CAPÍTULO 3 El demonio administrativo que quería dimitir del infierno #3
—Fue un accidente —se defendió de inmediato—. No sabía que el pentagrama funcionaba de verdad. Además, había estado bebiendo y… la cagué.
—Y a lo grande —masculló el brujo.
El demonio frunció el ceño.
—¿Fue una invocación?
Asintió con la cabeza.
—No tenía la menor idea de que aquel dibujito en mi salón venía con sorpresa incluida.
—¿A quién invocó?
Julieta carraspeó.
—A Elías.
El administrativo palideció considerablemente.
—¿Firmó un contrato con Elías ? —bramó, levantándose de golpe.
—¡Sí! —respondió con la misma intensidad.
Cada vez que salía el nombre de ese capullo por aquí, reaccionaban de la misma manera, como si hubiese cometido un tremendo crimen—.
¡Qué iba a saber yo! ¡Compré el libro en un mercadillo!
¡Se suponía que esas cosas no existían, que no funcionaban de verdad!
—Anda que no… —masculló Nathaniel.
—Oiga, si va a hacer algo, al menos hágalo de modo que todos nos enteremos —resopló, fulminando al brujo.
—Y yo pensaba que estaba jodido, pero usted, señorita Julieta, usted tiene una suerte pésima.
—Gracias. Es muy tranquilizador saberlo.
Nathaniel soltó un largo suspiro y se masajeó el puente de la nariz.
—Por lo que parece, hacer café no es lo único que se le da realmente mal.
Entrecerró los ojos, aunque no llegó a responderle, pues Armando volvió a preguntar.
—¿Qué tipo de contrato firmó exactamente?
Apartó la mirada, pues la respuesta no era precisamente la mejor del mundo y lo sabía con todo el alma.
—Vinculación de servicio temporal indefinido —murmuró—. Por un periodo de validez inicial de veinte años, prorrogables si no cumplo con las condiciones del contrato.
Los dos hombres la miraron en completo silencio antes de que este fuese roto con un «estúpida» y una histérica carcajada.
—Oh, querida niña. Se ha topado con el lenguaje legal demoníaco del infierno.
—¿Qué quiere decir?
El brujo la miró de soslayo y disparó a bocajarro.
—Significa que Elías puede seguir renovando el contrato mientras le resulte útil y todo lo que tiene que hacer es pedirle que haga algo que no esté dispuesta a hacer para lograrlo —resumió, dejando claro por qué había mascullado lo de «estúpida».
Las ganas que tenía de estrangular a su jefe subieron de intensidad, rozando con la necesidad imperiosa de asesinarlo.
—Voy a matar a ese hijo de puta…
—Póngase a la cola, querida. Hay mucha gente delante para esa misma proeza —aseguró el demonio.
—Pero eso tiene que ser ilegal… hasta para el infierno —resopló ella.
—Lo es —confirmó Armando—. Técnicamente.
—¿Y nadie hace nada al respecto? ¿No se puede presentar una reclamación o algo?
—¿Ha batallado alguna vez con la burocracia del infierno? —bufó él—. No se llama infierno por nada, se lo digo yo, que trabajo en sus oficinas.
Resopló. No sabía por qué le sorprendía. Prácticamente lo había visto en los ojos y en la sonrisa de Elías cuando ella había hecho hincapié en que, terminado el contrato, se desharía de él para siempre.
Le arrancaré los ojos y le meteré yo misma su regalito por el…
Morrigan apareció de repente sobre la barra. Ese gato infernal aparecía siempre de la nada, listo para hacer alguna trastada y, esta vez, parecía ser el maletín del funcionario el que había llamado su atención.
—Ni se te ocurra. —El demonio la apartó suavemente, cogiéndola incluso en brazos y acariciándola como si fuese un gato doméstico y no un engendro diabólico. La desgraciada incluso empezó a ronronear—. Llevo dentro treinta y seis formularios de posesión y uno intentó morderme antes.
Julieta pasó la mirada de la gata al demonio.
—¿Los formularios muerden ? —Esto empezaba a parecerse cada vez más a uno de esos episodios de Las Espeluznantes aventuras de Sabrina.
—Es burocracia infernal —respondió Nathaniel, adelantándose al propietario del maletín—. Lo raro sería que no lo hiciesen.
El maletín vibró de repente. Algo golpeó desde el interior, como si quisiera salir.
Julieta retrocedió en el acto, apartándose de la barra.
—No pienso preguntar —declaró en voz alta.
El maletín se sacudió un poco, se escuchó otro golpe y finalmente una irritada vocecilla chilló desde el interior:
—¡He traído el Anexo B!
El silencio que siguió fue casi sepulcral, como si lo que hubiese ahí dentro se esfumase igual de rápido que llegó. Ella miró el maletín, luego al demonio y una vez más al maletín.
—¿Eso era… una persona? —Señaló con el dedo.
Armando se terminó el resto del café de un solo trago y suspiró de puro placer.
—Es el becario.
Nathaniel soltó una carcajada, mientras ella miraba de nuevo aquel maletín, convencidísima de que no quería entender absolutamente nada más de aquel maldito pueblo.
La campanilla de la puerta volvió a sonar, empujada por un nuevo cliente, el cual preguntó.
—¿Quién es Julieta? Alguien ha dejado aquí fuera una polla de plástico con un lacito y una etiqueta a su nombre.
La temperatura empezó a cubrirle el rostro de un intenso color rojo que no tenía nada que ver con la vergüenza, sino con la creciente rabia asesina dirigida a una única persona.
—¡Voy a descuartizar a ese puto demonio!
—Genial —dijo el recién llegado ocupando uno de los taburetes junto a la barra y dejando el maldito obsequio de Elías sobre esta—. Pero antes, ¿podrías ponerme ese Pumpkin Hex Latte que aparece en el letrero?
Miró el maldito falo de plástico, le arrancó la etiqueta, haciéndola pedacitos cada vez más pequeños, y llevó el objeto al lado de una de las calabazas que decoraban la barra.
—A ver si tienes huevos a desaparecer de ahí —siseó, para finalmente volverse hacia el nuevo cliente con su mejor sonrisa y asentir—. Marchando el especial del mes.