de la barra.

—Oye, que no te guste mi café no te da derecho a cargarte mis tazas —resopló, mirando aquel desastre.

—La taza ya tenía una grieta. —Su voz sonaba igual de indiferente que siempre, pero por alguna razón ella detectó algo más.

—Discúlpame un momento, eh… —No sabía el nombre del recién llegado.

—Dorian —le dijo mientras se apoyaba contra la barra—. No tengo prisa. La noche es joven.

Y a esas palabras le siguió un par de segundos de silencio incómodo, no por el recién llegado, sino por el brujo que parecía estar conteniendo unas inesperadas ansias criminales.

¿Qué coño está pasando aquí?

Julieta miró a uno, a otro y frunció el ceño. Sacudió la cabeza y empezó a recoger los pedazos de la taza.

—Ten cuidado… —murmuró Nathaniel y, de algún modo, supo que no se estaba refiriendo a los trozos de porcelana y a la posibilidad de cortarse con ellos, sino a su potencial competidor.

¿Potencial competidor?

No seas ridícula. A Nathaniel no le interesas de esa manera… ¿Verdad?

Miró al brujo y no pudo evitar dejar escapar un bufido de risa.

No. Imposible. ¿Él celoso?

Limpió rápidamente el desastre y comprobó que su libro no había sufrido ningún daño colateral.

—¿Te pongo otro café?

—No.

Wow. El señor borde había vuelto.

—Vale… —Se fue hacia la cafetera y miró a Dorian, que seguía sonriendo casi con petulancia—. ¿Solo, descafeinado… nuestra especialidad?

—La especialidad. Dicen que merece la pena probarla al menos una vez.

Le devolvió la sonrisa y le dio la espalda momentáneamente mientras preparaba su pedido.

—Y dime, ¿quién te ha hablado tan bien de mí y de mis cualidades cafeteras?

—Julieta del Uroboros —pronunció y fue como si acariciase su nombre—. Tu nombre se ha hecho ya famoso entre el mundo sobrenatural—. Dicen que eres capaz de convertir lo imposible en posible.

Se echó a reír.

—Sí, claro —se burló—. ¿Y no dicen también que soy una encantadora de serpientes o algo?

—Solo puedo decir que a mí ya me has encantado.

—Por favor… —farfulló el brujo.

Echó un vistazo en su dirección, mas él ya se había vuelto a concentrar en su libro.

A este hombre no hay quien lo entienda.

Terminó con la preparación del café especial y lo puso delante del recién llegado.

—Aquí tienes. Que lo disfrutes.

—Lo haré, sin duda —le aseguró. Lo cogió con una sola mano y se lo llevó a los labios, todo ello sin dejar de mirarla—. Delicioso.

Sus palabras la estremecieron y, por primera vez desde que apareció, su encanto empezó a ponerla algo nerviosa. Era guapo, sensual, educado… aunque también tenía un borde peligroso, uno que la atraía, sí, pero también la repelía.

—¿Crees que podrías encontrar un rato para salir de ahí atrás y… charlar?

Enarcó una ceja ante la pregunta, solo para escuchar el crujido de la madera procedente de nuevo de donde estaba Nathaniel.

—Supongo que… podré arreglármelas —acabó respondiendo.

Nathaniel cerró el libro, con demasiada fuerza y se dirigió a ella casi con desdén.

—Ponme otro café y esta vez procura que sea decente.

Abrió la boca para decirle dónde podía meterse ese tonito, pero una mano acabó sobre la suya en una inesperada y caliente caricia.

—Te veo en un rato entonces, Julieta.

Se quedó sin respiración. Incluso después de retirar los dedos, los sentía sobre su piel como un cosquilleo de lo más agradable.

—Es un íncubo.

Enarcó una ceja y volvió a mirar al brujo, cuyos ojos brillaban mientras taladraba la espalda del tipo que acababa de dejar la barra.

—Eso me parecía… —admitió, confirmando sus sospechas—. Su atractivo lo delata.

Él bufó.

—¿Ocurre algo? —se inclinó sobre la barra, para mantener aquella conversación en un nivel más privado.

—Nada en absoluto.

Pues para no ser nada, el irritante brujo se pasó el resto de la noche rezongando y lanzando miradas matadoras. De hecho, fue como si la barra se hubiese convertido de repente en territorio hostil.