CAPÍTULO 6 No aceptamos maldiciones después de medianoche #2
Él optó por ignorarla y concentrarse en su compañera de gremio.
—¿Qué tipo de maldición era?
Becca tragó saliva.
—Una maldición de deterioro progresivo.
Supo enseguida por la gradual palidez que cubrió el rostro del brujo que aquella no era una buena respuesta.
—¿Cómo?
—¡Pero era pequeña!
—¡Ese tipo de maldiciones están fuera de tu alcance!
—¡No sabía que fuese de categoría tres! —se justificó con un quejido—. En el maldito libro no lo ponía. —Toqueteó el objeto que llevaba colgado como un bolso.
Julieta aprovechó la pausa que hicieron para respirar y levantó la mano.
—Disculpad, ¿qué es una categoría tres?
La campanilla de la puerta volvió a sonar, captando su atención.
Armando traspasó el umbral empapado por la lluvia. El paraguas colgaba de su mano en forma de amasijo, como si hubiese sido pillado por un tornado y lo hubiese destrozado. Estornudó y las lámparas del techo empezaron a parpadear.
—Ahí fuera se ha desatado la tormenta del siglo —anunció con su acostumbrada calma. Un funcionario del infierno debía estar acostumbrado a ver de todo.
La nevera eligió ese momento para soltar un sonoro mugido.
No tardó en unírsele la leche, volviendo a maullar, y la cafetera, ladrando como un chihuahua hasta las cejas de cafeína.
La gramola volvió a ponerse en funcionamiento y una de las lámparas empezó a hacerle los coros, cantando Billie Jean .
Estaba claro que le gustaban los ochenta.
El demonio miró a su alrededor y suspiró.
—Ah, una maldición postmedianoche.
Nathaniel no dudó en señalar a la mujer que tenía al lado, la cual empezaba a mirar el suelo a sus pies como si esperase que se la tragase de un momento a otro.
—Usó canela —la acusó.
El recién llegado cerró los ojos y empezó a masajearse las sienes.
—Creo que voy a pedirme ya las vacaciones.
Julieta empezaba a sentir que aquella frase empezaba a ser recurrente en ese lugar.
—No pretendía liarla así de gorda. —Becca parecía al borde del llanto—. Solo quería darle una lección a ese idiota.
—Pues te ha salido el tiro por la culata, guapa —canturreó la sirena.
Varios pares de ojos la fulminaron con la mirada, lo que hizo que bajase de inmediato la cabeza y volviese a concentrarse en su té.
—Nate, tienes que ayudarme…
Por si el brujo no estaba del todo convencido de la necesidad de asistencia, las cucharillas empezaron a levitar desde su cuenco junto a la cafetera.
—Maravilloso —rezongó el aludido—. Nos faltaba el poltergeist culinario.
Una cucharilla pasó zumbando junto a su cabeza, obligándola prácticamente a tirarse al suelo.
—Oye, ¡eso casi me da!
Un segundo y tercer proyectil surcaron la cafetería, haciendo que los clientes abandonasen sus asientos para ponerse a cubierto. Armando se limitó a levantar la mano y coger una al vuelo sin mirar siquiera.
—Categoría tres confirmada —murmuró el demonio, contemplando la cucharilla como si tuviese la respuesta a una pregunta existencial.
—Repito, ¿qué significa categoría tres? —preguntó una vez más, ya que nadie le había contestado antes.
El brujo señaló a su alrededor.
—Es cuando la realidad empieza a mezclarse con lo absurdo.
Entonces ese pueblo vivía perpetuamente en una categoría tres, decidió.
La gramola volvió a cambiar de canción y esta vez lo que sonaba no tenía el menor sentido, era como si estuviese reproduciendo una canción al revés.
Le bajó un escalofrío por la columna y sacudió la cabeza.
—No. Eso ya no me gusta un pelo.
Becca se tapó la cara con las manos y soltó un gemido de puro dolor.
—Lo siento muchísimo.
Las luces empezaron a parpadear, haciendo que la música satánica resultase incluso más perturbadora.
La botella de leche maulló de nuevo, volvió a oírse el ruido de cristales rotos y el bufido de Morrigan antes de que saliese disparada de nuevo, subiéndose incluso por las paredes hasta terminar sobre la cabeza de un pobre cliente.
—Hostia puta… —Se le escapó cuando vio al engendro infernal aferrarse con todas sus fuerzas a lo que parecía ser una peluca afro que se resbalaba, junto con ella, de la cabeza del tipo.
Otro sonoro mugido y la puerta de la nevera empezó a temblar, como si quisiera abrirse, del mismo modo en que lo hicieron las bandejas del expositor de dulces. Por supervivencia, Julieta inició una rápida retirada, saliendo desde detrás de la barra al ver que los muffins empezaban a temblar.
—Nathaniel… —Fue ella la que lo avisó, señalando que las malditas magdalenas estaban empezando a crecer solas.
—Ya los veo.
El sobredimensionado bizcocho explotó cubriendo parcialmente de arándanos a Armando y a media sala. El demonio permaneció completamente quieto, como si aquello fuese algo a lo que estuviese acostumbrado. Entonces, dejó escapar un largo suspiro, limpiándose el rostro.
—Esto cuenta como accidente laboral.
El brujo pareció tener al fin suficiente, pues empezó a remangarse lentamente.
—Ya era hora, ¿eh? —canturreó ella por lo bajo, ganándose una mirada fulminante de su parte antes de que se dirigiese a la bruja.
—Muy bien. Se acabó el espectáculo —declaró, dirigiéndose a Becca—. ¿Qué palabras exactas utilizaste para lanzar la maldición?
La mujer vaciló un momento, entonces empezó a recitarlas con cuidado.