CAPÍTULO 2 La banshee que se emocionaba con el jazz #3
—No es culpa del jazz —murmuró muy bajito—. Es solo que… me afecta especialmente.
Julieta enarcó una ceja ante semejante declaración.
—Que el jazz la afecta…
—Las banshees son criaturas sensibles a las emociones humanas —intervino el brujo con evidente resignación—. Y el jazz suele estar compuesto por músicos emocionalmente inestables, alcohólicos o terriblemente deprimidos.
Eleonora asintió despacito.
—El sonido del saxo es… melancólico.
La gramola añadió en ese momento un solo del instrumento y la mujer soltó un hipido, llevándose de nuevo el pañuelo a sus llorosos ojos.
Los cubiertos vibraron detrás de la barra.
—Oh, por el amor de Dios —bufó el brujo.
—¡Lo intento! —sollozó ella—. ¡Pero el solo del saxofón me afecta muchísimo!
Hubo un estruendo y los cubiertos salieron volando en dirección a ellos.
—¡Cuerpo a tierra! —chilló, agachándose y cubriéndose la cabeza mientras un ejército de cucharillas y algún que otro tenedor y cuchillo surcaban la cafetería como misiles supersónicos.
—Por si se lo estaba preguntando, eso es lo que provoca en una banshee el maldito jazz —siseó el brujo, quien, al igual que la otra mujer, ni siquiera se había inmutado.
Julieta levantó la cabeza y se lo encontró con la mano en alto, sosteniendo en el aire toda la cubertería, antes de hacerla desfilar de nuevo hacia su lugar de origen—.
Ya puede dejar de hacer el tonto, Julieta.
Nunca se puso en pie tan rápido como en ese momento. Se alisó la ropa, el pequeño delantal que llevaba atado en torno a la cintura, y actuó como si no hubiese pasado nada.
—Buen… si para evitar que la cafetería se venga abajo tengo que cargarme esa jodida gramola amante del jazz, que así sea… —declaró. Giró sobre sus talones y marchó decidida hacia la barra.
—¿Qué piensa hacer?
—Tengo un martillo ahí atrás —alzó la voz con toda la intención—. Y estoy de un excelente humor para empezar a destrozar esa cosa.
El chillido esta vez no salió de la banshee , sino del aparato de música. Fue igual que una frenada en seco y, entonces, el jazz desapareció para dar paso a una conocida canción de country mucho más movida.
—Increíble... —El brujo parecía realmente sorprendido—. Esa máquina no ha dejado de dar por culo con el dichoso jazz desde hace décadas y ahora, con solo una frase suya, cambia el repertorio.
—No puedo imaginarme el porqué —se rio Eleonora. Las luces volvieron a parpadear, pero nada preocupante—. Oh, qué música tan alegre.
—Recemos para que no se le dé por tocar Joleen .
— Ey , esa es una canción preciosa. —Lo apuntó con el dedo, para finalmente volverse hacia la gramola—. Sin embargo, sí, es mejor que la erradique de su repertorio cuando una banshee visite la cafetería.
Él se limitó a menear la cabeza, se quitó los guantes y se dirigió a la barra, ocupando el mismo asiento que la noche anterior.
—Póngame un café. —Señaló la cafetera con gesto despectivo.
Apoyó la cadera en la barra y lo miró.
—¿Un descafeinado con leche de avena? —sugirió con total inocencia.
Él levantó lentamente la vista hacia ella.
—No insulte mi paladar comparándolo con el de ese yonqui de la cafeína.
—Está intentando dejarlo, Nathaniel —susurró Eleonora.
Julieta enarcó una ceja al escuchar el nombre, mientras que él ponía los ojos en blanco.
Al final iba a tener razón la mujer y se conocían todos.
—Prepáreme un café con leche normal —indicó con un gesto—. Ni usted podría estropear algo como eso.
—Yo no, aunque estoy segura de que a usted se le cortaría la leche con solo mirarla —le soltó ella, entrecerrando los ojos sobre él.
—Haría falta algo más que una mirada para que eso sucediese, Julieta.
—Subestima su poder de irritación, Nathaniel. —Al fin tenía un nombre que podía pronunciar con tanto desagrado como él pronunciaba el de ella—. Se lo digo yo.
Antes de que pudiese responder, le dio la espalda y se dirigió hacia la cafetera, aunque no pasó por alto la creciente fascinación que parecía haber envuelto a la banshee durante su breve conversación.
Preparó el café, calentó la leche y lo preparó frente a él, admirando casi sin darse cuenta las manos masculinas. Incluso con los dedos manchados de tinta tenían algo llamativo, sexy , incluso.
Y pensar algo así era una completa estupidez.
Empujó la taza con suavidad hacia él y esperó a que el brujo le diese un sorbo.
Él se tomó su tiempo, siguiendo casi un ritual y, tras probarlo, frunció el ceño.
—Si va a decir algo desagradable, ahórreselo —le advirtió ella, dándole la espalda.
—No pienso fingir que sabe bien.
Ella puso los ojos en blanco, todavía de espaldas a él.
—No es necesario que finja —replicó, poniéndose a limpiar la superficie y los mandos de la cafetera—, todo lo que tiene que hacer es dejar de venir.
Como no respondió enseguida, aventuró un breve vistazo por encima del hombro y lo encontró dándole otro sorbo a la bebida.
—¿Y perderme la oportunidad de ver cómo se hunde solita? —chasqueó él—. Ni hablar.
—Pero qué monos.
Ambos se volvieron al mismo tiempo a mirar a la banshee , quien los observó alternativamente, mientras esbozaba una pequeña y lenta sonrisa.
—¿Qué? —preguntó él, tan desdeñoso como siempre.
La banshee se sobresaltó ante su brusquedad y sacudió la cabeza.
—Na… Nada. —Se atragantó con la palabra, bajó la mirada inmediatamente y la desvió, encontrándose con la suya—. Perdón.
Julieta enarcó una ceja ante su continua disculpa.
—No pasa nada…
—Es que… —musitó, deslizando una vez más la mirada entre uno y otro—. Es como estar viendo en directo una de estas telenovelas de la tele…
Nathaniel se atragantó con su bebida, llegando casi a escupirla, antes de fulminar a la mujer con la mirada, mientras que ella se sonrojaba hasta la punta del pelo.
—Ay, Dios… No debí decir eso —sollozó.
Las luces explotaron sobre sus cabezas, toda la cafetería se quedó a oscuras y en silencio hasta que volvió a escucharse la voz lacrimógena de la banshee :
—¡Lo siento muchísimo!