Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 7 Noches de citas sobrenaturales… y desastres varios.
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CAPÍTULO 7 Noches de citas sobrenaturales… y desastres varios.

Julieta cerró el paraguas y se acercó muy lentamente a la ventana, como si de esa manera el cartel que había pegado en ella pudiese desaparecer.

No lo hizo. Las luces exteriores de la cafetería mostraban claramente aquella ofensa del mal gusto en marketing y hacían, si cabe, más visible el título central.

NOCHES DE CITAS SObrENATURALES.

Encuentra a tu criatura ideal.

Consumición mínima obligatoria.

El agua que escurría del paraguas empezó a formar un charco en torno a sus pies, pero eso le daba igual, era incapaz de apartar los ojos de esa aberración .

—Elías… —Siseó su nombre como si representara la criatura más horrenda de todas.

Él estaba detrás de semejante cartel. No le cabía la menor duda. Era la clase de maldad que idearía su jefe para desquiciarla y convertir su estancia en este pueblo en una carrera de obstáculos.

Rezongando para sus adentros, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta, la campanilla le dio la bienvenida mientras maniobraba con las bolsas que traía consigo y el paraguas para entrar en el local.

Las luces se encendieron por sí solas, dejó caer el segundo paraguas dentro del paragüero y colocó las bolsas sobre la barra antes de dirigirse a la ventana en la que había visto el cartel.

La taza vacía del café de Elliot seguía en su mesa, al igual que el plato, el cual conservaba las miguitas de las galletas que le había servido la noche anterior.

Era curioso que un fantasma pudiese comer, probablemente tenía que ver con el hechizo que quiera que hubiese en torno al Uroboros.

Tendría que investigar sobre ello más adelante, pero ahora, ese cartel tenía que desaparecer sí o sí.

Notó una inmensa satisfacción al arrancarlo y hacerlo trizas. Podía imaginarse que era Elías al que estaba destrozando, lo cual era un plus añadido.

—Voy a asesinarlo, en serio —declaró con absoluta seriedad—. Esta vez sí. Y usaré su propia corbata para estrangularlo.

Un sonoro maullido a su espalda le advirtió de que Morrigan había escuchado sus planes. Se volvió y la miró, sentada sobre una mesa.

—Puedes decírselo si quieres —le dijo a la gata—. Dile que duerma con un ojo abierto, porque voy a rodearle el cuello con las manos y apretar hasta que se ponga azul.

La ignoró, como siempre. Aquella era la especialidad de aquel felino infernal y a estas alturas no podía importarle menos.

Llevó los pedazos del cartel consigo mientras rodeaba la barra y encendía la cafetera.

Beethoven la recibió con un ladrido que la hizo poner los ojos en blanco.

Llevaba dos días así, los efectos secundarios de la absurda maldición de Becca parecían no haber desaparecido aún.

Por lo menos ya no pega botes cuando la escuchaba, ni se pasaba toda la noche con esos ladridos.

La intensidad iba remitiendo, un pequeño consuelo.

Dejó escapar un suspiro y miró a su alrededor.

Ya llevaba medio mes aquí. Era sorprendente cómo podía cambiar la perspectiva de alguien sobre un lugar y, más aún, empezar a tomarle cariño.

El Uroboros era una cafetería atípica, no solo por su particular clientela, sino por lo que representaban esas cuatro paredes, por lo que este local representaba para todos.

El café era un refugio. Lo había visto noche tras noche con cada persona que cruzaba la puerta haciendo sonar la campanilla.

La gente venía buscando un momento de solaz, una sonrisa amable, una conversación o tan solo a alguien que lo viera, era una vía de escape a su día a día, a los problemas que enfrentaban o a la vida en general.

Y ella se había convertido en parte de eso.

—Tú también me estás cambiando a mí —murmuró, admitiendo aquello en voz alta.

Pensó que no duraría una semana, no después de semejante comienzo, pero ahora se encontraba disfrutando al hacer compras en el pueblo.

Ya se había acostumbrado a esas miradas de zombis adormecidos cada vez que iba al supermercado o a la pastelería a recoger sus pedidos, al «buenos días» más flojo que el ánimo de Armando que le dedicaba su casera cada vez que bajaba las escaleras desde su habitación en el hostal.

De hecho, se había acostumbrado incluso a dormir durante el día, para poder rendir por la noche.

Ya le resultaba natural hablar con demonios, licántropos, fantasmas, sirenas… e incluso con brujos irritantes. De hecho, posiblemente hubiese hablado más con alguien en estas dos últimas semanas de lo que lo había hecho gran parte de su vida con otras personas.

—Y eso solo confirma que soy tan rara como todos mis clientes. —Hizo una mueca, meneó la cabeza y se concentró en preparar el local para su apertura.

Julieta acababa de girar el cartel a «abierto» y volver a la barra cuando la campanilla sonó por primera vez en la tarde. Miró el reloj. Las diez en punto. No necesitaba ni girarse para ver quién atravesaba el umbral, su puntualidad y ese particular aroma a tinta y a bosque lo precedían.

—Buenas noches. —Saludó al brujo que dejaba en esos momentos el paraguas junto al suyo.

—¿El cartel de ahí fuera es cosa tuya?

Levantó la cabeza inmediatamente de lo que estaba haciendo, miró la ventana de la que lo había arrancado nada más llegar y frunció el ceño. Seguía vacía.

—¿Qué cartel? —A ver si estaba hablándole de otra cosa.

Los ojos verdes de Nathaniel pasaron sobre ella, ladeó la cabeza y resopló.

—Ese cartel.

Julieta se volvió como un relámpago y gimió al ver una copia exacta de ese maldito aviso promocional enmarcado y colgando de la pared que había tras el expositor de tartas.

—Hijo de la gran puta.

—Ya veo. Elías, entonces —resopló como si el solo pensamiento trajese consigo un cansancio extremo—. A ese hombre le va el drama.

—¿Tú sabes de qué va esto?

—Ojalá no lo supiera —rezongó y, como cada día, se dirigió a su lugar en la barra, dejó su libro sobre ella y se quitó el abrigo y los guantes.

—Ilumíname con tu sabiduría, por favor —pidió, haciendo palpable su ironía—. ¿De qué va todo eso?

—La última vez que organizaron una noche de citas sobrenaturales hubo tres posesiones demoníacas, un divorcio ritual y alguien acabó convertido en hurón y casi lo devora uno de los lobos.

El que ya no le sorprendiesen ese tipo de respuestas no hacía más que confirmar el hecho de que prácticamente ya era otra parte del mobiliario de la cafetería.

—Joder.

—Sí. Justo eso. —Miró de reojo el cartel y negó con la cabeza—. Será mejor que te asegures de que tienes comida de sobra y un espray con agua a mano.

—¿Espray con agua?

—Lo agradecerás, créeme.

Y, con esa única advertencia sobre lo que prometía ser una noche poco convencional en la cafetería, el brujo irritante abrió su libro y se dispuso a hacer lo de cada noche, leer.

—¿Qué tan interesante es ese libro como para que lo leas cada noche? —La pregunta surgió sola de sus labios, movida por una curiosidad que no había hecho más que acrecentarse día a día.

—Nada que sea de tu incumbencia.

Levantó las manos a modo de «perdone usted» y volvió a sus tareas.

—Ponme un café. Solo —le dijo sin mirarla—. A ver si eso consigues hacerlo bien.

Julieta entrecerró los ojos y barajó la idea de lanzarle algo a la cabeza, pero con su suerte, lo más seguro es que acabase esquivándolo.

No había pasado ni media hora cuando la campanilla sonó y la noche dio comienzo.

Se pasó las primeras horas charlando con alguno de los clientes, sirviéndole un descafeinado con leche de avena a Adrien, que volvió a pasarse por el local después de un tiempo.

El vampiro le había dicho que su visita aquella noche había sido reveladora.

Llevaba todo ese tiempo sin sucumbir a la cafeína y, lo cierto, es que se lo notaba más despierto y elegante que nunca.

La cafetera volvió a ladrar, casi quejándose de que alguien le hubiese pedido un café italiano, como si fuese una ofensa para su sensibilidad. Una noche más, bastante tranquila, en realidad.

Julieta había vuelto a retirar los carteles, llevándolos a la trastienda, de modo que la supuesta «noche de citas» quedase oficialmente desconvocada y, hasta ahora la cosa parecía haber dado buenos resultados.

Como si el universo estuviese listo para llevarle la contraria en el mismo instante en que formulase tal pensamiento, la campanilla volvió a sonar con inusitada energía y la puerta se abrió dando inicio a un verdadero desfile de criaturas.

Una súcubo de dos metros entró mirando a todos con una intensidad que la hizo estremecer.

Parecía la típica señora evaluando la carne en el mercado, dispuesta a saltar sobre la mejor pieza de todas.

Detrás de ella apareció un vampiro elegantísimo con un ramo de rosas negras que incluso se echó el aliento en la mano para comprobar que no tenía halitosis.

Ambos miraron a su alrededor, como si estuviesen entrando en una feria de ganado y no en su cafetería.

—No me jodas… —gimió, deslizando la mirada hacia las ventanas y allí estaba de nuevo, el maldito cartel.

Salió disparada de detrás de la barra.

—Te lo dije… —canturreó Nathaniel cuando lo sobrepasó para dirigirse a la puerta que volvía a abrirse una vez más.

—Perdón… —Se excusó, sobrepasando a una bruja vestida completamente de terciopelo y a dos hombres lobos que discutían sobre feromonas.

Prácticamente frenó en seco al encontrarse no uno, si no dos enormes carteles dispuestos en dos caballetes, uno a cada lado de la puerta.

Y sobre esta, incluso había una jodida pancarta—. ¡Me cago en mi puta vida!

Su repentino grito hizo que un musculoso fauno y una llorosa banshee la mirasen como si ella fuese la «criatura» más extraña de todas allí.

—Perdón. Es el estrés —les dijo bajito, señalando la puerta—. Por favor, adelante.

—Oh, la entiendo perfectamente, cielo —aseguró el fauno cogiéndole las manos y dándole unas palmaditas—. Yo vivo continuamente estresado y gritar me ayuda. No lo dude, desahóguese.

Asintió en respuesta y le insistió para que pasase dentro.