Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 5 La mesa del rincón estaba ocupada desde 1987 #2
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CAPÍTULO 5 La mesa del rincón estaba ocupada desde 1987 #2

El chico inclinó ligeramente la cabeza.

—Encantado.

Asintió con la cabeza, mientras dejaba su carga sobre la barra y, ahora sí, se volvía por completo hacia él.

—Eres un… fantasma , ¿verdad?

El brujo resopló.

—Que observadora.

Lo fulminó con la mirada.

—¿Y tú? ¿Eres borde profesional o estudiaste para ello?

Los labios masculinos se curvaron con renuencia.

—Ambos.

Elliot dejó escapar entonces una pequeña risa que parecía un eco del pasado y ese sonido le encogió el corazón.

—Sí. Soy un alma errante o un fantasma, como diríais los humanos —confirmó con suavidad. Miró a su alrededor y luego hacia la ventana—. Me temo que soy… el habitante perpetuo del Uroboros . Llevo aquí desde… ¿El ochenta y siete?

—Mil novecientos ochenta y siete —corroboró Nathaniel.

Había algo increíblemente triste en ese chico, algo que te ponía la carne de gallina y hacía que quisieras caminar hacia él.

Y eso fue lo que hizo.

—Entonces, ¿llevas aquí desde mil novecientos ochenta y siete?

Elliot pasó suavemente los dedos sobre la mesa vacía frente a él.

—Sí.

—Eso es mucho tiempo —admitió llegando hasta su mesa. Se detuvo a un par de pasos. Era tan extraño ver a través de una persona. Aunque claro, él no estaba vivo.

Lo vio levantar la cabeza y mirar de nuevo por la ventana.

—No cuando estás esperando a alguien…

Sus palabras la desarmaron. Julieta no podía imaginarse lo que era perder todo lo que tenías, dejar de ver a las personas que amabas, de hacer las cosas que te gustaban y, sobre todo, seguir ahí, existiendo, mientras los demás seguían adelante sin ti.

En eso ella casi podía llamarse a sí misma afortunada.

No tenía familia, no tenía realmente amigos que pudiesen echarla de menos, ni gente a la que tuviese que ver envejecer y morir mientras ella seguía existiendo.

Porque sí, su pacto con Elías era otro tipo de maldición.

Al menos el demonio había tenido la sangre fría o la poca empatía de decírselo desde el principio y a bocajarro.

Ahora estaba vinculada a él, su vida ya no era suya, le pertenecía al demonio y eso significaba que, mientras así fuera, su envejecimiento estaba congelado.

En los últimos años no le había salido una sola arruga, ni una maldita cana, no había cambiado físicamente y, después de lo que había dicho Armando, era muy probable que, si su jefe no la liberaba, continuase así durante muchos años más.

Se estremeció ante el solo pensamiento, uno del que procuraba huir, pues pensar en ello le daba mucho más miedo de lo que estaba dispuesta a admitir.

Redujo el espacio entre ellos, cogió una silla de otra mesa y se sentó con el fantasma.

Elliot , se recordó. Su nombre es Elliot .

—¿Puedo preguntarte a quién esperas? —preguntó con suavidad.

Él se volvió, sonriéndole apenas. Había tanto cansancio en esa sonrisa.

—Solíamos venir aquí todas las noches…

—¿Tu pareja y tú?

Negó con la cabeza y miró de nuevo hacia el cristal, a las gotas de lluvia que lo empapaban. El sonido se había vuelto apagado, como si la presencia del fantasma la hubiese introducido a ella en el mismo plano en el que habitaba.

—Mi hermano.

Se quedó en silencio y ella lo respetó, dejando que fuese él quien hablase, si así lo deseaba.

—Fue la última vez que nos vimos —continuó tras unos instantes de contemplación—.

Tuvimos una de esas peleas estúpidas entre hermanos, en las que dices cosas que no sientes en realidad, que sabes que al día siguiente todo estará olvidado, pedirás perdón y todo quedará resuelto con un abrazo…

pero no hubo ese día después, no para mí.

—Lo siento… —Musitó ella.

Él esbozó esa mueca parecida a una sonrisa y negó con la cabeza.

—Volvió a la noche siguiente… —Continuó él como si decirlo en voz alta pudiese convertirlo en realidad—. Me dijo que le esperase aquí, que él volvería un día a buscarme…

—¿Qué…? —Se lamió los labios, valorando si debía preguntárselo o simplemente olvidarlo—. ¿Qué fue lo que te ocurrió?

Elliot bajó la mirada hacia sus manos translúcidas.

—Accidente de coche —respondió con voz aún más baja—. Lluvia, niebla en la carretera, poca visibilidad… El invierno de 1987 fue una mala época para todos…

La gramola cambió del clásico jazz a una conocida canción de los ochenta. Elliot levantó la cabeza y miró en dirección a la máquina.

—Me gusta esa canción —aseguró y, una vez más, se volvió hacia la ventana.

Julieta echó un fugaz vistazo hacia la barra, en donde Nathaniel miraba con expresión ausente en su dirección. Al menos hasta que se dio cuenta de que ella lo miraba. Su rostro se endureció entonces, bajó la vista y regresó a su libro, aunque dudaba que fuese a leerlo.

—Entonces, ¿le estás esperando aquí?

Elliot asintió lentamente.

—Le esperaré hasta que vuelva —confirmó, como si esa fuese su única motivación—. El tiempo que haga falta…

El fantasma volvió a quedarse callado. De hecho, juraría que su figura se hizo un poco más tenue, traslúcida, perdiendo nitidez.

Dudó en extender la mano y tocarle, pero la idea de atravesarle si lo hacía la hizo levantarse y volver a la barra.

Estaba pasando por detrás de Nathaniel cuando unos dedos le rodearon la muñeca, reteniéndola.

Se encontró con la mirada del brujo, una que jamás había visto antes en él.

—Su hermano no va a volver… —le dijo en voz muy bajita, dura y, aun así, cargada de sentimiento—. Su alma ya ha cruzado al otro lado.

Aquello le provocó una punzada en el pecho, abrió la boca para preguntar, pero él negó con la cabeza, impidiéndoselo.

—Él no lo hará hasta que esté listo… —Añadió en un susurro, desviando muy ligeramente el rostro hacia la mesa—. Déjalo en paz, Julieta.

Se soltó de su mano y se inclinó sobre él, para poder hablar en privado.

—¿Lo sabe? —Señaló con un gesto hacia el fantasma.

El asentimiento que recibió a modo de respuesta le rompió el corazón.

Se incorporó y miró al otro lado de la cafetería.

—De acuerdo —murmuró, más para sí misma que para él.

Siguió su camino, se acercó a la máquina de café y preparó lo que creía podría gustarle al más fiel de los clientes del Uroboros . Cogió la porción de tarta de manzana más grande que encontró y volvió a la mesa de la esquina con aquella comanda.

—No tengo menú para fantasmas, pero… —Dejó la tarta y el café delante de Elliot—. No he conocido a nadie a quien no le guste la tarta de manzana.

El fantasma observó el café, la tarta y luego la miró a ella con visible sorpresa.

—Invita la casa, Elliot —le sonrió y, ahora sí, sin pensárselo dos veces, extendió la mano y la posó sobre la fantasmagórica del chico. Fue como acariciar energía, un simple toque que contribuyó a descolocar completamente al muchacho.

—Gra… gracias —musitó, mirándose la mano que ella había casi tocado—. Hacía décadas que nadie… me servía o me… tocaba.

Ella puso los ojos en blanco, exagerando bastante.

—Pues me parece una mierda de servicio al cliente, en serio —chasqueó ella—. Por suerte, ahora estoy yo aquí para ponerle remedio.

Elliot soltó una pequeña risa y la luz de la lámpara junto a la mesa parpadeó con suavidad.

—Gracias, Julieta.

Ella sonrió y asintió.

—Cuando quieras un café, me lo pides —le guiñó el ojo y añadió—. Oh, y bienvenido al Uroboros.

—Se hace tarde —interrumpió Nathaniel, arrastrando el taburete al incorporarse, algo que nunca hacía—. Tómate el café y la tarta para que Julieta pueda cerrar.

El fantasma miró al brujo y sonrió con una tristeza tranquila, la de alguien que lleva mucho tiempo cargando con el peso del mundo sobre sus hombros.

—Sigues siendo igual de desagradable, Nathaniel —mencionó el chico, pero había afecto en su voz.

—Y tú sigues siendo un viejo dramático —respondió él, poniéndose de nuevo los guantes, el abrigo y cogiendo finalmente su libro.

—Estoy muerto, tengo derecho a ser un poco dramático.

Alternó la mirada entre ambos y dejó escapar una pequeña risa que llamó la atención de Elliot. Y, esta vez, cuando vio esos ojos del color de la tormenta, le pareció que ya no parecían tan tristes, ni su expresión tan pesada… De hecho, parecía que estaba en paz.

—Gracias por hablar conmigo —le dijo él.

—Oh, no he hecho más que empezar, Elliot —le aseguró—. No he hecho más que empezar.

Elliot volvió a sonreír y, puede que fuese una coincidencia, pero juraría que la lluvia empezó a disminuir poco a poco tras las ventanas y que el Uroboros se sintió más ligero y cálido.

Como si aquel lugar tuviese conciencia propia y supiese que era el refugio de las criaturas que ya no tenían otro sitio a donde ir.

—Buenas noches, Elliot —se despidió Nathaniel, entonces sus ojos cayeron sobre ella y su expresión era menos severa que de costumbre—. Eres portadora de la más extraña de las magias, Julieta.

Arrugó la nariz ante su comentario.

—¿Qué quieres decir?

—Buenas noches.

Sin otra palabra más, la campanita sonó y el brujo abandonó la cafetería, dejándola en compañía del fantasma.