Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 3 El demonio administrativo que quería dimitir del infierno #2
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CAPÍTULO 3 El demonio administrativo que quería dimitir del infierno #2

—Por la puerta. —Indicó con un gesto, antes de señalar el objeto del demonio con el pulgar—. Interesantes regalos los que le hacen.

Se dirigió hacia la barra como una exhalación. Cogió el maldito falo y, esta vez lo tiró dentro del contenedor de la basura.

—Mi jefe tiene un sentido del humor de lo más retorcido.

Nathaniel ignoró completamente el comentario y miró alrededor.

—¿Todavía no ha venido nadie?

—Acabo de abrir —siseó. Ese hombre la ponía de los nervios.

—Ya veo.

Entrecerró los ojos sobre él.

—¿Por qué sigue viniendo cada día? Está claro que le disgusto tanto como usted a mí.

—Me aburro —respondió con su habitual parsimonia, mientras se sacaba los guantes y los dejaba a su lado, sobre la barra—. Y desde que usted está detrás de la barra del Uroboros suelen pasar todo tipo de cosas desagradables, así que es un entretenimiento asegurado.

Tuvo que morderse la lengua para no responderle como realmente quería.

—Su vida debe de ser muy pobre si necesita de desgracias ajenas para entretenerse —acabó rezongando—. Oiga, si lo muerde, lo paga.

El brujo acababa de coger una de las galletas del mostrador y darle un mordisco.

—Póngalo en la cuenta de su jefe.

Entrecerró los ojos sobre él y lo apuntó con el dedo.

—Lo haré. Con su nombre al lado —siseó, rodeando la barra para ocupar su lugar junto a la cafetera.

Nathaniel sonrió apenas un segundo, pero no dijo nada, no le dio tiempo, ya que la campanilla volvió a sonar.

Esta vez, sin embargo, la puerta no se abrió. El objeto de latón se movió por sí solo una segunda vez, una tercera y luego siete veces más, como si se hubiese vuelto loco.

—¿Qué coño…?

La puerta se abrió entonces de golpe y el hombre que apareció en el umbral tenía aspecto de estar viviendo el peor día de toda su existencia.

Eso sí, lo hacía a la moda. El traje oscuro que llevaba era de corte italiano y de la mejor calidad, al igual que sus impecables zapatos.

La única nota discordante era la corbata ligeramente torcida, el pelo color caoba por el que parecía haber pasado repetidamente los dedos y unas ojeras tan pronunciadas que parecían haber sido provocadas por todo tipo de traumas ancestrales.

El maletín de cuero que aferraba contra su pecho como si fuese una tabla salvavidas y la expresión de puro agotamiento que lucía la llevaron a pensar en envolverle con la manta de patchwork y ofrecerle terapia en vez de una consumición.

El tipo entró en la cafetería murmurando solo.

—No, no, no. No pienso rellenar otro formulario de condenación eterna. —Su voz tenía un ligero acento latino—. Me niego. Que me demanden y me arranquen los cuernos. Me da igual.

Julieta parpadeó y lo siguió con la mirada, mientras el brujo dejaba escapar un largo suspiro.

—Ah, contabilidad infernal —murmuró—. Justo el que faltaba.

El aludido levantó la cabeza y sus ojos rojos brillaron.

—No me hables de contabilidad.

Ojos rojos. Oh, conocía muy bien ese rasgo en particular, así como el brillo sobrenatural que a veces lo acompañaba. Esta vez nadie tenía que decírselo, pues el hombre que acababa de entrar en el Uroboros era un demonio .

El recién llegado dejó el maletín sobre una mesa y el impacto hizo temblar las cucharillas que había detrás de la barra, así como algunas tazas.

—¿Sabe lo que he hecho hoy? —preguntó de repente, mirándola directamente a ella, como si fuese la culpable de algo—. ¿Lo sabe?

No pudo evitar respingar y notar cómo la piel se le ponía de gallina. No tenía una buena experiencia con los demonios, prueba de ello era que trabajaba para uno. Acabó por levantar las manos, mostrándose indefensa.

—Voy a decir que no porque sinceramente temo acertar si abro la boca.

—He procesado doscientas cuarenta y nueve solicitudes de maldición, aprobado tres posesiones y rechazado dieciséis rituales satánicos por errores administrativos —enumeró, antes de que sus ojos se volviesen incandescentes y el suelo bajo sus pies empezase a vibrar—.

¡Y alguien escribió «invocación» con H !

El silencio cayó sobre ellos hasta que Nathaniel, quién cerró los ojos con gesto adolorido, apuntó:

—Eso último es un crimen.

—¡Verdad que sí! —bramó el demonio, dando un golpe seco en la mesa—. ¿Cómo puedes querer vender tu alma cuando ni siquiera sabes escribir bien « invocación» ?

Julieta estaba empezando a sentir verdadera lástima por el hombre, aunque eso no quitaba que quisiese conservar la cafetería intacta.

— Um … ¿Le importaría dejar de hacer que tiemble el suelo? —pidió con suavidad.

El demonio la fulminó con la mirada, haciendo que diese un paso atrás.

—¿Por favor? —añadió ella.

Lo vio tomar aire y respirar hondo antes de dejarlo escapar muy lentamente. La vibración cesó al momento.

—Le pido disculpas. —Su voz sonó también algo más tranquila.

—No se preocupe. Ha tenido un día… difícil.

—Oh, eso ha sido tan solo la punta —añadió, señalando a continuación la cafetera—. Necesito café. Negro. Muy negro. Tan negro como mis ganas de abandonar el plano existencial.

No tuvo que pedírselo dos veces. Esa criatura tenía aspecto de poder derrumbar civilizaciones si no recibía cafeína en menos de dos minutos.

—¿Mucho papeleo ahí abajo, Armando?

Julieta echó un vistazo por encima del hombro en dirección al brujo. ¿Por qué no le sorprendía que conociese el nombre del demonio?

El aludido respondió con una fulminante mirada. Estaba claro que era capaz de pasar de la tranquilidad a la amenaza en un segundo.

—He pasado ocho horas revisando contratos de almas de tiktokers.

Se hizo el silencio. Dudaba que la caída de un meteorito en medio de ellos habría tenido tanto impacto como esa palabra.

—Perdón… Ha dicho, ¿ tiktokers ?

—¿Sabe la cantidad de influencers que intentan vender su alma para conseguir seguidores? —preguntó con absoluto agotamiento—. Las oficinas del infierno no dan abasto.

Nathaniel resopló de risa.

—Eso explica muchas cosas sobre el panorama actual de las redes sociales.

—En realidad, eso se queda corto —declaró el tal Armando, dejando la mesa para unirse a ellos en la barra. Posó el maletín a un lado y articuló un «gracias» en español antes de rodear la taza con ambas manos. Le dio un sorbo y cerró los ojos, dejando escapar un gemido.

—Oh. Esto es…

El brujo enarcó una ceja.

—¿Intragable? Lo sé. No acaba de cogerle el punto al café.

El demonio volvió a dar un segundo sorbo, paladeando despacio el café, saboreándolo como si estuviese viviendo una experiencia del más allá.

—Esto está increíble.

Una satisfecha sonrisa le curvó los labios mientras ladeaba la cabeza hacia el brujo, solo para tener la satisfacción de hacerle ver que a alguien le gustaba su café.

—Habrá sido pura casualidad.

—No. Lo digo muy en serio. —Armando parecía al borde del llanto—. Yo, Armando Ovidio Lexington II llevo siglos bebiendo café infernal.

—¿Lexington II? —preguntó ella, sin poder evitarlo—. ¿Es que hubo un I?

—Sí. Mi padre. Perdió la cabeza, literalmente, al meterse con Hacienda. Eso es peor que el infierno.

Parpadeó varias veces, intentando entender lo que acababa de decir, pero el demonio siguió a lo suyo, todavía sumido en el éxtasis de la cafeína.

—¿Sabéis lo que usan ahí abajo como leche vegetal? Ceniza. Puta ceniza. Y de la más barata, no os vayáis a pensar —chasqueó la lengua—. Los funcionarios somos los más puteados.

No pudo contenerse y soltó una carcajada. Todo aquello era tan surrealista que no pudo evitarlo, sobre todo porque cierto brujo sentado al otro lado de la barra se empeñaba en menospreciar su café y acababa de comprobar que había otro mucho peor.

Nathaniel pareció ofenderse personalmente.

—Su café sigue siendo mediocre.

—Lo que ocurre es que su paladar murió emocionalmente hace siglos, Nathaniel —replicó ella.

—Y aun así detecto este crimen culinario, Julieta.

El demonio los miró alternativamente, entre curioso y divertido.

Y ahí estaba de nuevo esa particular sonrisa, una que había visto asomar ya en varios clientes cuando los veían discutir.

—Supongo que, dado que todavía os tratáis de usted, aún no os habéis acostado y seguís coqueteando con la tensión sexual insoportable, ¿no?

Nathaniel se atragantó con el último pedazo de su galleta, obligando al demonio a darle unas palmadas en la espalda, mientras ella daba un golpe seco sobre la barra.

—¿Pero qué manía os ha entrado a todos en dar por hecho que entre ese… ese… hechicero y yo puede haber algo más que una irritante enemistad?

—Brujo —corrigió el aludido, fulminándola con la mirada.

—Trabajo en recursos humanos infernales, querida —respondió Armando encogiéndose de hombros—. Detectamos rapidísimo esas cosas.

Nathaniel se masajeó el puente de la nariz.

—Preferiría morir que seguir escuchando gilipolleces.

—Ay, amigo. Conozco bien esa sensación —aseguró el demonio, posando la mano sobre su hombro—. La padezco al menos noventa y nueve veces al día.

Ella puso los ojos en blanco por toda respuesta, mientras veía a su nuevo cliente volver a coger su taza y disfrutar de nuevo del café.

—No sabéis la suerte que tenéis —dijo tras un largo suspiro.

Frunció el ceño ante su comentario.

—¿Suerte?

La sonrisa del demonio desapareció un poco. Su expresión se volvió más melancólica.

—Porque podéis odiar vuestro trabajo y dejarlo cuando queráis. No estáis condenados a repetirlo día sí y día también por toda la eternidad.

Y eso era algo… aterrador y también triste. Por un instante dejó de ver los ojos rojos, el traje impecable, el maletín de trabajo… y vio a alguien agotado. Completamente agotado.

—Pide la rescisión del contrato. —Las palabras salieron de la boca del brujo.

El pobre tipo soltó una risa amarga.

—He firmado un contrato de eternidad.

Y, a juzgar por la mueca que curvó los labios de Nathaniel, no era algo bueno.

—¿Y no puede negociar su durabilidad? —preguntó ella, apoyándose en la barra—. A ver… Técnicamente, yo firmé algo parecido y llegué a un acuerdo.

Armando levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Perdón?

Nathaniel suspiró, cerrando los ojos un instante, y meneó sutilmente la cabeza.