Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 3 El demonio administrativo que quería dimitir del infierno
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CAPÍTULO 3 El demonio administrativo que quería dimitir del infierno

—¿Julieta Peroni?

Julieta dio tal respingo que le cayeron las llaves al suelo.

Estaba a punto de abrir la puerta de la cafetería una tarde más cuando escuchó su nombre.

Se volvió y se encontró con un repartidor de FedEx , cargando una caja.

El furgón estaba en la silenciosa calle, solitario, el único vehículo visible y al que ni siquiera había oído acercarse.

—¿Sí? —Volvió a posar la mirada en el repartidor. Tenía pinta de universitario amargado, de esos que, ni teniendo dos trabajos, conseguían pagar las tasas y llegar a final de mes. Y mascaba chicle como si no hubiese un mañana—. Soy yo.

—Chachi. —Dejó la caja en el suelo y sacó su teléfono móvil del bolsillo trasero del pantalón—. Firme aquí para confirmar la recogida.

Miró la caja y luego al chico.

—¿Quién lo manda?

—Elías.

Ese nombre fue igual que una descarga eléctrica para cada uno de sus sentidos.

Dio un paso atrás, su espalda acabó chocando contra la puerta y solo porque no podía atravesarla como un fantasma, de otra manera lo haría.

Ese maldito no le había cogido el teléfono en tres putos días, no respondía ni a sus mensajes… ¿Y ahora recibía un paquete suyo?

—¿Qué hay dentro? ¿El anticristo?

—No tengo la menor idea, señora. Yo solo reparto los paquetes. —Se encogió de hombros—. O lo recoge o rechaza la entrega y me lo llevo de vuelta.

¿Podía rechazar un paquete de Elías? No.

Lo más probable es que encontrase otra manera de hacérselo llegar.

Sus «regalos» eran algo que no podía rechazar.

O, mejor dicho, podía hacerlo, pero luego se convertían en algo así como fantasmas atormentadores, apareciendo cada dos por tres delante de sus narices.

—Firmaré —dejó escapar un pequeño suspiro.

—Guay. Aquí. —Le tendió el teléfono y señaló la pantalla—. Con el dedo será suficiente.

No había hecho más que poner la yema encima, para garabatear su nombre cuando sintió un aguijonazo. Retiró de inmediato la mano, aunque no antes de ver una gota de sangre brotando de su dedo y siendo succionada por la pantalla.

—Listo. Buenas noches.

Se quedó mirando como una idiota al repartidor, que se subió de nuevo al furgón. Notó la vibración del vehículo, incluso lo vio ponerse en marcha, pero no oyó ningún ruido de motor, ni siquiera cuando pegó un acelerón infernal y salió disparado como un rayo.

—La madre que te parió, Elías. —Sacudió la cabeza, sabiendo que era mejor no pensar en algo a lo que no podía dar explicación. Y, sinceramente, no necesitaba hacerlo. Estos últimos días habían sido una auténtica escuela de lo paranormal.

Cada una de las noches empezaba tranquila, después iba escalando hasta el punto de que ayer mismo había tenido que invitar a tres clientes a marcharse porque quería cerrar.

Eran casi las cuatro de la mañana y allí seguían, bebiendo café como si fuesen yonquis de la cafeína mientras intentaban llegar a un consenso sobre quién tenía las tetas más grandes, si ella o una tal Eloise.

Había optado por hacer oídos sordos a semejante charada y limitarse tan solo a cobrarles.

Al menos estaba haciendo una buena caja esas últimas noches, algo que sin duda alegraría a su jefe.

Volvió a mirar la caja que tenía delante. Ahora que conocía el remitente, miedo le daba lo que pudiese haber dentro.

—Qué pena que hoy no caigan chuzos de punta…

—suspiró. El cielo estaba completamente despejado, con ese tono rosado del atardecer.

La luz empezaba a descender ya, dotando de un tono misterioso el resto de los edificios, así como los árboles vestidos ya de otoño.

Quedaba una semana para Halloween, lo cual ya empezaba a reflejarse en las decoraciones con calabazas, telarañas y cosas fantasmagóricas que adornaban algunos de los escaparates del pueblo.

Sí, podía ser un lugar rarito y tipo secta, pero adoraban el consumismo.

Sin ir más lejos, en el supermercado había visto ya artículos en promoción.

Había comprado unas galletitas con formas de murciélago e incluso unas gominolas con forma de fantasma, aunque lo cierto es que daba mucho más miedo la cara de la dependienta.

La gente de ese lugar era rara de cojones, aunque a un nivel humano. Hablaban tranquilamente hasta que ella aparecía o se daban cuenta de que estaba allí. A partir de ese momento se volvían zombis, mirándola con los ojos muy abiertos y en completo silencio.

Sin ir más lejos, esa mañana había llevado la recaudación de las últimas dos noches al banco, para ingresarlas en la cuenta de Elías, y el hombrecillo que la atendió no dijo nada más allá de las preguntas reglamentarias.

Al final iba a resultar que lo más normal de este pueblucho eran los clientes sobrenaturales que acudían al Uroboros.

Abrió la puerta, la campanilla sonó mientras la empujaba hasta el final y la trababa con una silla para poder mantenerla abierta.

—Debería decorar la cafetería —decidió, volviendo para coger la caja—.

Después de todo, ¿qué es un Halloween sin calabazas con caras espeluznantes y un poco de teatro?

Pondré en la carta cafés especiales. Eso siempre triunfa…

Aunque seguro que habrá alguien que diga que no hay por dónde cogerlo… Maldito brujo.

Resopló al coger el paquete y darse cuenta de que pesaba una tonelada.

—Jesús, ¿qué demonios hay aquí dentro?

Se las ingenió para llevarlo al interior de la cafetería, dejándolo sobre la primera mesa que encontró. Las luces se habían encendido solas y la dichosa gramola empezó a tocar de nuevo ese deprimente jazz.

—¿En serio? —Miró en dirección al aparato—. ¿No te quedó claro que tengo un martillo ahí atrás? Y sé usarlo, ¿eh?

De inmediato, se escuchó ese chirrido de interrupción y a continuación empezó a sonar la canción de Joleen.

—Ah, así que escuchas… —Aquello debería haberle parecido espeluznante, pero después de tratar con un vampiro adicto a la cafeína y una banshee con depresión por jazz, el que la gramola del local funcionase sola ya no le sorprendía—. Genial. Me encanta esa canción. Gracias por ponerla.

Tras devolver la silla a su lugar y cerrar de nuevo la puerta, continuó su rutina diaria: Encendió la cafetera, puso el molinillo a moler café, bajó los taburetes de la barra y se puso el pequeño delantal.

—Unos adornos en las ventanas, algo en las estanterías y puede que colgando de la barra… —Decidió, imaginándose ya cómo quedaría la decoración—. Ahora lo que toca es encontrar todo lo que necesito. Supongo que mañana podría echar un vistazo en alguna de las tiendas del pueblo.

La caja volvió a captar su atención y resopló.

—Seguro que no puede ser nada peor de lo que ya he visto estos días —se dijo. Cogió un cuchillo detrás de la barra y lo usó para quitar las mil y una cintas de embalar que lo mantenían cerrado—. ¿Es una broma?

Julieta terminó de abrir del todo la caja. Guirnaldas, calabazas, velas… Ahí dentro había un arsenal de decoración de Halloween.

—¿Cómo coño lo hace? —resopló y empezó a sacar cosas. También había unos paquetes de café especial, algo tan importante como sobres de tila y… ¿Eso era una manta?—. ¿En serio?

Era una jodida manta de patchwork y venía con tarjeta incluida.

— «Hará frío. Abrígate» —leyó. Solo eran tres palabras, pero tuvo que leerlas varias veces—.

¿Qué coño le ha dado? —Le dio la vuelta a la tarjeta, buscando algo más y allí estaba, en letra ridículamente pequeña—: No es gratis.

Te la descontaré del sueldo. —Estrujó la tarjeta como si con ello pudiese estrujarle a él el cuello—. Hijo de puta…

Sí. Ese era Elías. El demonio cabrón al que había invocado por accidente y con el que tenía un jodido pacto.

Resopló, dejó la manta a un lado y terminó de sacar el resto del alijo. Unas galletas y…

—¡Venga ya! —Cogió el último de los objetos con muy mala leche, atravesó el local a zancadas, abrió la puerta y lo lanzó con tal fuerza que cualquiera querría contratarla como lanzadora en un equipo de beisbol—. Que te lo metan por el culo, imbécil.

Su voz resonó en el silencio de la tarde, al igual que el golpe de la puerta y la campanilla al cerrar tras ella.

Un día. Un día iba a estrangular a ese maldito demonio, mas hasta que ese glorioso momento llegase, tenía cosas de las que encargarse.

Disfrutó más de lo pensado decorando la cafetería. Y lo mejor de todo es que no le había quedado como la casa del terror, el local seguía pareciéndole adorable, solo que ahora tenía ese puntito de Halloween que invitaba a preguntar «truco o trato».

Dejó la última de las calabazas en la entrada, junto a la escoba de bruja, y contempló la fantasmagórica calle. Hoy no llovía, aunque sí había niebla y era lo bastante espesa como para que no pudieses ver lo que había al otro lado de la calle.

—Genial… —murmuró volviendo adentro. Giró el cartel de «cerrado» a «abierto» y, nada más levantar la mirada dio un pequeño saltito—. Hasta que al fin apareces, engendro del mal.

Morrigan estaba sobre la barra, lamiéndose la pata con toda la parsimonia del mundo.

—¿Qué? ¿Ya estás planeando cuál será tu próximo movimiento para dominar el mundo? —preguntó sarcástica.

La gata la miró con esos intensos ojos dorados y, como venía siendo habitual en ella, acto seguido la ignoró para seguir con su aseo.

—Dile a tu amo que te envíe una caja de croquetas. Al menos eso nos hará felices a las dos —rezongó y empezó a recoger las tijeras y los restos de las manualidades dentro de la caja ya vacía.

La campanilla del local tintineó detrás de ella, se volvió, pero solo alcanzó a ver la puerta cerrándose.

—Me he encontrado una polla de plástico con un lacito delante de la puerta y una etiqueta: —La inesperada voz masculina sonó a sus espaldas—. Pone: Para Julieta.

Se giró para ver a Nathaniel dentro de la cafetería, ocupando su sitio de siempre, mientras dejaba el infame objeto que había lanzado un par de horas atrás sobre el mostrador.

—¡Cristo! —respingó llevándose la mano al pecho. El corazón le latía a toda velocidad—. ¿Cómo demonios ha entrado?