Café para Criaturas Nocturnas: Halloween CAPÍTULO 1 Descafeinado para vampiros #3
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CAPÍTULO 1 Descafeinado para vampiros #3

—Me alegra haberle hecho disfrutar de un momento agradable —sonrió, recogiendo el dinero y dándole el cambio.

—No. Quédeselo. Por las molestias —afirmó, rechazando las monedas—. Volveré mañana.

—Y aquí me tendrá, lista para prepararle otro descafeinado.

Él pareció dudar un momento antes de abandonar el taburete que había estado ocupando.

—Ahora que este lugar ha vuelto a abrir, estoy seguro de que tendrá trabajo hasta tarde —mencionó.

¿Qué ha vuelto a abrir?

—¿Es que la cafetería llevaba tiempo cerrada?

Él asintió, abandonando su asiento. Al ponerse en pie, fue una vez más consciente de lo alto que era.

—Solo abre unos meses al año —le dijo, aportándole una información que desconocía—. Y este mes de octubre… Bueno, ya puede imaginárselo.

¿Imaginarse el qué?

Julieta no tuvo tiempo de preguntar, pues el vampiro ya se estaba envolviendo la bufanda en torno al cuello de camino hacia la puerta. Cogió el paraguas del paragüero y posó la mano sobre la manija, no sin dedicarle unas últimas palabras.

—Bienvenida al Uroboros, Julieta.

La campanilla sonó de nuevo al abrirse la puerta y ella se quedó allí, quieta, mirándole… preguntándose cómo demonios sabía su nombre cuando ella no se lo había dicho.

—Joder —resopló, apoyándose en la barra, mirando la taza que había quedado abandonada.

Como si la gata diabólica supiese que el extraño cliente se había marchado, apareció de nuevo con su aparente tranquilidad, dejando escapar un maullido satisfecho.

—Ni me hables, engendro diabólico —le dijo, mirando al animal—. Ese tipo, vampiro y todo, es mucho más simpático que tú.

La respuesta felina fue bufarle antes de dar media vuelta y marcharse como si nada.

—Qué dramática eres —chasqueó la lengua—. Bueno, supongo que ahora sí podré cerrar ya… Pasa de medianoche y no creo que reciba más…

No llegó a terminar la frase cuando la campanilla de la puerta volvió a sonar.

—No me jodas… —murmuró, miró el reloj y suspiró—. Es más de medianoche…

Y eso parecía importarle más bien poco al tipo de clientela que estaba empezando a comprender que frecuentaba aquel lugar.

—Bienvenido… —Pegó su sonrisa amable en los labios y recibió al nuevo cliente.

—Qué asco de noche —rezongó el recién llegado, con visible irritación.

Se sacudió el pelo negro empapado, lanzando gotitas por todos lados. Estaba calado hasta los huesos o por lo menos creía que las manchas oscuras en el abrigo eran a causa del agua que había empapado la tela.

El hombre desabotonó la prenda, agitándola.

Iba vestido de negro de la cabeza a los pies, elegante, pero también sobrio.

Tenía el pelo ondulado, pegado a un rostro pétreo, algo pálido a causa del frío y unas ojeras espectaculares bajo unos ojos de un intenso tono verdoso.

Aunque sin duda lo que más llamaba la atención era la expresión de su rostro, la cual parecía sugerir que odiaba absolutamente todo lo que existía a su alrededor. Lo que también la incluía a ella.

Esto va a ser de lo más divertido.

Ironía pura.

Le echó un vistazo mientras observaba la cafetería, frunciendo el ceño, para finalmente clavar los ojos sobre la taza vacía sobre la barra.

—Fantástico. —No podía haber más amargor e irritación en su voz.

Ella enarcó una ceja.

—¿Disculpe?

El tipo caminó con paso firme hacia la barra, sin darse prisa, pero moviéndose como si todo el espacio le perteneciese.

—Los vampiros ya saben que el Uroboros ha vuelto a abrir.

Bueno. Estaba claro que el hombre ante ella conocía el lugar y el tipo de clientela que solía acudir a él.

—¿Y eso es malo? —lo retó. Por algún motivo, empezó a caerle mal en ese mismo preciso instante.

El hombre soltó una risa seca, cogiéndola por sorpresa.

—Normalmente sí.

Miró el taburete que había frente a la taza, hizo una mueca y dio un par de pasos hacia la derecha, antes de ocupar otro vacío lo bastante lejos del lugar ocupado por su anterior cliente.

Menudo imbécil.

—Los hay mucho peores que yo, señorita, créame.

Julieta enarcó una ceja ante ese inesperado comentario.

— Imbéciles —añadió, clavando sus ojos en ella con evidente sarcasmo.

Se llevó la mano al pecho, las mejillas coloreándose instantáneamente ante la manera en que había dado en el clavo.

Lo recorrió una vez con la mirada, prestándole una atención que no deseaba.

El tipo la ignoró y empezó a quitarse los empapados guantes, dejando a la vista unos dedos manchados de negro.

¿Eso es tinta?

—Sí.

Dio un bote y, acto seguido lo apuntó con un dedo.

—¡Deje de hacer eso!

—Y usted deje de pensar tan alto —le soltó en respuesta.

Ni siquiera la miraba, estaba demasiado ocupado deshaciéndose de su empapado abrigo, el cual dejó caer en el asiento a su lado.

Se remangó la camisa y advirtió que aquella negrura no se limitaba solo a los dedos.

Tenía un par de cadenas de símbolos en torno a las muñecas, como runas tatuadas bajo la piel.

—Llevo demasiado tiempo limpiando los desastres que dejan los nocturnos como para saber que su presencia en el Uroboros suele traer consigo problemas —concluyó su apreciación, aunque no se la hubiese pedido—.

Es sorprendente que siga aquí, vivita y coleando, después de haber sangrado delante de uno de ellos.

Julieta escondió rápidamente las manos detrás de ella, ocultando la tirita con la que se había cubierto el arañazo.

—Y ahora, ¿qué tal si hace su trabajo y me sirve un café irlandés? —añadió, levantando el rostro de modo que no pudo escapar de la intensidad de esos ojos verdes que parecían brillar bajo la luz de las lámparas—. ¿Sabe lo que es o tengo que explicarle cómo hacerlo?

Menudo capullo arrogante. Tuvo que apretar los puños y controlarse para no lanzarle algo a la cabeza.

—¿Sabe usted lo que es reservarse el derecho de admisión? —replicó en cambio, entrecerrando los ojos sobre el individuo—. Porque estoy a punto de hacer uso de él.

—Primero tendría que saber lo que soy para vetarme el acceso y… —La miró de la cabeza a los pies con absoluto desprecio—. Dudo mucho que sepa siquiera dónde está parada.

—Creo que con poner «prohibida la entrada a imbéciles arrogantes» quedaría ya inmediatamente incluido —bufó.

—Y usted perdería el noventa y cinco por ciento de su potencial clientela —declaró con un ligero encogimiento de hombros—. ¿El café?

Entrecerró los ojos, maldijo interiormente una vez más a Elías y el lugar al que la había enviado, y se dirigió a la cafetera.

Cogió un vaso, lo puso sobre la máquina y se movió para abrir una de las puertas de las neveras cuando vio danzar por el rabillo del ojo la taza que no había recogido de la barra.

Siguió su recorrido con la mirada, como si quisiese asegurarse de que no estaba viendo cosas raras, y la puñetera taza sí estaba volando.

—Haga el favor de sumergir eso en desinfectante —bufó el hombre detrás de ella—. Se lo agradeceremos en el alma.

Se giró hacia él para verlo cerrar los dedos en el mismo instante en que el objeto aterrizaba con suavidad en el interior del fregadero.

—Cómo no… —Dejó escapar un bufido—. Es un hechicero.

—Qué palabra tan ofensiva.

—¿Le parece mejor «charlatán» ?

Él sonrió y esa sonrisa fue casi tan incómoda como el resto de su conversación.

—La palabra que buscas es «brujo» —le dijo, señalándola con un gesto—. Procura que esa cabecita tuya se la aprenda.

Por el amor de Dios, ¿cómo podía un hombre ser tan completamente insoportable?

Apretó los dientes para no decirle cuatro cosas y le dio la espalda una vez más. Preparó el maldito café que le había pedido y se lo puso delante.

—Ahí tiene su café irlandés.

Miró el café como si fuese una peligrosa alimaña e hizo una mueca.

—Espero que se te den mejor otras cosas que preparar café —rezongó, hizo una mueca y lo empujó con los dedos, como si no estuviese dispuesto ni a probarlo.

Batalló con la tentación de retirárselo y mandarlo a freír gárgaras, pero entonces la campanilla volvió a tintinear. La puerta se abrió de golpe, dejando que una ráfaga de viento nocturno mezclado con agua la empujase, colándose en su interior.

—Al fin —bramó el recién llegado, sacudiéndose como un perro el agua de encima—. Ya era hora de que volviese a haber un lugar abierto en este maldito pueblo…

Julieta comprendió en ese mismo instante que su jefe se había equivocado en sus instrucciones.

No era «no cierres antes de medianoche». Era «tu vida va a irse a la mierda a partir de medianoche».

De puta madre.