Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena
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CAPÍTULO 4 No invites a café a los licántropos en luna llena

A la polla de plástico le gustaba Thriller .

Era la única explicación que encontraba al hecho de que el maldito juguete sexual demoníaco se pusiese a bambolearse como si alguien la estuviese agitando de un lado a otro.

Pero lo preocupante no era eso, ni siquiera que la gramola hubiese optado hoy por un recopilatorio de clásicos de los ochenta, sino el hecho de que nada de aquello la tomase ya por sorpresa.

Esto es cosa de Elías.

Todo. Desde el hecho de hacerla venir a este absurdo lugar, pasando por la manta con la que se había arropado esa misma mañana, consiguiendo dormir varias horas seguidas y descansar, hasta del maldito pene poseído.

Y el hijo de puta seguía sin cogerle el teléfono o responder a sus mensajes.

Le había enviado uno esa misma mañana, diciéndole lo que pensaba exactamente de su regalo a voz en grito, pero lo había dejado en visto.

La estaba ignorando y, honestamente, sentirse ignorada por ese demonio cuando los últimos siete años de su vida habían girado en torno a él, era algo que la preocupaba… un poquito.

Aunque el hecho de que Morrigan siguiese aquí con ella y no junto a su amo quería decir que el demonio simplemente estaba disfrutando de unas putas vacaciones a su manera. Posiblemente se hubiese cogido el mes para acabar de corromper al cantante con el que lo había pillado dándose el lote.

Se estremeció al pensar en aquel momento y se frotó el rostro para borrar de un plumazo semejante imagen. Por muy bueno que estuviese su amo demoníaco, lo de verlo follándose a alguien no entraba dentro de sus fetiches.

«Si querías unirte, solo tenías que decirlo, Julieta».

Ese hombre vivía para irritarla y recordarle que estaba a su servicio, que era suya desde el mismo instante en que había realizado aquella estúpida invocación.

— Arg. Hombre insoportable —resopló. Sacudió el trapo que llevaba consigo y terminó de frotar con brío los cristales de la última de las ventanas que le quedaba por limpiar.

Esta noche el cielo estaba completamente despejado, no había ni pizca de niebla y la luna brillaba en todo su esplendor, completamente llena.

Julieta lo vio incluso antes de que sonase la campanilla. Pasó por delante de la ventana una figura enorme, parcialmente iluminada por las luces de la calle, que se detuvo tan solo unos segundos ante la puerta.

El tintineo siguió a la apertura y allí estaba, un auténtico coloso que tenía pinta de ser capaz de arrancar un árbol de cuajo con las manos.

Era enorme, no solo alto o corpulento, sino inmenso.

Sus hombros eran anchísimos, al igual que su espalda, los brazos parecían dos enormes troncos y sus piernas, esas no se quedaban atrás.

Y, tan grande como era, también tenía un aire de sorprendente elegancia y profesionalidad con aquel traje de chaqueta hecho a medida.

Tenía que serlo, dudaba mucho que hubiese ropa de su talla siendo de otra manera.

Ladeó la cabeza en su dirección y se encontró con unos intensos ojos dorados clavados en ella. Tenía el pelo revuelto, rubio y largo hasta los hombros, del mismo color que la barba que le sombreaba el mentón y los labios más sensuales que había visto en su vida.

Se quedó allí quieto, completamente inmóvil, limitándose a mirarla, aunque… No. No solo la mirada, juraría que… ¿Estaba olfateando el aire?

Joder. Mira que hay gente rara en este lugar.

—El cartel ponía que estaba abierto. —Su voz fue como un trueno. Fuerte, ronca y directa—. ¿Lo está o no?

Bueno, también tenía un lado algo brusco.

Julieta se apartó de la ventana y señaló la barra con un gesto, dándole la bienvenida.

—Lo está —respondió—. Buenas noches, ¿qué le pongo?

El desconocido avanzó hasta la barra, dejó caer ambas manos sobre la manera, y cerró los ojos durante un larguísimo segundo antes de ocupar uno de los taburetes. La madera gruñó al tener que sostener su peso.

—Ponme un café doble —gruñó. Literalmente. Eso había sido un gruñido. Esos ojos dorados se deslizaron a continuación sobre la barra, levantó la cabeza y pareció olfatear de nuevo el aire. Un segundo después señaló en dirección al expositor de dulces—. Y algo con azúcar. Con mucho azúcar.

Julieta pestañeó ante la intensidad con la que pidió aquello último, pero no dijo nada, ocupó su lugar junto a la cafetera y se dispuso a preparar su pedido.

—¿Eso es todo? —preguntó, por si deseaba añadir algo más.

El hombre se volvió hacia ella y esbozó una inesperada sonrisa que aligeraba la brutalidad de sus facciones.

—¿Debería pedir también una sesión de terapia?

Correspondió a su sonrisa y señaló los expositores.

—Me temo que solo sirvo donuts para eso.

—Que sean seis.

—¿Seis?

—¿No tiene? —Volvió a mirar hacia el lugar en el que estaba la bollería.

—Si no le importa que sean variados.

—Variados mejor. Pero sin chocolate. El cacao me excita —declaró y, acto seguido, dejó escapar un largo suspiro—. O, pensándolo mejor. Traiga también los de cacao. Hoy necesito energías.

—¿Un mal día en… la oficina? —preguntó, suponiendo por su aspecto que trabajaría en algún lugar similar.

Soltó una risa seca y volvió a mirarla a los ojos.

—¿Conoce esa sensación de querer asesinar a alguien con una grapadora?

Bueno… Alguien había tenido un día realmente malo.

—Sorprendentemente sí —admitió, pensando en su propia pesadilla particular.

—Entonces me entiende —confirmó y, prácticamente, se le abrieron los ojos de par en par al verla traer consigo la bandeja con los donuts—. Oh, esto es justo lo que me recetó la curandera. Gracias, señora.

Intentó no rechinar los dientes al oírle llamarla de esa manera. Había hecho que sonase a ancianita con artritis.

—Julieta. Aquí, quien más quien menos, acaba llamándome por mi nombre.

—Julieta. Te pega —afirmó, tuteándola al tiempo que se concedía unos segundos para elegir el donut con el que quería empezar—. Soy Lyonel Ross. —Se presentó—. Llámame Lyon. Tú te has ganado el derecho a hacerlo al ponerme delante esta maravilla.

Sonrió ante la manera en que miraba la bollería y volvió a la cafetera para servirle también el café que ya estaba hecho.

—Y tu café. —Lo dejó a su lado.

—Eres un ángel —declaró, pegándole un buen mordisco a uno de los donuts con glaseado de limón que se convirtió en su primera elección—.

Dios, ojalá tuviese una caja de estos antes de las reuniones, habrían sido mucho más fáciles de digerir.

—Se zampó el dulce en tres bocados y se lamió los dedos antes de ir a por otro—. Odio las reuniones.

Se apoyó en la barra, quedándose cerca de él.

Al final, tan grande como era, y parecía más bien un oso de peluche que un oso grizzly.

—Eso ha sonado muy personal.

—Porque lo es. —Se zampó medio donut, este con glaseado de pistacho—.

Tres horas encerrado en una sala de juntas escuchando a Gregory hablar sobre «sinergias empresariales».

—Hizo las comillas en el aire con absoluto desprecio—.

No está pagado. Sobre todo cuando ese imbécil no sabe abrir ni un PDF.

Pero ahí está, dando órdenes. Como un irritante jefecillo en miniatura cuando no es más que un asalariado más.

Gruñó de nuevo de esa forma animal, devorando el resto del rosco.

—Están buenos los de pistacho —mencionó, yendo a por otro.

A estas alturas Julieta ya estaba completamente involucrada emocionalmente en aquella historia y totalmente de parte de Lyon.

—Ese tal Gregory merece sufrir.

—Gregory merece ser perseguido por una manada de lobos mientras atraviesa el bosque corriendo con esos horrorosos mocasines —bufó—. Si es que carece incluso de sentido de la moda.

Y aquella imagen, unida a un nuevo gruñido, trajo consigo una imagen mental bastante clara. Se incorporó, mirándolo ahora de otra manera, cosa de la que se percató al momento el adicto al azúcar, pues dejó escapar un resoplido y soltó un:

—Mierda —rezongó, mirándola de soslayo.

—Eres… —Lo recorrió de nuevo, intentando ver cómo aquel hombre enorme, vestido como un CEO de alguna gran empresa, encajaba en el mundo sobrenatural que cada noche atravesaba la puerta del café—. Eres un hombre lobo.

—Licántropo —la corrigió él.

—Oh, sí, perdón. Yo y mis palabras ofensivas .

El lobo alzó lentamente la mirada hasta encontrarse con la suya y sus labios empezaron a elevarse poco a poco hasta sonreír.

—¿Te pasa mucho? ¿Lo de confundir términos?

Puso los ojos en blanco.

—¿Acaso un hombre lobo no es un licántropo?

—Técnicamente, los hombres lobo son un producto del cine, los licántropos no.

Abrió la boca solo para volver a cerrarla.

—Pero no me ofende —aseguró, encogiéndose de hombros—. También puedes llamarme lobo .

—Me alegra comprobar que no todos sois tan intransigentes ante mi falta de conocimientos generales como cierto brujo insufrible.

Lyron dejó escapar un resoplido de risa.

—Déjame adivinar. —La señaló con un nuevo donuts entre los dedos, este de cobertura de chocolate—. Esa descripción solo puede corresponderle a… Nathaniel.

—Veo que lo conoces…

—Todos conocemos a Nathaniel —confirmó, cogiendo el café y dándole un pequeño sorbo—. Um . Nada mal.

Oh. Definitivamente, Lyon acababa de convertirse en una de sus criaturas nocturnas favoritas.

—Gracias.

Él asintió y siguió devorando los donuts uno tras otro hasta completar los seis que había pedido y un par de muffins. Solo entonces se permitió dejar escapar un profundo suspiro de satisfacción.

—No ha estado mal como aperitivo —declaró, llevándose la taza de café a los labios—. Creo que continuaré con… ese café de nombre raro que hay en la pizarra de fuera y un par de porciones de esa tarta de calabaza. Siento que me ha hecho ojitos desde que entré en la cafetería.

Jesús, ¿pero cuánto comían los licántropos?

Como si la pregunta se hubiese reflejado en su cara, Lyon se echó a reír, una carcajada ronca, sexy .