Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena #2
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CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena #2

—En luna llena hay solo dos cosas que pueden calmar el hambre de un licántropo, Julieta —le dijo, recorriéndola muy lentamente con la mirada—.

Sexo… o comida. Así que, a menos que quieras sentarte en mi regazo y dejar que restriegue mi cara entre esos suculentos pechos… ¿Me pones media tarta de calabaza?

—¿No te la quieres comer entera? —Se dirigió de inmediato hacia el expositor—. Yo invito.

Él volvió a soltar otra ronca carcajada y, por Dios, sí que era sexy , aunque lo cierto es que no su tipo. Además, ¿sexo en horario de trabajo? No era nada profesional.

—Solo bromeaba, pequeña humana —le dijo, para finalmente quedarse con gesto pensativo—. Bueno, no del todo. Da igual, huelo la excitación en una hembra y tú no pareces estar nada interesada.

—Lo siento. Como dice en la pizarra: Café, dulces y una buena charla. —Se encogió de hombros, dejando la tarta a un lado y sacando un platillo y un par de cubiertos—. Eso es todo lo que ofrece el Uroboros .

—Consígueme otra docena de esos donuts y me tendrás contento y sin darte problemas durante el resto de la noche —aseguró, aceptando el trozo de tarta que le puso delante—. Oh, sí. Tarta de calabaza.

Si a ese hombre no le daba un coma diabético con todo el azúcar que estaba ingiriendo, era solo por su raro metabolismo.

—Será mejor que vaya metiendo en el horno otra tanda de donuts. —Habló más para sí misma que para él.

—Oh, sí, por favor. Donuts calentitos… —Sus ojos adquirieron un brillo inhumano y la manera en que se relamió la hizo pegar un pequeño respingo—. Perdón. Es que me emociono y me vengo arriba. —Carraspeó, respiró hondo y pareció serenarse un poco—. Ya está. Todo bajo control.

—¿Qué pasa exactamente cuando «no lo tienes bajo control» ?

—Que le salen garras, colmillos, se llena de pelo y empieza a aullarle a la luna —respondió una voz inesperada.

—Gilipollas —rezongó el licántropo, comiéndose media porción de tarta de un solo bocado.

—Yo también te quiero —declaró Nathaniel, dejándose caer en su lugar de siempre.

Julieta alternó su atención entre él y la puerta. No había escuchado la… La campanilla se movió sola.

—¿Cómo diablos ha entrado? —Lo miró acusadora—. Atraviesa usted las paredes. Es eso, ¿no?

Le dedicó esa mirada insultante al tiempo que se quitaba los guantes y los dejaba al lado de un viejo libro de tapas gastadas.

—Aunque le cueste creerlo, no soy un fantasma, Julieta.

—No, usted es mucho peor —resopló ella, llevándose las manos a las caderas.

—¿Todavía os tratáis de usted? —Lyon los miró al uno y al otro—. Eso es demasiado incluso para ti, Nate.

¿Nate?

—No empieces tú también con eso —le dijo desestimando el comentario con un gesto de la mano—. He oído suficientes tonterías en los últimos días como para llenar mi grimorio.

—Me la follaría yo, pero no le atraigo —replicó con un encogimiento de hombros—. Tú, por otro lado… le pones bastante.

—¿Qué? ¡Ni de broma! —jadeó ella, completamente indignada.

Lyon se tocó la nariz con un dedo y le guiñó el ojo, aludiendo a su anterior comentario.

¡Y una mierda! Que el brujo le pareciese mono y sexy no quería decir que quisiera acostarse con él. Tenía un carácter y una actitud lo bastante odiosa como para no querer tener nada que ver con él.

—¿Luna llena y estrés acumulado? —Nathaniel los ignoró a ambos y señaló con un gesto de la mano la primera porción que acababa de volar—. Eso acaba fatal nueve de cada diez veces, Lyon.

—¿Por qué crees que estoy aquí y no todavía en la oficina, destripando a Gregory y bañándome en su sangre? —bufó, como si decir aquello en voz alta fuese lo más normal del mundo.

—¿Cuánto llevas ya transformándote? ¿Doscientos? ¿Trescientos años? —insistió él, mirándole de arriba abajo—. Ya va siendo hora de que controles al lobo, ¿no?

—Lo controlo perfectamente cuando no tengo que pasarme tres horas reunido en una sala con un gilipollas integral que no sabe atarse los cordones si no tiene un puto tutorial a mano —gruñó.

—¿Todavía no has aprendido a pedir días libres en luna llena?

—Trabajo en administración, Nathaniel —bufó, sirviéndose él mismo otra porción de tarta—. ¿Tienes idea del papeleo que hace falta para solicitar un puto día libre? Antes prefiero arrancarme la columna vertebral.

¿Qué les pasaba a todos los funcionarios de las distintas administraciones sobrenaturales? Parecían estar incluso más puteados que los humanos en las mismas áreas.

—En serio, deberías follártela. Lo pide a gritos —murmuró el licántropo, señalándola como si no estuviese allí mismo, escuchándolos alto y claro.

—Por encima de mi cadáver.

—Es brujo, Julieta, no nigromante. —Señaló Lyon, entonces añadió con tono meloso—. ¿No habías dicho algo sobre meter unos donuts al horno?

—Sí. Lo dije. Y me iré a ello, al menos así evitaré que me sangren los oídos escuchando sandeces —rezongó, dando media vuelta para dirigirse hacia la trastienda.

—Eres un ángel —suspiró.

Nathaniel, sin embargo, puso cara de profundo sufrimiento al decir aquello.

—No digas eso en alto o se lo creerá.

Se pasó las próximas horas entre atender a los clientes que iban llegando y pendiente del horno y de los postres que había sacado a descongelar.

Muchos venían a la cafetería solo por el café o los tés, pero los había que también disfrutaban de las tartas y los pastelitos, así que todos los días se aseguraba de tener mercancía suficiente para cubrir las demandas.

Aunque esta noche empezaba a temer que se quedaría sin algunos artículos en cualquier momento.

A medianoche, el Uroboros ya se había llenado. No recordaba haber tenido antes tanta afluencia como hoy. De hecho, juraría que era la primera vez que había tantas criaturas sobrenaturales en un mismo lugar.

La cafetería seguía oliendo a café, canela, azúcar y problemas emocionales sobrenaturales.

Sí. Aquello también era un aroma y ella había empezado a desarrollar un olfato muy fino para ello.

La decoración de Halloween aguantaba a duras penas.

Las calabazas iluminadas descansaban sobre las estanterías, las guirnaldas colgaban de las vigas de madera y de la pequeña pizarra que había puesto sobre la barra anunciaba el especial del mes: Pumpkin Hex Latte .

Y también una leyenda, justo debajo, que decía: «No garantizamos que no esté maldito».

Solo había tenido que mirar en dirección al brujo para saber que aquello había sido cosa suya. Su cara de no haber roto un plato no colaba.

Morrigan también había decidido unirse esa noche a la fiesta, pues se había acomodado encima de la barra y juzgaba a todo el que se acercaba con mirada retadora.

Estaba claro que lo que decían sobre la luna llena era verdad: Hacía salir a todos los dementes.

Dejó la última remesa de donuts recién hechos en el expositor y echó un vistazo rápido en torno a la sala.

Dos brujas discutían sobre cristales energéticos junto a la ventana, un vampiro leía el periódico al revés y Armando Ovido Lexington II seguía ocupando la esquina más oscura del local, rodeado de formularios infernales.

El demonio llevaba ahí dos horas y seguía rellenando papeles sin parar. A estas alturas ya empezaba a sospechar que aquel hombre no sabía relajarse, aunque le arrancasen las extremidades.

Salió de detrás del mostrador y se acercó a él, para recoger la taza de café vacía y el platillo en el que le había servido una porción de tarta.

—¿Quiere otro café? —le preguntó, dejando las cosas sobre la bandeja que apoyaba contra la cadera.

Armando levantó lentamente los ojos. Tenía aspecto de haber envejecido varios años desde que entró.

—¿Podría ponerle alcohol?

—¿Al café?

—A todo lo que traiga a mi mesa, por favor y gracias.

Parpadeó ante el tono suplicante. Antes de que pudiese responder, la campanilla volvió a sonar como tantas veces esa noche, pero en esta ocasión lo hizo de forma seguida, antes de que la puerta se abriese de golpe, chocando contra la pared y entrasen los miembros de un equipo de fútbol americano.

Todos ellos eran enormes, rubios, sospechosamente atractivos y empezaron a husmear el aire nada más entrar. Se movieron a la velocidad de la luz, deteniéndose delante del expositor como si estuviesen viendo una obra de arte que los emocionase hasta las lágrimas.

—¿Más licántropos? —Se le paró el corazón.

Su mirada voló de inmediato al lugar que ocupaba Lyon, quien ya se había levantado y saludaba a los recién llegados, hablándoles con familiaridad.

Desde luego, podían pasar todos por familia con ese color de pelo y ojos claros, aunque ahí terminaba el parecido.

—Es luna llena —mencionó Armando, antes de soltar un largo suspiro y volver a concentrarse en sus papeles.

—¡Julieta! ¡Ven! —la llamó Lyon haciendo gestos.

—Ay, señor —gimió interiormente antes de recomponerse y darse prisa en ocupar de nuevo su lugar—. Eh, hola a todos. Bienvenidos al Uroboros. ¿Qué os pongo, chicos?

Ahora que los veía de cerca, podía apreciar que cada uno tenía un tono más oscuro o claro de pelo, que sus rostros eran más angulosos que otros y, sobre todo, su forma de vestir difería bastante. Uno de ellos, el que llevaba sudadera deportiva, señaló con un gesto el plato de muffins.

—¿Esos muffins tienen proteína?

Se quedó un momento procesando lo que acababa de preguntarle.

—¿Disculpa?

—Estoy intentando ganar masa muscular.

¿En serio? No pudo evitar mirarlo de arriba abajo.

—Bruno, cállate, anda —resopló Lyon, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué? Hay que aprovechar la transformación para ponerse cachas.

Otro de los recién llegados, un tipo igual de fornido, aunque con un aspecto más elegante, que emanaba cierto aire de tranquila seguridad, observó la cafetería antes de posar los ojos sobre ella.

—Buenas noches —la saludó, mostrando una exquisita dicción, entonces señaló una de las bandejas en las que había un único cinnamon roll —. ¿Le queda alguno más de esos?

Su voz le produjo un escalofrío de puro placer. Dios, no le importaría quedarse escuchándole hablar durante horas.

—Eh… Sí, acabo de ponerle el glaseado a una nueva tanda y estaba a punto de traerlos.