CAPÍTULO 1 Descafeinado para vampiros #2
Julieta se quedó sin habla durante unos segundos. De todas las posibilidades que había contemplado, aquella no estaba entre las cien primeras.
—Sí.
Lo vio cerrar los ojos durante un segundo, casi como si estuviese saboreando su respuesta, y entonces emitió un sentido:
—Gracias a Dios.
Vale. Su primer cliente tenía que ser un tío raro de cojones.
Sin saber muy bien cómo responder ante aquello, optó por volverse hacia la cafetera y preguntarle de espaldas:
—¿Lo quiere de máquina o…?
—¿Leche de avena? ¿Podría ser?
Giró la cabeza para echarle un vistazo por encima del hombro y asintió.
—Claro… —respondió, volviéndose hacia la cafetera solo para dar un nuevo respingo al ver a la gata sentada en la encimera, mirando fijamente al recién llegado—. Joder… Bájate de ahí —siseó, fulminando a la minina, pero esta solo tenía ojos para el recién llegado.
Y él pareció darse cuenta. De hecho, parecía evitar mirar directamente a la gata.
—¿Una larga jornada de trabajo? —preguntó, por darle conversación y evitar ese incómodo silencio mientras se dedicaba a preparar el café.
—¿Cuándo no la es?
Y premio a las respuestas raras.
—A veces me hago la misma pregunta —replicó ella, intentando sonar casual.
Se volvió y allí estaba él ahora, junto a la barra y, joder, qué bien olía.
No sabía decir a qué era, mas resultaba agradable—.
Bueno, ha escogido un buen sitio para tomarse un descanso.
Es perfecto para evitar multitudes, como puede ver.
Intentó sonar divertida, aunque la situación era cada vez más rara.
—Sí. Lo he notado.
Dejó el café frente a él y miró a su alrededor, antes de añadirle la leche.
—Empiezo a sospechar que abrir una cafetería nocturna aquí no ha sido la idea más brillante de mi jefe.
—¿Su jefe?
—El propietario de esto.
Asintió lentamente, entonces bajó la mirada hacia la taza y levantó la mano con un gesto universal pidiéndole que parara.
—No subestime a las criaturas nocturnas —mencionó—. Suelen salir después de ponerse el sol.
—¿Cómo los murciélagos?
El hombre levantó la cabeza y esbozó algo similar a una sonrisa.
—Algo así.
Lo dicho. Raro de cojones.
Después de quedarse contemplando la taza frente a él como si fuese el santo grial, la cogió por el asa y le dio un pequeño sorbo. Su expresión, así como todo su lenguaje corporal, cambió como por arte de magia, dejando paso a una clara emoción.
—Esto es excelente.
Julieta sonrió. Al menos todavía sabía hacer un café decente.
—Gracias.
—No se hace una idea del tiempo que llevo buscando un descafeinado decente.
—¿Años?
—¡Siglos!
Su respuesta le provocó una punzada de inquietud, pero acabó sonriendo.
—Bueno, pues ya iba siendo hora de que lo encontrase, ¿no? —le dijo, amable—. Disfrute de su café.
Él ladeó un poco la cabeza, con la taza todavía entre las manos, y la miró con renovada curiosidad.
—Usted no es del pueblo, ¿verdad?
—¿Se nota mucho?
—Nadie de aquí abriría este sitio después de medianoche —aseguró con una rotundidad que empezaba a sonar demasiado sospechosa.
—¿Y eso por qué?
Le dio otro sorbo al café, disfrutando de cada trago como si fuese la mejor bebida del mundo.
—Digamos que la gente de aquí no practica una vida nocturna —murmuró, lamiéndose los labios.
Madre mía. Era sexy .
—¿Por la lluvia? —Intentó concentrarse en la conversación.
El hombre enarcó una ceja y respondió con un dubitativo:
—Claro.
Y esa era una mentira de las que atufaban a kilómetros de distancia, se dijo. No llegó a abrir la boca, pues Morrigan decidió intervenir ella misma con un largo maullido antes de saltar de la encimera a la barra y acercarse lentamente al desconocido.
—Maldita gata… —siseó, estirando los brazos para coger a la bestezuela y bajarla de allí. Sin embargo, ella erizó el pelo y empezó a bufar—. ¿Pero qué coño…?
El hombre suspiró, echó un vistazo fugaz en dirección al minino, quien se erizó todavía más, bufó y saltó de la barra, derrapando en el suelo como si acabase de ver al mismísimo Satanás.
—Los gatos siempre lo saben —mencionó él, atrayendo su atención.
—¿El qué?
Dejó de prestarle atención al huidizo felino y se volvió hacia ella, le sostuvo la mirada durante un segundo y entonces esbozó una lenta sonrisa que dejó a la vista…
—¡Hostia puta! —dio un paso atrás, contemplando dos desarrollados incisivos en la parte superior de su dentadura.
Colmillos.
Parpadeó con rapidez, mas esos dientes puntiagudos no desaparecieron hasta que se le borró la sonrisa de la cara. Si es que podía llamársele así a esa mueca. Alternó su atención entre la taza y él repetidas veces, intentando comprender lo que tenía delante.
A estas alturas de su vida tendría que estar acostumbrada a encontrarse con este tipo de cosas, aunque una cosa era hacerlo en compañía de Elías y otra… en una cafetería, en un pueblecito perdido de Maine.
—¿Es un vampiro? —la pregunta se filtró de sus labios antes de que pudiese refrenarla.
Él dejó escapar un ofendido bufido y movió la enguantada mano con un gesto despectivo.
—Preferimos el término «nocturnos» , señorita.
—Eso es un sí —dijo, más para sí misma que para él.
—Es un término burdo y anticuado.
—Tiene colmillos.
—Una desafortunada genética.
Lo miró fijamente y él le devolvió la mirada mientras seguía disfrutando de su descafeinado con leche de avena como si fuese el mejor cero positivo del mundo. Aquella situación había abandonado por completo el territorio de la normalidad, ¿pero cuándo había sido normal su vida?
Maldito Elías. ¡Podría haberle advertido dónde coño se estaba metiendo!
Iba a retorcerle el pescuezo. La próxima vez que lo tuviese delante, se le lanzaría a la yugular y a la mierda todo. Estaba harta de la manipulación de ese demonio. Era como si disfrutase viéndola sumergirse en el mundo sobrenatural hasta el cuello, sin flotador ni tabla salvavidas.
—Menudo capullo…
—¿Disculpe?
—Usted, no. Mi jefe —resopló, pasándose las manos con gesto cansado por el pelo. Volvió a mirarlo, consciente de su disfrute con la bebida—. ¿Los vampiros toman descafeinado?
Dejó la taza sobre la barra con extrema delicadeza.
—La cafeína acelera artificialmente nuestro ritmo cardíaco.
Parpadeó.
—Pero… técnicamente no tienen ritmo cardíaco. —Se suponía que los vampiros estaban muertos.
—Exactamente.
Julieta sacudió la cabeza y dijo la primera estupidez que se formó en su mente, pues no es que la conversación fuese precisamente convencional.
—Eso suena peligrosísimo.
—Lo es —afirmó él con total tranquilidad.
—Entonces, ¿qué pasa si tomáis café normal?
El tipo apartó la mirada y juraría que algo de rubor apareció en sus mejillas.
—Una vez vi a uno de los nuestros trepar por una catedral completamente desnudo. —Sacudió la cabeza—. Bochornoso.
Abrió la boca para decir algo y acabó sacudiendo la cabeza.
—No voy a preguntar.
—Una decisión inteligente.
El gruñido de la gata volvió a captar su atención. Tuvo que ponerse de puntillas e inclinarse sobre la barra para ver a esa bestia negra todavía erizada, mirando con absoluto desprecio a su cliente.
—Nunca le caeré bien —suspiró el vampiro con obvia resignación.
—Tampoco le cae bien el cartero —aseguró ella—. Ni el repartidor. A él también le bufó.
—El repartidor es un nigromante.
—¿El qué?
Volvió a darle otro sorbo a su café. Suponía que eso era su manera de decir que no tenía nada más que añadir.
Miró de nuevo a la gata, la cual optó por saltar de nuevo sobre la barra.
—Oh, vamos. Ya está bien, Morrigan —resopló, extendió las manos para cogerla y llevársela a la parte de atrás, pero la maldita bestia le pegó un zarpazo—. Maldita gata.
Ahora fue ella la que siseó. Una larga línea empezó a romper en lágrimas rojas sobre su piel.
El animal salió escopetado, bufando y derrapando una vez más, mientras el aire en torno a ellos se espesaba y el vampiro acusó un cambio instantáneo.
Los dedos sobre la taza se tensaron, sus fosas nasales se dilataron y parecía estar haciendo todo lo posible para no mirarla.
Mierda.
—¿Está usted bien? —Que pregunta para hacerle a un vampiro que parecía estar teniendo una crisis nerviosa en esos momentos.
—Perfectamente. —Su voz sonó estrangulada, incluso lo vio tragar. Todavía seguía sin mirarla.
Julieta se tapó el arañazo con la otra mano y fue ella la que tragó también.
—¿Seguro? —Lo último que quería era tener un encontronazo con un chupasangre en su primer día.
Asintió con la cabeza con tanta rigidez que era un milagro que pudiese moverla siquiera.
—Solo necesito… —Respiró hondo, hundiendo casi la nariz en la taza del café—, cinco segundos.
No preguntes. Julieta, no preguntes.
—¿Cinco segundos para qué? —Por qué coño tenía que preguntar.
—Para recordar que soy un vampiro reformado, que no sucumbo a algo tan… ignominioso como la sed y… que no quiero cometer un delito —concluyó con un quejido—. Me hará trabajar más horas si rompo las reglas y odio el trabajo de oficina.
Vaaaaale.
—Me alegra que piense usted así.
—Y a mí —afirmó él.
—Siga disfrutando de su café, que yo iré… a limpiarme esto y ponerme una tirita —le dijo retrocediendo lentamente—. Ahora vuelvo.
No le llevó más de un par de minutos ejecutar semejante ritual, asegurándose de que no quedase rastro de sangre en su piel.
—¿Mejor? —le preguntó, tras colocarse una vez más tras la barra.
Esta vez, cuando la miró, volvía a tener ese aspecto melancólico y atractivo.
—Sí, gracias.
—Nada, hombre. Para eso estamos.
Se quedaron en silencio a partir de ese momento, con la lluvia como telón de fondo golpeando los cristales de las ventanas y el jazz sonando en la gramola.
Y aquí estoy, compartiendo cafetería con un vampiro educadísimo que lucha mentalmente por no convertirme en su cena. Sí. No puede decirse que sea la peor cita de mi vida.
El vampiro se terminó el café con un suspiro de pura felicidad. Se lo veía más relajado, engañosamente humano.
—Durante unos momentos, ha hecho usted que volviese a sentirme vivo —le aseguró, sacando unos billetes del bolsillo y dejándolos sobre la barra—. Es el mejor descafeinado del que he disfrutado en más de cien años.