Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 6 No aceptamos maldiciones después de medianoche
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CAPÍTULO 6 No aceptamos maldiciones después de medianoche

La primera señal de que el apocalipsis se acercaba fue que la botella de leche empezó a maullar.

Julieta se quedó inmóvil, con la botella suspendida sobre la taza mientras un lastimero maullido parecía salir de su interior.

Imposible.

Miró a su alrededor, por si Morrigan estuviese cerca y fuese ella la que emitiese ese sonido, pero el felino diabólico no estaba ni siquiera a la vista. Últimamente tendía a desaparecer en un momento y aparecer como por arte de magia al siguiente.

Miró de nuevo la botella, incluso la agitó. Estaba claro que en su interior solo había líquido y, aun así…

«Miau…».

A punto estuvo de dejarla caer cuando el sonido volvió a emerger de la leche.

— Nop. Me niego. —Dejó la botella sobre la barra y levantó ambas manos, dando un paso atrás—.

Esta noche no pienso cuestionar nada. No, señor.

He sobrevivido a vampiros emocionalmente inestables, a licántropos hormonales y fantasmas con traumas existenciales.

He tenido una semana de lo más completa, así que, si la leche quiere convertirse en gato, adelante.

Nathaniel levantó la vista de su libro desde el lugar que ocupaba siempre.

Se había convertido ya en el incordio oficial de cada noche.

Llegaba poco antes de las doce, le daba las buenas noches, acompañándolo de algún comentario mordaz y la desafiaba a preparar un café decente al que siempre ponía pegas. Aunque últimamente ya no tantas.

—Eso no es normal.

El comentario del brujo lo llevó a mirarle y llevarse una mano al pecho con fingida afectación.

—Oh, gracias. Ya me dejas más tranquila.

Un bajo gruñido emergió ahora a sus pies. Julieta no tuvo más que bajar la vista para encontrarse a la desaparecida gata, con el lomo ligeramente arqueado y siseándole a la puerta de la nevera.

La leche sobre la barra volvió a emitir un sonoro maullido.

—Y por qué demonios maúlla la leche, ¿eh? —señaló ella—. En todo caso debería… no sé, mugir. Es de vaca.

El brujo cerró lentamente el libro, sus ojos entrecerrándose ligeramente mientras miraba el objeto en cuestión.

—No me jodas… —masculló. Dejó de prestarle atención a la botella y clavó la mirada al otro lado de la barra.

—¿Qué pasa? —preguntó, volviéndose a ver si había algo raro detrás de ella.

Todo parecía estar en su sitio. Las tazas en las estanterías, la cafetera limpia y funcionando, el molinillo de café trabajando, incluso la manecilla del segundero del reloj funcionaba marcando el paso de los minutos.

Pasaban treinta minutos de la medianoche y la cafetería ya estaba a pleno rendimiento—. ¿Vas a decírmelo o…?

La campanilla comenzó a sonar violentamente, lo cual nunca era una buena señal. La puerta se abrió de golpe y una mujer cruzó el umbral, tropezando consigo misma al entrar. De hecho, acabó haciendo una impresionante plancha en el suelo, con los brazos extendidos delante de ella.

Julieta se encogió en simpatía.

—Menuda hostia —murmuró la sirena que estaba sentada un par de taburetes más allá de su posición. Todavía estaba algo afónica, mas el té que le había preparado parecía haberle sentado bien a su voz.

Volvió a prestar atención a la pelirroja de pelo rizado que intentaba recuperar la dignidad levantándose del suelo.

En cuanto se incorporó, pudo ver que tenía manchurrones de tinta no solo en las manos, sino también en el rostro.

Unos enormes ojos violetas destacaban aún más detrás de los redondos cristales de sus gafas.

Era bajita, vestía como una adolescente gótica, con las medias rotas, falda de volantes y una ristra de collares con distintos símbolos y amuletos en torno al cuello.

Calculó que tendría alrededor de treinta o treinta y tantos, no era una veinteañera, desde luego, pero tampoco se apreciaba una sola cana en la asilvestrada melena rizada.

Y era bonita, de una manera casi tierna.

Se sacudió la ropa con las manos, recolocó el libro que llevaba a modo de bandolera sobre la cadera y recorrió el local con la mirada hasta detenerse en un punto concreto de la barra. En ese momento los ojos se le llenaron de lágrimas y corrió como una exhalación hacia Nathaniel.

—¡Nate, necesito ayuda!

¿ Nate ? Bueno. ¿De qué se sorprendía? Nathaniel parecía ser patrimonio sobrenatural nacional, a juzgar por su popularidad.

Él la miró de la cabeza a los pies, dejó escapar uno de esos largos suspiros que denotaban un ancestral agotamiento y se volvió en el taburete.

—¿A quién has jodido ahora, Becca Fitzpatrick?

La mujer tropezó una vez más, aunque esta vez consiguió mantener la verticalidad. Gracias a Dios.

—Te juro que no lo hice a propósito.

—Y esa suele ser la frase con la que empiezan todos los problemas —murmuró ella en voz baja, mientras veía a la chica llegar casi sin aire hasta la barra.

—Iba a ser una pequeña maldición, algo insignificante… —balbuceó frente al brujo, mirándole entre desesperada y suplicante—. Tienes que ayudarme.

Él entrecerró los ojos y apretó la mandíbula, como si algo de lo que hubiese dicho lo crispase.

—¿Has lanzado una maldición?

— Um … ¿sí?

—¿Después de medianoche?

El silencio acompañó la expresión de pura culpabilidad en el rostro de la que ya tenía claro que era una bruja. Las mejillas se le colorearon tanto que acabó con dos rosetones.

—Es posible…

Un pequeño gemido escapó de los labios masculinos antes de verle dejar caer la cabeza con lentitud sobre la barra.

—Voy a mudarme de dimensión —farfulló.

No pudo evitar pasear la mirada entre uno y otro, intentando dilucidar qué narices estaba pasando.

—¿Alguien sería tan amable de explicarme qué narices está pasando aquí?

La botella de leche eligió ese momento para volver a maullar, como si quisiera evidenciar el problema.

Una mano salió entonces disparada hacia ella y esos ojos violeta se centraron en ella.

—Hola, me llamo Becca y soy una bruja en prácticas.

—Las prácticas le duran ya trescientos años —masculló Nathaniel.

—Siento lo de la leche. En realidad, eso no tendría que ocurrir…

La cafetera eligió ese momento para unirse a la fiesta con el estridente ladrido de un chihuahua.

—Y eso tampoco.

Julieta no pudo evitar pegar un bote ante el insistente ladrido.

—Esto tiene que ser una broma. —Miró el centro de café como si esperase que de un momento a otro pudiese aparecerle también una cola.

—Lo siento mucho, de verdad —se disculpó con profundo pesar.

Nathaniel volvió a incorporarse, mirando a su compañera de soslayo.

—¿Qué ingredientes usaste esta vez para crear la maldición? —le preguntó.

—Veamos… —Empezó a levantar los dedos uno a uno, enumerándolos como si se tratase de una lista de la compra—. Mandrágora, sal negra, lavanda, una pizca de tierra de cementerio, de la buena, ¿eh? Una ramita de salvia, cera de abeja y…

Se quedó callada, como si se resistiese a pronunciar aquel nuevo ingrediente.

—¿Y? —insistió él. Juraría que lo había dicho apretando los dientes.

—Canela.

Se hizo el silencio absoluto, incluso la gramola, que no se callaba ni debajo del agua, dejó de sonar. Si eso no era una señal de que se acercaba el apocalipsis, no sabía qué podía ser.

Nathaniel parpadeó una sola vez y lo hizo tan despacio que hasta a ella le dio miedo. Y ese hombre no solía dárselo.

—¿Canela?

Alguien parecía realmente indignado, y la verdad es que no tenía idea del porqué.

Ella le echaba canela al café y no había sido una tragedia. Aunque, claro, su café no se había puesto a cantar La Traviatta.

—¡Se me había acabado la mandrágora! —replicó ella, justificando su decisión con una pequeña patadita en el suelo.

—¿Y decidiste sustituirla por canela ?

—El aroma y la textura son muy similares…

El brujo empezó a parecerse a un pez fuera del agua, dando bocanadas en busca de aire. Estaba intentando decir algo, pero era incapaz de encontrar las palabras… hasta que las encontró todas juntas.

—¡Bruja estúpida! —estalló—. Eso es como sustituir veneno por mermelada porque ambos vienen en un puto frasco.

—Oye, sin insultar —resopló ella, apuntándole con un dedo manchado de tinta—. Tú no es que fueses precisamente un erudito en la materia cuando empezaste.

—Y lo dice la atontada que no es capaz de leer una receta en un libro a derechas.

—La receta le leí tres veces.

—¡Y le echaste canela en vez de mandrágora!

—¡Te dije que se me había terminado!

Julieta se apoyó lentamente en la barra. Inesperadamente, estaba disfrutando de ese intercambio.

—Creo que necesito una copa para acompañar esta conversación.

La botella de leche volvió a maullar a su lado, mientras Morrigan salía disparada desde la nevera, que empezó a mugir, uniéndose al circo animal. La gata derrapó, arañando el suelo en su prisa por desaparecer en la trastienda. Escuchó un siseo infernal seguido de cristales rompiéndose.

Vale, eso ya no sonaba tan divertido.

—Mierda… —gimió Becca, llevándose las manos a la cabeza. Esa mujer pasaba tan rápido de la ira al drama que daba miedo—. ¡Está empeorando!

Nathaniel se levantó inmediatamente.

—¿Qué clase de maldición intentabas lanzar?

La bruja evitó mirarlo directamente y aquello era mala señal. Muy mala señal.

—Solo quería maldecir a mi casero —farfulló.

Bueno, eso no sonaba tan preocupante. La de veces que ella había maldecido al suyo, aunque claro, ella no hacía potingues ni lanzaba maldiciones, solo se desquitaba poniéndole verde cuando no lo tenía delante.

—Me subió el alquiler por tercera vez este año —se justificó Becca, llevándose las manos a las caderas—. Tres veces, Nate.

—Qué hijo de puta —exclamó ella en voz alta—. Tenías razones más que suficientes para maldecirlo, en serio. Es totalmente justificable.

—¡A que sí! —Le emocionaba tener a alguien que pensase como ella.

Nathaniel las miró a ambas con visible crispación.

—No podéis ir por ahí lanzando maldiciones a la gente porque os suban el puto alquiler —siseó, demostrando que su habitual contención se había ido a la mierda.

—Dijo el hombre que amenaza con incendiar el bosque al menos una vez a la semana —replicó ella, desafiándole a decir lo contrario.