Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 2 La banshee que se emocionaba con el jazz
15%

CAPÍTULO 2 La banshee que se emocionaba con el jazz

Ese hijo de puta no le cogía el teléfono.

Había intentado llamarle todo el maldito día, pero solo conseguía que le saltase el contestador. Y tras cinco mensajes, decidió que lo siguiente sería gritarle hasta dejarle sordo, aunque lo más probable es que el cabronazo de Elías los borrase antes de escucharlos siquiera.

¿Para qué narices tenía un móvil de última generación si no era capaz de responder a una puñetera llamada?

—Hijo de una culebra sarnosa —siseó, mirando el aparato que todavía tenía en las manos—. Te mereces que te atropelle un camión.

Dejó el móvil sobre la superficie de la barra y caminó como un presidiario directo al patíbulo. Su destino, sin embargo, era la puerta y ese cartel de cerrado. Le dio la vuelta y respiró hondo, preparándose para su segunda noche en el local.

La cafetería olía a café recién molido, a canela, a lavanda y a decisiones de lo más cuestionables. Llevaba tan solo una hora dentro del local y ya se estaba arrepintiendo de haber vuelto.

La noche anterior había sido el pistoletazo de salida en una carrera hacia lo absurdo.

Una que había comenzado con vampiros emocionalmente agotados que bebían descafeinado como si fuese sangre premium, seguido con la personificación de la irritación en su máxima exponencial encarnada por un brujo y la cantidad de clientes que habían aparecido después, como si una jodida tormenta no fuese lo bastante disuasoria.

—No voy a pensar más en ello —se dijo a sí misma mientras volvía detrás de la barra—. No voy a pensar más en vampiros. Ni en demonios. Ni en por qué el pueblo entero parece protagonizar un documental sobre sectas rurales.

Y es que esa era otra. Hoy había confirmado que la gente de este lugar era rara de cojones.

La manera en que se le quedaban mirando, en la que nunca devolvían el saludo o la prisa que tenían el cartero o los del reparto, era digna de estudio.

Al igual que el clima. Todo el día con un sol espectacular y, ya cerca del atardecer, volvió a nublarse y a cerrarse de agua como anoche.

Al menos hoy caía con menos intensidad. Las gotas golpeaban los ventanales mientras ese melancólico jazz seguía sonando desde la vieja gramola. De la que, por cierto, seguía sin haber descubierto cómo cambiar la música.

—Juro que como vuelva a sonar esa canción una vez más, le prendo fuego a la gramola —rezongó, mirando al infame aparato.

La música se detuvo, escuchó el sonido de cambio de disco y una nueva melodía dio comienzo. Jazz otra vez, pero al menos no era tan deprimente como las otras canciones.

Julieta se quedó mirando el aparato al otro lado de la habitación y sacudió la cabeza.

—Eso no ha sido mera casualidad, ¿verdad? —preguntó mirando a la gata que tenía una predilección especial por subirse a los lugares más insospechados.

El engendro del diablo la miró con expresión de «¿y a mí qué me cuentas?» , antes de menear la cola y darle la espalda.

—Ya puedes ir empezando a ser un poco más agradecida, minina infernal —le soltó, señalándose la tirita en la mano—. Por tu culpa casi acabo como tentempié de vampiro.

La ignoró con la elegancia propia de un gato, lo cual era casi irónico dado que aquella cosa solo había tomado prestada su imagen.

Los familiares no pertenecían realmente al reino animal, eran algo más oscuro y complicado de explicar.

Elías lo había intentado una vez y a ella casi le explota la cabeza.

—Te ha dejado aquí para vigilarme, ¿verdad? —insistió, entrecerrando los ojos sobre ella—. Por eso no estás restregándote contra sus piernas.

Y es que ese bicho diabólico parecía una dulce gatita cuando estaba alrededor del demonio. Se convertía en la viva imagen de la dulzura y la calma, pero en cuanto su amo se esfumaba… Ah, entonces sí que mostraba su verdadera faz.

Meneó la cabeza, se olvidó de la gata y le echó un vistazo al reloj.

Las diez y cuarto. Ya había limpiado dos veces la barra, reorganizado las tazas por colores y maldecido a su empleador demoníaco al menos catorce veces.

—Encárgate unos días del Uroboros —imitó su voz mientras colocaba un par de sillas bien—. Claro que sí, cabronazo. Porque decirme «vas a servir café a criaturas sobrenaturales durante el mes más acojonante del año» era demasiada información para mi pobre cerebro, ¿no?

Es que ya tenía narices que el único hechizo que se le ocurría llevar a cabo en su vida, fuese uno que la convertía a ella en esclava del ser al que invocase. ¡Eso tendría que haber constado en la letra pequeña!

Así que estaba aquí porque no le había quedado otro remedio. Lo de Elías no había sido una «petición» a la que pudiese decirle que no, sino una «orden» en toda regla.

—Un poquito de información, joder —rezongó, abriendo ahora un par de cajas de galletas que había comprado esa tarde en el pueblo para ponerlas en uno de los expositores sobre el mostrador—. ¿Qué le costaba?

Resopló por puro cansancio, colocó la tapa de cristal y dejó el recipiente junto a los otros dos que ya había rellenado con muffins y cupcakes. Apenas había apartado las manos cuando la campanilla de la puerta sonó por primera vez el día de hoy.

La puerta se abrió despacio, el sonido de la lluvia se hizo más presente cuando una mujer menuda, que parecía salida directamente de un funeral victoriano, atravesó el umbral.

—Hostia puta. —Las dos palabras se le escaparon de los labios al tiempo que abría los ojos como platos al contemplar semejante aparición.

Había cosas para las que una no estaba preparada, por mucho que abrazase lo absurdo, y encontrarse con la dama de negro de todas las pelis de terror era una de ellas.

El vestido entallado en la cintura, las capas y capas de tela negra, el polisón cayendo en una larga cola y ese velo cubriéndola desde la cabeza hasta casi la cintura completaban un atuendo jodidamente inquietante.

La vio moverse despacio mientras la puerta se cerraba tras ella, cogiendo la parte de abajo del velo con manos enguantadas y retirándoselo hasta revelar un rostro pálido, unos ojos acuosos y un perfecto pelo rubio, cuyos rizos le enmarcaban unos altos pómulos.

Si no fuese por la cara de funeral que tenía, sería una de esas mujeres a las que podrías quedarte mirando embobada por lo hermosa que era, pero con las lágrimas todavía resbalándole por el rostro y el pañuelo de puntilla enjuagándole la comisura de los ojos, daba un miedo que te cagas.

Julieta abrió la boca y volvió a cerrarla. Lo intentó una vez más, mas la recién llegada tomó la palabra.

—Buenas noches… —saludó con voz melodiosa, tocada por una profunda tristeza que le encogió el corazón. Unos enormes lagrimones se deslizaban por las pálidas mejillas, dándole un aspecto aún más lacrimógeno.

Porque sí. La recién llegada estaba sollozando bajito, como si el saludo hubiese sido el recordatorio de una gran tragedia.

— Um … ¿Se encuentra usted bien, señora?

Un angustioso sollozo abandonó esos delicados labios, crispándole inmediatamente los nervios. Pero no fue la única consecuencia, ya que una de las tazas que había colocado sobre la estantería cayó al suelo haciéndose pedazos.

Respingó, mirando hacia atrás con la mano ya sobre el corazón.

—Ay, joder. Qué susto.

La recién llegada jadeó, se volvió hacia ella y vio el horror en sus ojos.

—¡Ay, no! —gimió llevándose el pañuelito ahora contra los labios—. Perdón. Lo lamento tantísimo…

—Tranquila, solo ha sido una taza que se ha caído. —Señaló lo evidente—. No ha sido culpa suya.

Un nuevo sollozo se le escapó y las luces sobre su cabeza parpadearon violentamente, provocándole un escalofrío.

—Vale, eso ha sido jodidamente raro…

Bueno, a lo mejor sí había sido culpa suya.

La dama acabó pellizcando el pañuelo entre unos perfectos y blancos dientes, ahogando un nuevo quejido.

—Oh, cuánto lo siento. No debería haber venido…

Un gemido lastimero atravesó la tela y la tulipa de cristal que había colocado sobre el pedestal de las galletas se hizo pedazos.

Al instantáneo horror de la mujer se sumó el suyo propio.

—¡Oh, cristo! ¡Lo siento muchísimo! —Se llevó una mano al pecho—. Es culpa mía… ¡Mi culpa!

Las luces volvieron a parpadear con rapidez, amenazando con apagarse, mientras que el contenido de las estanterías tembló ligeramente.

—¡Joder! —siseó cuando una de las bombillas estalló y los cristales llovieron casi encima de la mujer

—¡Perdón! ¡Perdón! ¡Lo siento muchísimo! —gimió la lacrimógena mujer.

La gramola se sumó a la cadena de desastres, emitiendo un chirrido espantoso. Incluso Morrigan salió disparada de su atalaya, derrapando sobre el suelo y llevándose por delante un par de sillas en su desesperación por salvar la vida.

—Ay, Dios. Ay, Dios, cuantísimo lo siento —lloraba la dama y, cuanto más lo hacía, más parecía estar a punto de caérsele la cafetería encima—. Lo siento, lo siento, lo siento…

—¡Suficiente! —Alzó la voz, deteniendo el murmullo de ella en seco.

La miró con los ojos muy abiertos, los labios temblando, a punto de echarse a llorar de nuevo.

—Vamos a serenarnos, ¿de acuerdo? —Suavizó el tono, mostrándose amable, comprensiva—. Inspire hondo por la nariz y suelte el aire por la boca.

Siguió sus instrucciones, interrumpiéndose momentáneamente por los continuos hipidos, pero consiguió dar un par de respiraciones.

—Bien… —Miró de reojo el desastre, los cristales en torno a la dama y, cogiéndola suavemente del brazo, la guio fuera del peligro—. Ahora, ¿serías tan amable de decirme qué clase de criatura eres?

La desconocida se quedó repentinamente quieta, podía notar la tensión en su brazo, así como en su postura. Era casi como si preguntarle aquello fuese a desencadenar un nuevo desastre.

—Una banshee —musitó en voz baja.

Le llevó un minuto relacionar el nombre con una entidad. La mujer de los túmulos. Una entidad que anunciaba la llegada de la muerte en forma de llanto y desgarradores gritos.