CAPÍTULO 6 No aceptamos maldiciones después de medianoche #3
— Que aquello que consideras normal se convierta en pesadilla y que las pesadillas sean tu nueva normalidad.
Varios pares de ojos acabaron sobre la bruja, los suyos incluidos.
—Bueno… —murmuró ella—. Hay que admitir que la frase tiene gancho.
Nathaniel se llevó una mano a la cara, frotándosela como si quisiera despertar de dicha pesadilla.
—Si es que no puedes más tonta —resopló—. Has lanzado una maldición indefinida.
—¿Eso es malo? —preguntó ella, mirando a unos y otros.
Armando tomó la palabra:
—Eso significa que el hechizo no tiene una definición clara, es decir, que no sabe exactamente a qué debe afectar y hasta dónde, así que se limita a improvisar a medida que se extiende.
La cafetera ladró otra vez. Y por Dios, ese sonido empezaba a ponerla de los nervios.
—No quiero un puto chihuahua ladrando toda la jodida noche mientras preparo café —protestó.
El brujo extendió la mano, las runas negras que le rodeaban ambas muñecas empezaron a brillar bajo la piel.
—Prepárate —masculló, mirando a la bruja—. No va a ser nada divertido romper esto.
Becca hizo una mueca.
—No puedes hacerlo sin una contención.
—Oh, puedo, créeme. Otra cosa es cómo eso le sentará a tu magia.
—No, no, no. Afectará a tu estabilidad y además…
Julieta dejó de escucharles en cuanto ambos empezaron a discutir en una terminología que no entendía.
—¿De qué narices están…? —No terminó la frase. Armando se había sentado en una de las mesas y ya estaba rellenando formularios.
—¿Qué haces? —preguntó, acercándose a su mesa.
—Documentar daños mágicos —le dijo—. Necesitaré tres copias firmadas, una de ellas para tu seguro.
Miró a su alrededor. Sí, no era mala idea.
—¿Y tienes que hacerlo ahora mismo? —volvió a mirarle. Desde luego, el momento no era precisamente el ideal. Las cucharillas todavía planeaban sobre sus cabezas.
—La burocracia nunca descansa, querida.
Optó por no decir una sola palabra más y se volvió para ver ahora a Nathaniel trazando un símbolo en el aire. Pudo ver su contorno, como una especie de runa encadenada que destelló con un golpe de energía.
La cafetería entera vibró, las luces empezaron a explotar por doquier, dejándoles casi a oscuras, de no ser porque todavía conservaban las de emergencia y las lámparas de las mesas.
Los muffins dejaron de crecer y de temblar, y la gramola emitió un último chirrido demoníaco antes de volver a su melancólico jazz.
La orquesta animal se fue apagando hasta que se hizo el mutismo absoluto a su alrededor. Incluso los clientes estaban en silencio, conteniendo la respiración.
—Gracias a Dios. —Julieta rompió el silencio, y se le unieron varios suspiros de alivio.
El brujo bajó lentamente la mano.
—Ya está.
Becca parecía pasmada, asombrada de que todo hubiese acabado. Miraba de un lado a otro con emoción contenida.
—Entonces, ¿funcionó?
La cafetera ladró una última vez. Sin embargo, ya no con la voz estridente del chihuahua, ahora era el retumbar de un San Bernardo.
Varios pares de ojos se clavaron sobre la máquina.
—Bueno, puede que haya quedado algún efecto secundario —mencionó Armando—. Lo añadiré al expediente.
Nathaniel dejó escapar un profundo suspiro y rezongó.
—La quemaré en el bosque.
Julieta puso los ojos en blanco y se acercó lentamente a la cafetera, esperando…
«¡Guau!».
Sacudió la cabeza y le dio la espalda.
—Estupendo —resopló—. Mi cafetera se ha convertido en Beethoven .
Al otro lado de la barra, Becca estalló en una carcajada que quedó cortada en cuanto todos posaron de nuevo las miradas sobre ella.
—Perdón. —Se tapó la boca, pero a duras penas podía contenerse—. Es que… Me he imaginado a un San Bernardo sirviendo café y…
Volvió a reírse, incapaz de detenerse, hasta terminar llorando de risa sobre la barra.
—Lo siento. Lo siento muchísimo, de verdad.
Se la quedó mirando unos instantes y al final cedió a lo absurdo de todo aquello, rompiendo a reír ella también.
Sinceramente, ¿qué otra cosa podía hacer ya? Esta cafetería era una casa de locos. No había noche en que no pasase algo raro y lo de hoy… Bueno, tenía que admitir que había sido divertido.
El brujo las fulminó a ambas con la mirada. Le echó un vistazo a la cafetera y a las consecuencias del caos que se había desatado a su alrededor.
—Supongo que llevará algo de tiempo que desaparezcan los efectos secundarios de la maldición —resopló él—. Deberías mandarle la factura de los arreglos a Becca, Julieta.
Armando levantó un dedo desde su lugar en la mesa.
—En realidad, el seguro de la cafetería debería cubrir ya las reparaciones.
Nathaniel lo miró de soslayo y bufó.
—La bruja inútil correrá con los gastos extra. —Señaló a Becca con un gesto de la cabeza—. Ponles su dirección.
—¡Jo! ¡No es justo! —Se quejó, dejando de reírse en el acto—. No lo hice a propósito.
Julieta los miró a unos y a otros y se encogió de hombros.
—Supongo que además de la carta ahora también tendré que hacer una lista de «prohibiciones dentro del local» y colocarla bien visible —mencionó mirando ya las paredes del local en busca del lugar adecuado—. Y ya sé cuál va a ser la primera: Nada de maldiciones después de medianoche.