Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena #4
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CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena #4

Lyon camina hacia ella con una brecha en la frente de la que manaba sangre, tenía los labios entreabiertos, con los caninos plenamente desarrollados.

Sus manos estaban cubiertas de pelo rubio y las uñas se habían convertido en garras negras.

La ropa también había sufrido a causa de aquella parcial transformación, rompiéndose ligeramente.

—Julieta, necesitamos… carne o algo más sustancioso —murmuró acercándose a ella con esos ojos dorados brillando—. Necesitamos…

—¿De dónde narices piensas que puedo sacar yo ahora mismo carne? —dijo con un quejido—. Es más de medianoche y…

Se quedó a media frase.

—Vale. Espera. Creo que… puedo hacer algo…

—Empezó a palparse frenética hasta que encontró el teléfono móvil—.

¡Quien rompa algo lo paga! —Alzó la voz, haciendo que todo el mundo se moviese a mirarla con distintas expresiones de incomprensión, diversión y asombro—.

Y tú… —Se volvió hacia la barra, se inclinó sobre ella y sacó el cuenco con los sobrecitos de azúcar y se lo puso a Lyon en las manos—. Ve metiéndote esto.

Sin otra palabra más, dio media vuelta y fue ella la que abandonó el local, haciendo sonar la campanilla.

Con el teléfono pegado a la oreja, empezó a caminar de un lado a otro, esperando que se produjese un milagro.

—Vamos, Elías, cógeme el teléfono —masculló, desesperándose más y más a medida que sonaban los tonos y no había una respuesta del otro lado—. Por favor, por favor, por favor, coge el maldito tele…

—¿Qué has hecho ahora, Julieta mía?

Casi llora de alivio al escuchar la voz del demonio. Jamás en su vida pensó que se alegraría de oírle, pero hoy y ahora sí.

—Tengo a cuatro licántropos en la cafetería, en noche de luna llena, que han acabado con toda la existencia de dulces y que ahora demandan carne y… ¡No tengo ni puta idea de dónde conseguir carne a estas horas de la noche sin asaltar un puto supermercado!

Lo oyó reírse y, por Dios, que lo habría estrangulado ya.

—Pídeles unas pizzas tamaño familiar de carne y con extra de queso. Les encantan. —Fue su respuesta.

—¿Va en serio? —Miró de nuevo hacia el local.

—¿Cuándo no he hablado yo en serio, pequeña humana?

Hizo una mueca.

—Vale. Bien. ¿Y de dónde las saco?

—Ya te van en camino —le dijo, como si tal cosa—. Sé buena, mi Julieta. Y procura que mi cafetería siga en pie después de Halloween, ¿vale? Te recogeré entonces.

Antes de que pudiese decir una sola palabra más, la línea se quedó muda.

—Ay. Que. Joderse —masculló, mirando la pantalla del teléfono ahora en negro.

No pasaron más que unos pocos segundos antes de que un par de haces de luz incidiesen sobre ella, seguidos de dos breves pitidos de un claxon.

El mismo furgón de reparto que había parado ante su puerta la tarde anterior se detuvo ahora frente a ella.

Bajó el mismo repartidor mascando chicle y la miró de arriba abajo.

—¿Julieta Peroni?

—Sí.

—Le traigo cincuenta pizzas de carne con extra de queso —le informó como si nada—. Firme aquí.

Hizo una mueca sabiendo que iba a llevarse otro pinchazo, pero esta vez estaba preparada y, además, tenía demasiada prisa para preocuparse por minucias.

—Deme unas cuantas y descargue las otras aquí mismo, que ahora mando a que las recojan —pidió.

—Sí, señor.

Le cargó con una caja de diez pizzas y, tras arreglárselas para abrir y empujar la puerta con el hombro, anunció:

—Pizzas de carne con extra de queso, ¿quién quiere?

Un coro de aullidos resonó en el interior, seguido de voces masculinas y manos, de nuevo humanas, e inesperados besos que acabaron sobre todo su rostro.

—Oh, Dios. ¡Pizza de verdad! —Un beso, y una pizza abandonó sus brazos.

—¡Voy a enamorarme de esta mujer! —Otro beso y un par de pizzas menos.

—Sí es que cuando digo que eres un ángel, es porque lo eres. —Lyon la besó en la boca, dejándola sin aliento y liberándola de otras tres pizzas.

—No estarás interesada en tener un lobo como pareja, ¿verdad? —Un nuevo beso y el resto de las pizzas desaparecieron de sus manos.

No pudo evitarlo, se echó a reír.

—Quedan cuarenta cajas más ahí fuera, ¿alguien se ofrece a recogerlas?

Ni siquiera llegó a terminar la frase cuando dos de los lobos salieron a todo correr y gritaron de júbilo al ver su alijo. Empezaron a canturrear «pizza, pizza» mientras volvían dentro cargando con todo el pedido.

—Que el diablo me pague horas extra, querida —mencionó Armando, mirándola alucinado—. Eres más eficiente que la jodida administración del infierno.

—No podía dejar que una manada de lobos hambrientos destrozasen mi cafetería —aseguró, llevándose las manos a las caderas, al tiempo que clavaba la mirada en Nathaniel—. Y tampoco podía permitir que cierto brujo acabase teniendo razón.

Nathaniel enarcó una ceja, pero acabó sonriendo de una manera que le provocó un escalofrío y no precisamente de miedo.

—Eres rápida de reflejos, Julieta. —No sabía qué le sorprendía más, el que la hubiese tuteado o que le estuviese haciendo un halago—. Ahora solo te falta aprender a preparar café.

Bufó.

—Hago un café excelente, eres tú el que no sabe apreciarlo, Nathaniel —respondió, tuteándole también.

Armando suspiró y se volvió hacia la barra.

—Bueno, otra noche fantástica.