CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena #3
—Perfecto. Quiero dos y el café especial.
—Vale… —Diablos. Lyon era atractivo, sin duda, pero este tío le superaba.
—No la líes, Ares, que ya está en el punto de mira de alguien.
El aludido enarcó ligeramente la ceja y miró al licántropo.
—Solo he venido a comer, Ly —replicó, dedicándole una mirada que dejó helados a todos ellos—. Relájate.
—Es de Nathaniel.
—¿Qué?
—No me jodas.
—Está perdida.
Los tres hablaron al mismo tiempo después del comentario de Lyon, el cual se ganó una fulminante de su parte.
—¿Quieres dejar de decir cosas tan absurdas?
—¡Muérdete la cola, Lyon! —Escuchó al aludido desde el otro lado de la barra.
—¿Veis? —añadió el licántropo, haciendo que sus compañeros se riesen.
—Yo quiero la mitad de esa tarta de manzana —añadió el tercero de los presentes, el cual vestía con pantalones vaqueros, camiseta negra y camisa de cuadros. Era, sin duda, el más ancho de todos ellos—. Dos donuts de glaseado de pistacho, un café especial y un batido de vainilla.
—¿Solo eso? —Intentó no sonar irónica.
—Por ahora —contestaron todos al unísono, incluyendo a Lyon, quien añadió—. Josh está creciendo.
—Vete a la mierda.
Una nueva tanda de risotadas hizo que ella misma sonriese también.
—¿Sois familia? —preguntó, mirando a unos y a otros—. Os comportáis como hermanos.
—Pertenecemos a la misma manada —explicó el tal Bruno, posando la mano sobre el hombro del tipo elegante—. Ares es nuestro líder. Nuestro alfa.
—Si se pasan de la raya, no dude en decírmelo, señorita —le dijo con esa suave tranquilidad.
—Julieta, por favor —pidió—. Solo Julieta.
—Julieta —asintió y, la manera en la que pronunció su nombre la dejó con las piernas temblorosas.
—Tomad asiento, chicos —los invitó a ello. Necesitaba espacio a fin de poder pensar con claridad—. Os llevaré las cosas.
El grupo se fue hacia un par de mesas libres y las juntaron, hasta formar una grande en torno a la que cogiesen todos. Era casi ridículo ver a hombretones de su tamaño intentando encajar en aquellas sillitas.
Volvió a la cafetera para empezar a preparar las comandas cuando escuchó a Nathaniel, quejándose una vez más.
—Hay demasiados lobos hoy aquí.
Lo miró por encima del hombro.
—¿Y?
—Que va a tener problemas —aseguró, cogiendo su segunda taza de café de la noche—. Uno… Es asumible. ¿Cuatro? Desastre absoluto.
Entrecerró los ojos sobre él.
—Explíquese ahora mismo.
—Que tienes a cuatro licántropos hambrientos, en una noche de luna llena, en un local cerrado lleno de gente —resumió Lyon, que se había acercado a la barra—. Pero no te preocupes. Mientras haya comida, estaremos perfectamente bien.
—Bueno, hay todavía cinco tartas, una caja grande de muffins , una bandeja de donuts y otra de cinnamon rolls —confirmó, como si eso no fuese un problema—. Supongo que llegarán, ¿no?
—Para mí sí. —El tal Bruno se asomó al lado de su compañero de manada.
—Querida, será mejor que empieces a buscar de dónde sacar más comida y rápido —anunció Armando, levantando la vista de sus papeles.
—Bueno. Vamos a morir todos —mencionó alguien más al fondo de la barra.
—¿Me estáis tomando el pelo?
La respuesta llegó exactamente siete minutos después, cuando los lobos empezaron a gruñirse entre ellos y Bruno empezó a transformarse parcialmente.
—Ay, Dios —jadeó ella, dando un paso atrás, después de dejar sobre la mesa la última bandeja con sus pedidos.
—Bruno, contrólate —gruñó Ares.
—¡No es culpa mía! —protestó, mientras le crecían las uñas y empezaba a salirle pelo en las manos—. ¡Soy de metabolismo rápido!
Un segundo gruñido, este claramente agresivo, surgió porque alguien había cogido «su donut».
El educado y elegante tipo de los cinnamon roll desnudó los labios, mostrando unos amenazantes colmillos superiores e inferiores mientras gruñía una advertencia.
—Tenía que haberme cargado a Gregory —escuchó a Lyon, quien empezó a golpearse la cabeza contra la pared—. Y cogerme vacaciones.
Julieta empezó a retroceder muy lentamente, mientras algunos de los clientes evacuaban rápidamente la cafetería.
—Toca mis cinnamon rolls y te destripo aquí mismo.
—Esos donuts son míos…
—¡Te has comido mi tarta, así que ahora son míos!
—Matar a Gregory, despellejar a Gregory, mutilar a Gregory…
Consiguió llegar a la barra, donde Nathaniel observaba el desastre con expresión de absoluto agotamiento espiritual.
—Sorprendentemente, esto no está ni entre mis cinco peores jueves.
Armando, que se había trasladado a la barra con todos sus papeles, levantó un dedo.
—En mil novecientos ochenta y siete vi a un licántropo arrancarle el brazo a un nigromante que tuvo la brillante idea de quedarse con el último bagel .
—¿Y qué pasó? —preguntó ella, mirando al demonio.
—El bagel fue el único superviviente.
Y eso era sin duda lo más preocupante de todo, porque mucho se temía que aquí estaba a punto de pasar lo mismo.
—Bueno, mírelo de esta manera, es una buena forma de desalojar el local para que pueda irse a dormir temprano, Julieta —le soltó el brujo, con cierta sorna—. Hoy cerrará antes.
Un repentino estruendo hizo que todos ellos volviesen a posar las miradas sobre los lobos. Uno de ellos tenía la parte de atrás de una silla en las manos y la miraba horrorizado.
—¡Os dije que estaba muy sensible con el tema de las calorías!
Nathaniel cerró los ojos e inspiró hondo.
—Voy a prenderle fuego a todo el bosque.
—Eso no sé si serviría para solucionar esto, brujo —mencionó el demonio.
—Seguramente no, pero me sentiré mejor.
—Ni se le ocurra —lo amonestó ella.
—Julieta…
—Ay, Dios mío.
—Si es que… El que nace tonto, muere tonto —bufó Nathaniel.