Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 5 La mesa del rincón estaba ocupada desde 1987
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CAPÍTULO 5 La mesa del rincón estaba ocupada desde 1987

Aquella noche el Uroboros estaba extrañamente tranquilo.

Después del caos provocado por los licántropos, Julieta esperaba destrozos, gritos, posesiones demoníacas o al menos algún vampiro emocionalmente inestable.

Pero no, la cafetería permanecía en calma.

Una rara calma, de esas que parecían contener algo.

La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales mientras la gramola reproducía jazz a bajo volumen.

Morrigan dormitaba sobre una de las butacas cercanas al radiador y Nathaniel ocupaba su sitio habitual junto a la barra, leyendo uno de esos enormes libros que parecían escritos directamente para provocar dolor de cabeza.

Armando, milagrosamente, no había aparecido aquella noche.

El demonio parecía haber encontrado una especie de vía de escape en la cafetería, aunque se trajese consigo todos sus papeles.

Julieta estaba limpiando unas tazas cuando volvió a fijarse en ella, la mesa del rincón.

No era la primera vez que se fijaba en ella. En apariencia no había nada raro o distinto de las demás, mas cada madrugada, cuando cerraba el local, barría y fregaba, esa mesa le daba la sensación de seguir ocupada.

Lo más curioso de todo es que no recordaba que nadie se sentase en ella, era casi como si la evitasen.

Y aun así, siempre encontraba la silla ligeramente separada, un servicio de café usado y, lo más peculiar de todo, una flor distinta cada noche ocupando el pequeño jarrón que decoraba el centro de mesa.

La de hoy era un clavel rojo.

Julieta recogió el servicio, pero no tocó ni la silla ni el jarrón. Los dejó tal y como estaban y regresó con la bandeja a la barra.

—Vale —se dirigió a Nathaniel—. ¿Quién ocupa esa silla?

El brujo no levantó la vista del libro, aun cuando sabía que la había escuchado.

—Nadie —respondió sin darle importancia.

Entrecerró los ojos, dejó la bandeja sobre la barra y se inclinó sobre él, invadiendo su espacio personal.

—Llevo días viendo esa mesa ocupada —insistió. Él ladeó ligeramente la cabeza, encontrándose con sus ojos.

—Pues ves mal —replicó tan tranquilo, volviendo a prestarle atención a su libro—. Deja la mesa en paz.

—No le he hecho nada a esa mesa… aún —dejó que la última palabra cayese lentamente, como al descuido, lo que lo hizo resoplar.

—Por una vez no es nada catastrófico que pueda incluso ir a peor gracias a ti.

Dejó escapar un bufido. No merecía la pena ni responder a su pulla, pero eso no evitó que ella insistiese en lo que le importaba.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No esperaba que lo hiciese.

Por Dios. Ese hombre podía llegar a ser realmente irritante.

—¿Por qué nadie ocupa nunca esa mesa?

Nathaniel guardó silencio unos segundos, cerró el libro, dejando la mano dentro a modo de marcador y suspiró.

—Porque esa mesa ya está ocupada —respondió y la mirada que le dedicó en ese momento hizo que le bajase un escalofrío por la espalda.

Lo miró y luego se volvió para contemplar de nuevo aquel rincón y la solitaria mesa. Porque eso era lo único que veía, incluso cuando la luz de la calle se filtraba a través de la ventana y caía sobre la superficie de madera, era lo único que veía.

—No le molestes.

Con aquella última advertencia, volvió a su libro.

—¿Molestar? ¿A quién? —preguntó, pero él ya la estaba ignorando de nuevo y, esta vez, completamente.

Dejó escapar un suspiro, llevó la bandeja al fregadero y cogió un paño para empezar a limpiar los sitios vacíos.

No dejó de echar fugaces vistazos en su dirección, esperando ver algo, encontrar cualquier cosa que pudiese dar una explicación mayor a lo que el brujo le había dicho.

No era estúpida, sabía leer entre líneas e intuyó rápidamente que fuese lo que fuese que ocupaba o visitaba ese lugar, no era corpóreo.

Un espíritu, probablemente.

Un fantasma.

La campanilla sonó suavemente. Una pareja de brujas entró riéndose por lo bajo mientras se sacudían la lluvia de los abrigos.

La tregua que les había dado el agua se había esfumado, era como si quisiera envolver aquellas horas de oscuridad en un halo de misterio, cubriendo a las criaturas que venían a la cafetería.

La puerta no había terminado de cerrarse cuando volvió a abrirse otra vez.

Reconoció al recién llegado como un viejo vampiro.

No había más que fijarse en su atuendo, en su rostro pálido y en cómo siempre preferían ocupar los espacios cercanos a la puerta.

No pudo evitar pensar en Adrien, el primero de sus clientes y el que abrió la veda, por decirlo de alguna manera, al desfile de criaturas de las noches posteriores. Esperaba que no volviese a darle una crisis de ansiedad en el trabajo. En realidad, debería dejar definitivamente la cafeína.

Saludó a los recién llegados y les tomó nota. Eran de los clásicos, de los que siempre pedían lo mismo, así que no tardó mucho en preparar sus respectivas consumiciones y servirlas en cada mesa.

Y aun así, era incapaz de no echar un fugaz vistazo, de ignorar ese rincón en concreto, como si algo la llamase poderosamente.

Quizá solo fuese el hecho de que no había obtenido la respuesta que deseaba, que se encontraba ante un misterio del que nadie parecía querer hablar, pero cada vez que pasaba cerca, juraría notar una ráfaga de frío, o un inesperado olor a lluvia, que bien podía haber venido de fuera… aunque era poco probable.

Vaciló un segundo, tan solo uno junto a ese rincón, antes de continuar a la mesa de las dos brujas y dejar ante ellas un par de porciones de tarta de calabaza.

—Aquí tenéis, chicas —recogió la bandeja contra su estómago y sonrió.

—Gracias, Julieta —respondió una de ellas, la más joven—. Esta tarta es la mejor de todas las que he probado hasta ahora.

—Tiene un sabor de lo más particular —corroboró su acompañante.

—Es de una de las pastelerías del pueblo —les confesó—. Tienen un obrador propio y, en cuanto la probé, supe que tenía que traerla a la cafetería.

—Tienes muy buen gusto, sin duda.

Asintió agradecida y echó un nuevo vistazo por encima del hombro.

—Perdonad, pero, ¿puedo haceros una pregunta?

—Claro —asintió la más joven—. Deseas saber algo de Nathaniel.

Abrió un poco los ojos ante semejante pregunta y sacudió la cabeza.

—¿Qué? No. —Hizo una mueca y señaló con un gesto hacia la esquina del local—. Me preguntaba si vosotras sabríais quién suele sentarse ahí.

Ambas palidecieron al momento, una de ellas incluso se atragantó.

—Nosotras no nos metemos en asuntos ajenos, querida. Lo siento.

—Pero… —Desde luego no era la respuesta que esperaba escuchar.

—Y tú deberías hacer lo mismo —aconsejó la más joven de las dos—. Solo… déjalo estar.

Asintió, solo para que creyesen que le haría caso y lo dejaría estar. Era imposible, cuanto más se negaba la gente a decirle algo, más sentía que tenía que descubrirlo.

La noche transcurrió con calma, los clientes entraban y salían, pero no había el lío de los días anteriores. Empezaba a pensar que el episodio con los licántropos había alejado a más de uno.

Las manecillas del nuevo reloj que le había regalado Eleonora a cambio del que había roto con su llanto, marcaban las dos de la madrugada. Un par de clientes se despidieron y salieron por la puerta, haciendo tocar la campanilla y el local volvió a quedarse prácticamente vacío.

Miró hacia la barra, Nathaniel seguía en su lugar, con el segundo café de la noche, que ya debía estar frío, junto a sus guantes. Seguía enfrascado en la lectura de ese libro, ajeno a todo lo que lo rodeaba.

La lluvia había empezado a golpear de nuevo con fuerza contra los cristales. Tenía episodios de llovizna y luego, sin previo aviso, los cielos se abrían y caía el diluvio universal sin previo aviso. Y este era uno de esos momentos.

Recogió los últimos vasos y tazas abandonadas, dirigiéndose de nuevo a la barra con intención de dejarlos allí cuando el delator arrastre de la silla la detuvo en seco.

Se volvió muy despacio, como si temiese que al hacerlo más rápido pudiese delatarse y quien quiera que fuese el responsable desapareciese de golpe.

No lo hizo. La mesa de la esquina ya no estaba vacía… o no del todo.

Un hombre ocupaba ahora el único asiento, con las manos cruzadas sobre la mesa y la cabeza vuelta hacia la ventana.

Vestía lo que parecía un abrigo oscuro, ligeramente mojado por la lluvia.

El cabello oscuro le caía en ondas sobre los ojos, de los cuales no podía ver su color.

Era atractivo, con un aire melancólico. Y joven, puede que tuviese unos veintipocos años.

Sin embargo, lo más reseñable era… que podía ver a través de él.

La bandeja cayó al suelo, los vasos y la taza se rompieron en pedazos mientras sus labios formaban un:

—Hostia puta…

Escuchó un resoplido a la espalda en el mismo instante en que el fantasma, ya no le cabía duda de su identidad, giraba ligeramente la cabeza hacia ella.

—Te dije que lo dejases en paz.

Sus ojos se encontraron y no estaba muy segura, pero juraría que eran azules, un azul como esos cielos de tormenta. Sus labios se estiraron un poco, lo justo para simular una sonrisa y moverse para pronunciar:

—Buenas noches.

La voz sonó suave y lejana, como un murmullo que crees escuchar, aunque no estaba segura de haber oído algo en realidad.

Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla, mas solo acertó a balbucear.

—Ah… sí… yo… lo siento.

Se agachó a recoger el desastre que había hecho allí mismo, devolviendo cada pedazo de cristal y porcelana a la bandeja.

—Lo lamento. No pretendía asustarla.

Julieta volvió a levantar la cabeza y se encontró de nuevo con ese rostro, la sonrisa se había desvanecido, dejando tras de sí una expresión casi triste.

—Oh, no. No pasa nada. —Se levantó como un resorte, hizo un gesto con la mano y sonrió afectada—. Mi corazón dejó de funcionar correctamente hace varias noches.

Aquello pareció causarle gracia, pues sus labios se estiraron un poco.

Escuchó como Nathaniel dejaba escapar un pequeño suspiro y, al volverse, lo vio cerrando el libro.

—Julieta, él es Elliot.