Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 2 La banshee que se emocionaba con el jazz #2
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CAPÍTULO 2 La banshee que se emocionaba con el jazz #2

—Vale. Eso explica el rollito gótico y lacrimógeno —murmuró, más para sí misma que para ella—.

Y supongo que también el tema de los cristales y las luces.

Desde luego, el universo parece haber decidido que ya no necesito relacionarme con personas normales.

¡Abraza lo absurdo, Julieta! Eso parece estar gritando.

La banshee pareció sorprendida por su discurso.

—No… ¿No va a pedirme que me marche?

Miró a su alrededor y se encogió de hombros.

—Sinceramente, después de lo que ocurrió anoche, creo que mi capacidad de sorpresa murió atropellada bajo las ruedas de un tráiler.

La mujer pestañeó.

—¿Anoche?

Asintió, quitándole importancia con un gesto de la mano.

—Un vampiro me pidió un descafeinado con leche de avena —miró hacia la barra, como si todavía pudiese verlo allí—. Lo miraba como si hubiese encontrado por fin el Santo Grial .

Frunció ligeramente el ceño, cosa que no afeó en absoluto la belleza de ese rostro de querubín con los ojos enrojecidos por el llanto.

—Adrien.

Ahora fue ella la que enarcó una ceja al pronunciar ese nombre ajeno.

—¿Quién?

—El vampiro —musitó, sorbiendo suavemente por la nariz—. Tiene graves problemas con la cafeína.

—Ya veo… —Comprobando que la recién llegada estaba algo más calmada, aprovechó para coger el recogedor y la escoba y empezar a barrer los cristales—. Supongo que en un sitio así se conocerán todos.

La mujer avanzó con pequeños pasos, moviéndose casi como si flotara, lo cual era un poquito espeluznante.

—Bueno… La comunidad nocturna de Maine no es especialmente grande, ¿sabe? —mencionó, secándose nuevamente los ojos con el pañuelo—. No sabe cuánto lamento haber causado daños. Yo solo…

Un pequeño sollozo le tembló en los labios y Julieta se puso de inmediato alerta.

—No, no, no. —Agitó las manos, aferrando los utensilios de limpieza—.

Está bien, está bien. Son cosas que pasan…

Usted siga respirando, señorita Banshee.

No deje de hacerlo. Dentro, fuera. Dentro, fuera.

Es más… —Señaló una de las mesas más cercanas y le apartó la silla—.

Siéntese aquí y relájese. Recojo esto y le preparo un té… o una tila.

Se acomodó con una delicadeza casi fantasmagórica, cruzando las manos sobre su regazo. Cuando levantó la cabeza, en sus labios asomó una agradecida sonrisa… Y la pantalla de cristal del reloj se resquebrajó.

Ambas miraron en la misma dirección, contemplando las dos líneas que aparecieron en la esfera.

—Lo lamen…

No la dejó terminar.

—No importa. Estaba pensando en cambiar ese reloj, así que…

Los labios femeninos temblaron, dejando escapar una pequeña risa acompañada por nuevas lágrimas… y las ventanas vibraron.

Julieta cerró los ojos y siguió sus propios consejos de respiración.

—Creo que mejor dejamos las risas y los sollozos a un lado por el momento, ¿vale?

—sugirió, miró el recogedor y la escoba y los abandonó en favor de la tila.

Lo mejor sería darle algo a esa criatura para que mantuviese la templanza y no le destrozase el local.

No quería tener que explicarle a Elías que le habían destrozado la cafetería en su segundo día al mando.

—Perdón —musitó ella muy bajito, cubriéndose la boca con el pañuelo.

— Nah . Tranquila. Es todo cuestión de equilibrio —aseguró metiéndose de nuevo detrás de la barra. Abrió el cajón destinado a las infusiones y, después de un par de repasos a las bolsitas y cajas, juró en voz baja—. Mierda. No hay tila.

Mierda, mierda, mierda… ¡Mierda!

—Um… Creo que se me acabó la tila —musitó mientras se incorporaba y se volvía a mirar a aquella encarnación victoriana—. ¿Un chocolate caliente?

La expresión entre dolorosamente trágica y ligeramente emocionada que cruzó el rostro de su nueva cliente lo dijo todo.

—Me encantaría un chocolate caliente… —canturreó, haciendo parpadear de nuevo las luces, aunque con menor intensidad que antes.

—¿Ve? —Señaló con el dedo las luces—. Vamos mejorando. Solo tiene que mantenerse… relajada y evitaremos salir en los gráficos de los movimientos sísmicos que recoja el instituto geológico de la costa noreste de Estados Unidos.

Eso consiguió arrancarle otra pequeña risa controlada, algo que solo hizo vibrar las tazas de la estantería.

Bueno, puede que sobreviviese una noche más, después de todo.

Mientras preparaba el chocolate, observó disimuladamente a la clienta.

Tenía una belleza melancólica, una tristeza que procedía de años, puede que siglos de ausencia, no porque acabase de ver como Di Caprio la espichaba en el agua helada mientras la pelirroja flotaba en la tabla. ¿A nadie se le había ocurrido que cabían dos en esa balsa improvisada? ¿Hola?

Sí, parecía triste de verdad, como alguien acostumbrado a cargar con demasiadas cosas, siendo incapaz de dejarlas ir.

Eso le generó una punzada en el corazón. Se suponía que llorar aliviaba el espíritu, aunque esa mujer se pasaba toda su existencia llorando y provocando catástrofes. Menuda mierda de existencia tenía que ser esa.

Volvió a la mesa con el chocolate caliente y una de las galletas que se había salvado de la lluvia de cristales. Se las puso delante y le sonrió.

—Que lo disfrute.

Su expresión se suavizó y asintió con la cabeza.

—Gracias.

Verla envolver la taza con sus diminutas y enguantadas manos le hizo preguntarse si habría muchas ocasiones en las que se permitiese disfrutar de pequeños placeres como este.

—No suele haber lugares donde podamos entrar sin incomodar a alguien. —El comentario parecía responder a sus propios pensamientos, pero la dama mantenía los ojos sobre el aromático líquido—. E incluso si existe alguno… no todos somos bienvenidos.

Julieta reaccionó sin pensar, posando la mano sobre el frágil hombro femenino.

—Usted puede venir al Uroboros siempre que lo desee —le aseguró con una amable sonrisa—. Siempre será bienvenida aquí.

Los ojos de la banshee volvieron a llenarse de lágrimas.

—¡Eh! —La apuntó con el dedo—. Nada de lágrimas. Al chocolate no le sienta bien la sal, por mucho que se empeñen en probar lo contrario. Y… ya me quedan pocas tazas, así que… ayúdame a conservarlas, ¿de acuerdo?

Bajó la mirada y murmuró una nueva disculpa.

—Lo siento muchísimo —musitó y volvió a notar esa acidez en sus palabras, un profundo sentimiento de culpa que no la abandonaba.

Nadie debería tener que pedir perdón constantemente, sobre todo cuando no era culpa suya.

—Tómese el chocolate y relájese —le aconsejó, dedicándole una última caricia en el brazo—. Aproveche ahora, antes de que empiecen a entrar por la puerta todo tipo de criaturas nocturnas disfuncionales.

Sus palabras la hicieron levantar el rostro y mirarla con visible confusión.

—¿No le infundimos miedo?

No tuvo ni que pensárselo.

—Si me hubiese encontrado en esta situación hace siete años, sí, probablemente habría acabado gritando más alto incluso que usted, pero…

—Dejó escapar un profundo suspiro—. Compré un libro en un mercadillo, cometí la estupidez de beberme una botella de vino y dibujar un pentagrama que venía en una de las páginas sin saber que estaba convocando a un demonio y que este se quedaría con mi alma y me esclavizaría.

Así que… No. Me da mucho más miedo el alquiler o córtale las uñas a mi jefe.

Se estremeció de solo pensarlo. Y eso que el cabrón tenía unos pies preciosos.

Aquello provocó otra risa en la banshee , y al instante una cucharilla salió dispara de la barra.

—¿Lo ve? —Señaló el suceso—. No está todo perdido.

Asintió y, ladeando un poco la cabeza, preguntó.

—¿Puedo preguntarle su nombre?

—Julieta. —Se lo dijo, dedicándole una burlona reverencia—, a su servicio.

—Julieta… —Pareció saborear su nombre, algo que le resultó tan extraño como enternecedor—. Qué bello nombre. —Se llevó la mano al pecho y pronunció—. El mío es Eleonora.

—Me gusta. Encaja muy bien con usted —afirmó.

La campanilla de la puerta sonó nuevamente y, por algún motivo, supo de quién se trataba incluso antes de que se incorporara y mirase hacia la puerta.

—Qué noche tan espantosa —rezongó, sacudiéndose el pelo y resbalando las manos enguantadas por las mangas de su abrigo.

Y aquí estaba de nuevo. Empapado, irritado, con el abrigo oscuro pegado al cuerpo y esa expresión permanente de hastío. Era el típico personaje de novela de fantasía que decía haber perdido la fe en la humanidad hacía siglos y que no hacía absolutamente nada por recuperarla.

Aunque sí, se le daba de lujo quejarse.

El hechicero. Ah, no. Perdón. Brujo. No fuera a herir otra vez su delicada sensibilidad.

Como si la hubiese escuchado, sonrió de esa manera tan particular, que no sabías si le causabas disgusto o se burlaba de ti.

No la miró, al menos no al principio. Primero recorrió el local y supo el momento justo en que se fue dando cuenta de todo: la lámpara rota, los cristales en el suelo, las tazas movidas y, como no, la banshee ocupando la mesa junto a la que ella permanecía parada.

Y, finalmente, a ella.

—¿Ya se ha cansado tan pronto de la cafetería que la está haciendo pedazos? —le soltó. Su don de gentes no había mejorado un ápice de anoche a hoy—. Si ha traído hasta aquí una escoba y un recogedor, lo suyo sería que lo utilizase, ¿no le parece?

Se cruzó de brazos.

—Lamento desilusionarle, pero la… remodelación no ha sido cosa mía.

Asumiendo la parte responsable, la banshee levantó tímidamente la mano.

—Fui yo.

Él la miró y suspiró. Su expresión y lenguaje corporal cambiaron al instante. De repente parecía cansado, agotado espiritualmente.

—¿Todavía no te has rendido con el jazz, Eleonora?

La pregunta hizo que la aludida se sonrojase, bajando la vista de nuevo a su chocolate. La mesa empezó a vibrar y las luces a parpadear.

—Oiga, deje a la señora en paz. —Se plantó las manos en las caderas y lo fulminó con la mirada—. Y si no le gusta el jazz, puede irse a tomar café a cualquier otro lugar…

—No se trata tanto del tipo de música como el hecho de que ese aparato lleve intentando sumirnos a todos en una depresión colectiva desde 1973.

Eleonora se removió incómodamente en la silla.