Café para Criaturas Nocturnas: Halloween
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CAPÍTULO 1 Descafeinado para vampiros
—Dónde ha quedado eso de: «Julieta, ¿podrías encargarte durante unos días de la cafetería rara que no sabías ni que poseo?» —resopló con teatralidad—. No. El señor tiene que exigir. Mandar como un sargento. Y aquí estoy yo, de pringada, sin poder oponerme a sus órdenes.
Y la única culpable era ella, pues había sido la que había tenido la brillante idea de hacer un pacto con un demonio.
¿Qué iba a saber ella que aquel libro que compró en un mercadillo era algo más que un compendio de hechizos escritos por un ama de casa aburrida y puesta hasta arriba de setas alucinógenas?
Le había salido el tiro por la culata. Nunca había sido buena idea mezclar el alcohol con los problemas y por entonces Julieta Peroni tenía unos cuantos.
Aunque palidecían con los que adquirió a raíz de ese maldito hechizo y el churro-pentagrama que había dibujado en el suelo de su apartamento.
Que, por cierto, allí seguía, escondido debajo de la alfombra, pues no se había ido ni con lejía. Una pena.
Si al menos hubiese aparecido uno de esos demonios sexys , con tableta de chocolate y ganas de arrancarte la ropa… No. Ella tenía que convocar al menos hetero de todos. Que estaba igual de bueno, pero jugaba en otra liga.
Y aquí estaba ahora, con la tormenta del siglo golpeando los ventanales de la cafetería más cutre de aquel pueblecito de Maine, con el tocadiscos del año de la Polca sonando con los clásicos más deprimentes de jazz y ni un solo cliente.
— No se te ocurra cerrar antes de medianoche —imitó la voz de su jefe, o lo intentó.
Ese hombre tenía una voz que derretía las bragas—.
Los clientes del café Uroboros tienen gustos particulares, asegúrate de darles lo que te pidan .
Y mi favorita: si rompes algo, me lo cobraré en días de tu vida. Menudo gilipollas.
Llevaba aquí desde las seis de la tarde y no había dejado de llover. La calle principal en la que estaba ubicada se había quedado completamente desierta después de las diez, era como si los habitantes le tuviesen miedo al agua… o a lo que podían encontrar en plena noche.
Como fuese, ahora estaba atrapada aquí, aburrida como una ostra, en un negocio que abría exclusivamente de noche.
—Y la campanilla no suena… —Miró la puerta cerrada y la culpable del silencio, inmóvil en una esquina—. ¿Por qué narices tengo que estar aquí hasta medianoche, con un tiempo de perros y sin un solo cliente? En serio, Elías, tus trabajitos apestan.
Suspiró y colocó otra caja sobre la barra.
Le había dado tiempo de limpiar todo el local de arriba abajo, encender las neveras y llenarlas, pelearse con la cafetera e incluso moler el café.
De hecho, ahora la cafetería olía a café recién molido y canela, también a madera antigua, un aroma que no le disgustaba y le daba carácter al lugar.
Además, había encendido unas velas de lavanda que le aportaban un toquecito acogedor.
Lo cierto es que la cafetería no estaba nada mal.
De hecho, le parecía encantadora, aunque no se lo diría a ese demonio ni en un millón de años.
En las paredes había estanterías repletas de tazas desparejadas, plantas que sobrevivían solo por orgullo y libros tan antiguos que no los había tocado ni para pasar el polvo.
Una de esas reliquias la había metido en este lío, para empezar. No volvería a tocar uno ni loca.
Las mesas eran pequeñas, con una o dos sillas a lo sumo.
Sobre cada una de ellas había lámparas que proyectaban una luz ambarina, muy en consonancia con la iluminación del techo.
La vieja gramola sonaba bajito desde una de las esquinas, había intentado encontrar otro tipo de música, mas era incapaz de reprogramarla.
Tocase el botón que tocase, solo sonaba ese deprimente jazz.
Durante el día, la luz de las últimas horas de la tarde entraba a través de las ventanas, iluminando las primeras mesas. Le aportaba un toque cálido que iba mudando a medida que el sol se ponía, para finalmente acabar en esta inquietante atmósfera.
Deslizó la vista hacia aquel rincón de la ventaba, al que no había dejado de echarle fugaces vistazos desde que había llegado. Seguía teniendo la sensación de que alguien la observaba desde aquel rincón, pero solo había una mesa y una silla vacías.
Y la gata con mirada de «perdonavidas» que se había subido de cuando en cuando no era el motivo de tal inquietud.
Morrigan. Ese era el nombre que aparecía en la placa del collar que llevaba puesto. Uno que costaba más que todo lo que ella llevaba encima. Era la familiar de Elías, un minino tan rarito como él.
¿Dónde estaba ahora esa bestezuela?
Giró sobre sí misma y casi pega un bote al encontrarse con el felino encima de la cafetera.
—La madre que te parió.
La gata negra llevaba observándola con superioridad moral desde que había entrado allí, por primera vez, esa misma mañana.
—Bájate de ahí —lanzó el brazo, señalando el suelo—. La he fregado a conciencia esta misma tarde y, si encuentro un solo pelo tuyo, juro que te rapo entera.
La gata bostezó, se estiró como si no tuviese prisa alguna por cumplir con sus demandas y, solo entonces, saltó al suelo.
—Eres igualita que tu amo —chasqueó. Cogió el paño y volvió a limpiar el lugar que había ocupado la minina y el resto de la encimera.
Su mirada volvió a caer en la ventana. La lluvia seguía golpeando contra ella, aunque ahora parecía que con menor intensidad.
—Ya era hora —murmuró para sí—. Lo último que me apetece es enfrentarme a una posible inundación en mi primer día.
Afuera, la calle seguía desierta. Por no haber, no había ni luces en los otros locales que sabía tenían su ubicación en aquella zona. Sin ir más lejos, frente a ella, al otro lado de la calle, había una barbería con la característica barra de colores que estaba apagada.
No había luces, ni coches transitando… El pueblo moría por KO en cuanto se ponía el sol y eso era raro de cojones.
—No me sorprende que Elías haya escogido este lugar para abrir una cafetería —resopló.
El caso es que dicho negocio requería de clientes para funcionar y, de momento, lo único vivo que había cruzado la puerta desde que había girado el cartel a «abierto» a las seis de la tarde, había sido una polilla suicida y el cartero.
Y el cartero también tenía pinta de debatirse entre la vida y la muerte.
O de estar a punto de sufrir un paro cardíaco.
Jamás había visto a un hombre tan pálido y ojeroso, ni con tanta prisa por concluir con su trabajo.
Había abierto la puerta, mirado a su alrededor casi como si pensase que algo saldría de algún rincón para atacarle y, con la misma prisa que corrió hacia la barra, dejó un par de cartas, farfulló un «buenas tardes» y se largó pitando.
No quería decir que la gente del pueblo era rara.
No había tenido ocasión de charlar con nadie todavía, pero las miraditas que había visto lanzar hacia el local mientras se pasaba el día limpiando y la rapidez con la que pasaban por delante de su puerta, como si esta fuese una iglesia negra en vez de una cafetería, reforzaban esa percepción.
Miró el reloj. Al menos ahora se veían las agujas y el color de su circunferencia. Cuando llegó, su esfera tenía el polvo de diez años incrustado en el cristal.
Las doce menos diez.
—No cierres antes de la medianoche —repitió las palabras de su jefe—. ¿Es que piensa que alguien va a venir aquí, con este día, cuando nadie lo ha hecho todavía? No. Que va. Hora de cerrar.
Diez minutos no iban a suponer la diferencia. Se volvió para apagar la cafetera y la campanilla de la puerta sonó. Se quedó con el dedo acariciando el interruptor, giró la cabeza, mirando por encima del hombro y vio cómo la puerta se abría lentamente.
—Hay que joderse… —musitó por lo bajo, apartando el dedo y volviéndose lentamente para recibir a su primer cliente de todo el día.
Extraño era la palabra perfecta para describirle.
Era un tipo alto, probablemente superaba el metro noventa, vestía con un abrigo negro impecable, guantes oscuros y una bufanda que empezó a desenroscar con lentitud de su cuello.
El paraguas en su mano libre debería haber dejado en el lugar en el que se había parado un charco en el suelo, pero apenas le caían unas gotas.
¿Había dejado de llover de repente y no se había dado ni cuenta?
En cuanto se libró de la bufanda, la dobló meticulosamente y se la colgó del brazo.
El paraguas terminó en el paragüero de la entrada y, por fin, levantó la cabeza.
Fue como recibir una bofetada. Ese hombre era guapísimo, de una forma melancólica, sí, sin embargo, sus facciones eran perfectas.
Estaba un poco pálido. ¿Quién no lo estaría con la que estaba cayendo ahí fuera?
Tenía el pelo de ese rubio oscuro que emula el color del trigo, lo llevaba desordenado, hasta el punto de que le hacía ondas sobre los ojos más azules que había visto en su vida.
Había un aire antiguo en él, muy de la vieja Europa, como si hubiese salido directamente de otra época… o de un entierro especialmente elegante.
El hombre recorrió la cafetería antes de posar sus ojos sobre ella y en ese momento lo supo: Lo suyo no era solo palidez, era agotamiento extremo con siglos de antigüedad.
Se estremeció de inmediato. Esa mirada tenía algo que le erizaba el vello de los brazos y le provocaba una inexplicable inquietud. No obstante, no podía quedarse ahí pasmada, así que lo saludó:
—Buenas noches —dijo con voz suave.
Ni se inmutó. De hecho, ni siquiera la miraba a ella. Sus ojos estaban clavados en la carta escrita sobre la pizarra.
— Um … ¿Hola? —Insistió, frunciendo el ceño cuando no obtuvo respuesta alguna.
Aquel particular silencio empezaba a ponerla nerviosa, sobre todo porque él seguía observando la carta como si estuviese examinando un documento legal.
—Disculpe, ¿puedo ayudarle en algo? —añadió, alzando ahora un poco más la voz.
Él se tomó unos segundos más en mirar la pizarra, entonces ladeó la cabeza y esos ojos azules volvieron a posarse en ella.
—¿Tiene café descafeinado?